[R-P] [Enrique Lacolla] La doble naturaleza de la revolución china
Nestor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Jue Oct 1 20:57:55 MDT 2009
*La doble naturaleza de la revolución china*
/Por Enrique Lacolla/
/Pocos fenómenos más indicativos del cambio verificado durante el siglo
XX que la revolución china, la más fuerte manifestación de la
insurrección colonial./
Este jueves se cumplen 60 años de la revolución china, sin duda uno de
los acontecimientos señeros del siglo XX y expresivo de una compleja
combinación de socialismo y nacionalismo que todavía no parecen haber
terminado de fraguar sus diferencias en el seno de una sociedad que,
desde entonces, se ha convertido en la segunda potencia mundial, con
crédito suficiente para especular acerca de si será o no la potencia
dominante en esta centuria.
Ubiquémonos en el momento en que Mao Tsé Tung ingresa a Pekín al frente
del Ejército Rojo. Los viejos imperios coloniales de Gran Bretaña y
Francia todavía mantenían gran parte de sus posesiones, pero ya eran
incapaces de sostenerse en ellas, exhaustos después del esfuerzo
cumplido en la guerra mundial. El mundo se dividía entre un occidente
capitalista, piloteado por Estados Unidos, y un oriente comunista. Este
último se encontraba sometido a la égida burocrática del régimen del
brutal Josif Stalin, quien había eliminado a la vieja guardia
bolchevique, había manipulado las esperanzas que había suscitado en el
plano internacional “el gran resplandor al Este” y había construido la
potencia soviética a través de métodos administrativos de una ferocidad
sin par, pasando luego por una guerra victoriosa contra Alemania que
había costado 20 millones de muertos. Como señala Isaac Deutscher, “a
veces el ruso moderno se aparece como una combinación sin precedentes de
esclavo y de héroe prometeico”. La URSS había igualado hacía poco a
Estados Unidos en lo referido al dominio de la tecnología nuclear, dando
así nacimiento a una prolongada guerra fría a la que salvaba de
transformarse en caliente el terror que ambos contendientes sentían
acerca de las capacidades destructivas de su enemigo.
Este estatus quo era imposible de sostener en los países de la
periferia. La revolución colonial estaba en marcha y no se iba a detener
porque Rusia y Estados Unidos se temieran mutuamente. De modo que las
dos superpotencias encontraron en ese conflicto un lugar propicio para
dirimir sus diferencias a través de terceras personas, y también para
controlar a estas últimas a fin de forzarlas a mantenerse dentro de
límites que no vulnerasen sus intereses de parte. A la larga, esta
dialéctica terminaría esterilizando a muchos movimientos que, alboreando
los años cincuenta, prometían mucho más de lo que en definitiva dieron.
Como la revolución árabe, por ejemplo.
China era un caso diferente, sin embargo. Su extensión, su población y
su historia, y el rango que alcanzara en el pasado, antes de encerrarse
en el aislamiento impuesto por la dinastía manchú, hacían de esa nación,
humillada por el ascendente predominio de Occidente, un factor difícil
de manejar para el imperialismo. La experiencia de las guerras del opio,
la destrucción del precario equilibrio de una sociedad tradicional
-siempre propensa a las hambrunas- por la injerencia del capitalismo
occidental; la caótica fragmentación que se produjo después y donde
florecen los “señores de la guerra”, pequeños jefes militares locales
que remedaban una especie de feudalismo degenerado; la aparición de una
“burguesía compradora” que, lejos de proveer al desarrollo, se
transformaba en el trampolín desde donde se lanzaban los capitales
extranjeros y se erigía al modo de una casta intermediaria enriquecida
con la especulación y el tráfico de mercancías, tensaron la situación
hasta que la sociedad china se partió en fragmentos. Hacía falta un
principio ordenador y capaz de generar riqueza. Pero, ¿dónde se podía
encontrar a este? No por cierto en la oligarquía de los comerciantes
portuarios. La burguesía china, al ser “compradora”, no era burguesa en
absoluto.
Hubieron de ser el proletariado y en primer término el campesinado chino
los que, bajo la dirección de una vanguardia política que se inspiraba
en el ejemplo de la revolución rusa, iniciaron una larga marcha que
duraría 23 años y que culminaría con la toma del poder por el partido
comunista. Forjado en la lucha contra los “señores de la guerra” y
contra el ejército del Kuomintang1 , el PC chino también hubo de
enfrentarse con la invasión japonesa, frente a la cual se evidenció como
un combatiente infinitamente más decidido que su rival.
Pese a la brutal represión de que fueron objeto en 1927, los comunistas
se reorganizaron bajo el liderazgo de Mao e hicieron del campesinado el
eje cardinal de su lucha por sobrevivir. Esa lucha se desdoblaba en el
combate al enemigo interno (con altibajos por treguas inducidas desde
Estados Unidos para mejor luchar con la invasión japonesa) y en la
guerra que se llevaba adelante contra esta. Después de la derrota del
Imperio nipón la guerra civil se desató a pleno. De forma sorpresiva, el
ejército más pequeño y peor armado, pero dotado de una fibra moral muy
superior al de su adversario, tuvo razón sobre este y en un par de años
barrió el país, expulsando al corrupto gobierno del Kuomintang, que se
beneficiaba de un apoyo masivo de parte de Estados Unidos, hacia Taiwán,
al otro lado del estrecho de Formosa, como se denominaba por entonces
también a la isla.
Esta victoria se forjó casi en soledad, pues Stalin aun pensaba poder
congraciarse con Estados Unidos, del cual el Kuomintang era lacayo, o al
menos no provocarlo. Pero sobre todo desconfiaba de la independencia de
criterio de Mao y los suyos, que manifestaban un respeto exterior a las
directivas del partido ruso, pero hacían en realidad lo que les
apetecía. El ímpetu de los ejércitos comunistas chinos, en consecuencia,
se mantuvo sobre todo en base al aprovisionamiento de armas que
efectuaban en los depósitos de sus enemigos; buena parte de esa cosecha
fue fruto de la corrupción de los mandos del Kuomintang, que mercadeaban
las armas que recibían de Estados Unidos.
/La originalidad china/
Los 60 años de régimen comunista que desde entonces han corrido en
China, fueron influidos por esta factura original: la de un fenómeno que
al menos durante un tiempo supo mantener el credo de radicalismo
igualitario de la vertiente ideológica suministrada por el marxismo,
fusionado con una intransigencia nacionalista decidida a defender una
vía propia para el comunismo. El progreso fue indiscutible: se terminó
con las hambrunas recurrentes, se mejoró muchísimo el estatus sanitario
de la población y la educación se hizo accesible para todos o casi
todos. El núcleo problemático de las confrontaciones internas fue
resuelto de forma provisoria por el peso de la personalidad de Mao Tsé
Tung, quien intentó conciliar los datos de la democracia plebeya con las
exigencias del partido monolítico, la gestión de un Estado moderno con
la lucha contra el anquilosamiento burocrático y la adecuación a la
/realpolitik/ con la soberanía respecto de las imposiciones externas.
En el plano interno, mientras Mao estuvo al frente del proceso, este
intento de mantener el equilibrio entre los factores sociales llevó a
conseguir éxitos notables, a generar errores catastróficos y a incurrir
en abruptos cambios de ruta que pusieron patas arriba a la sociedad,
desconcertando a los observadores propios y extraños. La Campaña de las
Cien Flores, el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural fueron
intentos espasmódicos, sucesivos y contradictorios por liberalizar el
régimen, por industrializarlo a partir de pautas artesanales y por
reducir a la oposición partidaria con métodos propios del terrorismo
ideológico. Los tres se saldaron con fracasos, pero pese a todo China
siguió creciendo, hasta generar una situación que requería de un nuevo
ordenamiento. Este llegaría después de la muerte de Mao en 1973, cuando
los tecnócratas del sistema se hicieron con las palancas del poder e
impusieron en forma gradual un retorno a la economía de mercado, retorno
sin embargo marcado por un fuerte control estatal y por el deseo del
partido, en trance de reconversión a una suerte de neoburguesía, de no
incurrir en las barbaridades de la reversión rusa posterior a la caída
del Muro, que convirtió a buena parte de la /nomenclatura/ en ricos de
nuevo cuño y favoreció el crecimiento de una neoburguesía mafiosa.
La crisis mundial golpea hoy el modelo chino, incrementando también las
preocupaciones respecto de los problemas de la defensa pues Estados
Unidos, autopropuesto como candidato a ejercer la hegemonía mundial, no
deja de realizar movimientos que apuntan a cercar a sus adversarios de
la guerra fría. China ha dado muestra de una gran elasticidad para
regular sus movimientos en el ámbito exterior. En la época de Mao no
vaciló en romper con su aliado ruso cuando este intentó doblegar su
resistencia en torno al programa nuclear, a sus disputas fronterizas con
la India y a la concepción de la revolución permanente, pronto
desdoblada en conflictos de límites con la URSS que alcanzaron su pico
más alto en la batalla por la isla Demanski, en el río Ussuri, tras la
cual se produjo una espectacular inversión de alianzas. China se asoció
con Estados Unidos y de su mano accedió a las Naciones Unidas y al
Consejo de Seguridad y a las masivas inversiones de capital. En la
actualidad aquella parece haberse disipado, tanto por la difuminación de
los contornos ideológicos del conflicto como por la común percepción que
los dos países tienen acerca del proyecto hegemónico norteamericano.
Rusia y China han vuelto a aproximarse ante la común amenaza que
perciben de parte de Estados Unidos. Son, hoy, los pilares del Grupo de
Shangai, nucleación que apunta a una colaboración regional multifacética
entre Rusia, China y una serie de países del Asia central, pero que
tiene asimismo un rasgo específico en lo referido al ámbito militar. En
el control de la “isla mundial” –o al menos en la negativa a entregarlo
a una potencia extraña a la región- parece ocultarse el núcleo de esta
alianza implícita entre dos de las tres mayores potencias del planeta.
Ahora bien, no hay política exterior que dure mientras esta no se base
en un consenso interno en torno de la legitimidad del poder que la
ejerce. El capitalismo autoritario puesto en marcha por el gobierno
chino, que devuelve su papel a la economía de mercado aunque
sometiéndola a un régimen de seguimiento cercano, ha multiplicado
exponencialmente la riqueza de la nación. China ha dado pasos de gigante
en el rubro técnico y su capacidad militar moderna la aproxima a la de
las mayores potencias de Occidente, con excepción de Estados Unidos.
Pero ha generado también, sin embargo, una serie de desigualdades
profundas que no se registraban desde la época prerrevolucionaria. Como
la fractura cada vez más marcada entre el oriente industrializado y el
occidente predominantemente campesino. La agitación obrera y estudiantil
crece y está sometida a la represión gubernamental. En este sentido,
como observa Maurice Meisner2, los gobiernos comunistas han servido bien
los intereses del capitalismo chino (y a los intereses monetarios de los
burócratas empresarios), eliminando las agrupaciones sindicales
independientes a medida que iban apareciendo, y enviando a presidio o al
exilio y, en ocasiones, ejecutando, a los activistas gremiales.
Decía un chiste que “el comunismo es el camino más largo para llegar al
capitalismo”. China y Rusia parecerían justificar la veracidad de esa
/boutade/. Pero la educación de la clase obrera y en general de las
clases populares en el seno de unas sociedades en su momento expresivas
de una tendencia igualitaria, podría dar al traste con esta irónica
profecía y poner en marcha la predicción de Marx en el sentido de que el
capitalismo fabrica a sus propios enterradores. En China, en especial,
capitalismo y comunismo, nacionalismo y socialismo, conforman una
combinación expresiva de la condición bifronte de una revolución en
proceso de síntesis. La cuestión será averiguar si puede lograrla.
N O T A S
1 Este movimiento, en un principio revolucionario, fue fundado por Sun
Yat Sen en la esperanza de que fuese una réplica del Partido del
Congreso indio para combatir la ocupación extranjera. Empero, su sucesor
Chiang Kai Shek pronto se asustó de la insurrección campesina que
amenazaba a la propiedad agraria y se espantó por el potencial respaldo
que el Partido Comunista podía dar a esa tendencia, desatando contra
este una persecución implacable.
2 Maurice Meisner: La China de Mao y después, Editorial Comunicarte,
Córdoba, página 694.
(www.enriquelacolla.com)
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