[R-P] Ignorantes o malintencionados (2)

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Mar Mayo 19 08:08:34 MDT 2009




Pantalla testimonial
Por Horacio González *
¿Acaso no tenemos humor? ¿No poseemos -individualmente y también como 
pueblo- un sentido admirable de la ironía? ¿No hay ternura en el fondo de 
tantas cachadas bastante crueles? ¿No integra la cargada una parte esencial 
del carácter nacional? ¿No aprendimos con indulgencia a llamarlas "sobrada", 
"gastada" o "meter presión"? ¿Y a decir "lo embocó" cuando da en el blanco 
alguna broma subida de tono? ¿No nos gusta de tanto en tanto "embocarlo" 
amistosamente a alguien, un compañero, un vecino, al infatuado superior 
jerárquico? Abandonémonos entonces al buen entretenimiento que nos propone 
"Gran Cuñado". Es un momento de jovialidad; nadie puede ser tan amargo. 
Reírse de los políticos es el gesto masivo que permite tolerarlos. Si hasta 
ellos, los propios candidatos satirizados, dicen que les conviene. ¿No piden 
ser muchos de ellos aspirantes a que Tinelli les ponga un imitador, no 
importa si malo, si precario, si de torpe comicidad? El humor filosófico es 
tan viejo como las comedias de Aristófanes. La risa es quizá la viga secreta 
de la estructura del mundo. La representación teatral es la gran heredera 
del acto cómico espontáneo, del desdoblamiento de la realidad entre la 
fantasía y la gravedad. El humor político mantiene en su cuerda interna todo 
el ardor utópico que la política real demasiadas veces pareciera haber 
perdido. La historia moderna es de alguna manera la historia del humor 
político, rasgo libertario que los monarcas desearon expropiar con sus 
bufones y los artistas plebeyos retomaron para marcar los rumbos de la 
revuelta. Muchas transformaciones sociales fueron precedidas por humoristas, 
por el teatro satírico o el periodismo sarcástico. La ironía, instrumento 
romántico, era odiada por Hegel por su contenido revulsivo, capaz de 
quitarle fuerza al momento afirmativo de las sociedades. Pero los grandes 
ironistas, Jonathan Swift, lectura para adultos luego asumida por el lector 
infantil, y Daniel Defoe, lectura infantil luego asumida por adultos, 
supieron retratar el ridículo de las sociedades entumecidas.
Pero Tinelli, estación final del humor tomado como mascarón de proa de la 
televisión de masas, quizá sea el momento más degradado de una larga 
tradición picaresca, el acabóse de su largo pacto de las poblaciones con el 
teatro burlesco popular. ¿Cómo llegamos hasta aquí? Momentos de preparación, 
que tuvieron la temerosa complicidad de la clase política, lo proporcionaron 
los programas "juveniles" que tomaban exámenes devastadores a funcionarios y 
aspirantes a serlo. Ingeniosos reporteros entrenados en festejables 
prácticas de desenfado y simpáticas insolencias, sin embargo desmontaron a 
diario el lenguaje político articulado. Obligaron a que cada interrogado 
mostrara que sabía devolver las estocadas de igual a igual, que tenía el 
chascarrillo en la punta de la lengua y sabía estar atento a los 
retruécanos. Así, la política se convirtió en un duelo en que el político 
fiscalizado podía salir malherido o venturoso de la requisa. La televisión 
humorística condujo el laboratorio en el que se aprobaba a los políticos 
adiestrados en la réplica feliz y se repartían bochazos a los incompetentes. 
Aunque a los primeros los inmovilizará como "dobles" televisivos de sí 
mismos y a los segundos los enviará al suplicio que se les destina a los 
ridículos. A "los que no saben comprender una diversión" aunque sean hombres 
de ideas y pasiones complejas.
El "Gran Cuñado" es el remate de todas las tendencias hacia el control 
biopolítico de las poblaciones, el freno burdo a la expansión libre de la 
sentimentalidad colectiva. Que consigue hacernos reír, lo sé. Tal o cual 
caracterización puede ser obra de una reflexión aguda, aunque lo habitual en 
ese programa es la grosería que busca complicidad humillante y no humor 
verdadero. Un falso aire de fiesta escolar, en el patio de recreos donde 
gobierna una traviesa estudiantina, recorre el programa, que es la parodia 
de lo que de por sí ya es una parodia de los programas de vigilancia que 
asumen la vigilancia misma como alegoría. Ahora, la vigilante parodia de la 
vigilancia parece un retorno a la realidad. A la idea real de la política 
que tiene la televisión, o este tipo de televisión. Se trata de la esencia 
misma de un estilo televisivo que organiza a diario elecciones testimoniales 
(todos somos "dobles" de algo) en las que pone en juego a millones de 
personas para educarnos sobre cuáles son los beneficios de permanecer en 
comunidades ficticias o ser "nominados" de ellas, concepto con el cual se 
confunde definitivamente una liberación con un escarnio. ¿Es bueno irse, es 
bueno quedarse? Nosotros, públicos televisivos, ya no lo sabemos.
De la Rúa tuvo, si se quiere, un único mérito. Fue la primera víctima de un 
sistema vejatorio, al que quiso encarar con astucias que no tenía y una 
torpeza que se revelaba en el resto de su actuación pública. Fue derrotado 
por los Grandes Examinadores, a los que no conseguiría engañar tratando de 
aprender rápido y de memoria un oficio para el que no estaba dotado. Pero 
así la "Televisión" -en la era de la emisión testimonial, porque ya tenían 
todo y lo ponen de nuevo en juego en su repetitivo plebiscito diario- 
mostraba que hacía tropezar a un hombre torpe que después decía una verdad 
inútil, increíble y jocosa. ¿Cómo no reírse de alguien que afirmaba que fue 
volteado por la televisión, tal como en 1890, en la Revolución del Parque, 
se dijo que la revolución necesitó algunos fusiles y de todas las 
caricaturas de Don Quijote, una de las grandes revistas satíricas de la 
época?
Tal vez podemos solazarnos con que "Gran Cuñado" carga las tintas con unos 
políticos más que con otros, que hay un mordaz salvajismo en la 
representación de "la Presidenta", que "Cobos" está captado en la épica del 
pusilánime, que "Reutemann" exhibe una impavidez bien lograda, que tales o 
cuales aparecen con cancherismos que no los desfavorecen, que el guión tiene 
algunas ironías que ocasionalmente van más allá de la mera chabacanería, que 
uno u otro actor se desempeña adecuadamente, a pesar de que el conductor del 
programa ejerce una pesada socarronería al servicio de la cual está el 
programa, llegando al extremo de humillar a los propios profesionales de la 
actuación. Puede ser. Pero no hace falta extrañar demasiado a Tato 
Bores -que cultivaba un delicado hilo de dolor colectivo bajo su destreza de 
comediante bufo- para saber que estamos no sólo ante una grosería artística, 
un mal teatro de marionetas, sino ante un desfondamiento de las raíces 
comunitarias de la política.
Nadie tiene por qué reprimir la risa, pero en su modo más genuino, ella nos 
lleva a la comprensión profunda de las cosas. Tinelli hace reír a millones 
para obturar esa comprensión. Incauto aquel que se sienta favorecido por 
esas escenas o que -candidato bon vivant- crea que debe defenderse de ellas 
diciendo que las ve en familia comiendo pochoclo, como un acto mundano más. 
Cuando la televisión en su extremo funambulesco muestra todos sus recursos e 
incluso festeja sus propias ficciones con pobres polichinelas vacíos que 
abaten los cimientos cívicos de sociabilidad reflexiva, no sólo peligra la 
política como acontecimiento creador. No sólo se percibe que puede quedar 
incapacitada para reaccionar políticamente frente a lo que la 
desmantela -pues ella es también culpable de haber aceptado una lengua que 
no era la suya, poniendo en peligro las transformaciones y la justicia que 
de ella misma deben emanar-, sino que el propio humor que revisa los 
atontamientos colectivos está en riesgo, pues está a punto él mismo de 
convertirse en el pilar mismo de esa necedad, perdiendo la aptitud que 
tuvieron los grandes humoristas para denunciarla.
Vamos a votar de aquí a poco. Las escenas políticas más vistas serán sin 
duda las que representan esta vida de fantoches desdichados, que en "Gran 
Cuñado" también usurpan la idea del "doble" que dio tantas maravillas 
teatrales o novelísticas y llevó a tantas generaciones a reflexionar sobre 
la sobria precariedad de la vida. No sería digno votar dentro de ellas. Si 
cabe, ríase. Puede haber allí momentos interesantes, que pertenecen a todo 
lo que en el teatro televisivo hay de involuntario y de instintivamente 
desgarrador. Pero en el fondo, votar hoy en la Argentina es votar contra 
esta manera de la televisión testimonial, ensimismada. Que parodia la 
política y parodia a su vez a la televisión. Pero de la manera en que todo 
eso está hecho, lo primero es grave, aunque los políticos que crean 
beneficiarse con sus dobles -ambos vacíos de espíritu- se conformen con la 
"instalación". Mientras que lo segundo es la forma habitual de la televisión 
que despacha ultrajes y desestimación, esos moldes pseudotestimoniales con 
que nos abastece a diario.
* Sociólogo, profesor de la UBA, director de la Biblioteca Nacional.


Nadie es mejor que su tiempo

Por Roberto Marafioti *
Un poco más que cuarenta y cinco días antes de las elecciones, Tinelli 
reestrenó "Gran Cuñado". La semana política se vio sacudida no sólo por el 
cierre de listas y los actos de presentación de candidatos, sino también por 
el rating de Showmatch. El desafío suponía mezclarse en el juego político y 
vislumbrar una actitud frente al oficialismo. Sabido es que en otras épocas 
la Casa Rosada fue frecuentada por Tinelli e incluso éste no dudaba en 
mostrarse bromeando con el ex presidente. Los tiempos cambian y la lógica 
mediática es implacable y sólo reconoce la racionalidad instrumental.
La escenografía del programa es circense y carnavalesca. Fiel a su época: el 
espectador puede devenir actor. Las cámaras son exhibidas en su función de 
capturar imágenes. El público asistente eleva pancartas apoyando a su 
favorito. Todo allí puede parecer que es desorden. Nada es estable y lo que 
está en un sitio puede aparecer más tarde en otro; sin embargo, siempre 
subyace un orden estricto. La función estética, como en el circo o el 
carnaval, puede ser altamente preciosista, y de hecho aquí también lo es. 
Las chicas de Tinelli no sólo son pulposas y sugestivas, también son buenas 
bailarinas. Los libretistas no son humoristas advenedizos. La producción no 
es improvisada, existe una sofisticación definida al servicio de un producto 
que puede ser compartido o no pero que no es ni inocente ni improvisado. A 
veces se ha denominado a esta explosión incontenible de imágenes irradiadas 
por los medios masivos como fenómenos de "estetización de la vida cotidiana". 
Puede que así sea.
La risa, el condimento sustancial del programa, es un fenómeno serio. Llamó 
la atención no sólo de aquellos que trabajan en el espectáculo sino también 
de quienes estudian la conducta humana. Desde siempre, permitió la 
elaboración de diferentes teorías acerca de su funcionamiento. La cuestión 
central de la risa es delimitar de qué nos reímos, cómo se incluye al otro y 
cómo se participa de eso de lo cual nos reímos. La risa siempre es una 
relación con el mundo. Habla de él pero de modo diferente. Ya sea la 
parodia, la ironía o la sátira, allí hay un juego con el otro que es más o 
menos incluido. En algunos casos, se convoca a ser parte del espectáculo; en 
otros, la crítica es velada y denuncia un orden. El horizonte de veracidad 
está en esta ambivalencia.
La fórmula de "Gran Cuñado" sirve ahora para dialogar con el universo de la 
política en situación de paridad. Los 36 puntos de rating valen una cantidad 
enorme de eventuales votos y ninguno quiere quedar fuera de la partida. 
Incluso si no se sale bien parado. Esos puntos son tan importantes que hasta 
los mismos políticos se sacrifican a ser exonerados en el patíbulo 
mediático. La parodia de los políticos intenta hurgar en los errores, los 
gestos, las obstinaciones y los desaciertos de personajes que son puestos 
afuera pero dentro de una ficción construida según la voluntad del medio. El 
objetivo es la complicidad de un público descreído y dispuesto a entregarse 
a los brazos de la banalidad más profunda y vacua. Puede haber alguna 
diferencia en las caracterizaciones de De Narváez, D'Elía, Nacha Guevara o 
Kirchner, pero la unidad es la impugnación a una práctica degradada.
Valdría la pena poner en relación a otros programas que emplean el humor 
para hablar de los políticos en un tiempo en donde la política fue barrida 
de la televisión abierta. Caiga quien caiga y Un mundo perfecto incursionan 
en la política pero en una versión no tan canallesca, aun cuando en algunos 
momentos puedan ser más ácidos que Tinelli.
El ganador de "Gran Cuñado" es quien lo promueve, no habrá una victoria 
definitiva, el único que gana es el género. Llámese vodevil, circo o show 
político. Lo que en verdad se transmite es la anomia en que han sucumbido 
importantes sectores de la sociedad. Y eso marca un decaimiento 
generalizado. Nadie puede tirar la primera piedra ni impugnar 
definitivamente una realidad. Mucho menos los presentadores mediáticos, 
porque nadie es mejor que su tiempo.
* Semiólogo, profesor de la UBA y la UNLZ.

Mímesis, caricatura y parodia

Por Raúl Barreiros *
Toda comprensión de un texto se debe a que remite a otros textos. Todo lo 
que dicen "los cuñados" cruza al discurso político argentino. Los 
libretistas de Tinelli transforman esas máscaras metonímicas de sus 
personajes en repetidores de textos desviados de sus objetivos, aquellos que 
tenían cuando fueron dichos por sus verdaderos creadores. Las parodias son 
textos que se ríen de otros textos con efectos cómicos. Este desvío es 
posible por un dispositivo formador de sentido que es la puesta en escena. 
El conocimiento de esa escenificación incluye a Tinelli, Canal 13 y Grupo 
Clarín. Es la construcción de esa escena lo que hace que cuando un "Néstor" 
exclama "¡¿De qué tenés miedo, Clarín?!" se produzca un cambio que se 
resignifica en un "¡No te tenemos miedo, Néstor!".
Nadie debe ni siquiera parpadear ante una lectura en clave política de este 
show más allá de lo obvio, pues hay una pelea política y estas luchas se dan 
también en los medios y en cualquier género (noticieros, debates, programas 
cómicos, etc.). Los personajes son políticos, sus textos también lo son. Y 
el enunciador, el que da sentido, es la Institución Televisión que ya tomó 
partido. Las marionetas no representan una pelea política, sino un "Gran 
Cuñado". Toda esa puesta en escena de los personajes es una apuesta y una 
única posición política de cara a los espectadores: la candidatura de 
Mauricio Macri. Algún diario señala que "el martes las sonrisas abundaron en 
el Gobierno de la Ciudad (...)". Ya Macri había dicho que "hay que tener 
sentido del humor" [¡Y cómo no!] (...) En el PRO consideran a ShowMatch como 
una fuerte herramienta de campaña electoral. Tinelli contó que le había 
sumado al ex presidente de Boca "'4 o 5 puntos' en una elección anterior". 
Extendiendo esto, diría ¡minga de humor sano! El humor es uno solo, lleno de 
recovecos, fisuras, estallidos, y no puede sino ser así: nos reímos de éste 
o de aquél de diferente manera según los intertextos interpretantes que 
circulan entre nosotros y la propuesta escénica. Las reglas del juego son 
así, y está bien.
No está en nuestro imaginario la flema inglesa que, además, no existe en 
Inglaterra, es sólo un producto for export. Los personajes son caricaturas 
de existentes reales, trazos gruesos que permiten identificarlos 
rápidamente: a "Lilita" con Nostradamus y a "Francisco" (Narváez) con el 
hombre simple, pero rico, que realmente es, que pretende y simula que 
ayudarlo a él es ayudarse uno a sí mismo, repicando su cantinela: "quereme, 
querete; ayudame, ayudate; alica, alicate", tal vez el mejor chiste nonsense 
de la noche.
El discurso paródico trae a escena, repetitivamente, el discurso objeto de 
la parodia, su texto fuente, el discurso político, ya que de no hacerlo 
perdería su poder crítico. Nik, el de los chistes político-morales de La 
Nación, es libretista de "Gran Cuñado" y dice -quiero creer que 
ingenuamente- que tratan a todos por igual; no sabe, ignora o se hace el 
que. Puede que no sepa (las estrategias enunciativas son del manejo 
mediático) pero su sesgo político en La Nación, la escena y su trastienda 
transmiten otra cosa.
¿Cómo digitará no sólo Tinelli sino ShowMatch, esta parte que nunca puede 
sino favorecer a Mauricio y a Francisco? En este programa las estrellas son 
los títeres que encarnan "Cristina" y "Néstor", el resto es la corte. Si 
ellos se van rápido el programa quiebra su rating. Sin embargo, el éxito del 
programa depende, contradictoriamente, de su permanencia y de su nominación, 
sentencia y expulsión. De los laberintos se sale por arriba debe haber 
escrito Borges alguna vez.
* Semiólogo, investigador en Medios masivos en UNLP, UNLZ, IUNA.
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de virus 4084 (20090518) __________

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