[R-P] Un análisis que ha resistido el paso del tiempo
Nestor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Jue Mayo 21 12:02:05 MDT 2009
[Ricardo Aronskind escribió este ensayo de interpretación política a
pocas semanas del lock-out patronal. Este tipo de cosas son como los
buenos vinos: con el paso del tiempo, mejoran. Algunas previsiones sobre
el papel del movimiento obrero se han visto poco cumplidas, pero el
resto nos parece digno de redistribución en estos días preelectorales]
Algunos comentarios sobre el lock out agrario y la dinámica de la situación
La secuencia del conflicto es importante.
¿Cuándo estalla el conflicto agrario? Con la imposición de retenciones
móviles. Este es el centro del tema. No lo es el aumento de las
retenciones lo que detonó el conflicto –ya que efectivamente unas
subieron pero otras bajaron- sino el corte de las expectativas de
gigantescas ganancias a futuro recortadas por la aplicación de
retenciones móviles. Ahí arranca todo. Es importante tenerlo claro,
porque los problemas que tienen los pequeños productores hasta ese
momento no habían generado ningún movimiento significativo. Los cuatro
sectores de propietarios pasan a la acción fundamentalmente por lo de
las retenciones móviles: están disputando renta futura, que sería
apropiada mayormente por los grandes actores agrarios, y no por los
pequeños.
El gobierno no diferenció, al establecer las retenciones, entre pequeños
y grandes productores. ¿Y ellos, se diferenciaron? , o salieron juntos a
luchar por el mismo programa ¿Y ese programa, a quien beneficia
centralmente?
La división del trabajo al interior del lock out es clara.
La función de los pequeños en todo esto no es menor: son quienes aportan
la cara "genuina" del lock-out. Son los que trabajan en serio, son los
que cortan las rutas y ponen el cuerpo, son los que arrastran a familias
y vecinos, los que generan simpatía en los medios, porque realmente
necesitan ayuda y están realmente enojados. ¿Qué pone el gran capital
agrario en el lock-out?: nada menos que los principales medios de
comunicación escrita, oral y televisiva, algunas estructuras partidarias
(el ARI de Carrió, el PRO), apoyos urbanos variopintos, incluído el de
los rentistas que viven en la ciudad, y el certificado de "blanquitud"
de la protesta. No es lock-out sino "paro", no son los propietarios sino
"el campo", no son piquetes sino "cortes de ruta", no son las
retenciones móviles contra lo que luchan sino contra "la soberbia", no
son los precios internacionales increíblemente elevados la fuente de
super-ganancias sino "el esfuerzo de los productores".
La combinación es poderosa, y tiene capacidad para generar un cuadro
potencialmente grave: desabastecimiento y golpe inflacionario en las
ciudades, con el consabido malestar de la población (que usualmente no
entiende porqué ocurren estas cosas), violencia y eventuales muertes en
los cortes de ruta (con la exacerbación de pasiones que genera el
martirologio), crisis política en el partido gobernante (donde se
pondrían de manifiesto los aliados atados con alambre que supo juntar el
kirschnerismo).
¿Por qué los sectores más débiles del agro no luchan contra los otros
segmentos de la cadena que les estrujan la ganancia? ¿por qué consideran
natural que la sociedad subsidie el gasoil, la electricidad, el tipo de
cambio y otras transferencias directas? ¿por qué son tan fáciles para
manipular por el gran capital y la derecha? Es una vieja historia
vinculada a la configuración cultural e ideológica de todos los sectores
rurales del mundo. En los ´90, se tomaron medidas que fundieron a
300.000 productores, y no hubo esta combatividad, esta rebeldía contra
la "opresión" y la "soberbia". Ojo con las idealizaciones: porque
produzcan efectivamente riqueza, o porque sean los más débiles de los
propietarios rurales, no se transforman automáticamente en portadores de
progreso, ni de racionalidad, ni de solidaridad: ni piensan en el efecto
de sus piquetes sobre los débiles de la ciudad. Y están luchando,
puntualmente, por super ganancias.
Brilla –por su inexistencia- en esta "gesta" de los propietarios rurales
la nula referencia a la dependencia tecnológica de las semillas
transgénicas de las multinacionales, y de su dependencia de un mercado
comercializador oligopólico (en general, multinacionales). Toda la lucha
es contra el estado, como antes de la llegada del menemismo… no aparece
ningún otro actor que los afecte o perjudique. Si se compara el conjunto
de la problemática de los pequeños productores –que es amplia y
compleja- con el objetivo específico de esta lucha, se observa que lo
único que se encuentra expresado es la demanda contra las retenciones
móviles, contra el gobierno y contra el estado. Este lamentable recorte
de la problemática se inscribe en la lógica ultraliberal que sostiene
que es el estado la fuente de los problemas, y que si se abstuviera de
"meterse" con el sector privado todo andaría estupendamente bien… No es
nueva, pero no deja de sorprender, la pobreza de miras de las
dirigencias empresarias argentinas.
Un triunfo hegemónico del sector agropecuario es su insistencia, tomada
acríticamente por los medios, en torno a una palabra: productores.
Productores, en economía, son todos los que producen directa o
indirectamente riqueza. O sea, un porcentaje muy alto de la población.
En una economía compleja y moderna, no es aceptable (porque no existe en
la realidad) que se recorte –para resaltar sus méritos productivos- un
determinado componente del sistema económico de todo el resto, sin el
cual aquel no existiría. La única diferencia entre los que producen
alimentos, de aquellos que producen bienes industriales o servicios
necesarios (educación, salud, transporte, construcción, servicios
públicos, etc, etc.) es que quienes producen alimentos pueden privar al
resto de los mismos. Esto no habla de un atributo moral, de una
particular nobleza, sino de un atributo de poder. Todo trabajador que
cumple un rol importante en el proceso de producción y distribución de
la riqueza social puede privar a los otros de algo importante. Los que
poseen hoy los medios de producción en el agro privan de alimentos al
resto de los eslabones productivos.
¿Qué pasaría si ocurriera a la inversa, si se les negaran los
indispensables insumos industriales, servicios, etc.? ¿Qué pasaría si se
les cortaran la energía eléctrica, las telecomunicaciones, el
abastecimiento de combustibles, y todos los bienes urbanos
imprescindibles para que funcionen? ¿Hasta cuando seguirá esta impostura
de que son los únicos actores estratégicos de la producción?
Hace muchos años que la sociedad argentina viene arrastrando esta
rémora ideológica, y no la termina de superar. El "campo" es una parte
de Argentina, y no al revés. El país no le debe rendir una pleitesía
especial a ningún sector productivo. Es más, parte de nuestro actual
subdesarrollo tiene que ver con haberse quedado estancados en una imagen
atemporal de los beneficios de la mera agricultura. A esta altura del
siglo XXI es muy claro: no existen potencias agrícolas.
La fisiocracia, teoría económica arcaica superada hace más de 200 años,
planteaba que sólo el agro producía valor, y el resto de las actividades
sociales eran "estériles". Adam Smith -no Carlos Marx-, sostuvo en 1776,
en "La riqueza de las naciones": Los terratenientes son la única de las
tres clases (se refiere también a los asalariados y a los capitalistas)
que percibe su renta sin que le cueste trabajo ni desvelos, sino que la
perciben de una manera en cierto modo espontánea, independientemente de
cualquier plan o proyecto propio para adquirirla. Esa indolencia,
consecuencia natural de una situación tan cómoda y segura, no sólo les
convierte a menudo en ignorantes, sino en incapaces para la meditación
necesaria para prever y comprender los efectos de cualquier
reglamentación pública.
La otra secuencia que hay que tener claro es que el endurecimiento
agropecuario, la radicalización desorbitada de la protesta, no se
produce después del discurso de Cristina Fernandez, sino antes. Toda la
argumentación sobre un supuesto discurso confrontativo, que denigró,
ofendió u ofuscó al sector es inaceptable, porque no están luchando por
estilos políticos. No hay nada que ofenda en el discurso, salvo que
argumentó y defendió una política pública. ¿Qué debe hacer un jefe de
estado que toma una decisión que considera correcta? ¿Retirarla ante la
amenaza? ¿Pedir perdón por haberla tomado? ¿Lamentarse públicamente de
defender el interés general, confesar que se equivocó al hacerlo? Cuando
desde ese mismo lugar institucional se lanzó la frase (insólita en un
país moderno) "Ramal que para, ramal que cierra", no apareció ningún
escandalizado de los actuales por la soberbia y la dureza presidencial.
Ese argumento –la supuesta vocación ofensiva y confrontativa
presidencial- repetido al unísono por los representantes agrarios y los
medios busca el progresivo desgaste mediático de la figura presidencial,
en pos de su posterior desplazamiento.
El tema de la "soberbia" y la "provocación", sirven para crear un clima
emocional de enojo irracional con el gobierno, una suerte de "ofensa
inadmisible" que no estaría en las palabras, sino… "en el tono". Parece
demasiado poco como para justificar el pedido que empezó a escucharse la
semana pasada, a pocos meses de asumir, que se vaya.
¿Están negociando dos sectores, dos "bandos" equivalentes, como lo
presenta masivamente la prensa?
De la respuesta que se dé a esta pregunta dependen muchas cosas.
Si se cree que se trata de una negociación entre un interés sectorial
(propietarios agrarios) y la institución que representa al conjunto del
país, que es mucho más que la suma de sus partes (el estado), es
inadmisible cualquier intento de imposición de medidas de parte de la
primera sobre la segunda. Son dos niveles cualitativamente distintos, y
no puede sino prevalecer el segundo sobre el primero.
Si se contesta que son equivalentes, se toma al estado como una facción
más de intereses (como cualquier otra), o se eleva al sector agrario a
la categoría de poder político con capacidad constituyente (establecer y
aplicar leyes). En este último caso, se abre una puerta a la total
descomposición política e institucional. Los medios de comunicación,
masivamente, han contestado claro: son equivalentes.
Hay sectores económicamente poderosos (banqueros, industriales, agro,
servicios) acostumbrados a que el estado argentino no tenga poder, y no
pretenda ejercerlo. Aguantan un gobierno ajeno a sus filas si es
impotente o pusilánime. Si pretende gobernar –en el sentido de tomar
decisiones sin pedir su aprobación- empieza la retahíla de epítetos:
inmediatamente se sienten agredidos, avasallados, amenazados, "peligran
las libertades". Aparecen las alusiones, como si fueran parte del cuerpo
diplomático norteamericano, a Cuba, Chávez, y Evo Morales: el universo
oscuro e incontrolado.
Regulación, para ellos, es opresión. Libertad, en cambio, es el
ejercicio ilimitado de su poder, como si no existiera sociedad. Los
amenaza la regulación estatal, un gobierno que gobierne, que no sea un
mero transcriptor de demandas sectoriales como fue el menemismo y la
alianza. Más allá de este gobierno, los varios sectores de poder en
Argentina no soportan un estado autónomo. Están felices con el estado
capturado e impotente. El kirschnerismo ha hecho muy poco por restaurar
las capacidades del sector público, pero tiene cierta autonomía
decisional que en este caso les resulta intolerable a algunos de los
sectores dominantes. Si algo tienen en común las fracciones propietarias
(locales y extranjeras) en Argentina, es su hostilidad a un estado
eficaz y autónomo.
El caceroleo de las clases medias tiene diversos orígenes: ingenuos, del
tipo "salgo a defender al campo"; despistados, del tipo "está subiendo
todo, salgo y protesto"; políticos, del tipo "no los soporto a los
Kirshner, a los peronistas, no la soporto a esa tipa"; y hasta festivos,
del tipo "vamos a hacer un poco de ruido a la calle". El análisis
político tiene sus limitaciones: hay un espacio difuso en el accionar
colectivo, donde pueden converger múltiples y variopintas sensibilidades
en hechos sociales que no se controlan ni entienden. Apoyan las causas
imaginarias que flotan en sus cabezas, desconocen los resultados
concretos –políticos- de sus actos, y después se desresponsabilizan y
buscan a quien echarle la culpa: siempre se puede salir a cantar "que se
vayan todos".
¿Qué es lo que devela esta crisis? La debilidad del kirschnerismo como
construcción política, la debilidad del apoyo partidario y sindical (PJ,
FPV, CGT, 62 Organizaciones), la debilidad de la estructura social que
lo respalda (¿y los industriales dónde están? ¿y los muchos otros
beneficiados por la expansión de estos 5 años?), la debilidad de los
supuestos factores de poder "comprados", como los medios que deberían
ser "amigos". Una enorme endeblez que ha sido puesta de manifiesto por
la embestida de las entidades agropecuarias y sus diversos aliados urbanos.
Debilidad que, por otro lado, no sería tal si el gobierno fuera capaz de
poner en movimiento al conjunto de sectores afectados por la rebelión de
los propietarios agropecuarios, que son muchos. ¿Quiere? No quiere,
porque implica establecer un compromiso programático. Implica aceptar un
monitoreo externo –aunque sea de aliados. Implica interlocutores. No
quiere. Por ahora.
Los acontecimientos encontraron al gobierno semi-desnudo. La presencia
de los militantes piqueteros en Plaza de Mayo cortó el día martes una
movilización de sectores medios porteños dispuestos a luchar por su
propia destrucción, por su propio empobrecimiento, por entronizar en el
gobierno a quienes los van a reprimir en serio.
La acción solitaria y decidida de los grupos de D´Elia y Pérsico
contrasta con el silencio abrumador de los sindicatos, la CGT, el
partido justicialista, y los militantes K, que brillaron por su ausencia
en una situación extremadamente fluida que a medida que pasaban las
horas se radicalizaba políticamente en contra de la Casa Rosada. Es
parte de la endeble construcción kischnerista, que fue puesta a prueba
(y lo seguirá siendo) por un bloque social inesperado, cuya punta de
lanza son los más débiles y enardecidos de los propietarios rurales. El
justicialismo, en el cual las convicciones casi no existen, respeta a
los líderes que garantizan posiciones de poder. ¿Qué pasa cuando estos
se tambalean? Lo que a Menem y a Duhalde: a la basura, y busquemos otro.
Dado que no es la lealtad precisamente el atributo más abundante en la
dirigencia justicialista, bien puede haber mucha gente en este momento
jugando internamente al debilitamiento/derrota del kirscherismo para
"reposicionarse".
La derecha argentina es antidemocrática. Lo ha sido sin tapujos en el
pasado, y no ha cambiado. No ha hecho nada sincero en materia de
discusión sobre su participación en la destrucción de las instituciones
democráticas y el asesinato de personas. Ninguna fracción importante ha
producido en su seno una ruptura seria con el pasado. Ni ha surgido un
líder de derecha convincentemente democrático. A lo sumo, se callan la
boca, y dicen que hay que "mirar para adelante". Esta derecha ha estado
relegada por las circunstancias políticas luego del desastre provocado
por sus ministros de economía, que estalló en 2001. En las decisiones
importantes, esta derecha gobernó ininterrumpidamente desde 1989, pero
luego de 2001 debió esperar. Cuando uno lee su prensa, desde el comienzo
de la asunción de Kirschner, es clara su posición golpista. Ahí está el
artículo de Claudio Escribano en la tapa de La Nación diciendo que
Kirschner era presidente "por un año". Son golpistas, no toleran ni a un
gobierno de centro. Son autoritarios y no han podido intervenir
políticamente hasta ahora ya que han estado acotados por las condiciones
políticas locales e internacionales. Pero están buscando la brecha por
la cual irrumpir, para lo que necesitan, entre otras cosas, el fuerte
desgaste del poder presidencial –que disgregaría a la precaria coalición
política kirschnerista- para desplazarla cuanto antes.
Para eso hay que desagregar la coalición electoral kirschnerista,
alienándola de sectores sociales amplios: nada mejor que la agresión
inflacionaria. El kirschnerismo se viene mostrando impotente para
administrar una inflación en incesante aumento, y nada sería más
oportuno que darle un envión adicional a los precios mediante fuerte
incremento de los productos básicos. Ahí esta el lock-out agrario.
La derecha supo armar con una velocidad pasmosa un frente cívico que
aceleró en horas su protagonismo transmutando el tema del "campo" en el
tema del poder.
La derecha ha aprendido. Está usando en 2008 métodos de piquetes y
movilización popular para sus propios fines. Articula lucha económica,
política, mediática y cultural. Hasta aparecieron las típicas oleadas de
rumores de saqueos y violencia de 1989 y 2001. Y el "que se vayan
todos", y el "que renuncie". Alguien comparó la movilización y caceroleo
del martes con las jornadas de diciembre de 2001, pero en diciembre de
2001 la clase media salió a reclamar por sus ahorros, para que se los
restituyeran. Hoy sale a pedir que la despojen mediante un estallido
inflacionario y el desfinanciamiento del estado.
Elisa Carrió contribuye al empobrecimiento del debate sobre los
fenómenos económicos y políticos. Su afirmación reiterada de que el
dinero recaudado por las retenciones iría a parar a Kirschner y De Vido
retrotrae la argumentación a aquel latiguillo que decía que "Cuando
Perón llegó a la Presidencia los pasillos del Banco Central estaban
abarrotados de lingotes de oro, y cuando se fue no había nada".
Conclusión para bobos: se los había robado. Reducir los debates
económicos a problemas de ladrones no sirve, y desvía de lo central. Se
debió debatir en su momento si la política económica peronista llevaba o
no a un callejón sin salida, y se debería debatir ahora si ésta es una
buena política económica o si es estéril para salir del subdesarrollo.
El eje ladrones/probos no contribuye a iluminar la base de los problemas
argentinos. La propia Carrió debería reflexionar sobre su evolución
política que la acerca cada vez más a las perspectivas de los
macro-ladrones financieros del país. Además, si la derecha logra -con la
colaboración militante de Carrió- el desplazamiento del kirschnerismo,
no van a ir a buscar después a una señora que habla de equidad social,
precisamente. Es difícil ver a los vaciadores de la Argentina
encolumnarse en la cruzada moral republicana.
El enfoque resdistributivo del kirschenrismo es casi neoliberal: por
ósmosis, poco a poco, aparece trabajo, malo, mal pago, pero se reduce el
desempleo. Los componentes del salario indirecto brillan por su
ausencia, y el acceso a la vivienda está aún más lejano que en los ´90.
El salario real está estancado, carcomido por una inflación seria que el
kirschnerismo se empeña –en un episodio de verdadera demencia política-
en negar. Esa debilidad no ayuda a construir lealtades firmes en vastos
sectores de la población. Esas lealtades firmes harían más falta que
nunca en un momento de confrontación con un actor con poder como el que
se está enfrentando.
Asusta la inmovilidad de la sociedad civil agredida por la crisis.
Parece que las asociaciones de consumidores no tienen nada que decir
sobre el desabastecimiento ni sobre las estrategias para enfrentar la
escalada de precios. Los sindicatos no tienen nada que decir, ni qué
defender, en relación a la caída del salario real. Su función parece
limitarse a pedir aumentos nominales de salario, y no a luchar para
mantener el poder de compra de los mismos. Recién a 19 días del paro ,
uno de los aliados más nobles del gobierno, los organismos de derechos
humanos, sacaron un comunicado caracterizando acertadamente lo que se
está disputando en este momento. La pasividad de los sectores que
deberían mostrar autonomía y agilidad frente a hechos que los involucran
plenamente, contrasta con la acción tajante de los propietarios agrarios
y la derecha.
La lucha de clases por la riqueza generada es asimétrica en la
Argentina: los que quieren despojar a los más pobres no enfrentan un
contrapoder social que los equilibre, sino a un gobierno apoyado en
aparatos semivacíos, centrado en una construcción verticalista y
cerrada, que no quiere estar sometida a compromisos sociales que aten su
decisionismo. Los que van a ser despojados, mediante una caída real y
significativa en sus ingresos (el 80 % de la población), miran por
televisión, y en un 60 % apoya "al campo". Lo que está en discusión no
es si con el kirschnerismo se vive bien: lo que en estos días se puede
definir, es si pasaremos a vivir francamente peor.
Cuando surgió el kirschnerismo, allá por 2003, lo entendimos como una
postura que –insólita, inesperadamente- se ubicaba a la izquierda de lo
que era el promedio político de la sociedad argentina. Recordemos: luego
de 12 años de destrucción neoliberal, sus representantes sacaron el 40%
de los votos y la primera minoría electoral. Los otros contendientes no
tenían una misma posición. La ubicación en el espectro político es
siempre relativa, no es que el kirshnerismo tenga un proyecto de
liberación, pero la sociedad lo tiene menos aún. ¿Cuánto tiempo podía
durar este fenómeno políticamente "irrepresentativo"–en el mejor sentido
de la palabra- de una agenda pública dictada por el kirschnerismo? ¿No
es razonable que la estructura política "ajustara" en dirección a la
verdadera correlación de fuerzas? ¿y porqué no sería así, si no se hizo
nada ni desde adentro ni desde afuera del gobierno para que mejorara el
nivel de comprensión política de la sociedad?
Y al mismo tiempo nos preguntamos: ¿dónde parará el envión hacia la
derecha? ¿Se correrá el fiel de la balanza institucional hacia un
reflejo más ajustado a lo que es esta sociedad, o seguirá corriéndose
hacia la derecha, aún más lejos?. ¿Porqué, una vez descubierta la
debilidad del kirschnerismo, habría que detenerse en doblegarlo
solamente por el tema de las retenciones? ¿No hay una amplia agenda de
la derecha política y económica aún insatisfecha?
Esto dejó de ser un problema económico-social, de puja distributiva, y
se transformó en un problema político, de poder. Según la correlación de
fuerzas, en el mejor de los casos, continuarán las retenciones móviles.
Si la dinámica política continúa como hasta hoy, domingo 30, puede ser
que las medidas que provocaron el lock-out sean retiradas, con el
consiguiente debilitamiento del gobierno, a favor de la derecha. Si ésta
aprovecha este momento de auge, ahora que están expuestas las
debilidades del poder kirschnerista, puede arrinconar al gobierno, y
obligarlo a entrar en una lógica de medidas antipopulares que aceleren
su degaste.
Ricardo Aronskind – Economista, investigador y docente
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