[R-P] [R.Forster] Anunciadores del Apocalipsis...

Gustavo Battistoni gustavo.battistoni en gmail.com
Dom Oct 25 23:20:16 MDT 2009


    PÁGINA 12.

EL PAIS › OPINION
De profetas, augures, adivinos y otros anunciadores del Apocalipsis


  	

 Por Ricardo Forster *

Los augures parecen querer regresar una y otra vez. Sus profecías, que
desean fervientemente que se vuelvan autocumplidas, anuncian la
inminencia de la catástrofe. Su retórica, algo agusanada por el uso y
el abuso de la predicción fallida, describe un escenario de pesadilla
en el que la violencia social completamente salida de cauce terminará
por arrojarnos al abismo del desgobierno. Sueñan despiertos con la
reproducción hoy, acá y entre nosotros, de aquello acontecido en
diciembre de 2001. Alucinan un giro vertiginoso de los tiempos
políticos y sociales que lleve al país hacia un estallido brutal que
sólo podrá ser detenido por las fuerzas genuinamente republicanas,
retaguardia permanente de la patria amenazada por la bestia populista.
Sin pudor vociferan la llegada de un vendaval salvífico, de esos que
recogen de sus lecturas ultramontanas, aquellas en las que se describe
la llegada del Apocalipsis redentor. Miran con ojos de buitres atentos
a la primera señal, listos para arrojarse sobre ese cadáver que tanto
esperan. Son los heraldos de una violencia que se anuncia y a la que
se reclama cada día desde los grandes medios de comunicación,
preocupados, estos últimos, en horrorizarse ante las frases de un
Maradona exaltado aunque absolutamente despreocupados y cómplices ante
esas otras frases que nos hablan de bandas armadas, de piqueteros
violentos, de narcos infiltrados en los movimientos sociales y que nos
hacen desayunar cada día con los anuncios de un fin arrasador. En
estos días el mal lleva el nombre de Milagro Sala y del movimiento
Túpac Amaru.

El amigo lector pensará, algo sorprendido, que está ante un texto
emanado de los relatos bíblicos o, supondrá, que nos hemos deslizado
irreparablemente hacia cuestiones entre esotéricas y milenaristas.
Nada de eso. Escuchar a ciertos dirigentes políticos de la oposición
más frenética es tropezarse con descripciones mucho más demoledoras y
salvajes que las que inician este artículo. No agotan sus metáforas
tremendistas, no escatiman recursos verbales para hablarnos de la
pobreza, de la crispación, del clima tormentoso anunciador de una
violencia social indetenible; se dedican, como cierta pitonisa de
mirada paranoica, a construir frases que anticipan giros catastrofales
y venganzas inauditas. Y lo dicen sin pudor, sin que la mayoría de los
periodistas “independientes”, de esos que siempre nos ofrecen el
relato de su propia virtud republicana y democrática, digan
absolutamente nada o, cuanto menos, busquen interrogar con cierta
distancia crítica a los portadores de profecías tan escandalosas.
Quizá no lo hagan porque en su fuero interno, en el secreto de sus
posiciones, se sientan a gusto con esas visiones del Armagedón.

Entre Elisa Carrió y Gerardo Morales, para nombrar a los dos más
ilustres retóricos del fin de los tiempos, podemos llenar las páginas
del tremendismo nacional, un tremendismo que ya no se dedica sólo a
denostar al Gobierno (táctica que parece ya no ser suficiente para
atizar el espíritu de cierta clase media muy dispuesta, aparentemente,
a subirse al tren fantasma de la restauración neoliberal), sino que
ahora busca saciar su apetito reaccionario yendo contra los
movimientos sociales, describiéndolos como bandas de facinerosos que
sólo viven de los dineros públicos y de su uso clientelar. Bandas
violentas y armadas que se dedican a asustar y a escrachar a honestos
dirigentes opositores (transforman un acto menor, aunque no por eso
menos repudiable, en un acontecimiento monstruoso, como si el senador
Morales hubiera sido casi linchado por una horda de criminales. Nada
dijeron, claro, cuando los “chacareros republicanos y virtuosos” de
Santa Fe trataron con especial virulencia al diputado Agustín Rossi,
ni tampoco se les ocurrió denunciar a quienes se convirtieron,
amenazas mediante, durante meses en dueños de las rutas). Disfrutan
con la exageración, amasan con placer los distintos componentes que
supuestamente harían falta para que de una vez por todas una tormenta
purificadora se lleve puesto al Gobierno. Mientras lanzan a los cuatro
vientos sus anuncios y sus descripciones, son transformados por la
corporación mediática en pacíficos corderos hondamente preocupados por
la injusticia y la desigualdad. Para acentuar su inclinación altruista
tienen a su lado las voces de una Iglesia que prácticamente se ha
convertido en partido político de oposición (en verdad, daría la
impresión de que en Argentina, la Iglesia, la de Bergoglio, y la
corporación mediática constituyen el eje alrededor del cual gira una
oposición desmadrada e incapaz de aprovechar su “triunfo” del 28 de
junio).

Es grave, demasiado grave, que quienes se dicen gente de diálogo,
quienes se reclaman como fervorosos defensores de la convivencialidad
democrática, apuntalen un discurso que guarda una violencia y una
crispación a las que supuestamente denuncian como parte de la
idiosincrasia kirchnerista y como núcleo de los movimientos sociales.
Es grave que en un país que ha conocido épocas dominadas por el
terrorismo de Estado se utilicen con una liviandad irresponsable
argumentos que carecen de toda verificación (Carrió, Estenssoro y
Morales se dedicaron a ofrecer un mapa de ciertos movimientos sociales
y de piqueteros como si fueran fuerzas insurgentes, armadas hasta los
dientes y preparándose para tomar por asalto el poder. ¿Alguien dará
cuenta de estas barbaridades? ¿Algún medio de comunicación les
exigirá, a estos tres mosqueteros de causas que huelen mal,
explicaciones, datos, pruebas, etcétera, etcétera?). Lo que no dicen
es que durante los momentos más dramáticos de la crisis de finales de
los ’90, que desembocó en diciembre de 2001 y que luego siguió durante
todo 2002, fueron los movimientos sociales, los piqueteros, quienes
mostraron una conducta cívica impresionante impidiendo que una
violencia anómica, nacida de un país desmembrado con instituciones
absolutamente deslegitimadas, se derramara por las calles de las
ciudades. Fueron los desocupados, los más golpeados por las políticas
neoliberales, los que hablan mal, los invisibilizados, los que
contuvieron y encauzaron democráticamente las protestas mientras el
“país de los ricos y famosos”, el de los empresarios de éxito y el de
los políticos, estaba paralizado y no sabía cómo salir de un
atolladero gigantesco que, con sus complicidades, supieron generar. Y
ahora quieren arrojar sobre esos movimientos la sospecha de ser los
portadores de la violencia. Ironías de una Argentina que suele tener
la memoria corta allí donde prefiere ocultar sus propias
responsabilidades. La violencia, esa de la que supuestamente hablan y
a la que denuncian, ha provenido del poder, de sus injusticias e
iniquidades. Contra esa violencia se levantaron con inmenso coraje las
organizaciones de desocupados y los movimientos sociales. Ellas
pudieron darles un lenguaje a los silenciados, fueron capaces de
inventar algo nuevo en el interior de un orden corroído y envilecido.
Ellas fueron resguardo de la genuina democracia ante el saqueo y la
impudicia de las corporaciones. No todo, claro, ha sido virtuoso ni
transparente, lo que exige siempre lucidez en la crítica y capacidad
para eludir la tentación del anquilosamiento burocrático y el
facilismo clientelístico. Pero es la propia dinámica de las creaciones
populares la que podrá revisar sus caminos y no la ofensiva macartista
de aquellos que se ofrecen como víctimas cuando han sido, la mayor
parte de las veces, victimarios de los olvidados de la historia.

La virulencia irresponsable con la que lanzan acusaciones que, en otro
tiempo argentino, supusieron liberar la máquina represiva, descompone
la idea y la práctica de la democracia para dejar paso a los discursos
de la beligerancia. Se trata de hacer proliferar un clima de
crispación extrema, de multiplicar un relato que vaya infectando la
vida cotidiana por las señales inequívocas de un estallido por venir.
No les interesa el debate democrático, tampoco el procesamiento
mesurado de las discrepancias; piensan, están convencidos, que ha
llegado la hora de las palabras contundentes asociadas a denuncias
espectaculares que despachan en una sola frase la extraordinaria saga
de movimientos sociales que fueron expresión de una dignidad
inexistente en la mayor parte de la sociedad acomodada. Su discurso es
peligroso al mismo tiempo que falaz, pone en cuestión su
identificación con el orden democrático allí donde no hacen otra cosa
que hablar delirantemente de fascismo cuando no tienen argumentos para
confrontar políticamente con sus adversarios. Pero el problema no lo
tienen quienes así actúan y piensan, el problema lo tenemos todos
aquellos que seguimos sosteniendo la idea de una democracia que sea
capaz de procesar sus conflictos sin eliminarlos, que sepa profundizar
un itinerario hacia la justicia y la mayor equidad sabiendo que todo
proceso cuestiona intereses poderosos. Mientras tanto seguiremos
siendo testigos de los anunciadores del fuego, tendremos que seguir
viendo y escuchando, casi como si fuera en cadena nacional, que se
acerca el día de la catástrofe tan deseada.

Habitar la democracia, recrearla continuamente, darle rienda suelta a
nuestra capacidad de invención es también salir al cruce de estas
retóricas del fin del mundo, de estos augurios apocalípticos que lo
único que buscan es maniatar a la propia democracia confinándola a ser
una caja vacía, un mero lenguaje formal sin posibilidad alguna de
amplificar las voces de los incontables, de esos mismos que hoy son
denunciados como los portadores de “la violencia y la criminalidad”.
Es nuestra responsabilidad cuidar la convivencia democrática, y
cuidarla significa también ser capaces de revisar críticamente
nuestras actitudes y nuestros gestos, saber innovar y superar lo que
tal vez no sea pertinente para esta actualidad. El desafío de todos
aquellos que imaginamos una travesía argentina en clave emancipatoria
es no dejarnos ganar por el dogmatismo ni por las retóricas
facilistas. Debemos aprender mucho de las experiencias y las
vicisitudes de quienes salieron a la luz del día para colocar una
palabra reprimida y olvidada; pero también aquellos que han sabido
ponerse a la cabeza de esas demandas silenciadas durante tanto tiempo
tendrán que ser capaces de andar con los ojos bien abiertos para no
solo cuidarse de las acechanzas del poder sino, más difícil todavía,
de sus propias certezas.

* Doctor en Filosofía, profesor de la UBA.




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