[R-P] EL VARGAS DE LOS SESENTA. Busquen¡¡
carola chavez
tongorocho en gmail.com
Sab Mayo 30 18:49:07 MDT 2009
Aquí va el discurso completo.
La literatura es una forma de insurrección permanente 1
Hace aproximadamente treinta años, un joven que había leído con fervor
los primeros escritos de Breton, moría en las sierras de Castilla, en
un hospital de caridad, enloquecido de furor. Dejaba en el mundo una
camisa colorada y “Cinco metros de poema” de una delicadeza visionaria
singular. Tenía un nombre sonoro y cortesano, de virrey, pero su vida
había sido tenazmente oscura, tercamente infeliz. En lima fue un
provinciano hambriento y soñador que vivía en el barrio del Mercado,
en una cueva sin luz, y cuando viajaba a Europa, en Centroamérica,
nadie sabe por qué, había sido desembarcado, encarcelado, torturado,
convertido en una ruina febril. Luego de muerto, su infortunio
pertinaz, en lugar de cesar, alcanzaría una apoteosis: los cañones de
la guerra civil española borraron su tumba de la tierra, y, en todos
estos años, el tiempo ha ido borrando su recuerdo en la memoria de las
gentes que tuvieron la suerte de conocerlo y de leerlo. No me
extrañaría que las alimañas hayan dado cuenta de los ejemplares de su
único libro, enterrado en bibliotecas que nadie visita, y que sus
poemas, que ya nadie lee, terminen muy pronto trasmutados en “humo, en
viento, en nada”, como la insolente camisa colorada que compró para
morir. Y, sin embargo, este compatriota mío había sido un hechicero
consumado, un brujo de la palabra, un osado arquitecto de imágenes, un
fulgurante explorador del sueño, un creador cabal y empecinado que
tuvo la lucidez, la locura necesarias para asumir su vocación de
escritor como hay que hacerlo: como una diaria y furiosa inmolación.
Convoco aquí, esta noche su furtiva silueta nocturna, para aguar mi
propia fiesta, esta fiesta que han hecho posible, conjugados, la
generosidad venezolana y el nombre ilustre de Rómulo Gallegos, porque
la atribución a una novela mía del magnífico premio creado por el
Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes como estímulo y desafío a
los novelistas de lengua española y como homenaje a un gran creador
americano, no sólo me llena de reconocimiento hacia Venezuela;
también, y sobre todo, aumenta mi responsabilidad de escritor. Y el
escritor, ya lo saben ustedes, es el eterno aguafiestas. El fantasma
silencioso de Oquendo de Amat, instalado aquí, a mi lado, debe
hacernos recordar a todos —pero en especial a este peruano que ustedes
arrebataron a su refugio del Valle del Canguro, en Londres, y trajeron
a Caracas, y abrumaron de amistad y de honores— el destino sombrío que
ha sido, que es todavía en tantos casos, el de los creadores en
América Latina. Es verdad que no todos nuestros escritores han sido
probados al extremo de Oquendo de Amat; algunos consiguieron vencer la
hostilidad, la indiferencia, el menosprecio de nuestros países por la
literatura, y escribieron, publicaron y hasta fueron leídos. Es verdad
que no todos pudieron ser matados de hambre, de olvido o de ridículo.
Pero estos afortunados constituyen la excepción. Como regla general,
el escritor latinoamericano ha vivido y escrito en condiciones
excepcionalmente difíciles, porque nuestras sociedades habían montado
un frío, casi perfecto mecanismo para desalentar y matar en él la
vocación. Esa vocación, además de hermosa, es absorbente y tiránica, y
reclama de sus adeptos una entrega total. ¿Cómo hubieran podido hacer
de la literatura un destino excluyente, una militancia, quienes vivían
rodeados de gentes que, en su mayoría, no sabían leer o no podían
comprar libros, y en su minoría, no les daba la gana de leer? Sin
editores, sin lectores, sin un ambiente cultural que los azuzara y
exigiera, el escritor latinoamericano ha sido un hombre que libraba
batallas sabiendo desde un principio que sería vencido. Su vocación no
era admitida por la sociedad, apenas tolerada; no le daba de vivir,
hacía de él un productor disminuido y ad-honorem. El escritor en
nuestras tierras ha debido desdoblarse, separar su vocación de su
acción diaria, multiplicarse en mil oficios que lo privaban del tiempo
necesario para escribir y que a menudo repugnaban a su conciencia y a
sus convicciones. Porque, además de no dar sitio en su seno a la
literatura, nuestras sociedades han alentado una desconfianza
constante por este ser marginal, un tanto anómalo, que se empeñaba,
contra toda razón, en ejercer un oficio que en la circunstancia
latinoamericana resultaba casi irreal. Por eso nuestros escritores se
han frustrado por docenas, y han desertado su vocación, o la han
traicionado, sirviéndola a medias y a escondidas, sin porfía y sin
rigor.
Pero es cierto que en los últimos años las cosas empiezan a cambiar.
Lentamente se insinúa en nuestros países un clima más hospitalario
para la literatura. Los círculos de lectores comienzan a crecer, las
burguesías descubren que los libros importan, que los escritores son
algo más que locos benignos, que ellos tienen una función que cumplir
entre los hombres. Pero entonces, a medida que comience a hacerse
justicia al escritor latinoamericano, o más bien, a medida que
comience a rectificarse la injusticia que ha pesado sobre él, una
amenaza puede surgir, un peligro endiabladamente sutil. Las mismas
sociedades que exilaron y rechazaron al escritor, pueden pensar ahora
que conviene asimilarlo, integrarlo, conferirle una especie de
estatuto oficial. Es preciso, por eso, recordar a nuestras sociedades
lo que les espera. Advertirles que la literatura es fuego, que ella
significa inconformismo y rebelión, que la razón del ser del escritor
es la protesta, la contradicción y la crítica. Explicarles que no hay
término medio: que la sociedad suprime para siempre esa facultad
humana que es la creación artística y elimina de una vez por todas a
ese perturbador social que es el escritor, o admite la literatura en
su seno y en ese caso no tiene más remedio que aceptar un perpetuo
torrente de agresiones, de ironías, de sátiras que irán de lo adjetivo
a lo esencial, de lo pasajero a lo permanente, del vértice a la base
de la pirámide social. Las cosas son así y no hay escapatoria: el
escritor ha sido, es y seguirá siendo un descontento. Nadie que esté
satisfecho es capaz de escribir, nadie que esté de acuerdo,
reconciliado con la realidad, cometería el ambicioso desatino de
inventar realidades verbales. La vocación literaria nace del
desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias,
vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de
insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza. Todas
las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada, díscola,
fracasarán. La literatura puede morir pero no será nunca conformista.
Sólo si cumple esta condición es útil la literatura a la sociedad.
Ella contribuye al perfeccionamiento humano impidiendo el marasmo
espiritual, la autosatisfacción, el inmovilismo, la parálisis humana,
el reblandecimiento intelectual o moral. Su misión es agitar,
inquietar, alarmar, mantener a los hombres en una constante
insatisfacción de sí mismos: su función es estimular sin tregua la
voluntad del cambio y de mejora, aun cuando para ello deba emplear las
armas más hirientes y nocivas. Es preciso que todos lo comprendan de
una vez: mientras más duros y terribles sean los escritos de un autor
contra su país, más intensa será la pasión que lo una a él. Porque en
el dominio de la literatura la violencia es una prueba de amor.
La realidad americana, claro está, ofrece al escritor un verdadero
festín de razones para ser un insumiso y vivir descontento. Sociedades
donde la injusticia es ley, paraísos de ignorancia, de explotación, de
desigualdades cegadoras, de miseria, de alienación económica, cultural
y moral, nuestras tierras tumultuosas nos suministran materiales
suntuosos, ejemplares, para mostrar en ficciones, de manera directa o
indirecta, a través de hechos, sueños, testimonios, alegorías,
pesadillas o visiones, que la realidad está mal hecha, que la vida
debe cambiar. Pero dentro de diez, veinte o cincuenta años, habrá
llegado a todos nuestros países como ahora a Cuba, la hora de la
justicia social y América Latina entera se habrá emancipado del
imperio que la saquea, de las castas que la explotan, de las fuerzas
que hoy la ofenden y reprimen. Yo quiero que esa hora llegue cuanto
antes y que América Latina ingrese de una vez por todas en la dignidad
y en la vida moderna, que el socialismo nos libere de nuestro
anacronismo y nuestro horror. Pero cuando las injusticias sociales
desaparezcan, de ningún modo habrá llegado para el escritor la hora
del consentimiento, la subordinación o la complicidad oficial. Su
misión seguirá, deberá seguir siendo la misma; cualquier transigencia
en este dominio constituye, de parte del escritor, una traición.
Dentro de la nueva sociedad, y por el camino que nos precipiten
nuestros fantasmas y demonios personales, tendremos que seguir, como
ayer, como ahora, diciendo no, revelándonos, exigiendo que se
reconozca nuestro derecho a disentir, mostrando, de esa manera
viviente y mágica, como sólo la literatura puede hacerlo, que el
dogma, la censura, la arbitrariedad son también enemigos mortales del
progreso y de la dignidad humana, afirmando que la vida no es simple
ni cabe en esquemas, que el camino de la verdad no siempre es liso y
recto, sino a menudo tortuoso y abrupto, demostrando con nuestros
libros una y otra vez la esencial complejidad y diversidad del mundo y
la ambigüedad contradictoria de los hechos humanos. Como ayer, como
ahora, si amamos nuestra vocación, tendremos que seguir librando las
treinta y dos guerras del coronel Aureliano Buendía, aunque como él,
nos derroten en todas.
Nuestra vocación ha hecho de nosotros, los escritores, los
profesionales del descontento, los perturbadores conscientes o
inconscientes de la sociedad, los rebeldes con causa, los insurrectos
irredentos del mundo, los insoportables abogados del diablo. No sé si
está bien o si está mal, sólo sé que es así. Esta es la condición del
escritor y debemos reivindicarla tal como es. En estos años en que
comienza a descubrir, aceptar y auspiciar la literatura, América
Latina debe saber, también, la amenaza que se cierne sobre ella, el
duro precio que tendrá que pagar por la cultura. Nuestras sociedades
deben estar alertadas: rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el
escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el
espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentas.
Otorgándome este premio que agradezco profundamente, y que he aceptado
porque estimo que no exige de mí ni la más leve sombra de compromiso
ideológico, político o estético, y que otros escritores
latinoamericanos, con más obra y más méritos que yo, hubieron debido
recibir en mi lugar —pienso en el gran Onetti, por ejemplo, a quien
América Latina no ha dado aún el reconocimiento que merece—,
demostrándome desde que pisé esta ciudad enlutada tanto afecto, tanta
cordialidad, Venezuela ha hecho de mí un abrumado deudor. La única
manera como puedo pagar esa deuda es siendo, en la medida de mis
fuerzas, más fiel, más leal, a esta vocación de escritor que nunca
sospeché me depararía una satisfacción tan grande como la de hoy.
El día 31 de mayo de 2009 20:06, maría Sola <mariadelsola en gmail.com> escribió:
> CITANDO LA FUENTE,EL MATERIAL DE ESTA LISTA ES DE LIBRE REPRODUCCIÓN
>
>
> ...ANDA POR LA RED UNA COPIA ESCANEADA DE UN FRAGMENTO DEL DISCURSO
> QUE EN EL 67 dio Vargas Llosa cuando recibió el premio Rómulo Gallegos
> por La Casa verde. Es sencillamente increible ya que afirma que dentro
> de 40 o 50 años , es decir hoy , todos los paises de américa, habrán
> seguido el camino de Cuba.Hoy es un viejo al cual las decadencias de
> la traición le quitan las dignidades del paso del tiempo y lo tornan
> patético y su hijo no es mejor que el degenerado hijo de Lugones.Y ya
> no escribe bien. No la puedo copiar ni mandar como adjunto por lo cual
> espero que la rastreen y la encuentren.
>
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