[R-P] Un cuento sobre la epopeya de la Uruguay
Juan María Escobar
escobar45 en infovia.com.ar
Dom Mayo 17 15:02:33 MDT 2009
De los hielos a la historia
Dr. Jorge Rossi
Guardiamarina de la Reserva, Cpo. Naval, Comando
egresado del Liceo Naval Almirante Brown.
Boletín del Centro Naval 823
Este cuento el autor lo presentó al diario La Nación, que nunca le respondió
ni lo publicó.
Corría fines de 1953 en esa Buenos Aires de siempre,
ensimismada invariablemente en su rutina.
Formando ínclita parte de ella, el café de la esquina
recibía, con la caída de cada tarde, la avanzada del desfile
de parroquianos presto a transformar la más absoluta
de las nimiedades en una cuestión suficientemente grave
para discutirla hasta el infinito, sin perjuicio que, en algunos
casos y pese a su importancia, pudiera ser interrumpida
a fin de poder ocuparse de asuntos mucho más triviales
como ir a trabajar, cenar o dormir, para luego retomarla
al día siguiente con ímpetu renovado y argumentos
probablemente prestados. Cada uno ocupaba su estratégico
lugar, disimulando mal (pero sin que eso importara)
la preocupación atenta por las conversaciones, las lecturas
y los comentarios de los otros, siempre a punto para
saltar al abordaje ni bien se percibiera algún tema lo suficientemente
válido como para motivar al oyente.
Con cierto aire catedrático, un señor de traje y anteojos,
sentado con el codo derecho apoyado en la barra, desplegaba
ante sí La Prensa del día buscando sin saber
bien qué, hasta que encontró la noticia apropiada para
transformarse en el oráculo opinante del momento:
-Che, fíjense esto: dice que hace cincuenta años unos
tipos se fueron en este barquito a la Antártida a buscar a
unos suecos que se habían perdido. ¡Qué bolazo, hermano!
¡Cómo te agrandan las cosas para hacer propaganda!
Un sentimiento generalizado de aprobación aplaudió la
sentencia enunciada dándole visos de inapelable, hasta
que desde una mesa chica, que casi pedía permiso para
acomodarse con su solitario y siempre silencioso ocupante
en el rincón de la esquina, con el borde casi
besando el vidrio que daba a la calle, surgió una voz
ronca cargada de tiempo, de viento y ganas, que desafió
a toda esa intelectualidad breve y elemental que creía
regular tanto la realidad como la historia misma:
-No es ningún bolazo, señor. Yo estuve ahí. Yo fui tripulante
de la Uruguay.
Hasta el humo de los cigarrillos quedó suspendido en el
aire, participando del asombro incómodo de los concurrentes,
que giraron casi al unísono sus cabezas, convergiendo
las miradas al ángulo olvidado, donde súbitamente
parecía que la figura encorvada y silenciosa del hombre
que tomaba siempre tan lentamente su café, que lo
disfrazaba de eterno, se agigantaba y ocupaba el espacio
que nunca había pedido y ahora se le abría sin más
remedio. El ambiente fue envuelto por la certeza tácita
que él debería seguir hablando:
-Ese que usted llama barquito, señor, ya era en 1903 un
buque con 27 años de orgullosa historia en la Armada.
Fue parte de la expedición a Santa Cruz del Comodoro
Py, de la cual ustedes seguramente no tienen idea, cuando
los chilenos tomaron como propia la boca del río
Santa Cruz. A bordo de ella egresó la Primera Promoción
de la Escuela Naval, que tenía solamente cuatro oficiales,
justo ahí en Santa Cruz.
Bebió despaciosamente un sorbo de café, excelente excu-
sa para una pausa que le sirvió para darse cuenta ya que
el progreso de su relato era irreversible, invadido repentinamente
por la necesidad de contar sus verdades para
que fueran bien escuchadas. Sus ojos, repentinamente
vivaces, querían devorarse de una vez la atención y el
silencio respetuoso de los que ahora comenzaban a ser
atrapados en la lógica etérea de la epopeya. Prosiguió:
-Cuando se tuvo la confirmación que algo había pasado
con el Antarctic, que así se llamaba el buque sueco, se
ordenó preparar la expedición que habría de rescatarlo.
Designaron la tripulación, y pusieron al mando al Teniente
de Navío Irízar. Eran ocho oficiales y diecinueve tripulantes,
hasta había un alférez chileno que no me acuerdo
bien el nombre. ¡Qué Comandante que era el Teniente
Irízar! No por nada lo hicieron venir de Inglaterra para
tomar el comando de la Uruguay. En agosto entró a
dique seco en los Talleres Navales de Dársena Norte, le
cambiaron la máquina y la caldera, le agregaron mamparos,
forraron los sollados y la cámara con aserrín de corcho
para aguantar el frío; le pusieron un castillete a popa
y una caseta para el timonel, la carenaron, le quitaron
las quillas de rolido para navegar entre los hielos, llenaron
los pañoles de víveres como para invernar dos años.
Uno de los pañoles, el de proa, se ocupó con doscientos
kilos de algodón pólvora por si había que hacer voladura
de hielos... Al barquito, como le decía el señor, lo prepararon
muy bien, créanme.
Hizo una nueva pausa de café y reconocimiento, y ya
percibió sutilmente cierto atisbo de impaciencia por la
interrupción. Adivinando que su auditorio no lo iba a tolerar
mucho más el silencio, continuó:
-Zarpamos del mismo Taller Naval el 8 de octubre de
1903. Hasta el Presidente Roca y el Ministro de Marina
estuvieron en la despedida, pero nada fue tan importante
para nosotros como el coraje de nuestras familias,
dándonos aliento con su silencio valiente y sus lágrimas
escondidas para acompañarnos en esa aventura que no
podíamos intuir, ni siquiera imaginar. El 16 recalamos en
la isla Observatorio, del grupo de las Año Nuevo, y fondeamos
en puerto Cook. De allí a Ushuaia, donde repusimos
carbón, y desembarcamos al mayordomo y un
foguista, que estaban enfermos y fueron reemplazados
por miembros de la dotación del Azopardo, un pequeño
transporte arrojado contra la costa por fuertes vientos. El
1º de noviembre a la madrugada zarpamos de Ushuaia,
tomamos el canal Beagle hacia el oeste, hasta dejar el
islote Evout por estribor y abrirnos de las islas del Cabo
de Hornos. Muy pronto el pasaje Drake se esmeró en
demostrarnos la magnitud que debería tener nuestro
temple para que nos permitiera atravesarlo, lanzándonos
andanadas de viento de todas las direcciones hasta que
nos obligó a capear casi un día entero, recién retomamos
rumbo sur en la madrugada del 4 de noviembre,
pudiendo ver nada más que a tres millas de distancia
entre las ocasionales ventanitas que nos permitían la
nieve y el granizo. Ese mismo día, nos fue concedida la
maravilla del avistaje de los primeros hielos, curiosas
figuras multiformes de muchos tonos de blanco meciéndose
con una suavidad imperceptible sobre el azul profundo
del mar, especiales anfitriones que la tierra blanca
enviaba a recibirnos.
Una respiración honda, acompañada de un silencio cómplice,
fue el indicador de que los recuerdos reflotaban la
emoción de este hombre, para nada egoísta al momento
de transmitírsela a los demás, que paulatinamente se
iban sintiendo cada vez más a bordo de la Corbeta
(nunca más el barquito). Una tos enérgica y un agradecimiento
con una inclinación de cabeza a quien le alcanzó
una copa de coñac terminaron de recomponerlo para
que prosiguiera su relato:
-En la madrugada del 5 llegamos, luego de capear nuevamente,
a la isla 25 de Mayo. Seguimos hasta el Mar
de la Flota con mar de leva que nos hacía rolar muy fuerte,
con rumbo a la isla Joinville. Calculando el desplazamiento
de los hielos según los vientos, encontramos mar
libre al este y ahí volvimos a poner proa al sur. Por la
tarde nos abrazó el primer pack de hielo, debiendo abrirnos
paso con máquinas avante toda. La excitación de la
novedad jugaba en espirales con el temor y la incertidumbre
mientras sentíamos el crujir del casco al perforar
el hielo. Esa misma noche quedó de guardia el
segundo Comandante, el Teniente Hermelo, que por muy
poco pudo esquivar un témpano inmenso. Luego seguimos
navegando hasta fondear entre cabo Seymour y la
isla Cockburn. Allí se desembarcó por primera vez,
enviándose una patrulla formada por el Alférez Fliess, el
cirujano Gorrochategui y un marinero, en busca del depósito
de víveres. Encontraron huellas recientes de pasos
de dos hombres, y al regresar a bordo se reunieron los
oficiales para decidir lo que se iba a hacer a partir de
ese hallazgo.
"En la madrugada del 8 debimos zarpar de urgencia
para no quedar atrapados entre los hielos luego de que
el viento rotara bruscamente al sur, buscando la costa
sudeste de la isla Seymour. Para ayudar al Comandante,
que estaba en el puente, el alférez Yalour subió al nido
de cuervos con un catalejo. No les puedo contar lo que
sentimos cuando a las cinco de la mañana gritaba como
un poseído avisando que veía una carpa en tierra. El
tiempo para llegar pareció la eternidad misma, hasta
que paramos máquinas y el Comandante Irízar y el oficial
de derrota desembarcaron en una ballenera, y momentos
más tarde se produce el hasta ahí impensado
encuentro con el meteorólogo de la expedición sueca y
otro hombre más. Quedó el segundo Comandante a
bordo, a cargo de la Uruguay, y emprendieron ellos la
marcha por tierra hasta encontrarse con el campamento,
en el cual se hallaba un oficial argentino, el Alférez
Sobral, que había acompañado a los extranjeros en la
expedición antártica. ¿Ustedes se imaginan lo que fue el
encuentro de esos hombres con sus salvadores?
Muchas veces he pensado en el sentimiento de los
extranjeros con la esperanza como único capital, contemplando
de manera indecorosamente súbita la silueta
de la Uruguay fondeada frente a ellos. ¿Se imaginan lo
que debe haber pasado por la cabeza del oficial Sobral,
ante la misma imagen con el agregado del pabellón
nacional flameando al tope acariciado por el viento helado?
No, mi amigo, eso seguro que no se lo puedo contar.
Si con la emoción uno se olvida hasta del miedo.
"Se sucedieron los encuentros con hombres de la expedición,
incluido su jefe, el Dr. Nordenskjöld, y allí nos
enteramos que el Antarctic se había ido a pique a 20
millas al sur de la isla Paulet, asfixiado por el hielo, y que
un tal señor Larsen pasó el invierno con sus hombres en
una choza de piedra en esa isla. Uno de ellos se murió
aparentemente de un ataque al corazón por el frío...
Cada pausa para que el hombre apurara un sorbo, mientras
estibaba la memoria silenciada durante tanto tiempo,
exacerbaba la impaciencia del nuevo público ya definitivamente
capturado.
-Pero sigo: con el alférez Sobral ya a bordo, un temporal
del noroeste nos obligó a capear hasta la noche del
9 de noviembre, creo. Al otro día se completó el embarque
de los suecos con su jefe, el Dr. Nordenskjöld. Por
orden del Teniente Irízar en el momento que abordan
se iza a tope la bandera sueca y la guardia rinde honores.
Sin duda, ya estábamos amortizados contra las
conmociones del espíritu.
"Zarpamos el 10 a la tarde hacia la isla Paulet, llevábamos
hasta los perros de nieve, ¿saben? Llegamos al día
siguiente y recogimos al resto de los náufragos, y
emprendimos la culminación de nuestra misión: debíamos
volver con los suecos, que no sin nostalgia (aunque
parezca increíble) contemplaban la isla Paulet por la
aleta de babor. Seguimos esquivando hielos hasta atravesar
el estrecho de Brandsfield, en el Mar de la Flota y
poder pasar la isla Rey Jorge, en realidad 25 de Mayo,
por el este. El 12 de noviembre dejamos el cabo Melville
por babor, y ya libres de hielos flotantes, pensamos que
lo peor había pasado, pero el mar siempre nos pone a
prueba en el momento menos esperado. Apenas pasamos
el cabo, empieza a soplar viento del noroeste cada
vez más intenso, hasta que nos obliga a ponernos a la
capa para recibir el mar por la amura de babor. Con
alternancias, el temporal sigue dos días más. Era impresionante
cómo rolábamos de una a otra banda, y en
lugar de amainar la cosa empeoraba. En la madrugada
del 15 llegamos a medir vientos de casi 100 kilómetros
por hora, y esa mañana se rompe el palo mayor a la altura
de la encapilladura de las jarcias principales, que son
las que lo ataban a cubierta. Casi enseguida se rompe
también el trinquete.
En ese momento la tensión era tremenda. Todos los
parroquianos ya estaban definitivamente a bordo de la
Uruguay sintiendo todo, sólo querían que él siguiera con
la explicación de lo que les estaba pasando, de lo que
estaban viviendo.
-Por suerte amainó un poco el viento, pero seguimos
con mar gruesa, y cuando los dos palos estaban a punto
de caerse, el Comandante ordena picar burdas para que
cayeran al mar. Pidieron la colaboración de la tripulación
del Antarctic para trabajar en el mayor, mientras nosotros
nos ocupábamos del trinquete. El Comandante y el
segundo controlaban la maniobra desde el alcázar, y
seguramente pese a su experiencia no dejaban de admirar
a los tripulantes cortando cables a casi veinte metros
de la cubierta, mientras el buque rolaba intensamente,
recibiendo los latigazos de los obenques y flechastes
durante el esfuerzo sobrehumano de desarbolar. Pero lo
hicimos, sí señor, y volvimos a cruzar el Drake hasta que
el 17 llegamos a la isla Observatorio. Continuamos viaje
y cuando llegamos a Santa Cruz se enviaron telegramas
con la noticia de la misión cumplida. Proseguimos navegando
hacia Buenos Aires con más temporales todavía,
pero por fin llegamos a fondear en la madrugada del 30
de noviembre en Banco Chico. Por primera vez nos sentimos
seguros, y quizás allí comenzamos a tomar conciencia
de lo que habíamos vivido.
Con un temor casi reverencial, como sufriendo el remordimiento
del pasado reciente, el mismo personaje de
traje y anteojos se atrevió a intentar redimirse de su inocente
insolencia con una pregunta:
-¿Y cómo los recibieron?
-¡Huy!, mire, fue una fiesta. Entramos a puerto el 2 de
diciembre rodeados de tantos barcos que parecían olas
del Río de la Plata, las sirenas de todos los buques
aturdían. Pese a la rotura de los palos entramos empavesados.
Sabe que había tanta gente en el muelle de Dársena
Norte, que teníamos miedo que se empujaran y
cayeran al agua. Qué sé yo, no sé, para nosotros si bien
estábamos muy contentos lo importante era lo vivido en
esta navegación. Creo que más o menos debemos haber
pensado todos los tripulantes lo mismo la noche anterior,
mientras fondeados en la rada adivinábamos las luces de
Buenos Aires. Discursos, comidas, agasajos... pasaron
tantas cosas con tanto entusiasmo... pero después todo
se diluye. Por eso le decía que para nosotros lo medular
fue el viaje mismo. Todo lo demás no importa. Porque, si
no, nos dolería aún más la ingratitud de la memoria, que
fíjese que no respeta ni siquiera el símbolo de esa travesía
que es la mismísima corbeta, esa que se embebió
del espíritu de sus tripulaciones fusionándose con ellas
en una irrepetible simbiosis marinera, y me vengo a enterar
hace un tiempo atrás que, desarbolada y abandonada,
la usaban como polvorín de la Escuela Naval.
El silencio imperó en soledad absoluta. Nadie se atrevía
a quebrarlo. De pronto, un probable oficinista o tal vez
empleado bancario, se levantó de su mesa y se dirigió al
hombre que estaba aparentemente agobiado por su propia
catarsis, y sin decir palabra alguna (puesto que no
hacía falta), le tendió su mano primero y lo abrazó con
fuerza después. Todos lo imitaron, y el marino se entregó
mansamente al humilde pero sincero homenaje de sus
auditores. Suavemente tomó su saco y su sombrero, y se
encaminó hacia la puerta exactamente como lo hacía
todos los días, despidiéndose con un murmullo imperceptible.
Pero ya nunca más sería intrascendente. Tal vez
por eso, o tal vez porque sabía que a partir de ahora se
hablaría de él y eso naturalmente lo incomodaba, varios
ocasionales testigos certificaron un brillo húmedo en su
mirada. Con rapidez se hundió en la noche de Buenos
Aires, aunque nadie quería que se hubiese ido. Como
homenaje ulterior continuó el silencio profundo, solamente
cortado, ahora sí, por el ruido de los pocillos, los
fósforos que encendían cigarrillos o los picos de las botellas
buscando descansar en los bordes de las copas.
Entremezclados en la extraña y particular bruma del
local (que ya no sería el mismo de siempre), uno o
muchos vieron o creyeron ver las figuras que parecían
impacientes de Seaver, Espora, Rosales, Azopardo, Piedrabuena,
Martín Rivadavia, Guerrico, Robinson, Py, Irízar,
Sobral, los héroes del Fournier y del Guaraní, incluso
hasta el mismo Brown, todos ellos hacedores de la Historia
Grande, esperando silenciosamente que la historia
que se enseña sea justa con ellos, y que puedan ocupar
el lugar que por legítimo derecho les corresponde en la
memoria de la Nación por la que tanto hicieron.
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