[R-P] [A. Caballero] TLC y cohesión social

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Lun Mayo 25 07:11:09 MDT 2009


[En reportaje publicado hoy por el Clarín de los Noble, Emir Sader
puntualiza que la división concreta en América del Sur, hoy, no pasa
ante todo por «izquierdas» y «derechas» sino por países que firman los
TLC y países que se niegan a hacerlo: «los Tratados de Libre Comercio
no son una alianza sino un negocio en el que una de las dos partes
sale tumbada»]

Gentileza Bob Weiss

SEMANA – Colombia – 25.05.2009

TLC y cohesión social

Opinión: Crecerá la violencia, que a su vez empujará al desplazamiento
y la mendicidad: ya no darán abasto los semáforos.

Antonio Caballero

Casi nadie se enteró de que el otro día hubo un debate en una comisión
del Congreso sobre el Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea,
tan perjudicial para Colombia como el TLC con los Estados Unidos.
Nadie se enteró porque se discutía también la farsa de la reforma
politiquera, y para los políticos lo más importante son las cosas de
comer.
Sus cosas de comer. Porque el TLC afecta, disminuyéndolas, las cosas
de comer de todos los colombianos (salvo las de unos cuantos
avivatos).
Los Tratados de Libre Comercio han sido presentados por sus defensores
como creadores de vastos mercados económicos igualitarios, favorables
para todos los participantes. El ejemplo más citado es la Unión
Europea, justamente, que, globalmente hablando, ha sido exitosísima
para todos sus miembros, tanto tomados uno por uno como en su
conjunto. Pero si lo ha sido es porque constituye una suma de iguales,
así en la práctica haya habido entre unos y otros, en el origen,
diferencias gigantescas. La suma de, digamos, Irlanda y Alemania ha
favorecido prodigiosamente a la pequeña Irlanda, pero a la poderosa
Alemania sólo en el corto plazo la ha afectado negativamente (y de
modo casi imperceptible), para favorecerla también a ella a la larga.
Todos salen ganando en esa suma, Francia y Polonia, España y Grecia y
el Reino Unido, porque, insisto como Perogrullo, es una suma. Una
colaboración. Una alianza.
Los Tratados de Libre Comercio, en cambio, no son una suma sino una
división: una competencia entre países de economías desiguales. Lo
contrario de una unión (como la UE o los propios Estados Unidos). El
TLC firmado con la UE no sumaría a Colombia con Alemania, digamos,
sino que la pondría de frente a competir con ella. Y no sólo con ella,
sino con algo aún más potente, como es la UE entera de la que Alemania
forma parte. El senador Jorge Enrique Robledo, que es uno de los pocos
que han mantenido en la crítica de los TLC una posición perseverante
(como la que han mantenido los negociadores de enfrente en el abuso de
poder, y los de este lado en el arrodillamiento) hizo el cálculo de
que la economía conjunta de la Unión Europea es "setenta y un veces
más poderosa" que la de Colombia. Y sin embargo de lado y lado juegan
con la falacia descarada de que se trata de una negociación "de igual
a igual". Como en George Orwell, un autor cada día más inevitable, hay
unos "más iguales que otros". Y ese trato chanzudo, de igual a igual,
entre dos desiguales, concluye en acuerdos aún más inequitativos y
desequilibrados que las reglas fijadas por la Organización Mundial del
Comercio, que tiene al menos la ventaja de ser multilateral: del todo
no consigue mandar nadie.
Esto es así, repito, porque los Tratados de Libre Comercio, que no son
libres, tampoco constituyen una alianza, como lo son la UE o los EU,
sino un negocio. Y un negocio, por añadidura, a la colombiana: o sea
uno en el que una de las dos partes sale tumbada, en lugar de que las
dos resulten favorecidas y satisfechas, como ha sido el propósito del
comercio desde los tiempos de los fenicios.
La parte que sale tumbada es Colombia. Y el tumbe consiste en que verá
destruido su precario aparato productivo, incapaz de competir "de
igual a igual" con las gigantescas (y ahora además subvencionadas por
cuenta de la crisis) industrias norteamericanas y europeas, y menos
aún con sus agroindustrias hipersubvencionadas desde siempre: tarea
imposible por mucho que se reduzcan aún más los salarios y se doblegue
a tiros a los sindicatos. El crecimiento del desempleo, que será muy
grande en la vapuleada industria manufacturera, será aún mayor en el
agro: arrasador. Y se traducirá, como ya ha venido haciéndolo, en la
multiplicación de la delincuencia de toda índole, desde las pandillas
de raponeros de bus y fleteros de cajero automático hasta la "bandas
emergentes" del narcotráfico y el paramilitarismo pasando, claro está,
por la guerrilla. Crecerá la violencia, que a su vez empujará al
desplazamiento y la mendicidad: ya no darán abasto los semáforos.
Pues si bien es cierto que el auge guerrillero y paramilitar se
financia con los dineros de la droga (como el auge bancario o el de
las tiendas de cuatrimotos), hasta un concesionario de Maseratis están
montando en Bogotá, como si en esta ciudad, o en este país, hubiera
alguna calle o carretera por la que puedan andar sin desbaratarse las
tripas de esos aerodinámicos carros de lujo. ¿Darán vueltas y más
vueltas en redondo en las pistas de karts del autódromo de Tocancipá
como caballitos de carrusel, llevando a bordo a sus dueños narcos o
banqueros o políticos que se han robado un departamento...
Si bien es cierto, digo, que el nervio financiero de la guerrilla y
del paramilitarismo y de la delincuencia común es fundamentalmente la
droga, su músculo militar está en el desempleo, y eso es así también
para los soldados profesionales de las fuerzas del Estado. La razón de
que haya reclutas dispuestos a tomar las armas en esos cuatro
ejércitos es la falta de otras fuentes de trabajo que den de comer.
Con lo cual, y no para eliminar sino para tener a raya a esos
ejércitos, para sostener el elevadísimo gasto militar que ha permitido
desmantelar en parte el paramilitarismo y mantener en jaque -aunque
sin darle mate, a la guerrilla- será necesario volver permanente el
impuesto de guerra. Y además expandirlo, tal como se lo pidió (¿o se
lo ordenó) al gobierno el poderoso banquero Luis Carlos Sarmiento,
para que lo paguen todos los colombianos. Así la costosa "seguridad
democrática", que no lo es en sus resultados, lo será por lo menos en
sus medios. Ponían la plata los ricos, y la sangre los pobres. Ahora
los pobres tendrán la oportunidad patriótica de poner también la
plata.
Cohesión social, se llama eso


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Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría



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