[R-P] [Alejandro Pandra] Documento fundante de la Misión Patria Grande

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Nov 4 07:12:00 MST 2009


[No sé si alguien lo mandó ya a la lista. Pero me parece que vale la pena...]

Documento Fundante

Cada generación posee su genio, un patrimonio de ideas y un
sentimiento que la hace vivir en la nación, que constituye su razón de
ser y que fundamenta su vocación transformadora. Como un órgano en el
gran cuerpo de la nación, absorbe el pensamiento de las demás
generaciones pasadas según su propias urgencias, y lo pone en
circulación como una nueva riqueza, diferente en cada una y común a
todas. De lo que trata, entonces, es de reunir un puñado de patriotas
dispuestos a convocar a toda una generación a una epopeya hasta
conseguir “poner en ebullición creadora las posibilidades nacionales”.



No podemos (no debemos) resignarnos a un destino de mera factoría de
actividades extractivas, granos, petróleo, minerales, madera, pesca,
víctimas pasivas del saqueo trasnacional salvaje. Hay que hacer una
revolución, en primer lugar mental, cultural, para que la joven
generación, portadora de la llama de un ideal poderoso, dotada de
nuevos anhelos, inquieta por problemas ayer insospechados, germen de
la futura clase dirigente, se disponga al desafío de encarar una nueva
epopeya por la emancipación continental.



Una generación que pueda responder con éxito al reto de la política y
que se eche sobre sus hombros la misión de poner de nuevo a los
argentinos de pie, liberar el país sacándolo de su actual postración,
reparar la justicia y construir la unión americana, la patria grande
que soñaron nuestros padres. En efecto, la creación de un gran espacio
suramericano sin el cual la Argentina no tiene destino –no sólo
acuerdo arancelario, no un mero mercado común, sino patria grande, una
sola entidad política estatal, una única gran nación- no es una idea
nuestra sino un legado, una enseñanza, una imperiosa e improrrogable
misión heredada de nuestros padres fundadores.



Si una nueva camada de cuadros se lo propone, en pocos años América
del Sur puede convertirse en una superpotencia industrial, de magnitud
y potencial comparable al de los actuales estados continentales
desarrollados y erradicar la injusticia, el hambre y la miseria,
aprovechando para rehacer en todos los aspectos nuestras maltratadas,
saqueadas y deshechas patrias chicas.



Hay que recuperar la mística de los grandes proyectos transformadores
–fundamentalmente en transportes, en obras hidráulicas y en generación
y distribución de energía- para emplear dignamente a nuestros millones
de desocupados. Hay que inspirar y estimular a nuestros jóvenes,
organizándolos y dotando de sentido a sus vidas a través del trabajo
digno. Ellos abrirán nuevos horizontes y formarán nuevas familias para
ocupar nuestros grandes espacios deshabitados.



Como aquellos gauchos, negros y mestizos que reclutó, formó y condujo
San Martín en la gesta emancipadora que fundó la patria. Como aquellos
cabecitas negras obreros de los frigoríficos de las orillas o como
aquellas legendarias enfermeras de Evita que siguieron a Perón para
fundar la nación argentina. Como los que a lo largo de toda la
historia siguieron a cada uno de los profetas laicos criollos que nos
dieron patria y nación, así hay que parir y formar una nueva camada de
cuadros que asuma la gran epopeya de la patria grande.



Habrá que reelaborar una visión totalizadora del pasado y del presente
para que Suramérica readquiera su conciencia perdida y responda a las
voces del destino para acometer y coronar por fin la inmensa gesta
inconclusa de San Martín y Bolívar. Necesitamos una nueva ciencia del
pensar sin subordinación a universales dominantes ni a ideas
coloniales reflejas, siguiendo la sabia metodología del conocimiento y
la conciencia enseñada por Martín Fierro: “íbamos como cigüeñas//
estirando los pescuezos”. Necesitamos de un nuevo pensamiento
estratégico. Necesitamos pensar en grande como pensaba San Martín,
como pensaba Bolívar, pensar en grande como pensaba Perón. Para
entonces poder obrar en grande como lo hicieron ellos.



América del Sur es un gigante invertebrado. Debe transformar su
potencial en poder. Sus patrones de desarrollo económico y social son
profundamente desiguales, tanto entre sus países como dentro de sus
propios territorios. Una pequeña parte de la población vive y trabaja
en condiciones comparables a la de los países centrales, pero la mayor
parte de los habitantes viven sumergidos en la pobreza y con
parámetros productivos y de rendimiento del siglo XIX. Sin embargo,
estamos en condiciones objetivas de constituirnos en pocos años como
potencia económica en el concierto mundial. Por sus recursos, la
nuestra es una de las regiones más ricas del mundo. La falta de una
movilización inteligente de sus recursos –en especial los energéticos-
ha condenado a nuestros países y pueblos a su actual estado de
penuria. La riqueza en recursos naturales minerales y biológicos, pero
rodeados de un mar de subdesarrollo industrial y tecnológico, no es
más que una ilusión.



Desde la época de los incas, los caminos, las comunicaciones y el
transporte, la infraestructura urbana, las grandes obras hidráulicas,
la energía, han sido los factores decisivos para el desarrollo
económico. Hace décadas que hablamos de integración, pero
prácticamente no se hizo nada para construir la infraestructura básica
indispensable para esa integración. En el mejor de los casos se le
echa la culpa a los gobiernos, como si fuera un tema ajeno. Tenemos
que escapar del círculo vicioso de “la lógica del mercado”, que es
también el círculo vicioso del subdesarrollo y la dependencia. Hoy
todo parece regido por esa “lógica” perversa, en el Estado, en el
gobierno, en la oposición política y en la sociedad toda. Hay que
imponer un modelo integrador de reindustrialización que genere una
estructura productiva capaz de gestionar el conocimiento y de promover
una agenda científica y tecnológica que respete profunda y
verdaderamente el equilibrio ambiental, contribuya efectivamente a la
dignidad, el bienestar y la justicia y reconstruya un Estado al
servicio de los intereses de la nación.



Existe un abismo que el partidismo ha socavado entre nuestros pueblos,
que siguen llamándose hermanos mientras se desconocen mutuamente –o
directamente se odian en ciertos casos-, faltos de un centro y
desgarrados de una fe en el destino común. Sepamos que aisladamente,
ni siquiera los menos débiles, tenemos ninguna posibilidad de tomar
parte en la preparación del futuro humano, más que como víctima o
cliente de otros centros.



Una Suramérica integrada y unificada en un megaestado industrial de
alta tecnología supone la conformación de nuevas lógicas culturales
que reconstruyan la identidad frente a los desafíos del siglo XXI. La
necesidad de viabilizarlo nos permite (y obliga) a repensarnos desde
una nueva lógica histórica. Sin una conciencia histórica compartida es
imposible lograr una identidad común suramericana.



Veinte años después de la implosión de la Unión Soviética, lo ha hecho
ahora el sistema capitalista internacional. Unos tecnócratas que
antaño llamábamos especuladores (banqueros, corredores, agentes,
cambistas, “brokers”) venían actuando como si el capitalismo hubiera
progresado desde la lenta y torpe propiedad de los medios de
producción a un nivel más elevado donde el dinero simplemente se hacía
con dinero. Estos “creadores de dinero” siempre han sido parásitos
marginales e irresponsables, ajenos a cualquier emprendimiento
productivo. Pero obnubilados y ciegos, durante demasiado tiempo los
tratamos como pilares de la sociedad, tanto en lo económico como en lo
social y lo político.



Ante este derrumbe estrepitoso de todas las construcciones
materialistas contemporáneas, sólo Iberoamérica es “mundo nuevo”, algo
que brota desde el mismo momento de la conquista, que amalgama razas,
culturas, religiones, costumbres, arte y literatura, ofreciendo un
fantástico potencial espiritual, económico y humano para producir,
después de cinco siglos, una posibilidad humana inédita. No se trata
de un traslado ni de un encuentro, sino de una premisa innovadora, de
la creación de una sociedad solidaria, hermanada y pacífica, del
génesis de una nueva civilización.



Sin embargo, entre nosotros, mientras la sociedad bulle, la
representación de los partidos políticos muestra sólo signos de
esclerosis múltiple y de una esterilidad irreversible de nuevos
liderazgos. Las viejas formas venerables de la política y del Estado
yacen en ruinas, montón de escombros de lo que fue autoridad, arte de
gobierno y sabiduría estadista. Unos pocos intentan sanar y
reconstruir como pueden esas ruinas, mientras una horda de mercaderes
de ideas marchitas compiten sin otra ambición que el lucro, hasta
haber hecho de la política un mero vocablo que esconde una red
perversa de intereses y de privilegios injustos.



Así, durante las últimas décadas, muchos millones de compatriotas
dejaron de pertenecer a la clase trabajadora, y otros muchos millones
dejaron de pertenecer a la clase media, para hundirse en el limbo
confuso de los desclasados. Golpeadas profundamente en sus márgenes,
estas clases, las más lábiles y activas del cuerpo social, poco a poco
se van ahora replegando, ahogadas por una expansión alucinante de la
desesperanza. Aunque es cierto que las acechanzas visibles suponen
también nuevas promesas, éstas son apenas adivinables bajo el peso de
las fatigas inmediatas. Un mundo sin esperanza es un mundo
inhabitable. Ahoga a la imaginación y al pensamiento y decide, por
fin, la parálisis de la voluntad.



Ya tomamos conciencia de haber compartido apenas las migajas de la
fiesta de entrega y enajenación del futuro mientras tantos millones
eran lanzados al infierno de la miseria. Pero descubrimos ahora que
cuando la fiesta terminó hay que pagar los platos rotos, y que ese
precio no lo pagan los que se enriquecieron sino, por el contrario, lo
pagamos todos con más miseria, exclusión, inseguridad, pérdida de la
dignidad… Ante lo inexorable de tamaña perversión debemos rebelarnos,
decir basta y terminar con el síndrome del rehén para poner las cosas
en su lugar.



Nuestras patrias no recobrarán su destino de grandeza ni sus pueblos
recobrarán una vida digna por el camino de la literatura, ni por el de
la visión religiosa, ni por el de la preparación profesional, ni por
el hecho que todos seamos buenos deportistas. Todo ello, aún logrado,
podría muy bien convivir con la desgracia histórica de la región, con
su servidumbre, con su disgregación y con su esclavitud internacional.
No. Además, es necesario, indispensable, ir a la acción política. La
atmósfera turbia y cansada de la politiquería tediosa, estéril e
intrascendente nos ha llevado a la subestimación de la actividad
política, designada con un retintín peyorativo y considerada como
subalterna, cuando no maléfica. Pero resulta que los males políticos
sólo se remedian con una buena política. La mala política sólo se
combate con la buena política.



El problema americano no se resolverá sólo por vía contemplativa, sino
además por vía activa. No se resolverá sólo en la esfera de la forma,
sino principalmente en la esfera del ser. No se resolverá sólo en el
campo de la sensibilidad, sino también en el campo de la voluntad. El
problema americano, inevitablemente, se resolverá por vía política. Se
trata de una tarea de pensadores y de poetas, pero sobre todo de
hombres de acción, de conductores y capitanes.



La vida hoy, como tantas veces, nos vuelve a poner a prueba. Sucesivas
dirigencias vendepatrias, sumisas y corruptas, durante muchos años han
llevado a nuestros países a una pérdida casi total de su
independencia, entregándonos a los intereses más infames y enajenando
nuestro patrimonio, nuestros recursos, nuestra cultura y aun nuestro
futuro. Una vez más, igual que hace doscientos años lo hicieran las
Provincias Unidas en Suramérica, habrá que echarlos a todos, de aquí y
del resto del continente. La historia no está simplemente para
rememorarla y recordar sus gestas, sino para aprender a construir el
porvenir. Y el ejemplo de los próceres no sirve sólo para reconocerlo
y homenajearlo, sino para imitarlo.



La política y la marcha de la historia son al mismo tiempo don y
tarea, recepción de sentido y creación de sentido. No son un puro
azar, sino que dependen de la inteligencia y la voluntad de quienes
actúan en ellas. Las ocasiones históricas pueden aprovecharse,
desperdiciarse o frustrarse. Muchos acontecimientos que parecen
fatales pueden cambiar su curso con una acción oportuna surgida de un
juicio certero.



Estamos llamados entonces a emprender nuevamente la militancia
patriótica y revolucionaria tan abandonada, como consagración de todas
las potencias de la voluntad y el intelecto al servicio de la causa
popular.



Un puñado de americanos del cono sur del continente de la esperanza,
inspirados en el patriotismo fundador de nuestros padres, debe
proponerse orientar la marcha de la organización popular en la
dirección del horizonte apuntado por la fe; recuperar la política como
herramienta vital de la organización comunitaria; construir el bien
común y la justicia a través de una democracia directa y
participativa, superadora de nuestras tan agotadas democracias
representativas decimonónicas.



En un continente devastado pero enormemente generoso, donde está casi
todo por hacerse, hay millones de hombres y mujeres dispuestos y
decididos a alimentar un nuevo despertar, en cuyo seno están libres
por doquier las fuerzas de la fe y de la voluntad: ¿podremos ver en
ellos a “lo mejor que tenemos”, una riqueza inconmensurable, un enorme
capital, un gran ejército de reserva?



Sepamos levantar nuestro espíritu con la contemplación de las glorias
pasadas, a fin de que ese mismo temple antiguo de los varones que nos
dieron esta tierra que amamos y padecemos, nos mantenga despiertos y
firmes en la empresa común de una nueva emancipación.



Esta es la llamada, aquí y ahora, y cada uno debe reclamar un primer puesto.









Buenos Aires, agosto de 2009

 Alejandro Pandra

Misión Patria Grande


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Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría




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