[R-P] Agenda de Reflexión N° 569 - En la senda de Von Humboldt
Patricia
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Vie Oct 16 13:09:56 MDT 2009
Nº 569 - En la senda de Von Humboldt‹ - | 16 de Octubre de 2009 ≈
Carlos Germán Conrado Burmeister [1807-1892]
Por José Luis Muñoz Azpiri
Un siglo atrás, contrariamente a la constante que padecemos desde hace más de cuarenta años, la Argentina no solo no expulsaba a sus científicos sino que los convocaba con el objeto de formar discípulos y enriquecer el acervo de una nación que recién se organizaba y cuyas potencialidades desconocía. Tal fue el caso de Germán Burmeister, a quien Mitre y Sarmiento se dirigieron para ofrecerle la Dirección del Museo de Buenos Aires.
Nacido en Stralsund, a orillas del mar Báltico y en ese entonces bajo el dominio de Suecia, Burmeister estudió medicina, ciencias naturales y filosofía e inició una breve carrera política. Pero pronto se dio cuenta que su personalidad directa y apasionada no encajaba en el mundo de la función pública y se dedicó por completo a las ciencias naturales. Fue un sabio mundialmente conocido por sus trabajos paleontológicos y zoológicos, en especial sobre insectos: su Handbuch der Entomologie, en cinco tomos, de 1832, ya había sido traducido al inglés. Después de ejercer durante algún tiempo la docencia, en 1850, consiguió un subsidio para viajar al Brasil, con el apoyo del famoso científico Alejandro Von Humboldt, que era su amigo. Fascinado por los paisajes de América del Sur, en 1856 viajó a los países del Plata y Chile; fruto de esos viajes fueron varios libros, entre los cuales el Reise durch die La Plata-Staaten, en dos volúmenes,
está casi dedicado exclusivamente a la Argentina. Aquí permaneció cuatro años recorriendo el país y reuniendo una asombrosa cantidad de datos sobre mineralogía y zoología. Volvió a Europa, pero el desencanto producido por motivos políticos lo indujeron a renunciar en 1861 a su cátedra en Halle y regresó a nuestro país con la intención de quedarse y entonces aceptó la dirección del Museo Público de Buenos Aires. Trabajando prácticamente solo como preparador, investigador, conservador, dibujante y corrector de pruebas, logró reunir colecciones de fósiles e insectos que alcanzaron prestigio ante todo el mundo. Durante dos años, con envidiable paciencia, reconstruyó sin ayuda el esqueleto de un gliptodonte y al mismo tiempo descubrió nuevas especies de insectos y escribió innumerables informes sobre temas como botánica, geografía, geología y entomología.
Pasaporte entregado a Burmeister de la Administración de Correos para viajar por la Confederación Argentina
Intentó fundar una sociedad paleontológica en 1866, que presidiría Gutiérrez, para apuntalar la languideciente Asociación de Amigos de la Historia Natural, pero tuvo corta existencia por ser demasiado especializada para su época. Es que Burmeister fue fundamentalmente un hombre del renacimiento, cuyo afán enciclopédico lo impulsaba a intentar abarcar la totalidad de las ciencias naturales. Prueba de ello fue la monumental obra “Description Phisique de la Republique Argentine” en la que se propuso describir la totalidad de la fauna flora, geología y paleontología del país y donde, nada menos él sería el único redactor e ilustrador. Semejante tarea, que hubiera llevado una vida, explica que la obra haya quedado inconclusa, habiendo aparecido solo cinco tomos, a partir de 1876, en alemán y francés
Hombre difícil y altanero, con un carácter más cercano al granadero prusiano que al erudito de gabinete, su personalidad lo llevó a polemizar con la mayoría de sus colegas que lo transformaron en una suerte de confinado científico de las calles Alsina y Perú. Al parecer no fue una excepción en el atribulado mundo de la ciencia, si nos atenemos a un comentario del descubridor del ADN, James D. Watson, respecto de sus colegas: “Contrariamente a la idea popular sostenida por los periódicos y por las madres de los sabios, un número considerable de estos sabios son, no ya mezquinos de espíritu y nada graciosos, sino también completamente idiotas”. Si esto es en la actualidad, imaginemos en los albores de la ciencia argentina lo que opinaría Burmeister sobre sus adversarios evolucionistas de la Gran Aldea, siendo él un solitario paladín del antidarwinismo. En efecto, en las sucesivas ediciones de su “Historia de la Creación” publicada
en 1843 y anterior al “Kosmos” de Humboldt, manifestó siempre su olímpico desdén antidarwinista, que sólo abandonaría a los 84 años, a poco de morir.
Es probable que las características de su personalidad, que lo llevaron a un exilio interior, determinaran que no fuera un maestro en sentido estricto, pero no le impidieron tener dos discípulos: Luis Jorge Fontana, el explorador intrépido del Gran Chaco y la Patagonia y él, por entonces, prometedor Francisco P. Moreno. Niño aún, recordaría el futuro “Perito”, visitó junto a sus dos hermanos a Burmeister, quien los recibió sonriente por el halago que le producía hallar eco en jóvenes con vocación de naturalistas. Fue tan viva la impresión que causó Moreno en el ánimo del viejo investigador, que bautizó a uno de los fósiles descubierto por su admirador con el nombre de “Dasypus Morenoi”. No obstante la distinción del sabio, Moreno puso a buen recaudo sus colecciones bajo la atenta mirada de su hermana Maruja, dado que Burmeister y los Moreno eran parientes, pues el erudito cascarrabias tenía fama de no devolver las piezas
prestadas. Pero las colecciones de Burmeister quedaron en el país, distinta fue la suerte de los descubridores argentinos del “Eoraptor” de Ischigualasto - un primitivo y pequeño dinosaurio de más de doscientos millones de años de antigüedad - a quienes, si bien no les birlaron los huesos, les robaron su justo reconocimiento. En 1991 la Universidad de San Juan invitó a la Universidad de Chicago a un trabajo conjunto de exploración y análisis de los restos fósiles del Valle de la Luna, donde tuvieron destacada participación científicos de la talla de los doctores Novas, Montea y Martínez. Sin embargo, tanto en “Nature” como en “National Geographic” el rol protagónico correspondió a los visitantes y la participación argentina quedó relegada al papel de meros “juntahuesos”, lo que produjo un malestar que el tiempo no ha subsanado. Los países centrales no solo se apropian de los recursos naturales de la periferia, también
de su producción cultural. Tal vez por ello, debemos ser indulgentes con los defectos que pudo haber tenido el solitario germano y recordar con gratitud la labor que desplegó en el Museo que, a la postre, le causó la muerte. El 8 de febrero de 1892, al abrir la ventana de una vitrina, cayó de una escalera doble y un cristal le abrió la arteria frontal. Antes de despedirse de la tierra que eligió y quiso como propia, nos dejó como legado los “Anales del Museo Público de Buenos Aires” y “Los caballos fósiles de la pampa argentina” con la que el gobierno argentino participó en la Exposición de Filadelfia de 1876.
José Luis Muñoz Azpiri
Para “Vida Silvestre”
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