[R-P] Perdón, mal digitado. Va algo más sobre docentes
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Dom Mayo 3 17:23:13 MDT 2009
En el campo nacional hay una tendencia perversa a despreciar a los
docentes y sus luchas.
No poco ha ayudado en esto el rosismo, por cierto.
Y el ataque centrado sobre Sarmiento en lugar de centrarlo sobre Mitre.
Mas en este caso, para colmo, la adscripción de la escuela pública al
sanjuanino es un error. La escuela pública no fue obra de Sarmiento
sino de Avellaneda. Sarmiento sí quiso instaurar una buena escuela
pública, pero fue Avellaneda quien la puso en marcha. Sus cuadros
iniciales surgieron de
las familias pobres de la "gente decente" de provincias, que como bien
señaló Ramos constituyeron el ejército político de Avellaneda.
Era una "salida digna" de la miseria para los vástagos más
desfavorecidos de esas burguesías provincianas a las cuales la
progresiva implantación del modelo agroexportador iba dejando sin
recursos. Así como el gauchaje de las montoneras se fue enganchando en
el ejército de línea, las muchachas sin dote de la "gente decente"
constituyeron la masa del ejército del puntero, la tiza y el pizarrón.
Es probable que el status social positivo, entendido como el prestigio
social no necesariamente compatible con el volumen de sus ingresos,
del que disfrutaron los docentes argentinos hasta, digamos, 1975,
fuera herencia de este origen de sus primeras camadas en los vástagos
empobrecidos de las clases altas del viejo país. En los pueblos del
interior argentino, y esto incluye también a la pampa gringa, el
docente estaba equiparado al bancario, y el Director de la Escuela
formaba parte, decididamente, de las Fuerzas Vivas al mismo nivel que
el Gerente del banco local.
El yrigoyenismo mantuvo el status social del sector docente, y le
agregó ciertos beneficios "gremiales", al mismo tiempo que fue
ampliando el ámbito de su reclutamiento a medida que incorporó a las
clases medias de origen inmigratorio a la vida nacional. Toda esta
masa, que además se vio enaltecida por la imposición del guardapolvos
como símbolo de igualdad republicana, tenía fuerte conciencia de su
situación de privilegio, y de la importantísima misión que tenía que
cumplir.
La Argentina agroexportadora, en su primer período, no necesitaba que
nadie le explicara la importancia de la cultura. Ya volveremos sobre
esto.
En la Década Infame, los docentes no tuvieron mejor suerte que el
conjunto de las clases medias, salvo por un detalle: que en general
disfrutaban de ingresos seguros. Era bastante común por esos tiempos
la pareja de docente y oficial, por ejemplo. Formaban parte de la
burocracia del Estado, cada cual en lo suyo. En el pueblo donde el
regimiento repartía ollas de comida sobrante entre los pobres, el
mayor o el teniente coronel a cargo escuchaban quizás alguna de las
historias de la miseria popular a través de su mujer, maestra o
directora en alguna escuelita de los barrios periféricos. De cosas
como estas se nutrió parte del ideario que eclosionó en 1945.
Los docentes, sí, creo que tuvieron que ver en ese sentido con el
origen del peronismo.
Pero al mismo tiempo, el peronismo no fue capaz (probablemente por sus
límites de clase) de incorporar a los docentes, con el justo nivel de
reconocimiento social y de ingresos que habían alcanzado en la vieja
Argentina preindustrial. Si bien nadie construyó más y mejores
escuelas que el General, si bien nadie consiguió mejores beneficios
sociales para los docentes que el régimen del 45 al 55, también es
cierto que la nueva Argentina, tan orgullosa de su ética de "self made
men", no terminó de comprender (como lo hubiera hecho otro tipo de
régimen) la importancia que cabía asignar a la tarea de la burocracia,
y en particular a la burocracia de la instrucción pública.
Esto, más los torpísimos ataques del nacionalismo de derechas, alejó a
los docentes del campo nacional. En el 55, eran minoría los que
apoyaban a Perón. Un clásico literario del antiperonismo progresista,
Shunko, era obra de un docente santiagueño, J. W. Ábalos. Los docentes
santiagueños habían sido puntales del roquismo y del yrigoyenismo,
pero el peronismo no los pudo integrar. Insisto: creo que es un
problema específico del peronismo como movimiento nacional burgués de
base proletaria. Es probable que le cueste superar la cuestión algún
día.
Los docentes se sumaron en masa y alborozados a la ilusión
frondicista. Pero rápidamente se desengañaron. La ley de Universidades
libres quebró uno de sus principales paradigmas: el de que la
instrucción pública no era, ni debía ser, otra cosa que una función
del Estado (el ejemplo es el alemán, por supuesto, donde todavía hoy
no existen universidades privadas). Esta convicción, que es en
realidad una consecuencia natural del pensamiento de la Revolución
Francesa (que la burguesía francesa la haya desnaturalizado o no, es
otra historia), fue atacada sistemáticamente a partir del frondicismo.
Y con esto se inició el lento paso de los docentes a una nueva etapa
de su historia.
El radicalismo de Illía les ofreció un nuevo palenque ande rascarse.
Buena parte del mito del "gran gobierno de Illía" es obra del gremio
docente, y creo yo que ayudó bastante a la llegada de Alfonsín al
poder en 1983. Pero en todo caso ese mito entró en la picadora de
carne cuando en 1966 la Revolución Libertadora se amplió, se
profundizó, y partió aguas con las clases medias.
A partir de allí se inicia el proceso de radicalización (en el buen
sentido) y nacionalización del gremio docente. Ya no más refugio de
clases decentes en desgracia, sino un gremio más de clase media, fue
reconociéndose como un sindicato en ciernes, de trabajadores de la
educación. Spili solía decir que eso de "Sindicato Único de
Trabajadores de la Educación" (de los cuales nacieron unos cuantos en
esos tiempos, el más representativo es del SUTEBA bonaerense, pero no
el único) marcaba un antes y un después en la conciencia de las clases
medias asalariadas. Y tenía razón.
Mas las clases dominantes, en particular el bloque
oligárquico-imperialista, tomó nota también del hecho.
Los docentes pasaron a ser tratados como un trabajador más, y esto por
cierto no les resultó demasiado agradable. La igualación debió haber
terminado el reconocimiento colectivo de la unidad nacional por abajo,
pero al igual que el proceso de nacionalización de las clases medias,
ese autorreconocimiento fue solo parcial. El alfonsinismo representó
para los docentes una ilusión de retorno a la situación privilegiada
de que habían gozado hasta el 28 de junio del 66, y no el
reconocimiento de que en la Argentina neoliberal los docentes y el
resto de los trabajadores constituían una masa única, en la cual nadie
podía esperar privilegio alguno.
A partir de entonces, el peronismo no ha sabido sino mostrar su
torpeza en tratar el tema. Ni hablar de Menem, por supuesto. En
general, el campo nacional sigue considerando a los docentes como
enemigos. El sarmientismo, en vez de incitar a luchar en los términos
señalados por Luis Alberto Murray (su "Pro y Contra de Sarmiento" es
un ejemplo clarísimo de cómo tomar la cuestión) o por Jorge Abelardo
Ramos (cuya evaluación de Sarmiento está muy pero muy lejos de la que
con furor y fruición propala el nacionalismo despoblado, especialmente
el católico), sirve como sambenito. Parece que Jordán Bruno Genta
escribiera algunos libretos.
A eso se suma la estolidez imbécil y repugnante de más de un pequeño
burgués desclasado y decadente, que se suma al verso de la burguesía
según el cual los docentes -como todo empleado público, pero más que
ningún otro- "no trabajan". Esta ralea de pequeños aventurerillos, que
suelen esconder sus resentimientos personales y limitaciones sociales
con un desdén olímpico por el resto de los mortales, desarrollan un
odio particular hacia los docentes, a los que tratan del mismo modo
que la oposición trata a los Kirchner: abominan de ellos por sus
virtudes y los atacan por sus defectos.
Entre esos defectos, sin embargo, y seguramente gracias a la escuela
menemista, cuelan algunos inventados, como el de que "son unos vagos".
Esta gentuza, que jamás en su puta vida consideró un trabajo
asalariado digno de sus impolutas manecilas, tiene el tupé de
considerar vagos a los docentes argentinos.
Jamás le pasaría por la cabeza que, en función de las propias
necesidades, lo mejor sería que los docentes tuvieran un status
privilegiado en la medida que son los encargados de formar a las
nuevas generaciones. No les pasaría por la cabeza, simplemente, porque
piensan como burgueses, y no como revolucionarios. Mucho menos, como
verdaderos miembros del campo nacional.
Andá a un barrio realmente humilde, y vas a saber qué piensan los
laburantes, los de abajo, de los docentes. Vas a ver lo que piensan de
la cultura.
Mucho hay que agregar al cálculo sobre los 3000 pesos que publicita Macri.
A veces la pérdida de la hipocresía es más una desgracia que un
beneficio. Cuando la clase alta argentina dejó de soñar con París para
empezar a soñar con Miami, se hizo menos hipócrita, pero eso no la
hizo mejor: ahora, su desprecio orgánico por la cultura se hace
bandera a reivindicar. Antes, no.
De allí que el docente fuera transformado en "un empleado más".
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Néstor Gorojovsky
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