[R-P] [Carlos Escudé] Brasil, un país progresista
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Lun Ago 23 02:41:53 MDT 2010
Una izquierda coherente en un escenario de amplios consensos
Brasil, un país progresista
Carlos Escudé
Para LA NACION
Noticias de Opinión
Lunes 23 de agosto de 2010 | Publicado en edición impresa
El más grande de los males y el peor de los delitos es la pobreza.
Esta sentencia de George Bernard Shaw, en el prólogo a El comandante
Bárbara , parece haber sido adoptada por la clase política brasileña
en su conjunto. En efecto, si analizamos las venideras elecciones
presidenciales del país vecino, lo primero que surge es sorpresa ante
el progresismo de los principales candidatos y partidos, que están a
la izquierda de sus pares argentinos.
Sin embargo, en nuestro país esto no se percibe. Según un cliché
generalizado entre nosotros, el Partido de los Trabajadores (PT) y el
Partido Social Demócrata de los Brasileños (PSDB) han traicionado sus
orígenes progresistas con políticas que han decepcionado a sus
doctrinarios.
Es verdad que, durante la gestión de Fernando Henrique Cardoso (el
gran sociólogo que desarrolló la teoría de la dependencia), el PSDB
lanzó programas neoliberales que eran inimaginables desde su
ideología. Por su parte, Luis Inácio Lula da Silva, que se suponía
mucho más progresista que Cardoso, mantuvo los parámetros principales
de la política económica de éste, moderó al PT y cosechó los elogios
de Wall Street.
Estos son lugares comunes que circulan en la Argentina, donde la
centroderecha expresa admiración y algo de envidia frente a ese Brasil
de los consensos. Pero por debajo de esta superficie late un Brasil
progresista que asustaría a más de uno de nuestros buenos burgueses.
Comencemos por el neoliberalismo de la era Cardoso. Una significativa
diferencia con su equivalente argentino es que el 55,7 por ciento de
las acciones de Petrobras siguen siendo del Estado. Como los chilenos
con Codelco, los neoliberales brasileños no subastaron su emblemático
gigante.
Si pasamos al delfín de Cardoso, José Serra, nos encontramos con un
candidato de centroderecha que brinda su apoyo a la "Bolsa Familia".
Este famoso programa instaurado por Lula dona dinero y servicios a los
doce millones de familias más pobres del país, con la condición de que
sus hijos vayan a la escuela y sean vacunados. Muy exitosa, la Bolsa
fue elogiada por The Economist (7/2/2008) como "un mecanismo de lucha
contra la pobreza, inventado en América latina, que está ganando
conversos en el mundo entero".
Que medios europeos elogien la Bolsa Familia no sorprende. Pero
seguramente no ocurriría en la Argentina que un candidato opositor de
centroderecha anuncie que, de ser elegido, continuará con esos
subsidios.
Por otra parte, ésta no es sino la punta del témpano. Basta echar una
mirada a los antecedentes de los candidatos principales para recordar
que Serra y Dilma Rousseff se formaron en la lucha contra la dictadura
militar brasileña. Serra fue un dirigente estudiantil obligado a
exiliarse, y al regresar organizó protestas callejeras para exigir
elecciones directas. Como ministro de Salud de Cardoso, arremetió
contra los intereses de las tabaqueras y las farmacéuticas
multinacionales.
A su vez, Rousseff, la candidata de Lula, perteneció en su juventud a
uno de los grupos guerrilleros más importantes de su tiempo, la
Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares. Detenida en 1970, estuvo
presa tres años, padeció torturas y le fue negado el derecho a un
abogado. Como recordó LA NACION el 25 de julio, los militares la
apodaron la "Juana de Arco de la guerrilla".
Como vemos, hay una distancia considerable entre los principales
candidatos brasileños y los nuestros. Más aún, la tercera candidata en
las preferencias preelectorales, Marina Silva, del Partido Verde (PV),
es una ex ministra de Medio Ambiente de Lula que a mediados de los
años 80 militó en el clandestino Partido Revolucionario Comunista.
Si consideramos que, en junio de 2010, las encuestas de Ibope y Vox
Populi daban a Rousseff, Serra y Silva una intención de voto del 40,
35 y 9 por ciento respectivamente, comprobamos que aproximadamente el
84 por ciento del electorado piensa votar por candidatos que, para la
centroderecha argentina, cargan con un pasado inquietantemente
"setentista".
Pero incluso este análisis soslaya las diferencias más profundas. Lo
paradigmático del progresismo del Brasil radica en el relativo
consenso, en todo el arco político, acerca de la función social de la
propiedad. Por cierto, en sus artículos 5 (XXIII), 170 (II y III),
182, 184 y 186, la Constitución brasileña de 1988 consagra este
principio y además sienta las bases de una reforma agraria.
Acentuando la paradoja, la Constitución de 1967, promulgada por la
dictadura, también establecía en su artículo 157 el principio de la
función social de la propiedad. Esta idea está ausente en nuestra
Constitución democrática de 1994 (pese a que es central para la
Doctrina Social de la Iglesia, que en teoría tiene consenso entre
nosotros).
Más aún, por decreto ( ato institucional ), en 1969 la dictadura
brasileña mandó que algunas compensaciones gubernamentales por tierras
expropiadas para una reforma agraria se desembolsaran en bonos en vez
de efectivo. En la Argentina casi siempre fue al revés: los pagos en
bonos se usaron para licuar y a veces estatizar las deudas de las
empresas. Esto condujo a la concentración del ingreso, multiplicando
la pobreza, que entre 1975 y 2002 saltó del 10 al 52 por ciento.
En contraste, aquel decreto brasileño muestra que allí, aún en tiempos
de dictadura derechista, el mecanismo del pago con bonos se usó a
veces para licuar las deudas del gobierno frente a ciudadanos ricos, a
los que se había expropiado tierra improductiva para efectuar una
limitada reforma agraria.
La comparación trae a la memoria un bello dictum de John Ruskin:
"Mientras desde hace tiempo se sabe y se proclama que los pobres no
tienen derecho a la propiedad de los ricos, deseo que también se sepa
y se proclame que los ricos no tienen derecho a la propiedad de los
pobres". Los brasileños, buenos capitalistas, parecen estar de acuerdo
con el gran crítico británico, a diferencia de los argentinos, malos
capitalistas. Los nuestros promovieron la concentración del ingreso
(que es una forma de robarle al pobre) en una sociedad que alguna vez
fue relativamente justa.
La sospecha de esta diferencia se confirma si examinamos los tiempos
ya democráticos de Cardoso. Durante su gobierno, el juez superior Rui
Portanova dictaminó que, en función del artículo 5 de la Constitución,
la ocupación de unas tierras improductivas por parte del Movimiento de
los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) era legítima.
Sin embargo, pese a este relativo consenso progresista, el MST
reprocha a Lula que, durante su mandato, apenas el 10 por ciento de
los 47 millones de hectáreas distribuidas gratuitamente entre
campesinos sin tierra hayan sido propiedades improductivas expropiadas
a sus dueños; el resto fueron tierras fiscales y propiedades privadas
compradas por el Estado a través de transacciones de mercado. Afirma
que este oneroso método no es una reforma agraria sino un programa de
asentamiento.
Por cierto, en una entrevista concedida a Reuters el 9 de julio, João
Pedro Stedile, miembro de la dirección nacional del MST, también acusó
al gobierno de presentar cifras exageradas. Dijo que no era verdad que
un millón de familias campesinas sin tierra se hayan beneficiado de
esta redistribución, sino apenas medio millón. No obstante, ¡no apoya
electoralmente a la extrema izquierda y aconseja votar por la
candidata de Lula!
Frente a estos datos, desde nuestras conservadoras latitudes sólo
podemos asombrarnos. Ningún gobierno argentino ha distribuido tierras
por el equivalente proporcional de estas cifras. Y si alguno lo
hubiera hecho, seguro que no habría gozado de la sonrisa complaciente
con que la burguesía brasileña aceptó las políticas de Lula.
La actitud brasileña es garantía de que, en ese país, nadie que no sea
un extremista exclamará jamás, como Proudhon, que "la propiedad es un
robo". Ojalá aprendamos de nuestros vecinos: a diferencia de nosotros,
ellos supieron preservar su pacto social.
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Néstor Gorojovsky
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