[R-P] [Luis Britto García] BOLÍVAR NOVELESCO

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Vie Nov 27 13:36:26 MST 2009


Gentileza lista Redial Simón Bolívar

Luis Britto García
BOLÍVAR NOVELESCO


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          Bolívar es demasiado novelesco como para ser personaje de
novela. Intelecto brillante, hombre de acción sin rival, estadista sin
parangón, visionario profético, amante excepcional,  separado de sus
afectos por el destino, el torbellino de la guerra o la pacatería
social, cualquier lector lo desecharía como inverosímil de no ser por la
mole de hechos y documentos que respaldan su veracidad histórica. Las
repercusiones de la breve existencia del Libertador desbordan sin
embargo lo político. Simón José Antonio de la Santísima Trinidad fue el
mito romántico por excelencia. En Europa, los dandys progresistas
adoptaron un sombrero al cual llamaron ?Bolívar?, mientras los
petimetres monárquicos ostentaron otro apodado ?Morillo?. Una pieza
teatral ridiculizó el pugilato de elegancias. En /Los miserables/,
Víctor Hugo incluye un sombrero ?Bolívar? en la indumentaria del
mujeriego padre de Coseta. Lord Byron idolatró al Libertador, le puso su
nombre a su velero, intentó imitar al prócer trabajando por la
independencia de Grecia, sin lograr otra cosa que una  prematura muerte
de hidropesía y unos últimos versos desgarradores, escritos el 22 de
enero de 1924:  ?Busca, menos buscada que hallada/ una tumba de soldado:
la mejor para ti?.  También se llamó ?Bolívar? la nave de Giuseppe
Garibaldi. Él, y Herman Melville, visitaron a Manuelita Sáenz en Paita
para recoger de viva voz recuerdos del héroe.

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          El resplandor del mito no facilita ciertamente el tratamiento
ficcional. Es curiosa la escasez de obras narrativas dedicadas a
Bolívar. Darius Milhaud le dedicó una ópera, /El alcalde de San Mateo/.
Arturo Uslar Pietri lo hace pasar, como una exhalación, en la última
página de /Las lanzas coloradas/. Francisco Herrera Luque acompaña sus
desventuras en /El vuelo del alcatraz/, novela póstuma que el autor dejó
inconclusa y  que quizá hubiera modificado sustancialmente de haber
tenido tiempo. Fernando Cruz Kronfly novela sus últimos días en /La
ceniza del Libertador/. Gabriel García Márquez lo despide  sin darle
otro nombre que el de /el General/, que permite ver a su atormentado
personaje como el prócer histórico, pero también como cualquier
revolucionario, en cualquier país, en cualquier época, en cualquier
laberinto. Eduardo Sevillano lo presenta al inicio de sus días  en /El
niño Sol de la Negra Hipólita. /Estos ejemplos marcan pauta. La única
forma de tratar a un cosmos humano es como de refilón, haciéndolo pasar
de manera fugaz, acompañándolo cuando marchaba hacia su gloria o se
despedía de ella. El sol ciega menos al amanecer o en el crepúsculo.

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Otro tratamiento posible del prócer es el sentimental.  Su carrera
amorosa es tan deslumbrante como la política, no por sus victorias, sino
porque fue infinidad de veces vencido por la inapelable fuerza del
sentimiento. La muerte de su esposa le impidió seguir siendo lo que él
llamó ?un rico, lo superfluo de la sociedad?, lo lanzó al foso de la
depresión y del hastío, del cual resurgió convertido en fiera. Este
perdido amor le inspiró la determinación de no volver a casarse. Bajo su
recuerdo vivió aventuras galantes y amoríos que la guerra destruyó.
Discretísimo como todo caballero, jamás se vanaglorió de sus pasiones,
que sólo confió a algunos allegados. Así, el 10 de marzo de 1827,
durante su última visita a Caracas, mientras el cónsul británico sir
Robert Ker Porter le esboza un retrato, el Libertador  cuenta que
acompañado sólo de un oficial y un asistente, cabalgando para unirse con
una partida de revolucionarios,  se detuvo en un hato para que las
monturas descansaran. La seductora hija del dueño le propuso que pasara
la noche, con la promesa de visitarlo en su habitación a las diez.
Varias horas se debatió el prócer entre el placer y el deber: al
verificar en su reloj que eran las ocho, saltó de la cama y ordenó
ensillar. Así se salvó de caer prisionero de una partida de veinte
dragones realistas que la malvada coqueta había ido a buscar.
Boussingault, cuyas aseveraciones han de ser tomadas con cautela,
corrobora que ?Bolívar era expansivo, bondadoso con sus inferiores,
generoso hasta el exceso, vestía con sencillez, era sobrio, pero amaba a
las mujeres y sabía agradarles, como sucede a todos los poderosos?. Sin
reservas se entregó a estos amores: el de Teresa fijó el rumbo de su
vida, el de Manuela  la salvó.

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Un Bolívar novelesco quizá debería ser lo menos Bolívar posible,
desinvestido por la edad temprana o la avanzada de los arreos de héroe,
al cual la democracia del sentimiento haga compartir las cotidianas
desventuras del enamorado. Aleykar Álvarez sigue este camino inevitable
en su novela /Simón y Soledad/. Bolívar sintió frustradas pasiones
tempranas. La historiografía recoge un desengaño con una de sus
parientas Aristeguieta. Como las de todo personaje ficcional o real, sus
pasiones pasaron por las pruebas de la muerte o la distancia. El único
matrimonio indisoluble es el de Eros y Tánatos. Para su época los
enamorados sólo podían verse bajo la tutela de chaperonas, y la
correspondencia era acaso más libre que las miradas que permitían las
supervisadas visitas de novios. /Simón y Soledad/ es por ello en esencia
una novela epistolar, ese género que el teléfono casi hizo desaparecer y
que revive hoy gracias a Internet. Es una novela juvenil, porque el
enamoramiento es la única eterna juventud accesible en un mundo que
marcha hacia el decaimiento. Es una narrativa del encuentro y del
desencuentro, vale decir del amor. En esta trama dos personas deben
encontrarse porque son quizá la misma persona en las ideas y en el
sentimiento. No por casualidad se llama una de ellas Soledad. Amor es
soledad perfecta, porque sólo al fundirse dos seres en uno comprenden la
absoluta indiferencia hacia toda otra presencia humana; porque sólo al
separarse entienden el concepto de la soledad. El aislamiento es la
condición y la carga del héroe. Sólo sabiendo que nadie está a su lado
puede entregarse a todos. Demos paso a esta Soledad y a este Simón,
quizá héroes, quizá sólo seres humanos. Sólo el amor  iguala.






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