[R-P] [Marcelo Gullo] Adiós al Maestro.
Gustavo Battistoni
gustavo.battistoni en gmail.com
Lun Nov 16 20:04:48 MST 2009
ADIOS AL MAESTRO
Por Marcelo Gullo
Estaba en Buenos Aires cuando a las 8 de la mañana del día
miércoles 11 de noviembre, mi amigo, Hugo Manini, me avisó que mi gran
maestro, Alberto Methol Ferré, se estaba muriendo en un hospital de
Montevideo, que le quedaban apenas días, o tal vez, horas, de vida. No
pude contener el llanto y lloré. Lloré, desconsoladamente. Un
sentimiento de impotencia y desesperación embargó mi alma al no poder
cruzar el Río de la Plata para despedirme de uno de las personas que
más he amado en mi vida.
No era difícil amar al maestro pues, él era, en sí mismo, fruto
del amor - sus padres lo quisieron y lo amaron siempre - y él, vivió
amando. Methol amó siempre, amo a sus padres, amó la vida, amó a sus
amigos, amó a sus discípulos, y amó a Dios, sobre todas las cosas.
Methol representa el triunfo del amor, del sacrificio y de la alegría.
“Sin sacrificio no hay triunfo” me repetía siempre, con cariño, “pero,
- me advertía luego- sin alegría, no hay victoria”.
Alberto Methol Ferré nació en Montevideo el 31 de marzo de 1931.
Cariñosamente sus padres lo llamaban “Tucho”, un apodo cariñoso que lo
acompañó toda su vida. La historia de Methol fue la historia de un
niño tartamudo que, rodeado del amor de sus padres, sin perder jamás
la esperanza, viviendo siempre alegremente, pudo superar ese problema
y convertirse, ya entrado los años, en el más grande orador de la
América Latina. “Usted va a hablar Methol” - le dijo en sus mocedades
el gerente del puerto de Montevideo -“pero como los profetas cuando
tenga algo muy trascendente que comunicar”. Y, pasados los años,
Methol habló. Habló incansablemente, hasta su último aliento. Y habló
siempre - alegre y apasionadamente - de sus dos grandes amores: La
Iglesia (a la cual el llamaba siempre la “Santa Madre”) y América
Latina. Alguna vez, un amigo lo calificó del “Hegel de los cabecitas
negras”, “del Hegel suramericano”, quizás sería más apropiado decir
que fue el Sócrates del Río de la Plata, el Sócrates de la América del
Sur.
Methol, retomando el camino de José Enrique Rodó, de Manuel
Ugarte, de José Vasconcelos, de García Calderón y de Rufino Blanco
Fombona –cuando sus palabras ya habían sido olvidadas y sepultadas-
nos recordó y nos enseñó que la verdadera Patria era la Patria Grande.
Una, y mil veces, Methol nos recordó el pensamiento de Rodó cuando
este afirmaba, que “Patria es, para los hispanoamericanos, la América
española. Dentro del sentimiento de patria cabe el sentimiento de
adhesión, no menos natural e indestructible, a la provincia, a la
comarca; y provincias, regiones y comarcas de aquella patria nuestra,
son las naciones en que ella, políticamente, se divide…La unidad
política que consagre y encarne esa unidad moral –el sueño de Bolívar-
, es aún un sueño cuya realidad no verán las generaciones hoy vivas.
¡Qué importa! Italia, no era sólo la expresión geográfica de
Metternich, antes de que la constituyeran en expresión política la
espada de Garibaldi y el apostolado de Mazzini.”
Una, y mil veces, Methol nos recordó el pensamiento de Vasconcelos
cuando éste afirmaba que: “La civilización no se improvisa ni se
trunca, ni puede hacerse partir del papel de una constitución
política; se deriva siempre de una larga, de una secular preparación y
depuración de elementos que se trasmiten y se combinan desde los
comienzos de la Historia. Por eso, resulta tan torpe hacer comenzar
nuestro patriotismo con el grito de independencia del Padre Hidalgo, o
con la conspiración de Quito; o con las hazañas de Bolívar, pues si no
lo arraigamos en Cauhtemoc y en Atahualpa, no tendrá sostén, y al
mismo tiempo es necesario remontarlo a su fuente hispánica y educarlo
en las enseñanzas que debemos derivar de las derrotas, que son también
nuestras, de las derrotas de la Invencible y Trafalgar.”
Una, y mil veces, Methol nos recordó el pensamiento de Blanco
Fombona cuando este afirmaba: “Los yanquis son para nosotros peores
que nadie por su cercanía: son el lobo en el aprisco.”
Una, y mil veces, Methol nos recordó el pensamiento de Ugarte,
cuando este afirmaba: “A todos estos países no los separa ningún
antagonismo fundamental: Nuestro territorio fraccionado presenta, a
pesar de todo, más unidad que muchas naciones de Europa. Entre las dos
repúblicas más opuestas de la América Latina hay menos diferencias y
menos hostilidad que entre dos provincias de España o dos estados de
Austria. Nuestras divisiones son puramente políticas y, por lo tanto,
convencionales. Los antagonismos, si los hay, datan, apenas, de
algunos años y más que entre pueblos, son entre los gobiernos. De modo
que no habría obstáculo serio para la fraternidad y la coordinación de
países que marchan por el mismo camino y hacia el mismo ideal. Sólo
los Estados Unidos del Sur pueden contrabalancear, en fuerza, los del
Norte”.
A las izquierdas, nunca le gustó que Methol fuese un hijo
intelectual de Rodó y Vasconcelos, y a las derechas, nunca les gustó
que fuese el hermano intelectual de Abelardo Ramos. Claro, Methol iba
más allá de las derechas y de las izquierdas, porque Methol era
“pochista”, porque Methol era también un hijo intelectual de Perón, al
que Methol, en su estilo tan coloquial, cargado de cariño y
admiración, gustaba llamar “el Pocho”. “¿Que clase de pochistas son
ustedes- gritaba Methol con esa voz de trueno que tenía cuando se
enojaba, interpelando al pejotismo-, que se han olvidado lo
fundamental del pensamiento del Pocho?” Todavía recuerdo el fuego de
sus ojos y su voz de trueno cuando denunciaba el abandono, por parte
de la mayoría de la dirigencia peronista, del pensamiento estratégico
de Perón. Methol estaba entrañablemente unido al peronismo. Había
nacido a la militancia política siendo uno más en las grandes
manifestaciones que el viejo caudillo oriental, Herrera, convocaba
para oponerse a la instalación de las bases militares norteamericanas
en el Uruguay. Bases que estaban destinadas a intimidar a la Argentina
peronista. Conviene recordar que durante la Segunda Guerra Mundial,
Estados Unidos trató de convencer al Brasil de que bombardeara Buenos
Aires. Aviones norteamericanos, piloteados por norteamericanos, pero
pintados con los colores del Brasil, bombardearían la capital
Argentina, a cambio, el Brasil recibiría la Mesopotamia. Felizmente,
el destino de Brasil estaba conducido por el gaucho Getulio Vargas
quien se negó, rotundamente, a que el Brasil se prestara a aquella
terrible infamia. Fue por aquellos días en que Methol conoció el
pensamiento de Perón y en que comprendió, por siempre, que la unidad
de la América Latina requería como condición previa la unidad de la
América del Sur y que la condición sine qua non de la unidad de la
América del Sur, era la unidad argentino brasileña. Fue entonces que
fundó la primera revista “Nexo” porque el Uruguay que había sido
“Banda Oriental” o provincia “Cisplatina”, “debía ser” el nexo de la
unidad entre Argentina y Brasil.
Duró poco tiempo aquella primera revista “Nexo”, en la cual, junto
a Methol, estaba ese gran patriota e historiador latinoamericano que
fuera Washington Reyes Abadie. Fueron ellos, grandes e inseparables
amigos. Data también, de aquellos tiempos, la entrañable amistad de
Methol con Ramos. Grande fue el asombro del marxista Ramos cuando
luego de la publicación de su primer libro “América Latina, un país”
recibiera una carta del católico Methol felicitándolo por la
publicación del libro. Se conocieron entonces, y fueron amigos
inseparables, hasta el final de la vida de Ramos.
Importa destacar también, que fue en 1955 a raíz de la
derrocamiento de Perón por a revolución fusiladora que don Arturo
Jauretche se exilia en Montevideo y que, el joven Methol, siempre
ávido por aprender, acudió al encuentro del maestro. Don Arturo lo
adoptó como a un hijo. Eran años en que la historia corría de prisa.
Vendría luego la Revolución cubana y su enorme influjo sobre la
juventud latinoamericana. Methol escribía, por entonces, en la revista
“Vísperas”, y sintió la necesidad de evitar el “holocausto”. Alzó su
voz, entonces, para advertir que la juventud estaba siendo conducida a
un “sacrificio inútil”, dado que, en América del Sur, los movimientos
guerrilleros jamás podrían derrotar a los ejércitos regulares. Que la
política de la muerte conducía a la muerte de toda política. Salvó la
vida de cuanto muchachos pudo. Entre ellas la de su querido sobrino.
Una orgía de violencia y de terror, ensangrentó, entonces, la América
Latina toda. Methol trabajaba en el puerto de Montevideo y al
producirse la interrupción del orden constitucional en Uruguay, no
dudó un minuto en denunciar al golpe cisplatino y cipayo. Expulsado
del puerto y sin trabajo, la Providencia lo condujo al CELAM. Fueron
los años más felices de su vida. Recorrió una y otra vez, la América
Latina toda. Se enfrentó intelectualmente a Gutiérrez y a su “Teología
de la Liberación”. Derrotó a ambos. Años más tarde, sin embargo, no le
temblaría el pulso a Methol para denunciar, que la derrota de la
“Teología de la Liberación”, había servido, lamentablemente, para que
los sectores más retrógrados del catolicismo se olvidaran de los
pobres. Methol, durante los años en que trabajo en el CELAM,
desarrolló un gran pensamiento teológico. Pocos saben que fue Methol,
el autor intelectual de la parte sustancial del determinante y
trascendente “Documento de Puebla”. A él, tampoco le gustaba decirlo.
Pero hay que decirlo, porque la Iglesia está en deuda con Methol. Si
las Universidades Católicas no fueron capaces, en vida de Methol, de
otorgarle el doctorado honoris causa, que por la potencia intelectual
que aportó a la “Santa Madre”, merecía largamente, sería un acto de
justicia que lo haga ahora, hoy, post morten. Ojalá así sea, aunque lo
dudamos mucho, pues la mayoría de esas universidades están infectadas
del virus liberal y desconocen la obra del más grande pensador
católico latinoamericano del siglo XX.
Methol, el “Cid Campeador de la América del Sur”, fue una especie
de gladiador intelectual que en cada batalla se jugaba la vida. Era
asombroso su desprecio por lo que algunos llaman la “prudencia
intelectual” - consistente en medir las palabras para no ofender al
César de turno - Methol, amaba más la verdad, que la prudencia. Su
vida fue una lucha por la reconquista de la unidad de la América
Latina. En los últimos años, le “dolía” la Argentina. Él, que gustaba
presentarse como un “argentino oriental” repetía constantemente, con
gran congoja, “la Argentina está dormida, atontada y todos la
necesitamos porque sin Argentina no hay integración sino hegemonía”.
Hace exactamente un año, estábamos en el jardín de mi casa y ahora,
retrospectivamente, me doy cuenta que nos estaba dictando su
testamento político, que nos estaba indicando las nuevas batallas que
deberíamos afrontar. El objetivo estratégico era el mismo de siempre:
la construcción del Estado Continente Suramericano, para que podamos
incorporarnos, por fin, a la historia, como protagonistas y no como
sirvientes pero, la batalla táctica pasaba por derrotar al “porteñaje
neorivadaviano” que propone ahora la alianza con el Brasil, pero una
alianza de espaldas a nuestros hermanos hispanoamericanos. Lo veo
caminando por el jardín, repitiéndome, una y otra vez, “El porteñaje
no quiere ser aliado del Brasil, tiene vocación de sirvienta, quiere
ser súcubo del Brasil para dominar hacia adentro, no le importa la
suerte de Salta, de Formosa, del Chaco o de Jujuy como no le importa
la suerte de Bolivia, el Paraguay o el Uruguay”. Le alcanzaba también
el tiempo para ayudarla a mi hija, María Inés, a hacer la tarea
escolar, y para brindarle su afecto a mis hijos Juan Carlos y Antonio.
Claro porque Methol amaba y brindaba su amor a los que lo rodeaban.
Volvía luego a describir cruelmente la realidad de una Argentina que,
luego de la muerte de Perón, había perdido - según Methol - su
espíritu de grandeza, pero su discurso no tenía dejo alguno de
desesperanza. Estaba seguro que nada de lo que decía era en vano.
Estaba seguro de que algún día, miles de latinoamericanos, harían
realidad el sueño de San Martín, de Bolívar, de Artigas, de Rodó, de
Ugarte y de Perón. Un “sueño” que era, también, el suyo. Estaba seguro
que al final del camino, Dios lo esperaba. Hoy, su alma ya está con
Dios. Nosotros, que fuimos sus amigos, compañeros y discípulos
trabajaremos con alegría para entregarle el único regalo que él, desde
el cielo, espera de nosotros: la unidad de la América del Sur, la
reconstrucción de la Patria Grande. Si así no lo hiciésemos, que Dios,
la Patria y el querido “Tucho”, desde el cielo, nos lo demanden.
Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular