[R-P] [José Luis Muñoz Azpiri (h)] Hacia una nueva política cultural [1 de 2]
Nestor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Mie Oct 21 09:30:34 MDT 2009
[Primera de dos partes]
/“Algo se está gestando”: Jorge Coscia asume la dirección de la
estratégica Secretaría de Cultura./
*“Hacia una nueva Política Cultural”*
*Por José Luis Muñoz Azpiri (h)*
/No se ría malevo. Todo ser que ha recibido gratuitamente una jeta de su
terrible Creador debe mostrarla, lucirla y defenderla en todos los
certámenes. Es la norma universal”/
*Leopoldo Marechal*
El nombramiento del compañero Jorge Coscia el frente de lo que
consideramos una de la áreas esenciales y hasta diríamos prioritarias
del Estado, ya ha conmovido al sanedrín literario y al corifeo compuesto
por los ex progresistas de antaño, devenidos en vigorosos reaccionarios
de hogaño. Bastó que planteara la necesidad de “culturalizar la política
y politizar la cultura” para que los custodios del Parnaso libresco
lanzaran el grito lúgubre de la Vestal violada. El 2 de agosto de 2009
en un editorial del diario que Mitre dejó de guardaespaldas se advertía
con alarma que las primeras definiciones del flamante Secretario traían
“el recuerdo de anteriores gestiones culturales de los dos primeros
gobiernos de origen peronista dando pie a inquietarse” y que el proyecto
nacional y popular permite dudar si “habrá de abarcar y satisfacer a la
mayoría de los sectores de la sociedad argentina para los cuales la
cultura es y será un tema fundamental en el crecimiento de un país y de
su identidad.”. Eufemismo para solicitar la intangibilidad de los
figurones de la cultura oficial de remanido discurso, ahora agrupados en
una logia denominada “Aurora” conducida por el escritor fetiche de “La
Nación”: Marcos Aguinis. Días atrás, ya Beatriz Sarlo se había
escandalizado por la marcha peronista en la ceremonia de asunción de
funciones por parte de Coscia, de tal manera de dar manifiesto de “fe
democrática” y adjurar de su pasado de juveniles rebeldías. El editorial
de “La Nación” no perdió la oportunidad de botonear supuestas
irregularidades de la gestión de Coscia en el Incaa, pero no mencionó
las de la gestión de Aguinis (denunciadas por sus propios correligionarios).
El alboroto se explica ¿Hace cuánto no escuchábamos declaraciones como
ésta?: “La cultura es esencial en la construcción de un proyecto
nacional. La cultura y la política cultural deben formar parte de la
construcción de un proyecto nacional que no deje a la cultura como una
cuestión accesoria. De ahí que creo profundamente que hay que politizar
la cultura y culturalizar la política; de esta dialéctica se nutre una
concepción que pone a la cultura en la proa del proyecto político del
cual formo parte”. Es decir, acercarnos a la comprensión de nuestra
identidad colectiva, objeto central del pensamiento nacional.
Afirmación que, por cierto, lejos está de revolcarse en las oscuras
miasmas de un chauvinismo hipócrita o en un antieuropeísmo de receta,
pero si delimitar con rigor intelectual términos como “cultura” y
“pensamiento nacional” y volver a desbrozar las malezas que nuevamente
invaden la República.
Tarea no exenta de riesgo, por cierto, pues tal como planteara Jorge
Bernardino Rivera en su “Riesgos y Seducciones de la Marmolería
Funeraria”, ubicarse en la vereda de enfrente de materia de exégesis y
apologética histórica involucró habitualmente riesgos académicos y
personales que no todos los autores desearon correr. Pero entre nosotros
resultó peligroso no solo ubicarse en la vereda opuesta, y disentir con
lo esencial de la patrística consagrada, sino hasta el simple hecho de
colocarse en posición “heterodoxa” en cuestiones accesorias o de mero
detalle anecdótico.
“Se corría, por ejemplo el riesgo nada desdeñable de no ingresar en la
Academia (esa especie de Jockey Club de los historiadores), como le
sucedió a Rómulo Carbia y a Diego Luis Molinari, o de acceder apenas
como miembro “correspondiente” tal como le pasó a José Luis Busaniche, a
pesar de su liberalismo y su incuestionable seriedad historiográfica.
Se corría, lo que para un historiador o una bataclana equivale a un
auténtico suicidio profesional, el riesgo del silencio, de la animosidad
sorda, del rumor desprestigiante, de la hostilidad rencorosa y de la
condenación a la última fila.
Pero no se trata, por cierto, de predicar la guerra santa contra el
Olimpo liberal, para erigir en su lugar una nueva casta de Inmortales
revisionistas y de “estampitas” nacionales, sino de recuperar (sin
recortes excluyentes como los que hemos padecido) el conjunto del campo
histórico y cultural, en toso aquellos aspectos que hagan de manera
profunda y efectiva a nuestro proceso de descolonización, de
reidentificación y de reivindicación de los propios patrimonios”.
Pero, en líneas generales ¿Qué entendemos por cultura?
Comencemos por las definiciones. La filosofía griega era gramática.
“¿Qué es la naturaleza?”, “¿Qué es el alma?”, “¿Qué es el amor?”, etc.
El propio sentimiento trágico de la vida, en la indagación unamunesca,
se expresa en términos filosóficos. ¿A qué llamamos cultura? Según el
léxico, al desarrollo intelectual artístico, como a la acción de
cultivar las letras, ciencias, técnicas o artes.
El origen de la palabra es religioso y se relaciona con el vocablo
“culto”. Los iniciados antiguos fueron sacerdotes. Merced a los
conventos y los monjes pudo salvarse la herencia clásica durante la Edad
Media. En el interior de nuestro país la palabra “cura” es sinónimo de
culto; no goza de parecido privilegio el pastor protestante en el mundo
nórdico.
Por principio, la cultura ha sido siempre menester de “clérigo”, es
decir, de intelectual, de hombre de estudio, de acuerdo a la acepción
histórica del concepto. Para ser culto es necesario “ordenarse”, recibir
un sacramento de orden religioso o profano. De aquí que el concepto
irradie una acepción “elitista”, como dice la actual y andante
sociología importada, exenta de controles de cambio.
El concepto de “elite” alcanza a los estudios de humanidades, sin los
cuales la cultura no existe. Todos somos iguales menos en las
diferencias naturales que fijan la virtud y el talento, como estipuló la
Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. La decencia común
y la viveza de genio son signos de aristocracia. Ninguno de nosotros
aceptaría ser igual a un lavador de cheques, a un vaciador de bancos
dirigido por el Estado, a un torturador público o a un ladrón de textos
ajenos bajo la excusa de “construcciones intertextuales”.
En sentido etnológico, la cultura abarcaría todo lo que el hombre
elabora siempre que apunte a la realización de valores de tipo
filosófico y con la facultad de objetivarse en bienes mentales o
espirituales. En tal forma, constituiría cultura las normas que sirven
de pauta de acción a una comunidad. En ellas se asienta idealmente la
conducta del grupo cultural. En el mundo ha habido hasta ahora veintidós
culturas, según el historiador inglés Arnold Toynbee, únicamente, según
este autor, la raza negra de África no se ha visto aún solicitada por
dicha necesidad creativa. El promocionado Samuel Huntington, vocero de
la paranoia norteamericana respecto del resto del planeta, señala a
Iberoamérica como una de las ocho civilizaciones que en el siglo XXI se
disputarán el escenario mundial, junto a la occidental, la confuciana,
la japonesa, la islámica, la hindú, la ortodoxa eslava y la
negro-africana, aunque sobre esta última, al igual que Toynbee, tiene
serias dudas.
Resulta por demás irónico que desde Harvard nos reconozcan una condición
de civilización emergente que los intelectuales de la región aún vacilan
en esgrimir, como si temieran el ridículo. Resulta revelador y hasta
sorprendente que el pensamiento hegemónico esté dispuesto a reconocernos
una dimensión cultural que nosotros aún vacilamos en atribuirnos, como
si temiéramos ahondar el proceso de nuestra independencia. La definición
urge, pues todo indica que permanecer en una tierra de nadie es
renunciar al futuro.
Varios y múltiples pueden ser los órganos culturales, pero en nuestro
país desde el punto de vista estrictamente intelectual, el verdadero
pulmón de nuestra corriente sanguínea es la universidad; de ella deben
provenir nuestros gobernantes, políticos, reformadores, intelectuales,
artistas y técnicos. En Europa y ciertas regiones de Hispanoamérica, la
cultura se aspira espontáneamente. A través de las catedrales y los
centros ceremoniales, los museos, las bibliotecas, las avenidas, la gran
prensa, los jardines públicos. Entre nosotros ese papel es subrogado por
las altas casas de estudio.
*UBA: Todo el al año es carnaval*
Sin embargo, la Universidad argentina está en conmoción y el movimiento
y la serie de contradicciones que esta engendra la han distanciado de
los demás órganos culturales encerrándose en sí misma, como un quelonio,
y sometiéndose al voluntarismo sindical de sus elecciones estudiantiles.
Pero todo cambio o revolución proviene de desequilibrios y la decisión
de superarlos. El “plutonismo” universitario – llamémosle así – se
inspira en el dogma de la lucha de clases y en sus mitos económicos,
sociales y cívicos. Dicho fuego subterráneo ya ha consumido demasiadas
vidas y riquezas. La nueva política cultural debe partir de la evidencia
de que los más importantes acontecimientos nacionales han sido los
combates llevados a cabo por el pueblo – y no por “vanguardias
esclarecidas” – en procura de mayor dignidad y bienestar humano y
social. Hemos dicho, y lo repetimos, que luchar por la cultura nacional
es, en primer lugar, luchar por la emancipación nacional, matriz
material a partir de la cual nace la verdadera cultura. La lucha
intelectual de hoy día es una lucha nacional. Qué será lo que contemos
de nuestro pasado y qué seamos en este siglo es algo que está
íntimamente relacionado. Si se logra imponer un revisionismo gorila, al
estilo de Halperín Donghi o García Hamilton, podrá influirse sobre las
generaciones jóvenes con el tinte del neoliberalismo. De lo contrario
podrá haber un nuevo sentido y sentimiento nacional que abarque también
nuestros proyectos de integración nacional.
No obstante, el objeto general de las aspiraciones revolucionarias
universitarias no sería tanto la liberación nacional cuanto el acceso de
la clase oprimida al poder. Pero ¿qué pensaríamos, si para el caso de
intentar nuestra manumisión social y patriótica, se prescindiese de las
garantías constitucionales y los fueros sociales? ¿Fascismo,
Bonapartismo? Es necesario concitar el sano y ejecutivo espíritu
revolucionario con las consignas del Movimiento, que se hallan sujetas a
tácticas diversas. El peronismo es, por esencia, revolucionario. Desde
los primeros días hablóse siempre de la “revolución justicialista”. De
no haber sido así, carece de toda explicación racional y lógica, el odio
y la envidia del mundo respecto de la Argentina, a partir de 1945. Ya
había sentenciado Ortega y Gasset: “Se habla mucho de este país, se
habla demasiado – es éste un problema curioso: la desproporción entre lo
que es aún la Argentina y el ruido que produce en el mundo – se habla
casi siempre mal”.
Esta ofensiva “de las balas y la baba” contra el pueblo de Mayo se
desató a partir del 17 de Octubre. El peronismo es una especie de
Bolivarianismo ideal y mítico – no el caricaturesco del Congreso de
Panamá o la decepción de Guayaquil – destinado a irradiar a todo el
ámbito de la América española una solución revolucionaria común. Bolívar
solo pensó en cambiar Madrid por Londres, o sea una metrópoli por otra.
La solución, en cambio, reside en nosotros.
Desde que la “Revolución Libertadora” en un acceso de ingenuidad
“democrática” posibilitó la influencia de la izquierda mistonga en la
universidad argentina, las altas casas de estudios se convirtieron –
excepto los períodos de gobiernos de facto – en un permanente foco de
agitación al pedo. El ámbito es inmejorable: primero, porque bastan unos
pocos agitadores para que miles de giles los sigan gritando a favor o en
contra y segundo, porque en la imagen pública, en una pelea entre
estudiantes o piqueteros y la policía, la simpatía está de parte de los
primeros. Esta vez fue la elección de un rector el punto de partida para
el escándalo. Fue el 18 de diciembre de 2006, cuando asumió el rector
normalizador Hallú, cuando tuvo que intervenir la policía para evitar
que los trabajadores no docentes de la Universidad lincharan a los
supuestos “estudiantes”. Es preciso diferenciar muy bien el problema:
una cosa es que la Universidad tenga necesidad de más fondos para
desarrollar sus actividades, que se deba “blanquear” la actividad
docente en negro y extender el sistema de becas y otra cosa es que
porque tiene todas las de ganar un candidato que no les gusta,
trescientos “lúmpenes” con el aspecto de una manada de mandriles
borrachos desarrollen un fenomenal quilombo. Ahora, desencantados como
siempre por sus magros resultados electorales, intenta correr a algunos
decanos – como el caso de Trinchero en Filosofía y Letras – por
“izquierda”. Eso si, embanderados en nobles causas como solidarizarse
con el pueblo hondureño, oponerse al nombramiento del “Fino” Palacios y
la policía de Macri y apoyar la batalla de los petroleros santacruceños.
Ayer acompañaron la Mesa de enlace, hoy a los obreros de Terrabusi. Es
el típico síndrome de la izquierda tarada, ver situaciones
“prerrevolucionarias” hasta en un embotellamiento de tránsito.
Antes pretendían el asalto al Poder. Ahora se conforman con el sánguche,
el moscato y la recaudación de las fotocopiadoras. Son los resabios del
“Fubismo” que con tanta lucidez evisceró Jauretche.
Pero ahora soplan otros vientos, las Universidades Nacionales ya no se
amurallan dentro de los grandes centros urbanos capitalinos. Ha surgido
un archipiélago de Altas Casas de Estudios en las orillas de la capital
del Plata, cuya excelencia – como Quilmes, San Martín y otras – en
muchos casos superan en calidad y cantidad de producción a la UBA.
Nos referimos especialmente a la Universidad Nacional de Lanús, nacida
al calor de las necesidades concretas de su zona, evitando aportar a una
superpoblación de abogados o especialistas en Ciencias Sociales, por
ejemplo, pero proporcionado licenciaturas en Enfermería, Diseño Gráfico
e Industrial, Técnicos en Imagen y Sonido, etc. Es decir, dando
respuesta a los problemas acuciantes de la región. Esta labor, llevada
con tenacidad y entusiasmo por su Rectora fundadora, la Dra. Ana
Jaramillo, se encuadra en prolijas y funcionales instalaciones, donde la
militancia política de sus estudiantes no se limita a enchastrar paredes
(de hecho, no hemos visto un solo graffiti pero si cuidadas carteleras)
pero si al desarrollo de actividades culturales y sociales con la
comunidad, como talleres de teatro, danza y expresión para los chicos
carenciados de la zona, a quienes también se les aporta un comedor y
actividades recreativas en un “campus” envidiable por su diseño
paisajístico, donde se encuentra una plaza denominada “Héroes de Malvinas”.
Es de destacar que la Universidad Nacional de Lanús es la única hasta
el momento, que brindó un homenaje a los Veteranos de la Guerra del
Atlántico Sur y que prepara un Observatorio sobre la Causa Malvinas. No
es casual este compromiso con el pensamiento nacional: sus pabellones se
llaman Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Leopoldo Marechal,
Rodolfo Walsh, Rodolfo Ortega Peña, etc. En este momento están
realizando una nueva exposición del libro – diametralmente diferente a
la que comentaremos después – y conmemorarán el 50º aniversario de “Casa
de las Américas”. Es de esperar que este ejemplo cunda, por más que a la
autoridades del Ministerio de Educación, en cuya orgánica todavía
sobreviven muchos seguidores del socialismo cipayo, les de en el hígado.
*“Horror Vacui”*
Así llamaban los antiguos cartógrafos a la desesperación que le
producían los espacios vacíos de sus portulanos, mientras esperaban con
ansiedad el arribo de tripulaciones que le informaran de nuevos
descubrimientos geográficos en el orbe. Entretanto, llenaban las zonas
ignotas con tritones, narvales, sirenas y demás entidades mitológicas,
ya que a falta de conocimientos apelaban a la imaginación. Pues bien,
los “intelectuales orgánicos” del sistema, ante la conmoción que les
produjo escuchar la marcha que enaltece al “Tirano prófugo, gran
corruptor y sacrílego pirómano”, nada menos que en Salón Miguel Cané de
la Secretaría de marras, comenzaron a exhumar del arcón de los trastos
viejos toda la parafernalia de folklore gorila. Su /horror vacui/
político, su estulticia y aridez mental, los hizo recurrir a los
antiguos íconos, ya que no pudieron superar la resaca de la borrachera
del 55. La sola mención de instrumentar la cultura como proyecto
transformador de la sociedad y no como un Jardín de las Hespérides para
goce de las castas parasitarias, fue suficiente para que volviera a
agitarse el mito de “Alpargatas sí, libros no”.
Ni en las Obras Completas y Discursos Completos de Perón editados por el
Congreso, ni en las obras de Perón publicadas por ediciones oficiales o
comerciales o privadas, o en textos históricos reconocidamente
antiperonistas, ni siquiera en conversaciones informales de Perón (todo
lo hablado y escrito por Perón está documentado), se encuentra la frase
repetida hasta el hartazgo por tilingos y señoras gordas.
Si lo que se pretende con este infundio es destacar la ignorancia y el
resentimiento de las clases populares, debemos señalar que es
decididamente a la inversa: la dicotomía sarmientina es renovada
permanentemente por el antiperonismo (aluvión zoológico, cabecita negra,
profesores flor de ceibo, barbarie peronista, etc.). El muy culto y
civilizado y socialista Américo Ghioldi, justamente dictó una
conferencia en 1945 en el teatro Marconi que tituló “Alpargatas y libros
en la Historia Argentina”, utilizando el maniqueísmo sarmientista para
descalificar al peronismo que recién empezaba a nacer. Y fue el mismo
socialista, ya caído el peronismo y ante su posible rebrote durante el
intento revolucionario del general Valle en junio de 1956, quién
expresó: “Se acabó la leche de la clemencia” aconsejando al gobierno
militar de entonces a hacer uso de la represión y el fusilamiento,
consejo que fue llevado a la práctica con sangrienta minuciosidad ejemplar.
Volviendo a la expresión en sí, su historia es la siguiente: en
circunstancias en que una manifestación de obreros pasaba ocasionalmente
enfrente de la Universidad Nacional de la Plata fueron provocados por
los estudiantes que se encontraban en la puerta, por lo que los obreros
manifestantes con esa frase que posteriormente atribuyeron erróneamente
a Perón. Este incidente puede encontrarse en el diario “La Nación” del
18 de octubre de 1945 firmado por su corresponsal en la ciudad de la
Plata. Cuando Perón se enteró del incidente de la ciudad de La Plata
manifestó: “Alpargatas sí, Libros también” según nos manifestó
personalmente quién fuera su edecán y asistente de turno, el Brigadier
(R) Carlos French.
Fue realmente penoso, en un programa de televisión popularmente conocido
como “A dos sobres”, ver la gestualidad de un Catón de pacotilla como
Marcos Aguinis, quien bendice y excomulga desde sus intragables libros –
lectura playera de los comerciantes prósperos que veranean en Pinamar -,
exigiéndole al Secretario de Cultura que pidiera disculpas al pueblo
argentino por permitir que se cantara la marchita y se transformara a la
catedral laica de la Av. Alvear en una Unidad Básica. Indignación que no
manifestó cuando el gobierno de de la Rúa fue nombrado en el área un
ignoto personaje que, no sólo carecía de obra conocida, sino que ni
siquiera había terminado el secundario. Dato que sería accesorio si se
hubiera escrito un libro, compuesto una canción o sido premiado en un
concurso de plastilina. Pero no, el funcionario fue designado por su
conocimiento del /show Business/, dejando de lado la verdadera función
del Estado, cuyo objetivo debe ser la construcción de nacionalidad y
ciudadanía, y no el noticiero o el diario del día siguiente, como
resultado de la afluencia de público a espectáculos masivos. Hasta gente
que no es del palo lo tiene en claro.
“Es como si no se advirtiera que sin la acción del Estado al público
masivo sólo le resta la posibilidad de seguir accediendo al arte
industrializado por medio de la radio o la televisión, mientras que el
acervo folklórico, la música y el teatro de avanzada las expresiones de
cámara sinfónicas y operísticas quedan, cada vez más, confinadas a
sectores de élite. Solo la protección y el estímulo por parte del Estado
pueden ampliar el público de esas expresiones artísticas de profundo
valor cultural. De lo contrario quienes puedan hacerlo seguirán viajando
a Nueva York y a San Pablo para acceder a manifestaciones culturales de
alto nivel, en tanto que aquí los artistas seguirán siendo privados de
los medios indispensables para su formación y entretenimiento, y de la
formación de un público que pueda valorarlos como merecen.” (Pablo
Batalla “De la cultura al entretenimiento” La Nación 27/8/09).
Este es el debate y no la chicana de café. Cantamos la marcha sí, voz en
cuello y con los dedos en V –“in hoc signo vinces”- porque jamás
renegaremos de nuestra identidad. Al igual que el general Pershing ante
la tumba de Lafayette, pudimos decir: “Hemos regresado”.
*Entre Escila y Caribdis*
La dificultad de elegir entre dos males –en esta ocasión entre una ley
heredada de la dictadura y una nueva que se nos presenta confusa y
apresurada– tiene una larga tradición: el astuto Ulises sufrió esa
prueba tras eludir los embrujos de las sirenas en su viaje de regreso a
Ítaca. A fin de no naufragar en las embravecidas aguas del estrecho de
Messina, el ingenioso aqueo prefirió bordear la roca habitada por la
monstruosa Escila, que devoró a seis tripulantes de su nave, antes que
orillar el peñasco de la aún más terrible Caribdis.
En cierta forma, en esta ocasión nos sentimos como el Laertíada, pero
con una importante diferencia: con la ley de Medios de Radiodifusión nos
pasa lo mismo que con el nombramiento de Coscia: basta ver quienes se
oponen, para inmediatamente estar encolumnados a su lado.
El histérico debate, por parte de los grupos monopólicos, sobre la ley
de medios, debe encuadrarse dentro del concepto de “hegemonía”
desarrollado por Gramsci. Es decir, cuando el discurso de los sectores
hegemónicos es impuesto, sutilmente, sobre las clases subalternas, que
lo asumen voluntariamente como una categoría del “sentido común”. Hace
veinte años, un papagayo rentado fallecido recientemente, que imploraba
que “no lo dejaran solo”, desarmaba un teléfono ante las cámaras de
televisión y decía que no encontraba adentro a un tipo con una
banderita, a su vez reiteraba hasta el cansancio que los ferrocarriles
daban un millón de dólares de pérdida por día y que las empresas del
estado no había que privatizarlas, sino directamente regalarlas. Hasta
se permitió organizar una kermés denominada la “Plaza del Si” donde
miles de papanatas festejaron con regocijo su ingreso al Primer Mundo.
Es decir, viajar a Miami sin necesidad de visa.
No recuerdo por aquellos años ningún “cacerolazo” cuando se regalaba
Aerolíneas Argentinas, se entregaba el subsuelo y miles de petroleros y
metalúrgicos eran obligados a permutar sus puestos de trabajo por el
infame oficio del “cartoneo”. Es que “la gota de agua horada la piedra”
y la prédica de los lenguaraces de los medios había penetrado hasta en
los sectores más desfavorecidos. Aún hoy hemos mantenido discusiones con
taxistas que manifestaban con vehemencia su solidaridad “con el campo”,
mientras escuchaban Radio 10. Demás está decir que no sabía diferenciar
un Shorthorn de un Aberdenn Angus, pero la radio le decía que los
estaban robando, que primero iban por la tierra y después vendrían por
su taxi “como en Venezuela”.
Ahora, como hongos después de lluvia, han regreso los voceros del
mundialismo y la “integración al mundo desarrollado”, desde el vetusto
Grondona hasta los penosos Espert, Cachanovsky y Broda para denunciar el
retorno del satánico “estatismo”, sofisma que encubre lo que en realidad
es la recuperación del patrimonio público, rifado o peor, destruido,
desde el siniestro 2 de abril de 1976 con el célebre discurso de
Martínez de Hoz. Eran las épocas en las que “al Proceso le era
indiferente fabricar acero o caramelos”, la consecuencia es que la
empresa argentina de mayor presencia internacional es “Arcor” y que San
Nicolás se transformó en una ciudad fantasma. No se “estatizó”, se
recuperaron los astilleros, las aerolíneas, el Área Material Córdoba,
que comenzó a diseñar y fabricar aviones treinta años antes que Brasil y
que el menemato regaló a una empresa norteamericana para rebajarla a
taller de reparaciones (¿no habrá sido otras de las condiciones de los
Tratados de Madrid tras nuestra derrota en Malvinas?). La única
inversión desde que se privatizó Gas del Estado, gracias a los buenos
oficios del “diputrucho”, fue la construcción de gasoductos para enviar
un recurso no renovable al exterior con ganancias fabulosas para la
empresa, no para el pueblo argentino que financió toda la
infraestructura interna sobre la cual no se ha puesto un peso.
A esta fauna se le integran nuevos exponentes, como el estrafalario –en
el aspecto y en el discurso– diputado de la Coalición Cívica Fernando
Iglesias. Este curioso personaje plantea que hablar de reindustralizar
el país es retrotraernos al siglo XIX, ya que en la actualidad las
naciones del hemisferio norte son sociedades que apuestan a “la
información y el conocimiento” (¿?) y que la reactivación de las
Escuelas Técnicas es propio de mentes obsoletas (Menem destruyó las
escuelas con el mismo libreto, dictado desde afuera). Es decir la
propuesta es que nos dediquemos a la informática pero con computadoras
adquiridas al exterior. ¡Esto sí que es regresar al siglo XIX! Exportar
materias primas para importar manufacturas. Por algo integra en su
Argentina del siglo XXI ¡Al sector primario agropecuario!, del cual no
negamos su importancia en la economía nacional, simplemente destacamos
que es competitivo gracias al desarrollo de nuestros científicos
egresados de Universidades Públicas, no de tecnología importada. Al
parecer por esos Lares ya no se fabrican barcos, ni aviones, ni
automóviles, ni electrodomésticos, Pero que otra cosa puede esperarse de
quien se presenta como “periodista y experto en globalización”, es como
definirse “fabricante de sueños, operador alquímico y atleta sexual”. Es
decir, un disparate. Cesare Lombroso estaba acertado, la cara es el
reflejo del alma.
Este es el “discurso uno” que como en el “1984” de Orwell, imponen
quienes se rasgan las vestiduras en nombre de la libertad de prensa y
pluralidad democrática. Mientras el más insignificante cagatintas de
toga judicial pontificaba en los canales de televisión ¿En qué noticiero
se vio a un constitucionalista de nota como Alberto González Arzac,
declarando que no veía objeciones de la Carta Magna respecto a la nueva
ley? En el de canal 7, lo que demuestra la intolerancia de los que se
proclaman tolerantes y abiertos a un diálogo que les es negado. Es
curioso observar la bipolaridad de ciertos “analistas” políticos, cuando
el país crecía a tasas chinas, no era por mérito propio sino por el
“viento de cola”, ahora, que recibimos los efectos colaterales de la
mayor crisis del capitalismo desde 1930, la responsabilidad es
doméstica. Es evidente que hay muchos actores que juegan a la
desestabilización, no solo los piqueteros como plantea cierta prensa
canalla.
[Sigue en la segunda y última parte]
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