[R-P] 15 de mayo del 2003: El ultimátum de Escribano
Juan María Escobar
escobar45 en infovia.com.ar
Jue Mayo 14 23:45:03 MDT 2009
[Hace seis años el diario La Nación le daba un ultimátum al recien electo
presidente Kirchner: o se alineaba con los Estados Unidos y sus aliados
locales o su gobierno duraría solo un año. J. M. E.]
".....la Argentina ha resuelto darse gobierno por un año."
El hecho de que Kirchner se instale en la Casa Rosada con sólo el 22 por
ciento de los sufragios acentúa, en principio, el problema de la
gobernabilidad, pero está lejos de crearlo. Kirchner llega precedido, y no
lo ignora, por una cuestión institucional que se manifestaba con claridad en
los días en que Menem proclamaba que vencería con sólo una vuelta electoral.
El Consejo para las Américas estaba reunido en Washington cuando el lunes 28
se hacían los últimos cómputos provisionales de las elecciones. Es un cuerpo
que congrega a cuantos tienen en los Estados Unidos una opinión de peso que
elaborar, tanto en el campo político como empresarial, sobre los temas
continentales. Desde Colin Powell a David Rockefeller.
¿Qué pudieron esos hombres haberse dicho sobre la Argentina, después de
conocer los resultados del escrutinio y, sobre todo, los ecos de la
infortunada noche de Menem en el hotel Presidente?
Primero, se dijeron que Kirchner sería el próximo presidente. Segundo, que
los argentinos habían resuelto darse un gobierno débil.
Podríamos pasar por alto una tercera conclusión, porque las fuentes
consultadas en los Estados Unidos por quien esto escribe difieren de si se
trata de la opinión personal de uno de los asistentes o de un juicio
suficientemente compartido por el resto. Sin embargo, la situación es tal
que vale la pena registrarla: la Argentina ha resuelto darse gobierno por un
año.
ARTICULO COMPLETO
Treinta y seis horas de un carnaval decadente
Por José Claudio Escribano
De la Redacción de LA NACION
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Jueves 15 de mayo de 2003 | Publicado en edición impresa
Han sido treinta y seis horas lastimosas, pero no hay que dar por el pito
más de lo que el pito vale.
Lo decían nuestros padres. Lo podemos decir nosotros. El pito del
justicialismo vale bien poco en relación con el interés del país, que debe
seguir adelante merced al trabajo silencioso y esperanzado de sus gentes.
Han sido treinta y seis horas de un carnaval decadente, que entristeció, y
hasta enfureció, a muchos argentinos, tal vez porque creyeron que el
haberlos privado del ballottage comprometía la gobernabilidad. Grave error:
la gobernabilidad está comprometida desde antes de ahora, como se verá más
adelante. Otro asunto, aunque de menor cuantía, ha sido el agravio acusado
por los ciudadanos cuando percibieron que alguien les tomaba el pelo.
Debemos bajar el énfasis indiscriminado en cuanto a la importancia de los
hechos que producen los políticos argentinos. Y examinarlos de acuerdo con
su real importancia. Más significativo que la toalla arrojada sobre el ring
por un menemismo devastado por la catástrofe inminente e inevitable del
domingo es el pésimo discurso pronunciado por el ahora presidente electo.
Menem se ha ido de la peor de las maneras; Kirchner, llega. La primera
medida de gobierno del doctor Kirchner deberá ser la cesantía de quien ha
escrito ese discurso, y, si fue él mismo quien acometió su redacción,
convendrá que ya mismo derive en otro la delicada tarea de escribir si es
que aspira a ser un verdadero jefe de Estado.
Se sabe que Kirchner está hablando con muy poca gente, encerrado en un
círculo íntimo difícil de caracterizar, pero en el que es obvio que gravita
su mujer, Cristina, senadora nacional. Faltan apenas diez días para la
asunción del mando y, salvo la noticia en general alentadora, de que el
doctor Roberto Lavagna continuará en la cartera de Economía, es un misterio
cómo se configurará el nuevo gabinete nacional.
* * *
Perdió el presidente electo una oportunidad de excelencia para ponerse por
encima de las rencillas asombrosas del Partido Justicialista, tanto que
terminaron por involucrar al país todo. Gracias doctor Menem, al fin y al
cabo, por haber liberado a quienes jamás han votado por candidatos del PJ,
pero tampoco lo han hecho nunca con el signo negativo del voto en blanco o
anulado, de la encrucijada morbosa que acechaba en el cuarto oscuro del
domingo próximo.
Ante una sociedad ansiosa por su destino, Kirchner cayó en la trampa tendida
por el rival: ahondó los odios y las diferencias con Menem y hasta se
permitió la temeridad de sembrar dudas sobre cuál será el tono de su
relación con el empresariado y con las Fuerzas Armadas. Se olvidó de que la
razón de que hablara ayer por la tarde era, justamente, que en ese momento
dejaba de ser el candidato que había competido por largos meses por la
Presidencia de la Nación y se convertía en el presidente electo de la
Argentina.
En la penosa urdimbre de este final inesperado de la contienda electoral de
doble vuelta se observó un caos de fondo, como si el estreno de la obra
hubiera tomado por sorpresa no sólo a los actores, sino, cosa notable, al
guionista, al escenógrafo, al director y a los productores.
Aquí es cuando vuelven a resonar cuatro palabras en los oídos de quien
quiera hubiera puesto atención en el discurso de cierre de campaña del
doctor Adolfo Rodríguez Saá, el jueves previo a la primera vuelta: "Gozo de
buena salud".
Fueron cuatro palabras herméticas, pero acaso las más insinuantes y
reveladoras de una campaña que movilizó de manera modesta a la opinión
ciudadana. Cuando un candidato dice que goza de buena salud lo natural es
que impulse un interrogante general sobre cómo andan los restantes
competidores.
La lucha política exige algo más que un certificado de buena salud, si es
que éste fuera posible. Impone condiciones extremas de atención, de reflejos
psíquicos y de esfuerzos físicos severos, que se hacen sentir en vidas
largas y accidentadas. Ricardo López Murphy, uno de los candidatos que se
supone entraron más enteros a la liza, dice haber terminado exhausto.
¿Cómo quedaron los demás? ¿Cómo se sintió el doctor Menem, llamativamente
incapaz como estuvo, en la noche de la primera vuelta, de controlar el orden
más conveniente en ese hotel convertido en un pandemonium?
¿Cómo no reaccionó ante el escenario sorprendente, en el que se movían
espectros de una farándula que las pantallas inclementes de la televisión
proyectaban como artero envío del enemigo? ¿Por qué apadrinó, con vistas a
los comicios que restan para el año, candidaturas imposibles?
¿Por qué hubo tanto desorden en la campaña del ex presidente? ¿Por qué haber
dejado que su nombre se asociara a los peores nombres, en lugar de haber
abierto paso a quienes habían sido identificados como protagonistas de lo
mejor de su doble gestión presidencial o que podían ser el anticipo de la
renovación apropiada y por algún motivo esencial anunciada por Menem mismo
más de una vez en la campaña?
¿Por qué, en fin, transfiguró Menem, en la noche del 27 de abril, lo que
debió ser un discurso chispeante de victoria al fin, en una pobre y agria
arenga que alertó al país sobre una incalculada derrota?
Kirchner admite en la intimidad -en el ámbito reducido en el que el
visitante registra en él la voluntad de escuchar, de aprender- que contó con
la ventaja del handicap inesperado recibido de parte de quien ha sido su
adversario principal.
* * *
El temor colectivo que se percibe como saldo principal de la fuga de Menem
es que éste haya herido la gobernabilidad del país. Para ser justos, habría
que preguntarse, también, en cuánto ha contribuido a esa desazón el
inoportuno discurso de Kirchner.
Convendrá decir, ante todo, que el problema de la gobernabilidad es
preexistente al de la decisión de Menem, un político, además, que se
encuentra al final de una larga carrera, no en el apogeo.
Es más: ninguno de los candidatos que se presentaron en la primera
vuelta -ni siquiera quien fue su principal revelación, reafirmada con las
palabras que eligió ayer, López Murphy- era por sí mismo garantía de
estabilidad institucional en el período por abrirse en días más.
La política argentina se encuentra gravemente fragmentada. El Congreso, en
ambas cámaras, es un reflejo de esa crisis. El Poder Judicial se arroga
facultades propias de la administración como no ocurre en ningún país serio,
desde las finanzas a la determinación de cuáles deben ser las tarifas de los
servicios públicos, y se abstiene de actuar, por añadidura, precisamente
donde debería hacerlo. Los sindicatos y las entidades representativas de las
empresas no cumplen un papel más lucido que aquellos otros de los que
reclaman un mejor ejemplo.
Ese es el país con el que los argentinos se han abierto al siglo XXI.
El hecho de que Kirchner se instale en la Casa Rosada con sólo el 22 por
ciento de los sufragios acentúa, en principio, el problema de la
gobernabilidad, pero está lejos de crearlo. Kirchner llega precedido, y no
lo ignora, por una cuestión institucional que se manifestaba con claridad en
los días en que Menem proclamaba que vencería con sólo una vuelta electoral.
El Consejo para las Américas estaba reunido en Washington cuando el lunes 28
se hacían los últimos cómputos provisionales de las elecciones. Es un cuerpo
que congrega a cuantos tienen en los Estados Unidos una opinión de peso que
elaborar, tanto en el campo político como empresarial, sobre los temas
continentales. Desde Colin Powell a David Rockefeller.
¿Qué pudieron esos hombres haberse dicho sobre la Argentina, después de
conocer los resultados del escrutinio y, sobre todo, los ecos de la
infortunada noche de Menem en el hotel Presidente?
Primero, se dijeron que Kirchner sería el próximo presidente. Segundo, que
los argentinos habían resuelto darse un gobierno débil.
Podríamos pasar por alto una tercera conclusión, porque las fuentes
consultadas en los Estados Unidos por quien esto escribe difieren de si se
trata de la opinión personal de uno de los asistentes o de un juicio
suficientemente compartido por el resto. Sin embargo, la situación es tal
que vale la pena registrarla: la Argentina ha resuelto darse gobierno por un
año.
* * *
Esto demuestra que el problema de la gobernabilidad argentina es anterior al
espectáculo ofrecido por el doctor Menem. El país suscitaba preocupación en
Washington respecto de su futuro con prescindencia de la pirotecnia de
última hora.
Ninguna de las conclusiones que dejamos expuestas, y menos la tercera -a la
que debe interpretarse como una metáfora de la segunda-, merece otro valor
que el de un balance informal, casi académico, entre personalidades con la
responsabilidad de prefigurarse el horizonte que el mundo tendrá ante sí.
Pero interesa conocerlas por exponer la gravedad de las reflexiones en
Washington sobre el futuro posible de la Argentina.
Kirchner conoce esa información desde el lunes 5. Y su respuesta fue que él
está de acuerdo en que el principal asunto por resolver en el país es el de
su gobernabilidad.
No debería, por lo tanto, el presidente electo desaprovechar lo mejor del
discurso de Menem al abandonar la lucha sin que hubiera una sola denuncia
judicial de fraude electoral o una sola mesa de votación impugnada en el
país. Fue cuando Menem predicó sobre la necesidad de construir consensos y
anunció que se contaría con su contribución a la gobernabilidad. La gravedad
del tema hace deseable que esa contribución sea una realidad, al menos, a
partir de hoy.
Ha caído, al fin, el telón sobre una decepcionante obra de treinta y seis
horas. No demos por el pito más de lo que el pito vale, como decían nuestros
padres. Dejemos atrás este nuevo papelón de la política argentina.
Pensemos entre todos cómo remontar con el trabajo y el estudio una crisis
extenuante, de no menos de cinco años seguidos a estas alturas, y
estimulemos al nuevo presidente a que traduzca en los hechos lo que promete
con entusiasmo en la conversación privada: "Hay que mejorar la calidad de
las instituciones, hay que gerenciar la administración del país".
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