[R-P] Nota de Horacio Gonzalez sobre Scalabrini Ortiz-que es un intelectual?

eliana gabay egabay62 en gmail.com
Dom Mayo 31 07:06:07 MDT 2009


Brillante nota de Gonzalez  para entender que es un "intelectual" y no
un intelectualoide que cambia de rumbo ideologico segun le conviene o
que por su dogmatismo siempre termina siendo funcional a la vieja y
nueva derecha..Saludos..Eliana




A CINCUENTA AÑOS DE LA MUERTE DE RAUL SCALABRINI ORTIZ
El intelectual desgarrado
Intelectual central para entender una época, hizo la autopsia de la
economía británica en Argentina, defendió la neutralidad en la guerra,
continuó la elaboración de una metafísica de la Patria y su gente. De
Forja a su larga continuidad, dos reflexiones sobre un personaje
necesario.
Por Horacio González


OPINION
Scalabrini manejaba teodolitos y aparatos de mensura. Un remoto temple
positivista reinaba en su conciencia literaria. ¿Dónde y cuándo, como
si fuera un narcótico salvador, se aloja en su profesión de agrimensor
el tema del “hombre colectivo”? Se diría que siempre en Scalabrini
convivieron los humores del positivismo paleontológico –herencia
paterna– y los arrebatos del escritor sorprendido por el mito, la
“creencia como magia de la vida”, cuestión que toma de Macedonio
Fernández.
Pudo haber sido un aguafuertista, como Arlt. Algo de eso hay en La
manga, sus cuentos de la década del veinte. Pero Raúl Scalabrini Ortiz
abandonaría muy pronto su tributo a una literatura influida por aires
decadentistas. Allí estaban la angustia de las muchedumbres, la
relación de la locura con el genio y las memorias en primera persona
de escritores desesperados.
Se equivocaría con él Hernández Arregui cuando festeja el discurso de
la economía política crítica que informa la obra de Scalabrini, pero
intenta separarlo de lo que llama las “neblinosas concepciones”
tomadas de la obra macedoniana. No es así, una cosa está enlazada
inseparablemente a la otra. Sin el autor de Papeles de Recienvenido no
hay Scalabrini. Ni hay tampoco Borges o Marechal. Y tampoco hay
Scalabrini sin el extraño telurismo que obtiene de la obra de
Ameghino, apenas trasladándolo del naturalismo evolucionista hacia el
cariz vitalista de un encierro moral que un día obtiene su
resarcimiento súbito.
Scalabrini tuerce destinos literarios y científicos, de todo se
impregna y todo reutiliza bajo su sello original, su revelada
arrogancia. Con esas herramientas de desobediencia no solo leyó la
historia de una postración nacional, sino que puso las bases para que
no se pudiera hablar de imperialismo sin postular un sujeto moral en
permanente convulsión. Esas “muchedumbres” que ya estaban en su obra
juvenil, que recibe de la literatura social modernista. También
presentes en El hombre que está solo y espera, lo que lo acerca aunque
sea alusivamente al hombre social que surge de la venerable leyenda de
la tierra poseída en común, que habían postulado los populistas rusos
en el siglo XIX.
No es que Scalabrini manejara estos materiales de mezcla sin
conciencia de lo que hacía, pues su idea del subsuelo es precisamente
la de una fragua enterrada que mixtura lo artístico, lo social y la
praxis de un mito reparador. Pero acaso sin percibirlo, ese vida
subterránea encantada mantenía a la distancia un aire lugoniano en el
estilo de su conciencia agónica y en la mención, no ocasional, de un
personaje de la épica intelectual de todos los tiempos. Se trataba de
un personaje dispuesto a mostrar en todo momento el honor desesperado
de sus verdades: el escritor seducido por un arte de inmolación.
Para Scalabrini, el sujeto que garantizaba el sentido profundo de las
cosas tenía un rostro compartido entre el jacobinismo de ínfula
romántica y la investigación del archivo sigiloso de las fuerzas que
generan el vasallaje nacional. Los investiga con la garra de un
científico de las ciencias exactas, en la soledad empírica de su
laboratorio.
Por otro lado, le importaba el lado agreste y revolucionario del
misterioso secretario de la Primera Junta. El era un morenista. En
cambio, no le importaba Rosas, a diferencia de tantos otros hombres de
su generación y de su credo.
Aquel sujeto scalabriniano –en conmoción– tenía diversas traducciones.
Para Jauretche asumía la figura de un payador de filo, contrafilo y
punta. Para Hernández Arregui la de un proletario con conciencia
nacional. Para Cooke la de un partisano lector de “manuscritos
juveniles” un tanto luckacsianos. Pero para Scalabrini era propiamente
el intelectual agonístico siempre al borde de ofrecerse en sacrificio
público por la causa de una nación. Una causa que podía ir de la nada
a la profecía. Este rasgo no lo toma Scalabrini del nacionalismo de
alta escuela sino que lo encuentra en su propia concepción
sacrificial. En un padecimiento novelado, con el que quería significar
la alegoría misma de la desdicha nacional. Se atormenta una conciencia
lúcida individual cuando ve sufrir al cuerpo nacional, antiguo tema
del lirismo trascendentalista.
Sin embargo, Scalabrini es alegórico donde Lugones, en su suicidio, es
resolutivo. Y es historicista con una visión progresista de la
historia, allí donde los Irazusta o Ernesto Palacio son explícitos
hombres de honor, duelistas declarados, tanto como eufóricamente lo
fue Jauretche.
Todo esto ya está insinuado en El hombre que está solo y espera, un
escrito absolutamente modernista al que solo la metafísica que absorbe
de su maestro Macedonio Fernández le impide el giro carnavalesco que
el mismo tema tiene en Brasil en la figura de Macunaíma o de la
antropofagia de Oswald de Andrade. En el siempre recordable Hombre de
Corrientes y Esmeralda se halla el arquetipo de una redención amorosa
y fraternal, tallada en la inocencia de las multitudes argentinas de
las que ya se había ocupado el ensayismo nacional de todas las épocas.
Pero en Scalabrini se encuentran volcadas a una epopeya melancólica, a
una epifanía de la que surgiría un hombre social emancipado, a partir
de los planos internos de una naturaleza mítica. Saldría ese hombre
del interior de la geografía, de los ríos, la fauna. De las piedras de
las ciudades. Así, Scalabrini va recorriendo un camino. Desde lo
inanimado del mineral iniciático, hasta al soplo de la vida liberada.
La famosa descripción del 17 de octubre del ‘45 implica una literatura
mitológica, creacionista, con elementos tectónicos y políticos a la
vez. Por otro lado, presenta de la manera más original posible, con
simultáneo envoltorio mítico, social e histórico, el recorrido de un
frente nacional obrero-campesino y criollo-inmigratorio. Hermanados,
van el “peón de campo”, el “obrero de las hilanderías”, el “rubio
inmigratorio”, el “morocho de overol engrasado”. Es la marcha de los
mismos funámbulos que aún hoy –en estos mismos días– son interrogados
por literaturas que quizá no consiguen alzar vuelo, aunque se
presentan en el afán de dar reinicio a otro ciclo de la memoria
crítica nacional.
Martínez Estrada había visto lo mismo, esa gran marcha de espectros,
pero como primero creyó que debía condenarla para luego ir él mismo,
¡en persona! a salvarla, logró ser un verdadero incomprendido pues
quedó tan solo la primera parte del argumento y no la que le seguía y
lo justificaba. Injustamente se lo consideró así un antagonista de
Jauretche y Scalabrini cuando en realidad era su complemento secreto.
Una suerte de no declarado forjista en la Buenos Aires vista como
“cabeza de Goliat”.
Scalabrini es hijo de una irrepetible conjunción. Pensó la economía
política con las categorías del Lenin del Imperialismo, fase superior
del capitalismo, pero lanzó su escritura como si fuera una réplica
macedoniana de los papeles de recienvenido. Este era un hombre
macedoniano burlesco, pero también un personaje que estaba solo y
esperaba. Sólo que su humor patafísico originario es reconvertido por
Scalabrini en un estilo grave y dolorido, del que denuncia en tanto
humillado, en tanto perseguido. Entonces, Scalabrini no se privó de la
justa altanería del profeta en el desierto, aunque a su alrededor
crecían los lectores, que al mismo tiempo que se informaban sobre las
formas imperiales de dominio, sentían que se operaba un llamado “desde
el subsuelo”. Era la voz que intranquilizaba y urgía. Faltan hoy esos
llamados.
Halperin Donghi se equivoca al relativizar a Scalabrini por prácticas
que llama “demonológicas” en el lugar que debía haber análisis
histórico–sociales. Este tema vale la pena debatirlo. Las de
Scalabrini no son tanto demonologías como un capítulo esencial de la
historia intelectual argentina, solo que definiendo al intelectual no
como un ser irónico –-como lo hace de Halperin– sino con un ser
intenso, turbado y agonal.
Una de las piezas maestras scalabrinianas, la “Destitución de Aramburu
y Rojas”, publicada en la revista frondizista Qué, permite evaluar al
paradoja del intelectual crítico. Frente al mismo Perón intenta
rectificar los rumbos que juzga equivocados del gobierno surgido de
las agitaciones del ‘45, mientras aquellos militares golpistas en su
momento recibirían prebendas y medallas. Luego del golpe, es el
intelectual que se había declarado disconforme el que saldrá a
defender al gobierno derrotado por esos almirantes y generales, los
mismos que en su momento habían sido parte del “sistema”. Como
intelectual “descarnado” Scalabrini deberá mostrar que no pertenece ni
pertenecerá a los dominios del Estado sino a una república utópica de
revelaciones intelectuales y catacumbas pasionales. No hace
demonología sino vivisección social con datos estadísticos sobre
ferrocarriles y petróleo. No hace sociología política sino que se
implica en una rara suerte de mesianismo realista, un patriotismo de
cuadros estadísticos y democracia radicalizada.
Como nacionalista popular, Scalabrini esgrimió una economía de
emancipación; como escritor amante de alegorías, fue poseído por una
metafísica vitalista. Esta explosiva fusión es aún un ejemplo para los
tiempos que corren. Verdaderos materiales faltantes en una vida
nacional embotada que es menester recrear y despertar. Con ellos,
Scalabrini sigue ofreciendo su pócima moral. La soledad junto a la
esperanza. No las dos cosas separadas, como querrían los apenas
ensimismados y los solamente bienhechores. Sino esas dos éticas
actuantes en común. La del anacoreta en su cartuja avizora y la del
expectante con su manojo de papeles de requerimiento y advertencia.
Con ellos se dirige a las multitudes que siempre se hacen presentes, y
siempre hacen notar un dolorido rasgo de ausencia.

Link a la nota:
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/elpais/1-125865-2009-05-31.html




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