[R-P] [José Luis Muñoz Azpiri (h)] Hacia una nueva política cultural [1 de 2]

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Oct 21 09:30:34 MDT 2009


[Primera de dos partes]

/“Algo se está gestando”: Jorge Coscia asume la dirección de la 
estratégica Secretaría de Cultura./

*“Hacia una nueva Política Cultural”*
*Por José Luis Muñoz Azpiri (h)*

/No se ría malevo. Todo ser que ha recibido gratuitamente una jeta de su 
terrible Creador debe mostrarla, lucirla y defenderla en todos los 
certámenes. Es la norma universal”/

*Leopoldo Marechal*

El nombramiento del compañero Jorge Coscia el frente de lo que 
consideramos una de la áreas esenciales y hasta diríamos prioritarias 
del Estado, ya ha conmovido al sanedrín literario y al corifeo compuesto 
por los ex progresistas de antaño, devenidos en vigorosos reaccionarios 
de hogaño. Bastó que planteara la necesidad de “culturalizar la política 
y politizar la cultura” para que los custodios del Parnaso libresco 
lanzaran el grito lúgubre de la Vestal violada. El 2 de agosto de 2009 
en un editorial del diario que Mitre dejó de guardaespaldas se advertía 
con alarma que las primeras definiciones del flamante Secretario traían 
“el recuerdo de anteriores gestiones culturales de los dos primeros 
gobiernos de origen peronista dando pie a inquietarse” y que el proyecto 
nacional y popular permite dudar si “habrá de abarcar y satisfacer a la 
mayoría de los sectores de la sociedad argentina para los cuales la 
cultura es y será un tema fundamental en el crecimiento de un país y de 
su identidad.”. Eufemismo para solicitar la intangibilidad de los 
figurones de la cultura oficial de remanido discurso, ahora agrupados en 
una logia denominada “Aurora” conducida por el escritor fetiche de “La 
Nación”: Marcos Aguinis. Días atrás, ya Beatriz Sarlo se había 
escandalizado por la marcha peronista en la ceremonia de asunción de 
funciones por parte de Coscia, de tal manera de dar manifiesto de “fe 
democrática” y adjurar de su pasado de juveniles rebeldías. El editorial 
de “La Nación” no perdió la oportunidad de botonear supuestas 
irregularidades de la gestión de Coscia en el Incaa, pero no mencionó 
las de la gestión de Aguinis (denunciadas por sus propios correligionarios).

El alboroto se explica ¿Hace cuánto no escuchábamos declaraciones como 
ésta?: “La cultura es esencial en la construcción de un proyecto 
nacional. La cultura y la política cultural deben formar parte de la 
construcción de un proyecto nacional que no deje a la cultura como una 
cuestión accesoria. De ahí que creo profundamente que hay que politizar 
la cultura y culturalizar la política; de esta dialéctica se nutre una 
concepción que pone a la cultura en la proa del proyecto político del 
cual formo parte”. Es decir, acercarnos a la comprensión de nuestra 
identidad colectiva, objeto central del pensamiento nacional.

Afirmación que, por cierto, lejos está de revolcarse en las oscuras 
miasmas de un chauvinismo hipócrita o en un antieuropeísmo de receta, 
pero si delimitar con rigor intelectual términos como “cultura” y 
“pensamiento nacional” y volver a desbrozar las malezas que nuevamente 
invaden la República.

Tarea no exenta de riesgo, por cierto, pues tal como planteara Jorge 
Bernardino Rivera en su “Riesgos y Seducciones de la Marmolería 
Funeraria”, ubicarse en la vereda de enfrente de materia de exégesis y 
apologética histórica involucró habitualmente riesgos académicos y 
personales que no todos los autores desearon correr. Pero entre nosotros 
resultó peligroso no solo ubicarse en la vereda opuesta, y disentir con 
lo esencial de la patrística consagrada, sino hasta el simple hecho de 
colocarse en posición “heterodoxa” en cuestiones accesorias o de mero 
detalle anecdótico.

“Se corría, por ejemplo el riesgo nada desdeñable de no ingresar en la 
Academia (esa especie de Jockey Club de los historiadores), como le 
sucedió a Rómulo Carbia y a Diego Luis Molinari, o de acceder apenas 
como miembro “correspondiente” tal como le pasó a José Luis Busaniche, a 
pesar de su liberalismo y su incuestionable seriedad historiográfica.

Se corría, lo que para un historiador o una bataclana equivale a un 
auténtico suicidio profesional, el riesgo del silencio, de la animosidad 
sorda, del rumor desprestigiante, de la hostilidad rencorosa y de la 
condenación a la última fila.

Pero no se trata, por cierto, de predicar la guerra santa contra el 
Olimpo liberal, para erigir en su lugar una nueva casta de Inmortales 
revisionistas y de “estampitas” nacionales, sino de recuperar (sin 
recortes excluyentes como los que hemos padecido) el conjunto del campo 
histórico y cultural, en toso aquellos aspectos que hagan de manera 
profunda y efectiva a nuestro proceso de descolonización, de 
reidentificación y de reivindicación de los propios patrimonios”.

Pero, en líneas generales ¿Qué entendemos por cultura?

Comencemos por las definiciones. La filosofía griega era gramática. 
“¿Qué es la naturaleza?”, “¿Qué es el alma?”, “¿Qué es el amor?”, etc. 
El propio sentimiento trágico de la vida, en la indagación unamunesca, 
se expresa en términos filosóficos. ¿A qué llamamos cultura? Según el 
léxico, al desarrollo intelectual artístico, como a la acción de 
cultivar las letras, ciencias, técnicas o artes.

El origen de la palabra es religioso y se relaciona con el vocablo 
“culto”. Los iniciados antiguos fueron sacerdotes. Merced a los 
conventos y los monjes pudo salvarse la herencia clásica durante la Edad 
Media. En el interior de nuestro país la palabra “cura” es sinónimo de 
culto; no goza de parecido privilegio el pastor protestante en el mundo 
nórdico.

Por principio, la cultura ha sido siempre menester de “clérigo”, es 
decir, de intelectual, de hombre de estudio, de acuerdo a la acepción 
histórica del concepto. Para ser culto es necesario “ordenarse”, recibir 
un sacramento de orden religioso o profano. De aquí que el concepto 
irradie una acepción “elitista”, como dice la actual y andante 
sociología importada, exenta de controles de cambio.

El concepto de “elite” alcanza a los estudios de humanidades, sin los 
cuales la cultura no existe. Todos somos iguales menos en las 
diferencias naturales que fijan la virtud y el talento, como estipuló la 
Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. La decencia común 
y la viveza de genio son signos de aristocracia. Ninguno de nosotros 
aceptaría ser igual a un lavador de cheques, a un vaciador de bancos 
dirigido por el Estado, a un torturador público o a un ladrón de textos 
ajenos bajo la excusa de “construcciones intertextuales”.

En sentido etnológico, la cultura abarcaría todo lo que el hombre 
elabora siempre que apunte a la realización de valores de tipo 
filosófico y con la facultad de objetivarse en bienes mentales o 
espirituales. En tal forma, constituiría cultura las normas que sirven 
de pauta de acción a una comunidad. En ellas se asienta idealmente la 
conducta del grupo cultural. En el mundo ha habido hasta ahora veintidós 
culturas, según el historiador inglés Arnold Toynbee, únicamente, según 
este autor, la raza negra de África no se ha visto aún solicitada por 
dicha necesidad creativa. El promocionado Samuel Huntington, vocero de 
la paranoia norteamericana respecto del resto del planeta, señala a 
Iberoamérica como una de las ocho civilizaciones que en el siglo XXI se 
disputarán el escenario mundial, junto a la occidental, la confuciana, 
la japonesa, la islámica, la hindú, la ortodoxa eslava y la 
negro-africana, aunque sobre esta última, al igual que Toynbee, tiene 
serias dudas.

Resulta por demás irónico que desde Harvard nos reconozcan una condición 
de civilización emergente que los intelectuales de la región aún vacilan 
en esgrimir, como si temieran el ridículo. Resulta revelador y hasta 
sorprendente que el pensamiento hegemónico esté dispuesto a reconocernos 
una dimensión cultural que nosotros aún vacilamos en atribuirnos, como 
si temiéramos ahondar el proceso de nuestra independencia. La definición 
urge, pues todo indica que permanecer en una tierra de nadie es 
renunciar al futuro.

Varios y múltiples pueden ser los órganos culturales, pero en nuestro 
país desde el punto de vista estrictamente intelectual, el verdadero 
pulmón de nuestra corriente sanguínea es la universidad; de ella deben 
provenir nuestros gobernantes, políticos, reformadores, intelectuales, 
artistas y técnicos. En Europa y ciertas regiones de Hispanoamérica, la 
cultura se aspira espontáneamente. A través de las catedrales y los 
centros ceremoniales, los museos, las bibliotecas, las avenidas, la gran 
prensa, los jardines públicos. Entre nosotros ese papel es subrogado por 
las altas casas de estudio.

*UBA: Todo el al año es carnaval*

Sin embargo, la Universidad argentina está en conmoción y el movimiento 
y la serie de contradicciones que esta engendra la han distanciado de 
los demás órganos culturales encerrándose en sí misma, como un quelonio, 
y sometiéndose al voluntarismo sindical de sus elecciones estudiantiles. 
Pero todo cambio o revolución proviene de desequilibrios y la decisión 
de superarlos. El “plutonismo” universitario – llamémosle así – se 
inspira en el dogma de la lucha de clases y en sus mitos económicos, 
sociales y cívicos. Dicho fuego subterráneo ya ha consumido demasiadas 
vidas y riquezas. La nueva política cultural debe partir de la evidencia 
de que los más importantes acontecimientos nacionales han sido los 
combates llevados a cabo por el pueblo – y no por “vanguardias 
esclarecidas” – en procura de mayor dignidad y bienestar humano y 
social. Hemos dicho, y lo repetimos, que luchar por la cultura nacional 
es, en primer lugar, luchar por la emancipación nacional, matriz 
material a partir de la cual nace la verdadera cultura. La lucha 
intelectual de hoy día es una lucha nacional. Qué será lo que contemos 
de nuestro pasado y qué seamos en este siglo es algo que está 
íntimamente relacionado. Si se logra imponer un revisionismo gorila, al 
estilo de Halperín Donghi o García Hamilton, podrá influirse sobre las 
generaciones jóvenes con el tinte del neoliberalismo. De lo contrario 
podrá haber un nuevo sentido y sentimiento nacional que abarque también 
nuestros proyectos de integración nacional.

No obstante, el objeto general de las aspiraciones revolucionarias 
universitarias no sería tanto la liberación nacional cuanto el acceso de 
la clase oprimida al poder. Pero ¿qué pensaríamos, si para el caso de 
intentar nuestra manumisión social y patriótica, se prescindiese de las 
garantías constitucionales y los fueros sociales? ¿Fascismo, 
Bonapartismo? Es necesario concitar el sano y ejecutivo espíritu 
revolucionario con las consignas del Movimiento, que se hallan sujetas a 
tácticas diversas. El peronismo es, por esencia, revolucionario. Desde 
los primeros días hablóse siempre de la “revolución justicialista”. De 
no haber sido así, carece de toda explicación racional y lógica, el odio 
y la envidia del mundo respecto de la Argentina, a partir de 1945. Ya 
había sentenciado Ortega y Gasset: “Se habla mucho de este país, se 
habla demasiado – es éste un problema curioso: la desproporción entre lo 
que es aún la Argentina y el ruido que produce en el mundo – se habla 
casi siempre mal”.

Esta ofensiva “de las balas y la baba” contra el pueblo de Mayo se 
desató a partir del 17 de Octubre. El peronismo es una especie de 
Bolivarianismo ideal y mítico – no el caricaturesco del Congreso de 
Panamá o la decepción de Guayaquil – destinado a irradiar a todo el 
ámbito de la América española una solución revolucionaria común. Bolívar 
solo pensó en cambiar Madrid por Londres, o sea una metrópoli por otra. 
La solución, en cambio, reside en nosotros.

Desde que la “Revolución Libertadora” en un acceso de ingenuidad 
“democrática” posibilitó la influencia de la izquierda mistonga en la 
universidad argentina, las altas casas de estudios se convirtieron – 
excepto los períodos de gobiernos de facto – en un permanente foco de 
agitación al pedo. El ámbito es inmejorable: primero, porque bastan unos 
pocos agitadores para que miles de giles los sigan gritando a favor o en 
contra y segundo, porque en la imagen pública, en una pelea entre 
estudiantes o piqueteros y la policía, la simpatía está de parte de los 
primeros. Esta vez fue la elección de un rector el punto de partida para 
el escándalo. Fue el 18 de diciembre de 2006, cuando asumió el rector 
normalizador Hallú, cuando tuvo que intervenir la policía para evitar 
que los trabajadores no docentes de la Universidad lincharan a los 
supuestos “estudiantes”. Es preciso diferenciar muy bien el problema: 
una cosa es que la Universidad tenga necesidad de más fondos para 
desarrollar sus actividades, que se deba “blanquear” la actividad 
docente en negro y extender el sistema de becas y otra cosa es que 
porque tiene todas las de ganar un candidato que no les gusta, 
trescientos “lúmpenes” con el aspecto de una manada de mandriles 
borrachos desarrollen un fenomenal quilombo. Ahora, desencantados como 
siempre por sus magros resultados electorales, intenta correr a algunos 
decanos – como el caso de Trinchero en Filosofía y Letras – por 
“izquierda”. Eso si, embanderados en nobles causas como solidarizarse 
con el pueblo hondureño, oponerse al nombramiento del “Fino” Palacios y 
la policía de Macri y apoyar la batalla de los petroleros santacruceños. 
Ayer acompañaron la Mesa de enlace, hoy a los obreros de Terrabusi. Es 
el típico síndrome de la izquierda tarada, ver situaciones 
“prerrevolucionarias” hasta en un embotellamiento de tránsito.

Antes pretendían el asalto al Poder. Ahora se conforman con el sánguche, 
el moscato y la recaudación de las fotocopiadoras. Son los resabios del 
“Fubismo” que con tanta lucidez evisceró Jauretche.

Pero ahora soplan otros vientos, las Universidades Nacionales ya no se 
amurallan dentro de los grandes centros urbanos capitalinos. Ha surgido 
un archipiélago de Altas Casas de Estudios en las orillas de la capital 
del Plata, cuya excelencia – como Quilmes, San Martín y otras – en 
muchos casos superan en calidad y cantidad de producción a la UBA.

Nos referimos especialmente a la Universidad Nacional de Lanús, nacida 
al calor de las necesidades concretas de su zona, evitando aportar a una 
superpoblación de abogados o especialistas en Ciencias Sociales, por 
ejemplo, pero proporcionado licenciaturas en Enfermería, Diseño Gráfico 
e Industrial, Técnicos en Imagen y Sonido, etc. Es decir, dando 
respuesta a los problemas acuciantes de la región. Esta labor, llevada 
con tenacidad y entusiasmo por su Rectora fundadora, la Dra. Ana 
Jaramillo, se encuadra en prolijas y funcionales instalaciones, donde la 
militancia política de sus estudiantes no se limita a enchastrar paredes 
(de hecho, no hemos visto un solo graffiti pero si cuidadas carteleras) 
pero si al desarrollo de actividades culturales y sociales con la 
comunidad, como talleres de teatro, danza y expresión para los chicos 
carenciados de la zona, a quienes también se les aporta un comedor y 
actividades recreativas en un “campus” envidiable por su diseño 
paisajístico, donde se encuentra una plaza denominada “Héroes de Malvinas”.

  Es de destacar que la Universidad Nacional de Lanús es la única hasta 
el momento, que brindó un homenaje a los Veteranos de la Guerra del 
Atlántico Sur y que prepara un Observatorio sobre la Causa Malvinas. No 
es casual este compromiso con el pensamiento nacional: sus pabellones se 
llaman Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Leopoldo Marechal, 
Rodolfo Walsh, Rodolfo Ortega Peña, etc. En este momento están 
realizando una nueva exposición del libro – diametralmente diferente a 
la que comentaremos después – y conmemorarán el 50º aniversario de “Casa 
de las Américas”. Es de esperar que este ejemplo cunda, por más que a la 
autoridades del Ministerio de Educación, en cuya orgánica todavía 
sobreviven muchos seguidores del socialismo cipayo, les de en el hígado.

*“Horror Vacui”*

Así llamaban los antiguos cartógrafos a la desesperación que le 
producían los espacios vacíos de sus portulanos, mientras esperaban con 
ansiedad el arribo de tripulaciones que le informaran de nuevos 
descubrimientos geográficos en el orbe. Entretanto, llenaban las zonas 
ignotas con tritones, narvales, sirenas y demás entidades mitológicas, 
ya que a falta de conocimientos apelaban a la imaginación. Pues bien, 
los “intelectuales orgánicos” del sistema, ante la conmoción que les 
produjo escuchar la marcha que enaltece al “Tirano prófugo, gran 
corruptor y sacrílego pirómano”, nada menos que en Salón Miguel Cané de 
la Secretaría de marras, comenzaron a exhumar del arcón de los trastos 
viejos toda la parafernalia de folklore gorila. Su /horror vacui/ 
político, su estulticia y aridez mental, los hizo recurrir a los 
antiguos íconos, ya que no pudieron superar la resaca de la borrachera 
del 55. La sola mención de instrumentar la cultura como proyecto 
transformador de la sociedad y no como un Jardín de las Hespérides para 
goce de las castas parasitarias, fue suficiente para que volviera a 
agitarse el mito de “Alpargatas sí, libros no”.

Ni en las Obras Completas y Discursos Completos de Perón editados por el 
Congreso, ni en las obras de Perón publicadas por ediciones oficiales o 
comerciales o privadas, o en textos históricos reconocidamente 
antiperonistas, ni siquiera en conversaciones informales de Perón (todo 
lo hablado y escrito por Perón está documentado), se encuentra la frase 
repetida hasta el hartazgo por tilingos y señoras gordas.

Si lo que se pretende con este infundio es destacar la ignorancia y el 
resentimiento de las clases populares, debemos señalar que es 
decididamente a la inversa: la dicotomía sarmientina es renovada 
permanentemente por el antiperonismo (aluvión zoológico, cabecita negra, 
profesores flor de ceibo, barbarie peronista, etc.). El muy culto y 
civilizado y socialista Américo Ghioldi, justamente dictó una 
conferencia en 1945 en el teatro Marconi que tituló “Alpargatas y libros 
en la Historia Argentina”, utilizando el maniqueísmo sarmientista para 
descalificar al peronismo que recién empezaba a nacer. Y fue el mismo 
socialista, ya caído el peronismo y ante su posible rebrote durante el 
intento revolucionario del general Valle en junio de 1956, quién 
expresó: “Se acabó la leche de la clemencia” aconsejando al gobierno 
militar de entonces a hacer uso de la represión y el fusilamiento, 
consejo que fue llevado a la práctica con sangrienta minuciosidad ejemplar.

Volviendo a la expresión en sí, su historia es la siguiente: en 
circunstancias en que una manifestación de obreros pasaba ocasionalmente 
enfrente de la Universidad Nacional de la Plata fueron provocados por 
los estudiantes que se encontraban en la puerta, por lo que los obreros 
manifestantes con esa frase que posteriormente atribuyeron erróneamente 
a Perón. Este incidente puede encontrarse en el diario “La Nación” del 
18 de octubre de 1945 firmado por su corresponsal en la ciudad de la 
Plata. Cuando Perón se enteró del incidente de la ciudad de La Plata 
manifestó: “Alpargatas sí, Libros también” según nos manifestó 
personalmente quién fuera su edecán y asistente de turno, el Brigadier 
(R) Carlos French.

Fue realmente penoso, en un programa de televisión popularmente conocido 
como “A dos sobres”, ver la gestualidad de un Catón de pacotilla como 
Marcos Aguinis, quien bendice y excomulga desde sus intragables libros – 
lectura playera de los comerciantes prósperos que veranean en Pinamar -, 
exigiéndole al Secretario de Cultura que pidiera disculpas al pueblo 
argentino por permitir que se cantara la marchita y se transformara a la 
catedral laica de la Av. Alvear en una Unidad Básica. Indignación que no 
manifestó cuando el gobierno de de la Rúa fue nombrado en el área un 
ignoto personaje que, no sólo carecía de obra conocida, sino que ni 
siquiera había terminado el secundario. Dato que sería accesorio si se 
hubiera escrito un libro, compuesto una canción o sido premiado en un 
concurso de plastilina. Pero no, el funcionario fue designado por su 
conocimiento del /show Business/, dejando de lado la verdadera función 
del Estado, cuyo objetivo debe ser la construcción de nacionalidad y 
ciudadanía, y no el noticiero o el diario del día siguiente, como 
resultado de la afluencia de público a espectáculos masivos. Hasta gente 
que no es del palo lo tiene en claro.

“Es como si no se advirtiera que sin la acción del Estado al público 
masivo sólo le resta la posibilidad de seguir accediendo al arte 
industrializado por medio de la radio o la televisión, mientras que el 
acervo folklórico, la música y el teatro de avanzada las expresiones de 
cámara sinfónicas y operísticas quedan, cada vez más, confinadas a 
sectores de élite. Solo la protección y el estímulo por parte del Estado 
pueden ampliar el público de esas expresiones artísticas de profundo 
valor cultural. De lo contrario quienes puedan hacerlo seguirán viajando 
a Nueva York y a San Pablo para acceder a manifestaciones culturales de 
alto nivel, en tanto que aquí los artistas seguirán siendo privados de 
los medios indispensables para su formación y entretenimiento, y de la 
formación de un público que pueda valorarlos como merecen.” (Pablo 
Batalla “De la cultura al entretenimiento” La Nación 27/8/09).

Este es el debate y no la chicana de café. Cantamos la marcha sí, voz en 
cuello y con los dedos en V –“in hoc signo vinces”- porque jamás 
renegaremos de nuestra identidad. Al igual que el general Pershing ante 
la tumba de Lafayette, pudimos decir: “Hemos regresado”.

*Entre Escila y Caribdis*

La dificultad de elegir entre dos males –en esta ocasión entre una ley 
heredada de la dictadura y una nueva que se nos presenta confusa y 
apresurada– tiene una larga tradición: el astuto Ulises sufrió esa 
prueba tras eludir los embrujos de las sirenas en su viaje de regreso a 
Ítaca. A fin de no naufragar en las embravecidas aguas del estrecho de 
Messina, el ingenioso aqueo prefirió bordear la roca habitada por la 
monstruosa Escila, que devoró a seis tripulantes de su nave, antes que 
orillar el peñasco de la aún más terrible Caribdis.

En cierta forma, en esta ocasión nos sentimos como el Laertíada, pero 
con una importante diferencia: con la ley de Medios de Radiodifusión nos 
pasa lo mismo que con el nombramiento de Coscia: basta ver quienes se 
oponen, para inmediatamente estar encolumnados a su lado.

El histérico debate, por parte de los grupos monopólicos, sobre la ley 
de medios, debe encuadrarse dentro del concepto de “hegemonía” 
desarrollado por Gramsci. Es decir, cuando el discurso de los sectores 
hegemónicos es impuesto, sutilmente, sobre las clases subalternas, que 
lo asumen voluntariamente como una categoría del “sentido común”. Hace 
veinte años, un papagayo rentado fallecido recientemente, que imploraba 
que “no lo dejaran solo”, desarmaba un teléfono ante las cámaras de 
televisión y decía que no encontraba adentro a un tipo con una 
banderita, a su vez reiteraba hasta el cansancio que los ferrocarriles 
daban un millón de dólares de pérdida por día y que las empresas del 
estado no había que privatizarlas, sino directamente regalarlas. Hasta 
se permitió organizar una kermés denominada la “Plaza del Si” donde 
miles de papanatas festejaron con regocijo su ingreso al Primer Mundo. 
Es decir, viajar a Miami sin necesidad de visa.

No recuerdo por aquellos años ningún “cacerolazo” cuando se regalaba 
Aerolíneas Argentinas, se entregaba el subsuelo y miles de petroleros y 
metalúrgicos eran obligados a permutar sus puestos de trabajo por el 
infame oficio del “cartoneo”. Es que “la gota de agua horada la piedra” 
y la prédica de los lenguaraces de los medios había penetrado hasta en 
los sectores más desfavorecidos. Aún hoy hemos mantenido discusiones con 
taxistas que manifestaban con vehemencia su solidaridad “con el campo”, 
mientras escuchaban Radio 10. Demás está decir que no sabía diferenciar 
un Shorthorn de un Aberdenn Angus, pero la radio le decía que los 
estaban robando, que primero iban por la tierra y después vendrían por 
su taxi “como en Venezuela”.

Ahora, como hongos después de lluvia, han regreso los voceros del 
mundialismo y la “integración al mundo desarrollado”, desde el vetusto 
Grondona hasta los penosos Espert, Cachanovsky y Broda para denunciar el 
retorno del satánico “estatismo”, sofisma que encubre lo que en realidad 
es la recuperación del patrimonio público, rifado o peor, destruido, 
desde el siniestro 2 de abril de 1976 con el célebre discurso de 
Martínez de Hoz. Eran las épocas en las que “al Proceso le era 
indiferente fabricar acero o caramelos”, la consecuencia es que la 
empresa argentina de mayor presencia internacional es “Arcor” y que San 
Nicolás se transformó en una ciudad fantasma. No se “estatizó”, se 
recuperaron los astilleros, las aerolíneas, el Área Material Córdoba, 
que comenzó a diseñar y fabricar aviones treinta años antes que Brasil y 
que el menemato regaló a una empresa norteamericana para rebajarla a 
taller de reparaciones (¿no habrá sido otras de las condiciones de los 
Tratados de Madrid tras nuestra derrota en Malvinas?). La única 
inversión desde que se privatizó Gas del Estado, gracias a los buenos 
oficios del “diputrucho”, fue la construcción de gasoductos para enviar 
un recurso no renovable al exterior con ganancias fabulosas para la 
empresa, no para el pueblo argentino que financió toda la 
infraestructura interna sobre la cual no se ha puesto un peso.

A esta fauna se le integran nuevos exponentes, como el estrafalario –en 
el aspecto y en el discurso– diputado de la Coalición Cívica Fernando 
Iglesias. Este curioso personaje plantea que hablar de reindustralizar 
el país es retrotraernos al siglo XIX, ya que en la actualidad las 
naciones del hemisferio norte son sociedades que apuestan a “la 
información y el conocimiento” (¿?) y que la reactivación de las 
Escuelas Técnicas es propio de mentes obsoletas (Menem destruyó las 
escuelas con el mismo libreto, dictado desde afuera). Es decir la 
propuesta es que nos dediquemos a la informática pero con computadoras 
adquiridas al exterior. ¡Esto sí que es regresar al siglo XIX! Exportar 
materias primas para importar manufacturas. Por algo integra en su 
Argentina del siglo XXI ¡Al sector primario agropecuario!, del cual no 
negamos su importancia en la economía nacional, simplemente destacamos 
que es competitivo gracias al desarrollo de nuestros científicos 
egresados de Universidades Públicas, no de tecnología importada. Al 
parecer por esos Lares ya no se fabrican barcos, ni aviones, ni 
automóviles, ni electrodomésticos, Pero que otra cosa puede esperarse de 
quien se presenta como “periodista y experto en globalización”, es como 
definirse “fabricante de sueños, operador alquímico y atleta sexual”. Es 
decir, un disparate. Cesare Lombroso estaba acertado, la cara es el 
reflejo del alma.

Este es el “discurso uno” que como en el “1984” de Orwell, imponen 
quienes se rasgan las vestiduras en nombre de la libertad de prensa y 
pluralidad democrática. Mientras el más insignificante cagatintas de 
toga judicial pontificaba en los canales de televisión ¿En qué noticiero 
se vio a un constitucionalista de nota como Alberto González Arzac, 
declarando que no veía objeciones de la Carta Magna respecto a la nueva 
ley? En el de canal 7, lo que demuestra la intolerancia de los que se 
proclaman tolerantes y abiertos a un diálogo que les es negado. Es 
curioso observar la bipolaridad de ciertos “analistas” políticos, cuando 
el país crecía a tasas chinas, no era por mérito propio sino por el 
“viento de cola”, ahora, que recibimos los efectos colaterales de la 
mayor crisis del capitalismo desde 1930, la responsabilidad es 
doméstica. Es evidente que hay muchos actores que juegan a la 
desestabilización, no solo los piqueteros como plantea cierta prensa 
canalla.

[Sigue en la segunda y última parte]




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