[R-P] El glifosato en la picota.

Gustavo Battistoni gustavo.battistoni en gmail.com
Dom Ago 22 10:00:23 MDT 2010


LA CAPITAL


Domingo 22 Agosto 2010


22-08-10 | Por Luis Emilio Blanco / La Capital


Andrés Carrasco: "Con mi trabajo sobre el glifosato contribuí al debate"




Carrasco probó que el glifosato produce malformaciones neuronales,
intestinales y cardíacas en embriones, aun en dosis mucho más bajas
que las utilizadas en la agricultura.

San Jorge.— El estudio de Andrés Carrasco, profesor de embriología,
investigador principal del Conicet y director del Laboratorio de
Embriología Molecular que versa sobre el efecto letal del glifosato en
embriones, fue publicado por la revista especializada estadounidense
Chemical Research in Toxicology (Investigación Química en
Toxicología). Esa difusión le otorga verosimilitud y reconocimiento en
el ámbito científico internacional y refuta los argumentos de los
defensores del modelo agroeconómico instalado en Argentina, que
cuestionaron los resultados de su investigación. Ahora, con sus
resultados en al mano, dice: “Lo mío fue una contribución a un debate
que no lideraron quienes debieron hacerlo”.
   Según su trabajo, el glifosato produce malformaciones neuronales,
intestinales y cardíacas en embriones, aun en dosis mucho más bajas
que las utilizadas en la agricultura. “Lo que sucede en la Argentina
es casi un experimento masivo porque en ningún lugar del mundo hay
tantas plantaciones concentradas de soja como en el país”, dejo este
investigador, y aclaró que si su trabajo no concuerda con las
recomendaciones de la Secretaría de Agricultura “es un claro problema
de esta dependencia”, que clasifica al glifosato como de baja
toxicidad. “Todo lo contrario de lo que afirman estudios diversos, que
confirman la alteración de mecanismos celulares y, sobre todo,
contrario a lo que padecen familias de decenas de provincias”,
argumentó.
   Por inmiscuirse en el centro de un modelo que se difundió a partir
de los 90 desde La Pampa hasta las provincias del norte del país y
que, con el acompañamiento de una política agroexportadora favorable
terminó con la crisis que afectaba a los productores agropecuarios y
los volvió a una etapa de esplendor, el científico pagó las
consecuencias. Una campaña de desprestigio, amenazas, presiones
políticas y hasta agresiones físicas pasaron a formar parte de su
vida.
   Con determinación por difundir su descubrimiento recorre el país
para explicar los motivos que despertaron su interés y cómo fue la
investigación. Sus resultados dispararon una de las señales de alerta
más importantes en la Argentina, desde la instauración del monocultivo
de soja genéticamente modificada. En una extensa charla con La
Capital, reflexionó sobre su trabajo, el papel de los organismos de
investigación y su mimetización con intereses extracientíficos.
   —¿Cómo explica el resultado de sus estudios sobre un producto que
desde diversos ámbitos se promueve?
    —En realidad exponemos en justa medida lo que hicimos en el
laboratorio. Esto es nada más que un aporte desde la ciencia. A
algunos les molesta que demos malas noticias pero no creo que nuestros
experimentos sean el elemento fundamental en toda esta discusión. En
realidad, gatillamos algo que estaba contenido, que mucha gente
observaba pero no se podía sistematizar.
   — ¿Tomó real dimensión de la convulsión que provocó la publicación
de esos resultados?
   —No magnifico la importancia de nuestros estudios. En Santa Fe se
realizaron experiencias similares. En mi caso pude aplicar otra visión
con nuevas tecnologías y un conocimiento más profundo en el desarrollo
embrionario. Las razones más poderosas de todo este problema están en
la conciencia y en la observación cotidiana de la gente. Respeto mucho
los saberes que provienen de la observación directa y no científica.
Hay saberes y saberes, la ciencia es uno de ellos. Hay pueblos que
poseen otras maneras de conocer, epistemologías alternativas y no
solamente inglesa, francesa, alemana o centroeuropea. Existen otras
formas de analizar la realidad y nunca hay que descartarlas. Cuando
los gobiernos, sus funcionarios o las sociedades ignoran esas formas
de conocer se meten en problemas. Aprendí que uno no debe ser
autorreferencial o autocelebratorio de lo que hace. Mi intención es
que esto sirva de punto de partida para un debate un poco más profundo
que va más allá del uso de un plaguicida, sino de un modelo
tecnológico de producción que exige su utilización.
   — ¿Entonces los cuestionamientos no de deben recaer sobre un
producto, sino sobre el sistema de producción?
   —Decir que el problema es el glifosato es achicar el discurso. Uno
debe hacer un esfuerzo intelectual y analizar que el glifosato es un
emergente. Es una consecuencia indeseada. Una forma de ver el
desarrollo de un país. No es que aparece el paquete tecnológico y
después alguien empieza a producir en función de eso, sino que hay una
decisión primaria, una forma de ver el progreso, el desarrollo de las
sociedades, la distribución de la riqueza y la explotación de los
recursos. La tecnología y la ciencia no son neutrales. A veces son
objetivas pero nunca neutrales. Y siempre las disciplinas tecnológicas
como las científicas se construyeron sobre marcos históricos,
ideológicos y culturales determinados.

Ciencia y autocrítica. La reflexión avanza en ese sentido. “Nosotros
no tenemos estos problemas por una casualidad, los tenemos porque
estamos inmersos en un mundo con un determinado sentido del desarrollo
y con una ciencia que tiene una función determinada”, afirma Carrasco.
“El científico que no haga una reflexión sobre eso se equivoca porque
está matando lo único que tiene la ciencia de permanente: la capacidad
crítica sobre sí misma. La ciencia es autocrítica pero además puede
ser subordinada o independiente, servir a pocos o muchos. También
puede ser «buena» cuando trae beneficios para muchos y puede ser
«mala» cuando enriquece a pocos”, insiste.
   —¿La tarea de disparar el alerta está cumplida?
   —Lo mío es sólo la contribución a un debate que, quienes tendrían
que liderarlo, no lo hacen. Entonces, que se instale, y que a partir
de sus problemas concretos, la gente les exija a sus gobernantes el
camino a seguir. Es importante que los vecinos se interesen por estos
problemas complejos, que no son sólo de la Argentina. En Bolivia los
dirigentes llevan adelante la construcción de un relato que incluye la
tecnología, el progreso, el desarrollo, la política, la economía y la
visión de para qué se erige una sociedad. Son intelectuales como los
nuestros pero están mirando un poco más allá, tratando de romper
barreras étnicas y contemplando la incorporación de elementos nuevos
que no provienen sólo de la racionalidad científica positivista de la
Europa de los siglos XVIII o XIX, sino de todas las cosas propias. Y
esto pasa en otros países.

     — ¿No así en Argentina?
   —En nuestro país, tanto universidades e instituciones
de divulgación científica están penetradas —y lo digo en el sentido
violatorio de la palabra—, por los grandes cruzados. Esos son los
fondos de Bajo la Alumbrera, del paquete tecnológico de desarrollo
agrario y tantos otros ejemplos que vienen circulando como casos
particulares o generales. En ellos se ve cómo los juegos de intereses
entran en aquellas cosas que percuden y erosionan la capacidad de
decisión nacional. Se meten en lugares que de alguna manera son
cooptados a través de distintos mecanismos para satisfacer sus
intenciones. Uno diría vulgarmente que son la expansión de espacios de
privatización. No es poca cosa, porque la Universidad es el lugar del
intelecto, del pensamiento crítico y debe estar al servicio de la
sociedad y nunca al de demandas o intereses de algunos sectores en
particular.
   — ¿Qué lo llevó a anticipar los resultados de sus estudios?
   — Cuando concreté la divulgación de mis estudios lo hice convencido
de que los resultados eran de interés público. A partir de allí
comenzaron a convocarme de diversos sectores de la sociedad:
ambientalistas, vecinos, movimientos colectivos que quieren saber de
qué se trata. Necesitan debatir el problema y adquirir elementos para
su propia discusión. No soy el actor principal de esta problemática.
Los protagonistas son aquellos que detectaron, se sensibilizaron,
denunciaron y se lanzaron a confrontar ideas y saberes para defender
sus derechos. Desde lo intelectual, uno tiene que acompañar estos
movimientos. A mi me sirvió para pensar sobre otras cosas que no
tienen mucho que ver con la biología molecular.
   —¿Cómo se identifican los objetivos a alcanzar?
   —No se puede parcializar como comúnmente hace el científico. Hay
que montar un mecanismo de interrelación, no al estilo académico, sino
real. Cada pueblo tiene su cultura que supo preservar o no de acuerdo
a su historia. Eso también interviene en estas discusiones porque es
lo que otorga la fortaleza o debilidad para defender algunas cosas.
Esto es muy complejo y difícil de resolver. Lo que podemos hacer es
mantener el debate arriba de la mesa. Me conformo con eso. El Estado
no puede hacerse el dueño de este debate que sí debe desarrollarse en
la sociedad en función de sus necesidades y nunca exclusivamente desde
una mirada sobre la renta. Es mentira que una sociedad con más ingreso
económico será más justa o tendrá mayor bienestar.
   — ¿Qué opina sobre el informe del Conicet encargado por la presidenta?
   —Está plagado de inexactitudes. No guarda las normas elementales
académicas. Cuando uno hace un trabajo de esa naturaleza debe usar
bibliografía independiente y en cambio menciona en 19 fragmentos
informes no publicados de la principal productora de Glifosato y en 35
párrafos refiere a trabajos de especialistas reconocidamente pagados
por la misma firma. Además, con el mismo informe yo hubiera llegado a
la conclusión opuesta: hubiera aplicado el principio precautorio. En
primer lugar, porque soy médico y convencido de que antes que curar
hay que prevenir. Pero además, y esto es lo segundo, si tengo datos
que me dicen que algo está ocurriendo, no puedo afirmar que no hay
suficientes pruebas. Eso es grave porque hay una forma de ver las
cosas evidentemente sesgada cuando surge de una comisión que
representa la institucionalidad del Estado para que emita un juicio.




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