[R-P] [Enrique Lacolla] La despolitización

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Jue Oct 8 15:30:42 MDT 2009


*La despolitización *

/Por Enrique Lacolla/

/La despolitización argentina, derivada en gran parte del lavado de 
cerebro practicado por los medios masivos desde hace décadas, tiene en 
anchos sectores la clase media a su expresión más desagradable y 
paralizante. /

El campo de visión en la política argentina suele estar acotado por el 
lugar común instituido por los medios, pero también, y en no escasa 
medida, por el prejuicio de parte de la clase media en contra del 
peronismo, cuyos elementos turbios y contradictorios la rechazan. Este 
rechazo, sin embargo, no suele ser exteriorizado por ella en la misma 
medida respecto de fenómenos similares que han caracterizado y 
caracterizan al /establishment/ económico y a otras fuerzas partidarias 
  presentes en nuestra sociedad. Ese prejuicio es el reflejo –que varía 
en sus matices a través del tiempo, pero que traduce una misma 
hostilidad-, de una opinión condicionada por la presión que ejerce un 
aparato cultural que va de la solemnidad de la historia oficial forjada 
por la oligarquía, a la aparente independencia de esta proveniente de un 
progresismo que tiende a coincidir empero con aquella en su común 
rechazo a ese movimiento popular. Coincidencia que se hace más evidente 
que nunca en los momentos críticos, en los cuales derechas e izquierdas 
embisten, desde los dos costados del espectro político, contra el 
peronismo cuando este se encuentra en apuros.

No desearía hablar en primera persona, pero en este caso no hacerlo así 
sería artificial: que quede claro que yo no soy peronista. Para mí, sin 
embargo, como para muchos otros, ese movimiento, con sus altibajos, sus 
errores, sus corrupciones y su a veces inconmensurable torpeza, fue el 
hecho que más profundamente agitó a la sociedad argentina en el último 
medio siglo y que merece, por lo tanto, una visión más precisa, 
sistemática y comprensiva de sus aciertos y fracasos. La izquierda 
nacional[1] explicó en forma reiterada desde 1945 para acá, la 
naturaleza del fenómeno: un movimiento popular puesto bajo la advocación 
de una dirección bonapartista –o populista, si se quiere- que venía a 
desempeñar la función vicaria de una burguesía nacional que no se veía 
ni se ve por ningún lado.

Para llenar esa misión llamó a las masas, hasta entonces desprovistas de 
una dirección estratégica, les otorgó un estatus social y, en 
consecuencia, las nacionalizó en una medida en que nunca lo habían 
estado antes. El movimiento no pudo llevar adelante su proyecto en su 
totalidad por la feroz hostilidad que despertó en los sectores 
vinculados al imperialismo o influidos por este, y por razones que 
hacían a sus propios problemas internos y a la incapacidad de 
resolverlos como no fuera a través de la presencia autoritaria de un 
líder carismático que no se proponía tener iguales y que, cuando sus 
fuerzas se agotaron, fue incapaz de controlar la crisis intestina de su 
partido. Pero este conflicto interno en definitiva no era otra cosa que 
la evidencia, en el seno del movimiento nacional, de la insuficiencia de 
este para darse una ideología coherente y persistir en su propio 
proyecto. Esto es, de romper con una tradición intelectual dependiente 
concebida a la medida de los intereses de los grupos económicamente 
dominantes y forjar una nueva, orientada a una transformación 
revolucionaria de la sociedad.

Convengamos en que el peronismo de los orígenes, con sus méritos y sus 
deméritos, es hoy un fantasma del pasado. Sus estructuras fueron minadas 
de manera irreversible por el menemismo, que lo traicionó y saboteó por 
dentro y logró lo que sus enemigos externos nunca habían conseguido, 
esto es, abolir sus banderas tradicionales y liquidar el patrimonio 
físico e ideológico que, mal que bien, había hasta entonces custodiado.

Lo que tenemos ahora en el panorama político es un conglomerado de 
facciones movidas por apetitos mezquinos, frente a un gobierno que 
expresa demasiado tímidamente la vocación nacional y popular de los 
inicios del peronismo y que sólo hoy, cuando se le ha hecho evidente que 
es imposible pactar con el enemigo y que este no le va a perdonar ni 
siquiera los atisbos de una acción contra el sistema, se decide 
tardíamente a tomar impulso y a atacarlo en los frentes que le duelen. 
En especial en la cuestión de las AFJP, de las retenciones al agro y de 
los monopolios de la comunicación que ejercen una virtual dictadura, 
disfrazada de pluralismo, sobre una opinión a la que bombardean con un 
discurso unívoco que se desploma desde la prensa gráfica, la radio y la 
televisión, discurso hábil para aprovechar los errores de imagen, reales 
o inventados, cometidos por el gobierno.

/Alergias/

Y bien, en este momento crítico de pronto vuelve a manifestarse esa 
repulsa de piel, en buena medida inducida pero de fácil penetración, en 
un amplio espectro de la clase media, respecto de esa “obstinación 
argentina”, como llama José Pablo Feinmann al peronismo. Un dato ha 
hecho patente esa animadversión por estos días. La famosa ley de medios. 
La ley de medios ha sido bombardeada desde todos los ángulos sin que se 
exhiba ni la sombra de una recusación legal o conceptual seria. Pero, 
como en el caso de la frustrada ley de retenciones al campo, ha servido 
como catalizador de la difusa antipatía que genera el gobierno en 
amplios sectores de la sociedad que no tienen intereses creados en los 
medios de comunicación, como no los tuvieron antes respecto de la renta 
agraria. La cuestión para ellos parece pasar más bien en la oportunidad 
que se les brinda para exteriorizar su antipatía para con un Poder 
Ejecutivo que, en verdad, no la merece, al menos de parte de quienes la 
profesan desde el rango social al que nos referimos. Que este ha sido un 
gobierno insuficiente en lo que hace a un proyecto nacional de 
desarrollo lo dijimos más arriba y lo hemos mentado en repetidas 
ocasiones. Pero si evaluamos a los gobiernos que lo han antecedido, esa 
deficiencia empalidece.

Para algunos observadores, como Torcuato di Tella, por ejemplo, este es 
el mejor gobierno que ha tenido el país desde 1930. Se trata de una 
apreciación más que discutible en lo referido a su accionar general, 
pero sin duda en lo vinculado a la calidad institucional e incluso a la 
transparencia administrativa esa aserción puede tomarse como cierta. 
¿Qué tuvimos después del derrocamiento de Irigoyen? Una alternancia de 
gobiernos de facto con gobiernos constitucionales que rengueaban de una 
u otra pierna cuando de examinar su Curriculum cívico se trata. Los 
gobiernos del general Agustín P. Justo y del doctor Roberto M. Ortiz 
ascendieron al poder en base a la proscripción del radicalismo 
yrigoyenista o al fraude. No puede decirse lo mismo del peronismo, 
salido del pronunciamiento militar de 1943 y que revalidó sus legítimos 
títulos democráticos en las elecciones de 1946 y 1952; pero el estilo 
personalista, el acoso a la oposición y el control de la prensa no 
crearon un clima precisamente ideal para la instauración de un clima de 
debate público y originaron crispación en un sector muy grande de la 
ciudadanía, convirtiéndola en el basamento civil del golpe militar 
reaccionario que en Junio y Septiembre de 1955 se lanzó a demoler lo 
construido desde 1943. Siguieron otros 18 años signados por golpes 
militares e interregnos civiles, pero en todo momento estos últimos 
estuvieron deslegitimados por la proscripción del peronismo, situación 
que acabó en una convulsión nacional rematada por los “años de plomo”: 
los de la guerrilla, la represión y la dictadura.

En cuanto a los gobiernos que se sucedieron después de 1983, fueron 
democráticos en su forma, en la medida en que se basaron en elecciones 
libres, pero estuvieron informados por una unanimidad en la conducción 
de la política económica que venía a desmentir las plataformas 
propuestas durante las campañas electorales, hasta terminar en la orgía 
de corrupción de la década de los ’90. Comparado a estos antecedentes, 
los gobiernos de Cristina Fernández y Néstor Kirchner se proyectan como 
modélicos, pues hay la libertad de prensa más irrestricta –que permite 
incluso afirmar que esta no existe- mientras se impulsan iniciativas 
como la reforma del Poder Judicial, se esbozan algunas políticas de 
recuperación industrial y se corrigen las injusticias pendientes como 
consecuencia de la ley de Obediencia Debida.

/Zonceras argentinas/

Nada de esto basta sin embargo para moderar a los críticos. Los epítetos 
más increíbles como autoritario o fascista, por ejemplo, caen de la boca 
de Elisa Carrió, cuando concurre a la televisión ostentando su bronceado 
caribe y desgranando profecías apocalípticas. Como pronosticarle a la 
“pareja presidencial” un final equiparable a la del matrimonio Ceasescu 
en Rumania. La exagerada actitud no confrontativa del actual gobierno 
contrasta con las afirmaciones de este tenor. La corriente de opinión 
superficial que exterioriza su rechazo a los Kirchner, empero, parece 
aprobar esos dislates y no tomar conciencia de que este gobierno, pese a 
su falta de proyecto estratégico, a su propensión de proclamar 
iniciativas que luego quedan en agua de borrajas, a la presunta falta de 
probidad en las estadísticas del INDEC y a los casos de corrupción que 
se sospechan en algunas áreas, ha tenido iniciativas de carácter popular 
y progresista que han ido en el buen sentido, como en el caso de la 
sostenida actualización de las jubilaciones, una política exterior 
atenta a dar prioridad a las relaciones latinoamericanas, el intento 
fallido de gravar la renta agraria y el empeño por democratizar la 
comunicación rompiendo el monolito de las dos o tres grandes cadenas que 
concentran la información y el espectáculo en Argentina.

Frente a este manojo de realidades, sin embargo, parece pesar más el 
prejuicio (entintado de racismo, en muchas ocasiones) de un sector de la 
clase media que no atiende a razones. Se siente ofendida no se sabe bien 
porqué. En un ejercicio de realismo mágico tiende a atribuir a todos los 
gobiernos de turno (pero en especial a los peronistas) la culpa de las 
miserias (que no son tantas) que la agobian. No desarrolla el más mínimo 
esfuerzo por comprender los móviles que subyacen a las cosas que ocurren 
y se deja llevar por los humores coyunturales que la mueven. ¿Qué 
diablos quiere la clase media cacerolera que se obnubila rencorosamente 
por las carteras que porta la Presidenta o se hincha de indignación ante 
la inseguridad física que se deriva del aumento de la delincuencia? 
Quiere desahogar el berrinche que le provoca la vaga noción que tiene en 
el sentido de flotar en el vacío; es decir, quiere exorcizar su propia 
confusión, su haraganería intelectual para tratar de explicarse su 
desconcierto averiguando por qué suceden las cosas que suceden. Es más 
fácil propinar epítetos antes que ponerse a indagar sobre las cosas que 
nos molestan.

¿Percibirá esa masa amorfa las raíces de la crisis en que el país se 
debate? ¿Es capaz de tener memoria de los hechos que condujeron a esta? 
Los créditos internacionales transformados en deuda externa impaga y 
henchida de intereses acumulados contraída por un gobierno al que no 
eligió nadie, estuvieron en la base de este deterioro, al igual que el 
desguace del Estado por obra del consenso de Washington, del que fueron 
personeros muchos individuos que están hoy en la oposición y gran parte 
de los cuadros “disidentes” del peronismo. La tabla rasa que se hizo con 
la industria nacional en la época de la dupla Menem-Cavallo o De la 
Rúa-Cavallo fue el principio motor que expulsó a la periferia social a 
millones de personas, generando las condiciones de deterioro social que 
hoy se exteriorizan en ese aumento de la delincuencia que enfurece a la 
clase media. ¿Qué puede esperarse entonces de esa runfla de oportunistas 
y aprovechados si vuelven al gobierno? Se dice que los gatos escaldados 
no vuelven a probar la leche hirviendo. Pero pareciera que en nuestro 
país esa capacidad de aprender a través de una experiencia sensible no 
existe porque no hay memoria…

La oposición irracional al actual gobierno proviene asimismo de los 
grupúsculos de la ultraizquierda, que concurren a agitar las aguas (¡con 
gran sentido de la oportunidad!) justo cuando el ejecutivo se encuentra 
embarcado en un proyecto como la ley de medios que todos, estén a favor 
o en contra, juzgan estratégico. El conflicto de Kraft es, en efecto, 
una prueba de fuerza de una firma transnacional para forzarle la mano a 
los sindicatos y al Ejecutivo y para tantear los límites de este para 
conciliar entre las partes. En estas circunstancias, buscar el choque 
con la empresa más allá del marco de la protesta pacífica y ajustada a 
los cánones de la ley puede ser, en /esta/ instancia, otra forma de 
apretar al gobierno. La incapacidad de mensurar las relaciones de fuerza 
en un momento dado ha sido el signo distintivo de la ultraizquierda en 
Argentina, y ha sido expresivo no sólo del accionar de núcleos muy 
minoritarios sino también de esos desprendimientos iluminados de la 
clase media que conformaron a la guerrilla en los años de plomo. Sin que 
esto suponga negar su coraje ni la magnitud del sacrificio que ellos 
hubieron de afrontar.

/Una cuestión de enfoque/

El problema central de la Argentina es la dependencia económica y las 
sucesivas subordinaciones que esta impone en el plano intelectual, 
social y político. Pero si la primera no puede revertirse a partir de un 
voluntarismo que pretenda copar el poder contra viento y marea –como 
quedó demostrado en los ’70- entonces se hace evidente que el esfuerzo 
debe pasar por esa pesada y lerda batalla dirigida a modificar las 
pautas conceptuales que los cuadros medios aplican a la realidad 
política. Pasa por una tarea educativa o autoeducativa, en una palabra. 
Después de todo la generación de la JotaPé surgió en gran parte de 
hogares gorilas de clase media, a través de una rebelión que compaginaba 
la natural ruptura con los padres y el descubrimiento por los hijos de 
una realidad distinta de la que les habían enseñado. Al revés de lo que 
ocurrió por entonces, por lo tanto, bueno será comprender que ni los 
criterios autoritarios ni los dogmatismos de capilla pueden ayudar a 
crear esa base intelectiva que es necesaria para comprender el presente 
y preparar el futuro.

En ese momento la inmadurez de las nuevas generaciones que descubrían al 
peronismo se dio de patadas con la realidad de un movimiento 
multifacético en el cual su jefe hacía difíciles equilibrios para llevar 
adelante un proyecto de revolución nacional que, de momento, tenía poco 
o nada de socialista. Los jóvenes querían rodear a Perón e imponerle su 
particular idea del cambio. Pero tropezaron con alguien que no tenía 
intención alguna de renunciar a sus poderes y que, además, como astuto 
realista de la política que era, sabía que el proyecto de los Montoneros 
no sólo iba contra él sino contra los componentes profundos de la 
sociedad argentina, que es individualista, más bien conservadora y para 
nada afecta a las aventuras colectivas. Al sentirse atacado, Perón 
reaccionó con la torpeza de un hombre viejo, agravada por la mediocridad 
siniestra del entorno del que se había rodeado. Cuando desapareció se 
hundió el último puente que restaba sobre un vacío anárquico que 
demandaba a gritos un ordenamiento. Este llegó, como era de prever, de 
las peores manos de las cuales podía salir: unas fuerzas armadas que se 
habían concebido a sí mismas como baluartes del antiperonismo y del 
anticomunismo a partir de 1955 y habían sido adoctrinadas en la Escuela 
de las Américas, pero que además estaban exasperadas por los continuos 
ataques de la guerrilla, que terminaron silenciando las diferencias de 
criterio que podía haber dentro de ellas, soldándolas en un solo bloque 
en el cual la capacidad de discernimiento era eclipsada por la 
arrogancia y la sed de venganza.

Nos pese o no, las vertientes nacionales del pensamiento, cualquiera sea 
su origen, han de estar preparadas para convivir unas con otras, sin 
pretender (por difícil que esto sea) una prelación que daría a unas más 
que a otras el rol de depositarias de las cartas de nobleza para mejor 
combatir al sistema.

No es fácil conseguir esta síntesis. Pero es el único camino que queda 
ante la amenaza de una eventual restauración oligárquica, que volvería a 
tensar las relaciones sociales en un país donde la gente pierde cada vez 
más la paciencia y la cabeza y, por consiguiente, la capacidad para 
comprender las cosas. La re-politización de la sociedad en el buen 
sentido del término es un expediente indispensable para salir de la crisis.

N O T A

[1]  La izquierda nacional es una corriente de pensamiento no vinculable 
al nacionalismo de matiz oligárquico, aunque no desdeñe las aportaciones 
de este al revisionismo. En buena medida deviene de FORJA, del 
trotskismo y del comunismo, y fue la primera en aplicar al populismo un 
análisis marxista capaz de ver a la Argentina como el producto de una 
deformación generada por su situación semicolonial y culturalmente 
dependiente de los grandes centros de poder global. Arturo Jauretche, 
Raúl Scalabrini Ortiz, Aurelio Narvaja, Jorge Abelardo Ramos, Juan José 
Hernández Arregui, Norberto Galasso, Rodolfo Puiggrós, Alfredo Terzaga, 
Jorge Enea Spilimbergo, Roberto Ferrero, José María Rosa, Fermín Chávez 
y muchos otros se contaron entre quienes realizaron las mayores 
aportaciones a la corriente. A pesar de haber ejercido una decisiva 
influencia intelectual en la nacionalización de los sectores medios y 
haber producido un corpus literario de gran magnitud, no goza de prensa, 
sus libros hoy no son fáciles de conseguir y su prestigio en la academia 
universitaria es nulo. Más que recusada, la corriente fue ninguneada con 
el silencio. De su reconocimiento o, mejor dicho, del debate en torno de 
sus postulados, cualesquiera sean las diferencias que se tengan con 
ellos, debería nacer la oportunidad para una nueva síntesis que sea 
capaz de operar sobre el cuerpo vivo de la Argentina de hoy.

(www.enriquelacolla.com)









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