[R-P] Roca cap 2 (2 de 2)
José María Cavalleri
ingcavalleri en yahoo.com.ar
Dom Mayo 3 20:17:00 MDT 2009
había iniciado, en 1856, la clase de Instrucción Militar. De ella fue asiduo concurrente, a partir del año siguiente, el joven Julio Roca, quien ingresó también al batallón del Co¬legio, organizado y dirigido por el mismo coronel. Los pro¬gramas en esta materia comprendían la instrucción de Infan¬tería y Caballería23 y la formación de aspirantes a oficiales, sobre la base de la vieja ordenanza española de Carlos III, que los estudiantes estaban obligados a saberse de memoria en la parte correspondiente.2'1 Ricardo López Jordán era quien presidía frecuentemente las mesas examinadoras de Instrucción Militar.
No fue ésa, sin embargo, la única enseñanza militar que Roca recibió en sus años de aprendizaje. Poco después, él batallón del Colegio era destinado a turnarse regularmente en los relevos de guardia en el palacio de San José, la residencia señorial delPresidente de la Confederación. Y la ins¬trucción de Artillería, que no formaba parte de los programas del colegio, fue llenada aquí por un joven boliviano re¬cién llegado de Europa: el coronel de veintitrés años don Simón de Santa Cruz. Por fin el 1° de marzo de 1858, el Vicepresidente de la Nación en ejercicio del Poder Ejecutivo, don Salvador. María del Carril, suscribía en Paraná el de¬creto que designó "al ciudadano clon Julio Argentino Roca" como "Subteniente de Artillería del Ejército Nacional".
Los oficialitos salidos del internado, con su latín, su historia antigua y su filosofía, como este frágil subteniente Roca de marzo del 58, harían sin duda una curiosa figura entre la masa de hirsutos y curtidos gauchos de la famosa caballería entrerriana. Pero Urquiza, aunque formado a la antigua usanza, no era insensible a las novedades, y menos tratándose de algo entonces tan decisivo como el progreso bélico.
El nombre de su nuevo instructor no podía ser descono¬cido para el subteniente Roca: Andrés de Santa Cruz había sido jefe del coronel José Segundo Roca en las campañas
23 Sagama: Op, oit.
Yélez, Francisco M.: Of. cit. sanmartinianas del Perú, en 1823. Su hijo Simón, estudiante en la Politécnica de París y en la Academia Militar de Saint Cyr, había hecha la campaña de Crimea con el ejército fran¬cés y luego su aventurero padre lo trajo a nuestro país, donde casaría con Juanita, hija de Urquiza.
Había, pues, un Santa Cruz jefe del padre, y otro Santa Cruz jefe del hijo. .. Esta asociación tan sugestiva, entre los recuerdos familiares y su propia experiencia juvenil, no estaría ausente en el espíritu de Boca Presidente, cuando al asumir en 1880 mantuvo al boliviano Simón de Santa Cruz como Director del Colegio Militar de la Nación, cargo para el cual había sido designado poco antes por Nicolás Avella¬neda, en medio del tembladeral político de ese año.
Poco después de recibir su despacho el flamante subte¬niente, tuvo lugar en Entre Ríos, y en algunas de las otras provincias, una entusiasta movilización militar, a la que Julio Argentino concurrió con la escolta de San José. No se trataba de la guerra... todavía, sino de los grandes festejos con que el Gobierno Nacional se disponía a celebrar, en Paraná el 489 aniversario de la Revolución de Mayo. Al mismo tiempo, la demostración se encaminaba a advertir a Buenos Aires sobre el poderío logrado por la unidad de las provincias. Era, como hoy suele decirse, una movilización militar utilizada como argumento "disuasorio" ante los parejos aprestos que se realizaban en la ciudad del Puerto.
Mostrar esa unidad a la Nación, y manifestarla concretada además en un ejército poderoso, era asunto de interés primordial para el gobierno de la Confederación, cuyo carácter nacional le era precisamente desconocido y ridiculizado por Buenos Aires. Pocos meses antes, en Los Debates, el coronel Bartolomé Mitre, caudillo del estado separatista, no experimentaba rubor en acusar a Urquiza de haber, "fraccionado" el país y de haber "organizado en Nación indepen
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diente un pedazo de la antigua República..." El pedazo era nada menos que las trece provincias!2S
El 25 de mayo de 1858 se celebraron un Tedeum y un banquete, al que asistieron Urquiza, el Vicepresidente, los ministros en pleno, el legado papal y los embajadores inglés y francés. Por la tarde se hicieron maniobras y evoluciones bélicas en un campo abierto, a cierta distancia de la ciudad. Pero la gran nota de los festejos la constituyó el desfile militar realizado el día 27, en que intervinieron unos dieciséis mil hombres, de los cuales catorce mil aproximadamente correspondían a las tropas entrerrianas. Los preparativos no habían demandado excesiva anticipación, pues el prestigio del Presidente en su provincia había hecho suficiente una simple convocatoria.
En este ejército era grande el número de propietarios, y "cuando se citaban las divisiones, los soldados se presen¬taban en caballos propios, uno de pelea, otro para la marcha, y venían uniformados con su dinero".26 "Cada regimiento se presentó en caballos.de un solo pelo, y todos han podido contar hasta cinco mil tordillos, cosa nunca vista según el juicio de las personas más inteligentes... Esta parada se ha reunido por medio de una citación verbal, sin violencia, y los soldados se han presentado vestidos, armados y mon¬tados de su cuenta y, lo que es más, comiendo de sus propias vacas, porque como Ud. sabe, casi no hay vecino de Entre Ríos que no sea propietario de más o menos consideración'".27
Comenzó el desfile con el paso de un cuerpo de artillería de ocho cañones, tirada cada pieza por seis caballos, con un jinete en cada animal. "Las piezas —anotó un espectador eran bastante viejas y varias de las mismas habían sido re¬paradas en las cureñas y ruedas por medio de tiras de cuero
25 Cita en Ruiz Moreno, Martín: Chance-lando Cuentas. Cepeda y Pavón. Imprenta y Encuademación Guttenberg. Paraná, 1901.
26 Gálvez, Víctor (E. Quesada) : Memorias de un Viejo. Jacobo Peuser, Buenos Aires, 18891. Tomo TI, pág. 129.
27 Gutiérrez, Juan M. a Manuel Taboada, en Los Taboada. T. TIII pág. 28)8.
crudo". Por lo visto, el joven Simón de Santa Cruz, que además de artillero era también especialista en fundiciones, era aún un lujo técnico en el país del cuero...
Los soldados de este cuerpo, como los de caballería, llevaban ponchos y chiripaes rojos, calzoncillos blancos y era, largo gorro "de campo", de punta caediza, también rojo. Las tropas de línea y la guardia nacional ostentaban en cam¬bio blusas azules con prendidos rojos, distinguiéndose los oficíales por el pantalón azul y por un kepí del mismo color, con un vivo rojo.
Después de haber pasado estas tropas, que sumarían unos dos mil hombres, venía por fin la incontable masa de la caballería, en pelotones de a seis jinetes cada uno, con sus ponchos y sus gorras coloradas, agitando al ritmo de sus corceles los flecos de sus calzoncillos blancos, mientras on¬deaba sobre el conjunto un enhiesto mar de lanzas, aunque muchas filas estaban armadas también de carabinas, sables o pistolas. "Se veían muchos jinetes con riendas de plata, pre¬tales y pasadores, sillas o recados con chapas en la cabecera y falda, todo de plata, grandes copas en los frenos y sobre todo espuelas muy pesadas y grandes de plata".
El mismo observador anota: "pasaron hombres, y no muy pocos, cuyos aperos representaban un valor de 700 a 800 pesos, y algunos propietarios y ricos estancieros, que eran al mismo tiempo oficiales, hacían brillar sus fletes espléndidamente enjaezados de plata. Curioso contraste formaban estos ricos jinetes junto a otros cuyas riendas y cabezales sólo eran de lonjas de cuero de vaca, no teniendo el hombre espuelas ni zapatos, algunas veces ni estribos, sustituyendo éstos por un grueso botón de cuero y estribera de lonjas apretada entre los dedos grandes e índice del pie. Así se tocan los extremos de muchas maneras; se veían ancianos con barbas blancas junto a muchachos imberbes; todos tienen que ser soldados, no importa si viejos o jóvenes, ríeos o pobres".28 Como dato curioso, otro testigo del desfile consignó lo siguiente: "Figuraba
23 Burmeister, G.: Desfile militar en Paraná. 25 de mayo de 1858. en Estampas del Pasado de J. L. Busaniehe. Hacliette, Bs. Airea, 1959.
en la formación un cordobés que lucía un apero y riendas de oro, en los que había invertido diez mil pesos —cerca de cincuenta mil francos. Los caballos, sobre todo los de Entre Ríos, se distinguían por la viveza graciosa del andar y el lujo de los arreos".29
En la heterogeneidad de ese ejército, donde los jinetes gauchos de chiripá y lanza larga), casi al estilo pampa, apa¬recían entremezclados con los batallones de quepí y pantalón a la moda de los ejércitos franceses de Napoleón III, venía a reflejarse, de manera simbólica) pero también exacta, la compleja diversidad del país, que a partir de Caseros y durante una década henchida de acontecimientos, tragedias y contradicciones, intentaría la empresa de una organización que, concebida desde dentro, concretara los intereses comunes, aún al mar-gen de la desdeñosa provincia separada que, como siempre, estaba embarcada en otra empresa) de muy opuesto miraje.
En tal sentido, resulta un error completo ver la puja entre Paraná y Buenos Aires como una lucha de mera prio¬ridad por la organización, como si el proyecta de esta organización fuera un supuesto idéntico y común. Así ha visto esa lucha, por. ejemplo, el historiador norteamericano James E. Scobie, en un libro de grandes méritos por otros conceptos {"La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina". Hachette, Buenos Aires, 1964). Pero la verdad es que no era el mismo laurel lo que se disputaban la Confe¬deración y Buenos Aires. Es cierto que la primera, conducida políticamente por el Litoral, predominantemente saladerista y comercial, encontrábase fuertemente impregnada por las ideas del Alberdi de las Bases, con toda su conocida sobre¬estimación del comercio libérrimo y de las supuestas virtudes del capital extranjero. Pero sería un contrasentido suponer
29 Beek-Bemard, C. : Tres estampas de soldados, en Busaaiclia. ov. eit.
que las regiones de economía artesa-nal y minera, por ejem¬plo, hubieran apoyado con tanto fervor su propia y definitiva destrucción si no hubieran tenido una brújula distinta.
Los grupos dirigentes y las masas del Interior tenían también, y no de modo inconsciente, su propio "modelo" de desarrollo. Una de las más lúcidas y notables expresiones de este tipo de intereses fue, sin duda, el pensamiento del ortodoxo sansimoniano cordobés Mariano Fragueiro, Ministro de Hacienda de la Confederación, quien en sus Cuestiones Argentinas había propuesto regular el crecimiento capitalista del país por vía de un completo estatismo, mediante la crea¬ción de un cuarto poder que tuviera a su cargo el monopolio en la) emisión de moneda, la administración del comercio exterior y de la navegación de cabotaje, los ferrocarriles, la vialidad y hasta la imprenta, y que pensaba que el ferrocarril, en vez de desarticular al país, debía unir Rosario con la costa chilena, preservando así la antigua unidad de la patria común.30
La adhesión posterior, de los federales más duros al pre¬sidente Derqui, después de firmadoi por. Urquiza el célebre ''Pacto de Familia" (noviembre de 1859), revela igualmente la existencia de una voluntad muy firme de preservar el modo de vida del Interior. También resulta sintomático que el porteño Emilio de Alvear, del grupo derquista, se revelara-pocos años después como uno de los más incisivos y talentosos defensores del proteccionismo económico, durante la gran cam¬paña orientada por Vicente Fidel López.
Aunque incorporado a la carrera militar, Julio Roca lo hizo como alumno del Colegio y pudo, por eso, continuar sus estudios, con el éxito de que dan cuenta las calificaciones obtenidas en este año de 1858. Su condición de Subteniente
30 Ver Terzaga, Alfredo: Mariano Fragueiro, un socialista de la en el Regimiento lº de Artillería de la Confederación —el llamado "regimiento Santa Cruz"— no le impedía atenerse a los planes, reglamentos y vida del Colegio, y hasta optar, si llegara el caso, entre la disciplina de su grado o la del Dr. Larroque.
Mientras tanto, el gran desfile de Paraná, que había servido para retemplar el entusiasmo de los provincianos, no logró disuadir de nada a Buenos Aires. En la segunda mitad del año, los nubarrones comenzaron a amontonarse por el lado de Cuyo, donde el Partido Liberal, compuesto de ami¬gos de Buenos Aires, consigue llegar al gobierno de San Juan e inicia una campaña1 de hostilidades para minar la influencia del ex gobernador Benavídez, virtual jefe de los federales en toda la región cuyana. Poco después, en octubre, el general Nazario Benavídez, uno de los firmantes del Acuerdo de San Nicolás, y Jefe del Ejército Nacional del Oeste, es asesinado en su prisión, hecho que provoca el aplauso entusiasta de la prensa localista porteña.
Al terminar el año se había disipado toda esperanza de avenimiento. El gobierno, de Buenos Aires, mientras obtenía de la legislatura créditos para armarse, y reclutaba en Europa mercenarios austríacos y sicilianos por intermedio de su agente Hilario Ascasubi, comenzaba nuevamente a desterrar a los opositores.
Cuando pocos meses después el ministro norteamericano hizo gestiones de mediación, el Dr. Valentín Alsina, gobernador de Buenos Aires, puso como condición previa para discutir la posible incorporación de su provincia a la Nación, ¡que el presidente Urquiza renunciara y se fuera del país...!
Esto significaba la guerra, para la cual la provincia segregada se sentía fuerte y bien dispuesta.
El choque, por lo demás, estaba predeterminado por la ambigüedad misma de la coexistencia entre la Confederación y el Estado bonaerense. Nadie podía llamarse a engaño sobre la inminencia! de una salida violenta. Ya varios meses antes, en carta enviada desde París el 7 de enero de 1858, Alberdi escribía a Urquiza lo siguiente: "Se empieza a creer ya en Europa que la independencia de Buenos Aires es hija de la impotencia de la Confederación; lo cual quiere decir que consideran inevitable la desmembración de ese país, pues creen que nosotros mismos sancionamos la independencia de Buenos Aires, puesto que la toleramos y dejamos subsistir. Para des¬mentir este concepto, que importa una sanción públicaí de la independencia de Buenos Aires, no nos queda otro medio que el que ha servido a todas las naciones para establecer sus respectivas integridades, a saber: la fuerza del derecho apoyada en la fuerza de las armas".
Confederación, en revista "Todo es Eisioria", Buenos Aires, julio de 1972.
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