[R-P] [Enrique Lacolla] Lo que está en juego

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Jue Mayo 21 10:02:18 MDT 2009


*Lo que está en juego *

/Por Enrique Lacolla /

/Las próximas elecciones legislativas son un tema serio. De ellas 
dependerá el mantenimiento o la dilución de un proyecto nacional apenas 
incipiente, pero muy superior al resto de la oferta política./

Se aproxima la fecha de las elecciones legislativas, en las que se 
dirimirá la posibilidad de una ruptura de la mayoría que el gobierno 
detenta en el Congreso y, por consiguiente, se creará la oportunidad 
para la oposición de erigirse en un factor capaz de condicionar las 
políticas del Ejecutivo a través de su rechazo o la negociación de estas 
hasta el extremo de tornarlas, eventualmente, irreconocibles.

La contienda electoral, a pesar de su aparente polarización, expresa más 
bien el impasse y la desagregación en que la sociedad argentina ha 
venido a encontrarse después de décadas de desgobierno, durante las 
cuales se difuminó el contorno de la clase que había disputado a las 
fuerzas de la conservación el ejercicio de las palancas del poder –la 
clase obrera– y se afirmó en cambio la concentración de la riqueza en 
manos de una minoría desasida de los intereses del país y orientada 
fuertemente hacia el exterior. La oligarquía –esto es, el núcleo que 
diseñara la organización nacional de acuerdo a un modelo de país de 
impronta agropecuaria– hoy aparece asociada a los pools internacionales 
de la siembra y flanqueada por una serie de agrupaciones de pequeños y 
medianos productores rurales que reproducen hasta cierto punto el estilo 
de vida rentista y absentista que calificara al estrato superior durante 
los “años de la República”: ausentes del contacto con la tarea campesina 
gracias a la intensificación de una explotación tecnológica que expulsa 
la mano de obra y les permite vivir despreocupadamente de sus rentas en 
los pueblos y las ciudades, los productores de la pampa gringa pueden 
sin embargo imprimir al “partido del campo” un toque de popularidad 
derivado de su avidez y su basta naturaleza, que la aristocracia 
terrateniente disimulaba gracias a su educación y a su snobismo europeo.

De modo que el sujeto social que deberían representar las listas de 
candidatos se torna resbaloso y un tanto inasible: ¿dónde está, quiénes 
lo constituyen?

Si un sujeto social se construye a través de la conciencia que tiene de 
sus intereses, podríamos decir que el grupo tradicionalmente dominante 
en Argentina quedó intacto, una vez superados los remezones que le 
supuso la irrupción populista significada por el peronismo y una vez 
aplastados los brotes subversivos que habían tomado fuerza en las 
décadas de 1960 y 1970. El modelo económico des-industrializador y 
especulativo implantado por la dictadura se profundizó aun más durante 
la sucesión democrática, y sólo la explosión popular de diciembre del 
2001 interrumpió una arremetida que, sin embargo, ya había causado daños 
casi irreversibles en el cuerpo social argentino. A partir de 2003 
comienza a diseñarse un intento de salir de ese modelo, en especial a 
través de paliativos dirigidos a sanar el estrago social y de un cambio 
radical y positivo en las coordenadas de la política exterior, así como 
en el de la reforma de la Justicia. Tras la asunción de Cristina 
Fernández como presidente empieza a diseñarse un proyecto que apunta 
–con timidez– a profundizar el proceso. La insinuación de esa 
profundización del cambio –dado con la recuperación para el Estado de 
los fondos que el menemismo había regalado a las AFJP, la 
renacionalización de algunas empresas privatizadas y el frustrado 
intento de controlar el problema de la soja aumentando las retenciones 
al agro– suscitó sin embargo una inmediata réplica de la casta 
dominante, ayudada por la inconciencia de vastos estratos de la clase 
media, intoxicados por la prédica de los medios masivos de comunicación 
e informados por un antiestatismo y un antiperonismo que en muchos casos 
se confunde con un inconfesado racismo, que los hace psicológicamente 
susceptibles a las prédicas antinacionales. Los medios, que forman parte 
del monopolio de poder gestado en torno de los núcleos tradicionales que 
han hegemonizado gran parte de nuestra historia, bombardean la opinión 
con montones de lugares comunes de improbable demostración o de 
irrelevante significado –como el autoritarismo de los Kirchner, la 
arrogancia de Cristina, las carteras que usa, etcétera– sin una sola 
idea que contribuya a construir una plataforma de debate real. El 
desconcierto de la clase media o de importantes sectores de ella frente 
a esta ofensiva, y la capacidad que tenga o no de reaccionar contra 
esta, constituye la incógnita mayor de los próximos comicios.

Tenemos entonces a un sujeto social bien configurado por el estamento 
dirigente tradicional de nuestra economía, que en lo esencial sigue 
aferrado a la utopía reaccionaria de construir un país organizado 
alrededor de la producción del campo y la exportación de /commodities/, 
buscando el retorno a un modelo de primitivismo agrario  que hizo crisis 
hace 80 años; y otro más bien informe, que representa la inmensa mayoría 
del país, pero que no alcanza a articularse a fondo para obtener una 
propuesta coherente que sirva al interés colectivo.

/Lineamientos /

El primero está acaudillado por una coalición de partidos y grupos de 
poder incapaces para proponer una sola idea que nos aleje del caos que 
supondría volver a la política de los años ’90. Su único objetivo es 
defender las prebendas de los grupos minoritarios o practicar una 
suplantación política que les permita disfrutar de las ventajas 
crematísticas del uso del poder.

El otro es el representado por el gobierno. Y al margen navegan una 
serie de grupúsculos de izquierda empecinados en aferrarse a los lugares 
comunes; o, en el mejor de los casos, el del Proyecto Sur, con 
propuestas válidas pero incapaz, aparentemente, de comprender que cerrar 
filas alrededor del Frente para la Victoria no debería significar 
adherirse acríticamente a este, sino estar en disposición de profundizar 
las iniciativas que mejor se ajusten a un proyecto nacional. Esta 
ineptitud táctica redunda en un error estratégico de magnitud pues, en 
el estado de licuación en que se encuentran las clases sociales capaces 
de defender dicho proyecto, un triunfo opositor en las elecciones 
significaría un retroceso importante, que no tendría porqué impulsar al 
Ejecutivo a acordar con la izquierda, sino que más probablemente lo 
llevaría a arreglarse con la derecha para mantener el poder, resignando 
objetivos.

/Peronismos/

El peronismo ha agravado su proceso de “alvearización”, típico del 
radicalismo después de la muerte de Hipólito Yrigoyen. Ya muy 
desarticulado por la experiencia menemista, que supuso la traición a sus 
principios fundamentales y su asociación con el /establishment/ y el 
imperialismo, tiene en sus filas a un sinfín de oportunistas en algunos 
casos provenientes de fuerzas históricamente enfrentadas al movimiento 
originario, personajes interesados en servir a sus propios intereses 
empresarios, mantener su capital electoral o, en ciertos casos, un 
estatus económico derivado de su pertenencia al modelo sojero. De 
Narváez, Felipe Solá, Reutemann y Schiaretti son arquetípicos de algunos 
de estos perfiles. Otros, como Luis Juez, han abandonado el barco tras 
contiendas que si al comienzo parecían fundadas en cuestiones 
principistas, en definitiva han terminado revelando un carácter 
eminentemente personal, que lo ha llevado a un oportunismo electoralista 
incompatible con cualquier política creíble.

El kirchnerismo parecería comprimir lo que resta del voluntarismo 
popular y progresista que distinguió al movimiento peronista durante 
mucho tiempo. Ha cometido un sinfín de errores, en buena medida debido 
al carácter temperamental y arbitrario del ex presidente, carácter que 
sin embargo no le ha servido para implementar, cuando era tiempo, las 
políticas de fondo que podrían haber sustentado una efectiva reversión 
del modelo neoliberal. O al menos de algunos de sus aspectos más 
reaccionarios. La falta de una reforma fiscal progresiva, la 
inexistencia de un proyecto estratégico de desarrollo, la postergación 
de una reforma estructural del sistema de comunicaciones –carretero, 
ferroviario e informativo–, la carencia de una práctica sensata dirigida 
a la preservación de los recursos naturales y la ausencia de una buena 
política hacia las Fuerzas Armadas (que compense la necesaria rendición 
de cuentas que sus ex-jefes deben a la Justicia con la atención a su 
equipamiento y a su papel como instrumento de modernización industrial), 
son cosas que se echan de menos, aunque en los últimos tiempos las cosas 
hayan empezado a cambiar para bien.

Sea como sea y a pesar de sus falencias, el gobierno es la única opción 
viable. Se acuerda con la tendencia surgida en América latina tras el 
tsunami neoliberal y se manifiesta con claridad a favor de los más 
desposeídos. Sus actos dirigidos a preservar el empleo en medio del caos 
de la crisis mundial, son un indicio de que tiene las cosas en claro 
respecto de los riesgos que podrían generarse de intentar escapar a esta 
–como alucina Elisa Carrió–, a través de la eliminación de las 
retenciones a la soja y su reemplazo por el crédito externo. Volver a 
depender de los criterios del FMI: ¿estamos locos?

El 28 de Junio se perfila como una instancia electoral muy importante. A 
partir de allí podemos seguir avanzando o empantanarnos. Pero esos 
comicios significarán asimismo un testeo muy importante acerca de la 
capacidad que los argentinos tenemos o no para echar luz sobre el pasado 
y aprender de nuestra propia historia.


(www.enriquelacolla.com)




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