[R-P] [C. Pagni] La trampa del conurbano
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Dom Mayo 24 13:16:52 MDT 2009
[Admirable, Pagni. Mucho más serio que Marianito, el hombre sí que
sabe alertar a los políticos de su clase. Sabe todo lo que hay que
saber. Véase, por ejemplo, su referencia al contenido político del
roquismo (extraordinariamente certera).
Dice, en especial, “las políticas de Duhalde y Kirchner, o las que
propongan al electorado nacional Mauricio Macri y su neoduhaldismo,
están determinadas por las exigencias que llegan desde los degradados
suburbios metropolitanos. Cualquier proyecto político que se asiente
sobre esa viga electoral deberá ser subsidio-intensivo y
proteccionista. Esa es la trampa que hoy se cierne sobre la promesa
modernizadora que -se supone- inspira a Macri”.
“Atenti a los Duhalde, que ellos tienen los votos que nosotros jamás
tendremos”, parece decir, en un tácito reconocimiento de que el peor
caudillejo local del área metropolitana es en el fondo más democrático
(desde el punto de vista social) que el más progresista partidario del
republicanismo sin pueblo…
Y da un excepcional ejemplo de que la teoría del “clientelismo” cae
por estúpida, ya que parte de subestimar a los argentinos de humilde
condición (y color, como diría Borges):
“la sumisión política es incierta. La dirigente radical María del
Carmen Banzas suele recordar un episodio de 1988, cuando recorría un
barrio pobre de Quilmes en un operativo del Plan Alimentario Nacional:
"De una casilla salió Carlos Menem, que era candidato del PJ. Al
descubrirlo, uno de los vecinos le aclaró: "Carlitos, no te preocupes.
Nosotros les recibimos la caja de comida a ellos pero te votamos a
vos"”
En efecto, “la sumisión política” es incierta. Yo diría más: en
realidad, es nula. El pueblo argentino solo está a la espera…
Pero más allá de esta y otras burradas o mentiras malévolas (por
ejemplo, cuando dice que la “conurbanización” reivindicatoria de
Tejedor es hija del 2001, cuando lo es de los propios mitristas
disfrazados de “peronistas” que en el 94 le dieron a la Argentina una
de las más retrógradas Constituciones que jamás haya padecido), el
artículo merece atención.]
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1131281
Política
La trampa del conurbano
Conscientes del poder territorial de los intendentes bonaerenses,
candidatos de distintas listas se disputan su apoyo, una carta
ganadora capaz de sumar votos clave a sus propias fuerzas. Quiénes son
estos caudillos del conurbano, cómo operan y por qué los candidatos
que ganen con su ayuda, aunque prometan renovación política, se
arriesgan a quedar presos del aparato que mantiene vivo el statu quo
bonaerense
Por Carlos Pagni
Domingo 24 de mayo de 2009
A las 6 de la mañana ya está en la municipalidad, atendiendo a una
fila interminable de vecinos, hasta las 8 y media. En general, temas
menores, que resuelve con llamados telefónicos. La tarde la dedica a
recorrer los despachos de funcionarios nacionales y provinciales para
conseguir recursos, planes sociales, o agilizar trámites de obra
pública. Tiene gente propia en clubes, sociedades de fomento,
sindicatos. Para entrar en la Justicia del distrito conviene pedirle
una recomendación. Controla las pocas radios FM del pueblo con la
publicidad oficial. ¿Diarios? No hay, apenas algunas hojitas. El
Concejo Deliberante lo maneja con la mano izquierda. A los concejales
que terminaron el mandato los lleva al Ejecutivo. Y a los de la
oposición, les sigue pagando el sueldo. Ya va por el quinto mandato en
el poder. El presupuesto que maneja es mínimo. Apenas alcanza para
alumbrado, barrido y limpieza. Si hay negocios, deben salir de los
contratos. Del de la basura, por ejemplo, donde Hugo Moyano tiene
mucha influencia".
Es el retrato de un intendente de conurbano visto por el ojo de un
concejal que se le opone. ¿Es Curto? ¿Othacehé? ¿Mario Ishii? ¿El
finado Quindimil? Importa poco. El valor de este identikit es que se
ajustaría a cada uno y a todos. El rol de estos caudillejos se ha
vuelto tan determinante que indagar en su conducta, reconstruir la
escena en la que operan y advertir el modo en que otros dirigentes se
relacionan con ellos son ejercicios indispensables para comprender la
política en la Argentina. O, si se prefiere, para comprender el
agotamiento de la política en la Argentina.
Cuando las encuestas registran los sentimientos de la mayoría de los
habitantes del conurbano repiten palabras como desolación,
hundimiento, devastación. Desde hace décadas, la zona está signada por
el lento derrumbe de la actividad industrial y por el desempleo. Por
eso la idea de que podría quedar envuelta en un estallido se convirtió
en una hipótesis obligatoria de la política nacional. Durante la caída
de Fernando de la Rúa muchos temieron que esa fantasía se estaba
realizando. Kirchner lee las encuestas. Sus referencias al caos no
intentan meter miedo sino trabajar sobre el miedo que ya existe.
En el conurbano viven casi 10 millones de personas, de las cuales 3
millones son pobres. Hay 2.400.000 chicos, de los cuales 1 millón es
pobre. Es lógico que se tema una tormenta. Sobre sus nubarrones se
recorta la figura de los intendentes.
*Historia de una irracionalidad
Ellos parecen haber estado siempre allí. Pero esa percepción es
engañosa. El fenómeno tiene poco más de 20 años y en ese lapso ha
registrado mutaciones notorias. Para comprenderlas hace falta echar
una mirada a la historia del conurbano y advertir cómo fue la historia
de una irracionalidad.
La mayoría de los pueblos del Gran Buenos Aires deben su existencia a
la vertiginosa expansión del área metropolitana que tuvo lugar en el
apogeo agroexportador de la Argentina. Las localidades que rodean a la
Capital Federal, sobre todo hacia el Sur, llevan el nombre de la
estación de ferrocarril en torno a la cual fueron creciendo. En muchos
casos, se fijó como fecha de fundación la de la llegada del primer
tren.
Alrededor de esa estación se realizaron los primeros loteos y se
levantaron instituciones y comercios. El conurbano era una orilla
semirrural. Si se industrializaba, era siguiendo el sesgo impuesto por
la inserción del país en la globalización comercial de fines del siglo
XIX. Las empresas más poderosas fueron hijas de ese proceso: los
frigoríficos de Dock Sud, por ejemplo, donde trabajaban más de 5000
personas.
El repliegue de esa economía, en los años 30, inspiró el ensayo de una
industrialización sustitutiva. El proceso estuvo acompañado de una
caudalosa migración interna. Ahora la urbanización desbordaba hacia
las tierras bajas. El nuevo radio debería ser cubierto por líneas de
colectivos que trasladaran a los trabajadores desde la estación de
tren hasta la última manzana edificada. El suburbio comenzaba a tener
suburbios.
El ordenamiento de este proceso era una atribución del gobierno
bonaerense, en La Plata. La línea de edificación avanzaba a ciegas y
se detenía en las zonas inundables. El municipio casi no intervenía.
No existían redes de agua corriente y los drenajes se limitaban a
largas zanjas donde por las noches croaban las ranas. Hasta la década
del 60, el Gran Buenos Aires todavía conservaba algo de bucólico.
Durante esos años se multiplicaron las sociedades de fomento,
encargadas de conseguir servicios mínimos. Se sentía la presión de la
inmigración limítrofe, se formaron los primeros asentamientos en zonas
inundables, se instalaron viviendas en las márgenes de los arroyos y,
al final, se fueron poblando las viejas cavas, de las que había salido
la tierra para fabricar ladrillo. A los asentamientos los suceden la
villas, donde ya no hay siquiera un trazado que permita identificar un
domicilio.
En La Plata hacía tiempo que habían perdido el control de esta
evolución. Los municipios seguían limitándose a aprobar los planos de
las viviendas. El pavimento se extendió sin que antes se resolvieran
las inundaciones. Estalló, entonces, el costoso problema hidráulico,
acaso el más grave de esa región.
Cuando se restauró la democracia, las áreas más pobres del Gran Buenos
Aires ya estaban en emergencia. El colapso se registra en un contexto
político peculiar: con el PJ, que tiene su base electoral entre la
población más desamparada, fuera del poder nacional y provincial. Las
elecciones de 1987 fueron clave para este proceso: Antonio Cafiero
asumió como gobernador e inició un ejercicio de transferencia de poder
hacia las intendencias en manos de peronistas. En estos años, con
figuras como Juan José Mussi (Berazategui), Hugo Toledo (Lomas de
Zamora), Eduardo Camaño (Quilmes), Jorge Villaverde (Almirante Brown),
Manuel Quindimil (Lanús, quien gobernaba desde 1983), Carlos Brown
(San Martín), Gustavo Green (Merlo), entre algunos otros, el rol del
intendente fue adquiriendo una densidad desconocida. En el lenguaje
municipal irrumpen expresiones como "planificación", "parque
industrial", "autonomía", "obras hidráulicas". El espíritu de
racionalización que inspiró a la renovación peronista llegó también
hasta esos bordes, no siempre sin obstáculos. Como aquella vez que
-Ginés González García lo cuenta con mucha gracia- Cafiero subió a un
palco y comenzó a predicar delante de 5000 personas las virtudes de la
descentralización municipal. Cuando iba terminando, se ufanó: "Y para
que no tengan que estar mendigando en La Plata lo que les corresponde,
compañeros, hemos traído un cheque que le entregamos en este momento
al intendente..." Ahí tuvo que interrumpir, porque la multitud empezó
a gritar: "¡Al intendente no, al intendente no!..."
En 1991 llegó a la gobernación el ex intendente de Lomas de Zamora
Eduardo Duhalde. Fue una conquista gremial. La gestión de Duhalde
consolidó a sus antiguos colegas. Pero ellos también quedaron atados a
la financiación de la obra pública. Duhalde, más previsor que Daniel
Scioli, le arrancó a Carlos Menem el Fondo de Reparación Histórica del
conurbano Bonaerense, 600 millones dólares anuales con los que
disciplinó a los jefes municipales y, llegado el caso, los enfrentó
entre sí. Los recursos provenían del resto del país, por una
asignación del impuesto a las ganancias.
Duhalde justificó su Fondo en que la provincia de Buenos Aires es,
desde 1988, la que menos coparticipación por habitante recibe después
de la Capital Federal. A pesar de estar entre las que más dinero le
aportan a la Nación. Mientras que Santa Cruz, Catamarca y Formosa
perciben $ 2200, Buenos Aires recibe de la caja federal $400 per
cápita. Por eso, según un experto en cuentas públicas, "el argumento
de la discriminación es tan legítimo que impide abordar el problema de
la mala administración municipal". También es cierto que ningún
reclamo por mayor coparticipación será viable sin la promesa de una
reforma institucional y administrativa.
Durante los años 90 emergió una nueva generación de intendentes,
muchos de los cuales ejercen el poder hasta estos días: Hugo Curto
(Tres de Febrero, 1991), Baldomero Alvarez (Avellaneda, 1991), Raúl
Othacehé (Merlo, 1991), Julio Pereyra (Florencio Varela, 1992), Jesús
Cariglino (Malvinas Argentinas, 1995), Fernando Amieiro (San Fernando,
1995), Alberto Descalzo (Itauzaingó, 1995), Mario Ishii (José C. Paz,
1999).
Para su operación sobre el Gran Buenos Aires, Duhalde anexó al Fondo
del conurbano una red de acción social: la formaban las manzaneras, a
cuyo frente se colocó su esposa, Hilda González, "Chiche". El eje de
esa organización, incapaz de ocultar su inspiración política, fueron
las prestaciones alimentarias del plan "Vida". A la larga, esa legión
subordinada a la señora de Duhalde estaba destinada a desafiar el
poder de los jefes municipales. Tal vez por eso la empresa fracasó.
Estas innovaciones, que recrearon la figura del intendente, se
registraron durante la crisis de la convertibilidad, con sus secuelas
de pobreza y desempleo. En la Argentina ha sido el sociólogo Javier
Auyero quien mejor estudió el fenómeno. En su libro /¿Favores por
votos?/ afirma que "clientelismo se hace todos los días, no sólo en
épocas de elecciones. Hoy muchas familias sobreviven con lo que
consiguen a través de punteros, unidades básicas, comités, agencias
municipales". Pero la sumisión política es incierta. La dirigente
radical María del Carmen Banzas suele recordar un episodio de 1988,
cuando recorría un barrio pobre de Quilmes en un operativo del Plan
Alimentario Nacional: "De una casilla salió Carlos Menem, que era
candidato del PJ. Al descubrirlo, uno de los vecinos le aclaró:
"Carlitos, no te preocupes. Nosotros les recibimos la caja de comida a
ellos pero te votamos a vos"".
*La maquinaria electoral
Con la crisis de 2001, el aparato del conurbano llegaba con Duhalde a
la Presidencia de la Nación. Así se rompía un equilibrio secular.
Desde 1880, cuando se federalizó la ciudad de Buenos Aires, la
historia territorial del poder político había sido la de una alianza
interprovincial que, controlando el Estado nacional, encuadraría a la
provincia de Buenos Aires. Antes de eso, el gobernador Carlos Tejedor
había llamado "huésped suyo" al Gobierno nacional, que lo derrotó en
los combates de Puente Alsina, Los Corrales y San José de Flores. La
subordinación de la provincia de Buenos Aires fue el reverso de la
consolidación del poder nacional. En 2001 la dirigencia bonaerense se
haría cargo de la Presidencia, la política argentina entraría en
trance de conurbanización y Tejedor obtendría una extraña
reivindicación.
El juego de Duhalde fue profundizado por Kirchner, quien llegó desde
la estepa patagónica impugnando a la anquilosada corporación política,
pero asentó su poder sobre la maquinaria electoral del Gran Buenos
Aires sin el menor espíritu de reforma. Tal vez le resultó inevitable.
La nacionalización de su figura, en 2003, hubiera sido imposible sin
esa estructura, comandada por Duhalde. Kirchner lo entendió y, entre
2003 y 2005, se dedicó a destronar a su padrino para colocarse él al
frente del ejército que lo había llevado a la Casa Rosada. Como
Duhalde, Kirchner tiene una concepción demográfica del liderazgo:
pretende dominar a Goliat controlando su cabeza. La operación parece
más fácil desde la reforma constitucional de 1994: antes, el Colegio
Electoral imponía al poder un equilibrio territorial.
El dispositivo central utilizado por Kirchner para su intercambio con
la red que controla el conurbano fueron las retenciones a las
exportaciones, que permitirían extraer de las actividades y regiones
más competitivas los recursos que se vuelcan en el Gran Buenos Aires.
Esa política asume en la práctica lo que niega en la retórica: el
sueño industrial para el que deben extraerse los recursos del sector
agrícola fracasó hace tiempo. La que, para el imaginario de la primera
mitad del siglo XX, sería la región más dinámica y moderna de la
Argentina, terminó siendo la bolsa que encontró el país para meter a
los pobres.
A diferencia de Duhalde, Kirchner distribuyó los planes sociales a
través de las municipalidades y eliminó la mediación del gobernador.
Cuenta un intendente: "No bien llegó, Néstor nos dijo: Nada de hablar
con Felipe, me vienen a ver a mí´".
En su pacto de vasallaje con esos caudillos, también Kirchner se
convirtió en prisionero. Los estudios sobre clientelismo demuestran
que el sometido no es el receptor pasivo de las mercedes que otorga el
dirigente autoritario y corrupto. También el marginado traza su
estrategia para capturar los beneficios que no es capaz de proveerle
un Estado que colapsó. José Nun, al prologar el libro de Auyero, cita
aquella recomendación de Rousseau para que "ningún ciudadano sea
suficientemente rico como para comprar a otro ni suficientemente pobre
como para verse obligado a venderse a sí mismo". Sin embargo, la
relación de sometimiento es recíproca. Los dirigentes y sus clientelas
terminan por establecer entre sí algo parecido a aquella dialéctica
del amo y del esclavo de la que hablaba Hegel, donde la posición de
uno sólo es viable en referencia a la del otro.
Kirchner y los intendentes se han unido por un vínculo similar. Cada
uno es, en relación con el otro, el amo y el esclavo. Porque la
adhesión al liderazgo de Kirchner, como antes la adhesión al de
Duhalde o al de Carlos Ruckauf, también es la estrategia de esos
clientes de élite, los intendentes, para arrancarle recursos a un
sistema que siempre bordea la crisis fiscal. Para ahuyentar un caos
que siempre golpea la puerta.
Por eso las políticas de Duhalde y Kirchner, o las que propongan al
electorado nacional Mauricio Macri y su neoduhaldismo, están
determinadas por las exigencias que llegan desde los degradados
suburbios metropolitanos. Cualquier proyecto político que se asiente
sobre esa viga electoral deberá ser subsidio-intensivo y
proteccionista. Esa es la trampa que hoy se cierne sobre la promesa
modernizadora que -se supone- inspira a Macri: con su campaña actual,
ha comenzado a tramitar su acuerdo fáustico con el conurbano.
El experimento bonaerense de Macri exhibe la fragilidad de la
dominación oficial sobre los intendentes. Ellos recuerdan con espanto
que, por haber perdido su mayoría en el Concejo Deliberante, Juan
Carlos Rousselot resignó su imperio: ese percance le abrió el camino a
un proceso de renovación como el que lidera en Morón Martín
Sabbatella. Kirchner está dejando de ser un candidato seguro para que
los alcaldes dominen su pequeño parlamento. Muchos de ellos detectaron
que la alianza entre Macri, Francisco de Narváez y Felipe Solá está
quebrando el monopolio que el Gobierno ejercía sobre su clientela. Por
eso aportaron candidatos a las listas de concejales de De Narváez o
repartirán las boletas de los dos peronismos.
*Transiciones camaleónicas
Está transcurriendo otro cambio de piel. El kirchnerismo del conurbano
se muestra, de a poco, tan evanescente como lo fueron el cafierismo,
el duhaldismo o el ruckaufismo. Son transiciones camaleónicas que
sacan su eficiencia del vacío programático en que se mueve la vida
pública. Por eso Duhalde aconseja: "No se confunda. Entre los
intendentes no hay demasiada conciencia política. A ellos les interesa
mantener el orden en su granja. No quieren más que eso. De tanto en
tanto asoma la cabeza alguno que aspira a ser gobernador".
Pero para esa pretensión mayor hace falta un puente hacia los sectores
medios que están en conflicto con las prácticas a través de las cuales
se conserva el orden en el Gran Buenos Aires. "El único que podría
significar algo para la clase media urbana es Sergio [Massa] -opina un
encumbrado legislador por la provincia-; si no se lo traga el sistema.
A él todavía le queda la chance de ser gobernador".
El periodista le pregunta a ese legislador: "¿Usted cree que los
intendentes del conurbano tienen hoy conciencia de que el deterioro se
ha vuelto crónico?" Respuesta: "Hay dos o tres que sí. Alvarez, de
Avellaneda; Balestrini, que controla La Matanza; tal vez Othacehé, de
Merlo. Los demás no. Están sumergidos en el problema".
¿Cuál es el problema? Fernando Henrique Cardoso lo definió con
claridad en el libro-entrevista O presidente segundo o sociólogo (El
presidente según el sociólogo), que publicó en 1998. Allí sostuvo que
la hiperurbanización genera sus propias patologías. Se refería a San
Pablo pero el juicio vale para el Gran Buenos Aires. Se trata, según
Cardoso, de entramados de tal dimensión que desbordan las
instituciones que los occidentales nos hemos dado para regular la vida
en común en los últimos 200 años: la escuela, el hospital, la
comisaría, la cárcel. En zonas como éstas, las prestaciones del sector
público ofrecen cada vez menos calidad. La política se deslegitima y
termina por ingresar a la villa de emergencia o a la favela para la
photo-oportunity de cada proceso electoral. Y nunca más.
En sus últimas apariciones suburbanas, Kirchner parece el performer de
la teoría de Cardoso. Llega rodeado de una parafernalia de custodios,
funcionarios y periodistas. Habla para unas 400 personas convocadas
para la ocasión. Habla para los que lo miran por TV. Los vecinos de la
zona siguen en sus casas, ajenos.
De nuevo: ¿cuál es el problema? El problema es que -el que habla fue
ministro bonaerense- "las ciudades están sitiadas, ya hablamos de
narcotráfico y aparecen fenómenos nuevos como los "sin tierra" a la
argentina. El Camino Negro a Lomas de Zamora se ha vuelto
intransitable, igual que el Centenario para llegar a Quilmes. El único
que ve el drama se llama Bergoglio. Es jesuita, tiene una cabeza
estratégica. Organizó 1000 voluntarios que tratan de contener lo que
se pueda dentro de las villas. Van adonde la política no llega, donde
el puntero se convirtió en dealer ".
En el origen del proyecto argentino, Sarmiento imaginó el progreso
como la contradicción entre la civilización y la barbarie. El
desierto, por la debilidad de los vínculos interpersonales, engendraba
el poder autoritario del caudillo. La civilización no podía sino ser
urbana. Ha pasado un siglo y medio y el Gran Buenos Aires está
obligando a revisar esa ecuación.
© LA NACION
Favorecidos por el atraso institucional
Además de la crisis social crónica, los reyezuelos del conurbano ven
consolidado su poder por el defectuoso terreno institucional en el que
se mueven. Para el constitucionalista cordobés Antonio María
Hernández, por ejemplo, hay tres rasgos del municipalismo bonaerense
que están esperando una reforma. El primero es la falta de autonomía.
El régimen fue creado en 1934 y no se modificó, a pesar de que la
Constitución de 1994 establece, en su artículo 123, que las provincias
deben asegurar la autonomía de los municipios en sus aspectos
institucional, político, administrativo, económico y financiero.
El segundo vicio que encuentra Hernández es la excesiva extensión
territorial. La provincia tiene 134 municipios para una extensión de
307.200 Km2. En cambio Córdoba, con un territorio de 167.000 Km2 tiene
425 gobiernos locales, igual que Santa Fe para 133.000 Km2. Francia,
si se quiere tomar un término de comparación europeo, tiene 36.000
municipios en 500.000 Km2.
La tercera fisura institucional que facilita que el de los intendentes
sea un poder muy arcaico es la reelección indefinida. Fernando Amieiro
controla San Fernando desde 1995. Othacehé, Merlo, desde 1991.
Alvarez, Avellaneda, desde 1991 hasta 1999 y desde 2003 hasta ahora.
Mussi, Berasategui, desde 1987, con interrupciones ocasionales. Julio
Pereyra va por su quinto mandato consecutivo en Florencio Varela.
Mario Ishii gobierna José C. Paz desde 1999. Alberto Descalzo,
Ituzaingó, desde 1995. Y Jesús Cariglino, Malvinas Argentinas, desde
1995. Si algo desconoce la política en las localidades del conurbano
es la alternancia en el poder.
--
Néstor Gorojovsky
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