[R-P] ULTIMA ENTREVISTA A JAURETCHE

Dr. Rodolfo E. Parbst drparbst en arnet.com.ar
Vie Oct 16 12:24:05 MDT 2009


ULTIMA ENTREVISTA A JAURETCHE

Por Blas Matamoro

Poco queda por agregar a este documento invalorable, que no esté dicho en la 
presentación de Matamoro. Simplemente decir que fue publicado originalmente 
en el número cuatro, correspondiente al mes de agosto de 1974, de la 
formidable revista Latinoamericana, que dirigían los escritores Alberto 
Vanasco y Juan Carlos Martini Real.


Con motivo de una encuesta dirigida a diversos escritores argentinos, acerca 
de la profesión del escritor y sus relaciones con el público, hice llegar un 
formulario de preguntas a Arturo Jauretche. El 18 de mayo de 1974, una 
semana exacta antes de su muerte, me reintegró el texto con las 
correspondientes respuestas. Pensaba viajar a Bahía Blanca, pero el malestar 
que ya lo llevaba a la muerte lo obligó a internarse inmediatamente. Quizá 
por aquel viaje, que el azar convertiría en definitivo, se apresuró don 
Arturo en contestar mis cuestiones. Ni él ni yo sabíamos que eran los 
últimos párrafos de ese discurso, esa conversación infinita que es su obra 
escrita. Por este hecho definitivo, desgloso sus contestaciones y las 
recuadro en este artículo.

De todos los escritores consultados, Jauretche es el único que no se 
reconoció como tal, o sea, como un especialista o un profesional de la 
escritura. Era quizás el único y el último representante de una especie 
decimonónica, romántica, primitiva de hombre -que- escribe (no hombre de 
letras, justamente, sino hombre en las letras). No es casual que, en su 
última prosa, se considere enraizado con la tradición de los escritores del 
80, que fueron, a la vez, dirigentes políticos, funcionarios, doctrinarios 
de un proyecto nacional a medias frustrado, y practicantes de una literatura 
que, inconscientemente, se definía como nacional a partir del uso del idioma 
tal como se daba en la conversación cotidiana.

En Jauretche la escritura no era, como a partir de la generación modernista, 
un acontecimiento del idioma dentro de la literatura. En Jauretche era un 
sustituto de la comunicación directa, un sucedáneo del habla. Dictaba sus 
textos, que eran mero reflejo del discurso hablado, y se enojaba con el 
escribiente si pretendía introducir alguna modificación que beneficiase el 
estilo en desmedro del documento. Le parecía que congelar la charla y 
petrificarla literariamente era como traicionar la inmediatez de la 
conversación que sostenía con sus interlocutores virtuales; su pueblo, digo 
yo; sus paisanos, decía él.

Jauretche era el último exponente de una literatura íntimamente ligada a la 
acción: a la acción en el aire libre de la historia, en el gran espacio de 
la convivencia social (o de la guerra civil). Escribir estaba, en él, 
conciente y expresamente subordinado a lo políticamente eficaz. Esto no lo 
exilia del mundo de la literatura. Todo ejercicio literario es un ejercicio 
ideológico; quiere decir: un inciso en un cuerpo de normas para la acción 
práctica. En el hombre de letras corriente, este ejercicio se enmascara en 
el mostrar o en el demostrar, en el tener o en el contener, en la 
impasibilidad del decadente o en el delirio verbal del metaforista. En 
escritores como Jauretche, el ejercicio se practica desnudamente: la 
literatura muestra su raíz ideológica o, si se quiere, retórica en el 
sentido íntimo y original del término: práctica de la persuasión, convicción 
de lo que está bien y, por lo mismo, debe hacerse.

Los hombres del 80 (Viñas lo muestra y Jauretche lo recuerda, no sin 
fastidio, como diría un hombre de letras) fraguaban en su prosa la 
conversación del club aristocrático. Su prosa evocaba la aterciopelada y 
bien comida intimidad del Círculo de Armas o del Club del Progreso. 
Jauretche, por el contrario, supone otro ámbito modelo: el comité 
yrigoyenista, la cuna de los misterios morales que encaminan la actitud 
política, y también el ámbito del café bohemio, donde se redactan las actas 
de acusación a la sociedad farisea, las fantasías de un futuro país activo y 
sin tutelajes.

Este paralelismo acción/escritura se da en proporciones inversas de ambas 
partes durante la vida productiva de Jauretche: mientras militó en FORJA y 
en el peronismo, se redujo a escribir manifiestos, documentos de época, o al 
periodismo resistente de 1955 (el diario El 45). Fue durante el exilio 
interior (interior a su país, no a la dudosa intimidad del alma del hombre 
de letras, que constituye su soledad con su escritura), durante la 
marginación de la actividad política, que se dedicó a componer sus libros, 
con un aliento de estabilidad que no tienen sus otras prosas (y versos). De 
ahí que su escritura sea un constante recurrir nostálgico de la actividad, 
su incierto sustitutivo: añora los tiempos en que era artículo que se leería 
al día siguiente, panfleto que caería entre la multitud, horas después. 
Añoraba la barricada o la tribuna desde donde la palabra se emite cara a 
cara del receptor.

No es casual ni debe mover a curiosidad esta mención postuma -ahora- de 
Jauretche a Victoria Ocampo. Hay una inédita correspondencia entre Victoria 
y don Arturo que algún día, quizá, sea un capítulo menor de nuestra historia 
literaria. Más allá de esa diferida conversación de viejos, que recuerdan un 
mundo connotado por su juventud y cerrado por el paso del tiempo, el 
entendimiento -tan delgado entre dos personajes tan distantes en el espacio 
político- entre ellos pasó por otro vaso comunicante: era el diálogo entre 
la última conservadora del 80 (ella diría mejor la derniére caúsense y el 
último escritor-hombre-de-acción del siglo XIX. Los separaba un proyecto 
nacional completamente distinto, pero los acercaba un lenguaje común. El de 
la Ocampo era el lenguaje que recontaba las glorias pretéritas de un mundo 
ya concluso, el que habían construido sus mayores, a la sombra del mito de 
un espíritu de ultramar encarnado en el cuerpo americano. Era un mito que 
caminaba lentamente la única dirección del tiempo, pero con la cabeza vuelta 
hacia el pasado. El lenguaje de Jauretche, aunque a menudo comprometido con 
esa misma imagen pasada (al considerarse, por ejemplo, en la opción 
sarmientina, continuador de la "barbarie") estaba orientado por un mito 
inconcluso, cuya culminación estaba en el porvenir. Era el lenguaje de un 
discurso a sus paisanos, una persuasión a la práctica de una lucha 
libertadora.


- ¿Vive Ud. de sus derechos de autor?

- No.

- En caso afirmativo: ¿ha vivido de ellos desde que escribe?

- Voy a contestar aunque el caso sea negativo. He sido escritor privado, es 
decir, sólo para los que comulgan conmigo, pues carecía de medios de 
promoción y contacto con el público, como ocurrió seguramente a la mayoría 
de los escritores argentinos que por nacionales quedaron inéditos. Ser más 
explícito sería redundar en lo que ya tengo dicho particularmente en Los 
profetas del odio y la yapa, sobre la colonización pedagógica y la 
constitución de la inteligentzia. Después de los sesenta años he resultado 
escritor, pero esto por la transformación, nacionalización de los nuevos 
lectores que buscaron algo que estuviera fuera de lo impuesto por el 
sistema.

- En caso negativo: ¿de qué vive o vivió?

- No he vivido del libro. Muchos años de mi trabajo de abogado, cinco o seis 
como funcionario. También del producto de actividades diversas porque 
afortunadamente tengo múltiples aptitudes para ganarme la vida, entre ellas 
el periodismo. Y también para vivir como pobre, porque eso he sabido serlo 
siempre que fuera la garantía de mi libertad. Ahora hace años que soy 
jubilado.

-¿Hace habitualmente vida literaria (si concurre habitualmente a actos, 
conferencias, , presentaciones de libros, reuniones de escritores)?

- No he frecuentado habitualmente las reuniones literarias y no lo hago 
ahora. En una respuesta anterior se encontrará la explicación. Además no me 
considero literato sino un hombre que usa el instrumento de la pluma para 
tomar contacto con sus paisanos y servirlos en lo que pueda. No me opongo a 
que haya literatos, pero a mí me parece que es con el riesgo de perder algo 
la condición humana para ser un experto más: en belleza si se quiere. A mí 
esto no me tira.

- En caso negativo: ¿por qué?

- Creo que ya está contestada.

- ¿Tiene militancia en organizaciones de intelectuales? ¿La ha tenido en 
organizaciones profesionales o gremiales?, ¿en organizaciones de otro tipo? 
En caso negativo: ¿por qué?

- Creo que ya está contestada.

- ¿Entiende que su tarea de escritor tiene implicancias extraliterarias?

- Creo que sí y también lo acabo de decir de una manera general, política, 
pero en el término está implícito lo demás.

- ¿Con cuál de estas ideas considera más afín su tarea de escritor? Hobby, 
divertimento, profesión, obsesión, refugio, cura (entendida como salida a un 
malestar), otras.

- Contestada en la anterior. Para mí el fin ha sido comunicación, difusión y 
proselitismo. Ni hobby, ni divertimento, profesión, obsesión, ni mucho menos 
refugio y cura. Debo advertirle que escribo con alegría y que las angustias 
me vienen cuando no me sale nada que comunicar y en forma digerible por el 
lector.

- ¿Se considera continuador de: la obra de algún escritor argentino 
anterior, la obra de algún escritor extranjero anterior, la obra y los 
principios de alguna escuela literaria, la obra y los principios de alguna 
escuela o grupo de otro tipo?

- No creo continuar la obra de ningún escritor argentino y de todos, si se 
entiende por éstos los nacionales. Si alguno me ha influido fuertemente ha 
sido Scalabrini Ortiz. En cuanto a escuela literaria es la de mis lecturas, 
pero éstas abarcan tan distintas escuelas que no puedo identificar a 
ninguna. Tal vez en mi estilo han influido Sarmiento, Mansilla, en general 
los del 80. Recuerdo aquí que Ramón Doll decía de éstos que habían creado 
una escuela literaria cuya base consistía en el uso de un lenguaje coloquial 
y llano que convertía la prosa en un diálogo con el lector, abundante en 
referencias circunstanciales y de general conocimiento. También en cierta 
medida Doll escribía así señalando como perniciosa la influencia de 
Groussac, que había extirpado el floripondio y el tropicalismo pero al mismo 
tiempo la espontaneidad creadora. David Viñas dice que el carácter coloquial 
de aquellos escritores surgía de que escribieron para un público reducido de 
clubmen. En mi modesto esfuerzo creo haber mostrado que también el lenguaje 
coloquial vale para el gran público y no sólo en la letra de los tangos. 
Tenemos el caso de Victoria Ocampo que a no dudarlo ha sido uno de los 
factores del extrañamiento de nuestra literatura, pero cuya prosa 
periodística, cuando la emplea dejando de lado cultura libresca, corre en 
una atmósfera que repite la de aquellos escritores. Tengo presente un 
artículo no muy lejano sobre un tema tan francés como puede ser algo sobre 
Chanel, la modista, y cuyo estilo se vincula con aquel de los argentinos 
cuya restauración literaria quiero convertir en modelo.

- ¿Ha sentido nostalgia alguna vez por desarrollar alguna tarea afín no 
ejercida?

- No he tenido nunca la tentación de ningún género de esos para los que 
posiblemente soy incapaz. Es cierto que con Manzi hicimos un sainete: Lengua 
larga, que nunca se representó y que colaboré con el mismo en la letra de 
una milonga; Milonga de Puente Alsina donde empleo el pseudónimo de Julián 
Barrientos que es el personaje de un poema gauchesco, El Paso de los Libres, 
que tal vez quiera estar en la huella de Hernández, según el prologuista. 
Está al salir la tercera edición, pues la primera era en 1934. Pero en 
realidad siguiendo lo de Hernández no pretendo haber buscado reproducir sus 
aptitudes poéticas. Los fines eran políticos como en todos mis escritos. 
Después vino mi largo silencio en el libro y sólo fui periodista en sueltos 
que algunos consideran sólo panfletos. He coleccionado alguno de éstos en: 
Prosa de Hacha y Tiza; Filo, Contrafilo y Punta y Mano a mano entre 
nosotros, cuyas terceras ediciones están también al salir. Me parece que 
muchos de esos panfletos han resistido la prueba del tiempo, con lo que 
tengo derecho a suponer que no son tan panfletos como se dice, sino que más 
bien había algo que decir, y para su eficacia periodística se recurrió a la 
apariencia del panfleto.

- En caso afirmativo: ¿por qué no la ejerció?

- Ya está explicado.

- ¿Considera que, en nuestra sociedad, la literatura es una ocupación 
marginal?

- También se sobreentiende con lo que he dicho antes.

- ¿Ejerce la literatura en detrimento de otra tarea personal?

- No sé si hay detrimento; más bien creo que hay integración.

- ¿Hay una escisión entre literatura y pueblo? Antes de contestar, trate de 
definir ambos términos; si es posible, por ideas afines.

- Esta pregunta es para otro tipo de escritor. Yo trato de comunicarme y 
para determinados fines generalmente proselitistas; no puedo de tal manera 
separar literatura y pueblo. No pretendo que ésta sea la contestación de un 
literato sino de quien soy. Es toda la cuestión del arte, pero yo no me 
propongo ser un artista; si por casualidad lo llego a ser en un momento no 
es porque lo busque. No me meto en la cuestión. Tal vez porque toda mi prosa 
es un entretenimiento.

- ¿Hace caso de algún tipo de lector de sus libros?

- Sí y no. Escribo para los que me leen y me gusta que me lean, pero no 
escribo para ser grato a ningún oído. Mi objeto es persuadir especialmente a 
los no persuadidos y, lógicamente, si me pongo a pensar en éstos tengo que 
tenerlos en cuenta, pero no por lo que ellos piensan sino por lo que yo 
quiero que piensen. Mis lectores son numerosos y esto no es jactancia porque 
tengo tres o cuatro libros que andan entre las siete y las doce ediciones. A 
veces me sor- prende cuando me paran en la calle, cosa constante, pero no 
estoy muy seguro que lo hagan porque me han leído sino porque me han visto 
en televisión. Tengo muchos escritores amigos pero no voy a nombrar a 
ninguno porque aquellos que excluya aquí van a considerar que he establecido 
jerarquías entre escritores y entre amigos, y ya me he ganado bastantes 
enemigos que me interesan como tales para que se agreguen aquellos que 
quiero y estimo.

- ¿Da a leer sus obras antes de publicarlas?

- Algunas personas de mi más íntima confianza suelen aguantar la lectura de 
los borradores pero soy muy prudente, por ellos y por mí, pues no quiero ser 
influido.

- En caso afirmativo: ¿atiende las sugerencias y correcciones propuestas?

- Muy por cuenta gotas. Diría que ni siquiera someto a mi propia censura mis 
originales. Eso explica muchas erratas de la que no tiene la culpa ni el 
linotipista, ni el editor, ni el corrector de pruebas.

- ¿Qué opina de esta encuesta?

- Muy interesante si los que la contestan dicen su verdad y no la de la 
imagen que ya tienen de sí. Porque en toda acción pública hay el peligro de 
construir una imagen y luego ser prisionero de la misma que obliga a serle 
fiel, expresando a un escritor -lo mismo a un político- que se convierte en 
un embalsamado, para mantener la identidad de la imagen.
 





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