[R-P] [Tomás Barceló Cuesta] Que se la chupen

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Sab Oct 17 07:50:57 MDT 2009


[Excelente reflexión de un cubano que vive en la Argentina.]

Fuente: http://ternurayrabia.blogspot.com/2009/10/que-se-la-chupen.html

jueves 15 de octubre de 2009
Que se la chupen

Por Tomás Barceló Cuesta
Hay un Maradona –un Diego Armando Maradona esencial-, que los medios
nunca respetaron. O respetaron poco.
La leyenda es conocida: un pibe morocho, surgido de una zona pobre,
marginal, que sus piernas, rapidez y reflejos, más un sentido
espiritual de colectivo, lo llevaron a integrar la selección argentina
de fútbol. A partir de ahí todo fue gloria: el mundial juvenil del 79,
después el 86, la mano de Dios y la victoria frente al equipo de la
imperial Inglaterra. Maradona fue elevado a rango de dios. Subliminal
mensaje: hay hasta una aproximación fonética entre Diez, Diego y Dios.
Algo así como una trinidad futbolera.
El Pelusa siguió siendo gloria cuando transitó durante años, retirado
ya de las canchas, gordo y abotargado, por los alucinantes pasadizos
de la droga. Era tan sólo un dios abatido. Y siguió siendo gloria
cuando, en más de una ocasión, mantuvo en vilo al país, al mundo
entero, mientras gambeteando defendía la pelota de su vida ante ese
rival implacable que es la muerte. De haber fallecido, hoy fuera un
muerto tan grande como el Che. Y, oh azares de la vida, algo casi
olvidado: ambos son argentinos. Esto último no lo digo por la
nacionalidad común gracias al azar geográfico –dato irrelevante-, sino
por la cualidad de lo argénteo.
Maradona no es ningún dios, pero jugó como si lo fuera. Y tampoco
quizás haya sido el mejor jugador del mundo (aunque yo me lo crea y el
mundo también). Pero los medios, la publicidad y el dinero, tienen el
poder ilimitado de convertir la mierda en oro y a un hombre común y
mortal en cualquier cosa. Además de despojar al fútbol –como lo han
hecho- de su condición elemental de pura diversión, y elevarlo hasta
el paroxismo en un gran negocio de rentabilidades y cifras
gananciales, en el que los jugadores y el juego son la mercancía.
Maradona sirvió para tales propósitos mientras paseaba por las canchas
del mundo ese juego de potrero, de pibe menudo, cuyo sueño perentorio
es anotar un gol. Maradona después no sólo siguió anotando goles, sino
que también los fabricaba, llevando la pelota hasta límites
imposibles, ante las narices del arquero contrario y en tan sólo un
fugaz segundo, anidarla en los pies de algún cercano compañero de
equipo para que éste hiciera también lo suyo. Ningún otro jugador lo
ha logrado como él. Ya retirado, el brillo que le quedaba siguió
sirviendo para alimentar el cotilleo de los medios de comunicación:
aún había jugo en ese dios.
Todo le fue permitido. Incluso echarse ahora sobre sus hombros, la
carga de la dirección de la selección argentina. Pero nunca perder. Si
pierdes te convertimos en mierda. No lo olvides, eh Dieguito: el mundo
está diseñado para los ganadores.
Argentina, país de pérdidas y derrotas constantes, no sabe perder. De
ahí el tango, arte musical del lamento –elevado recientemente por la
UNESCO a patrimonio cultural mundial-, más el psicoanálisis, terapia
conversacional, intrincada, siempre tras la búsqueda de algo que no se
sabe qué.
Maradona, más que nada y por encima incluso de los medios, ha sido y
es dios de sí mismo. Dios de su propia condición esencial por la
cercanía con aquellos que siendo lo que él fue, alguna vez soñaron ser
lo que es: un desclasado que logró romper con la miseria que otros le
impusieron. Recurrente arquetipo del héroe en la cultura masificada
capitalista: al final, en el fútbol, el sueño del pibe no es hacer
goles, sino ganar millones: cuanto más, mejor. Un argentino más allá
del tango y la terapia. Nunca como antes pareció volver a esa esencia
suya, tan argentina –lo digo de nuevo por lo argénteo- cuando después
de ganarle a Uruguay, le arrostró a los periodistas –empleados de
primera línea del poder mediático- que él, junto al equipo y a los
argentinos que lo siguieron, sin la ayuda de los medios, y contrario a
lo que pensaban días antes esos mismos periodistas que tenía al
frente, habían logrado la victoria, y con ello su pase al mundial.
“Que me la chupen”, dijo entonces. Y lo dijo más de una vez. Los
medios y el provincianismo pacato, tan argentino –lo digo ahora por
Argentina- tendrán para unos cuantos días. Ya no es un dios. Es un mal
director técnico, diciendo groserías, ofendiendo a los empleados del
poder mediático. Horror.
Cuando uno de esos empleados le preguntó si se sintió presionado,
Maradona respondió lo más importante que pudo haber dicho en toda la
conferencia de prensa: “Presionado es un hombre que se levanta a las 5
de la mañana sin saber cómo será su día. Yo me siento con la
responsabilidad del equipo”.
Respuesta intrascendente para los medios. Hablar de desclasados no es
rentable. Tan sólo vale la pena cuando –salido de su entorno marginal-
algún pibe, como Maradona, comienza a convertir su sueño en dinero
propio. Dinero para los empresarios del fútbol. Y dinero, voz y
ganancia para el poder mediático.
Puertas adentro, en más de una conversación oligarca de sobremesa, no
faltará la frase conocida: Quién se cree que es ese negro de mierda.
Que se la chupen entonces.
Publicado por Tomás Barceló Cuesta en 12:47

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Néstor Gorojovsky
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