[R-P] Avanti morochos

QUIQUE REY quiquerey44 en gmail.com
Dom Mayo 3 12:20:19 MDT 2009


Avanti morochos

La movilización sindical, otra gente en la calle. Un acto como los de
antes. La lógica política de Moyano. La dispersión de la clase
trabajadora y los límites de la CGT. Los nuevos sujetos de la
protesta. Y un diálogo golpista entre dos referentes de la derecha.

Por Mario Wainfeld

Hugo Moyano se dio un lujo inusual para un líder cegetista. Fue el
promotor, el centro y el único orador de un acto “de otra época”: una
multitud, con abrumadora mayoría de trabajadores ocupados. Seguramente
sólo Saúl Ubaldini alcanzó marcas similares, hace más de dos décadas.

Moyano demostró, una vez más, que tiene capacidad para llenar las
calles, un arte esquivo para casi todos sus colegas sindicalistas.
También está fuera del alcance de la pléyade de partidos políticos que
hay en plaza, mediáticos por sagacidad pero también por impotencia
para ganar la calle. El secretario general de la CGT dominó el espacio
público para emitir mensajes al interior de su propia central, al
kirchnerismo y al conjunto de la sociedad.

Moyano es un personaje polifacético, con debilidades y zonas oscuras,
pero también uno de los pocos que ha sostenido una línea política
clara frente a las patronales y a la lógica de la derecha o
centroderecha autóctona, en sus variadas vertientes (el menemismo, la
Alianza, la actual coalición panradical, el properonismo). El jueves,
expresó un apoyo sin fisuras al oficialismo nacional fundado en los
logros conseguidos por los trabajadores, expresados en un conjunto de
leyes y en avances económicos.

El impacto electoral de la movida no será lineal ni automático, si es
que llega a ser. Los trabajadores, hace bastante tiempo, no siguen con
su voto a sus conducciones sindicales, máxime cuando mejora su
ecuación económica social. Los estudios y la praxis de los últimos
años comprueban esa premisa. Pero es imposible negar que “la calle” o
“la Plaza” algo expresan en democracia. Una concurrencia de ese porte
ratifica que la propuesta del orador tiene un peso, difícil de tabular
pero imposible de negar.

Los medios dominantes hicieron lo imposible por ningunear o
distorsionar la movilización. Durante días alertaron que se venía un
desafío al oficialismo, tratando de acomodar los hechos a sus anhelos.
Las transmisiones radiales y televisivas en vivo se desesperaban para
conseguir una pelea, un mini San Vicente como anhelo supremo, unas
piñas entre los muchachos como premio consuelo. Las consabidas
alusiones a la “extrema tensión” fueron recurrentes durante las horas
previas. Pero, en esta ocasión, los organizadores revieron la
incompetencia suicida que fue el traslado definitivo de los restos de
Juan Domingo Perón. Cuando se convoca a trabajadores organizados y
encuadrados, cuando se restringe el protagonismo de barras bravas y
marginales, las perspectivas de convivencia son muy altas, tantas como
para dejar a los detractores con un palmo de narices.

Así y todo, las descripciones de los on line tuvieron lo suyo. La
Nación contó que “miles de gremialistas” se encolumnaban hacia la
cita. No eran ciudadanos, ni mucho menos “gente”, ni siquiera
“laburantes”, “apenas” gremialistas. Si existieran en tamaño número
sería el momento de exhumar y resignificar el concepto de “burocracia
sindical”.

Para otro medio virtual, los asistentes fueron “llevados” por Moyano.
No se movilizaron, no tienen voluntad política ni libre albedrío. Un
discurso dominante ningunea a los trabajadores, a tono con una
atmósfera clasista.

Si usted no cree del todo en esas pinturas, lector, eche una cuenta
sencilla. Más de cinco cuadras de la “avenida más ancha del mundo”
abigarradas, según todas las crónicas y las imágenes panorámicas. Son
más de cincuenta mil metros cuadrados y es un dato que en las marchas
de trabajadores la (ejem) gente se amucha más que en otras
manifestaciones, calcule ochenta mil cuerpos por debajo de las patas.

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Altri tempi: La CGT se formateó en tiempos irrecuperables: estado
benefactor, pleno empleo y altísima tasa de afiliación sindical. Los
redondeaba un hecho exótico en países del Primer Mundo y también en
casi todos los vecinos: como tendencia, el que tenía laburo podía
parar la olla. Esas características, ay, se desbarataron hace más de
veinte años y acaso no regresen más. Como mínimo, no reflejan el
actual mapa social argentino. La clase trabajadora no está contenida
en el movimiento obrero organizado, cuyas propuestas e imaginario se
constriñen al universo de las personas con empleo. Los desocupados,
los que trabajan de sol a sol sin conseguir estabilidad ni acceso a
dignos niveles de vida son millones, sin cobijo ni proyecto en la
concepción laborista de años idos.

Algunas movilizaciones kirchneristas en Plaza de Mayo pusieron en
escena ese universo: los que cobran con sobre, tienen paritarias, obra
social y perciben asignaciones familiares, de un lado. Por otro, hasta
en el reparto de espacios geográficos de la Plaza, un colectivo más
fragmentado y desamparado. En la 9 de julio predominó, en forma casi
exclusiva, el sector más tutelado de la clase trabajadora. Hubo
excepciones, bien descriptas por el cineasta David Coco Blaustein en
un análisis difundido en estas horas. Dice Blaustein: “Quizá
acostumbrados a la presencia y casi hegemonía de los movimientos
sociales en más de una década, llamó la atención cuando a esas
columnas de obreros industriales y trabajadores de cuello blanco se
cruzó una columna del Movimiento Evita. Dentaduras, vestimentas y
colores de piel decían a las claras de ganadores y perdedores de estos
últimos 15 años. Pero ahí estaban compartiendo la misma plaza. Y
marcando a los gritos lo que aún falta por hacer”.

Cuando el variopinto conjunto de trabajadores copa la calle, se notan
diferencias de nuevo cuño, comparables en alguna medida con las
vigentes antes de los 40, aunque con matices. “Lo que falta por hacer”
es asumir que las políticas keynesianas, en fases de ascenso o
defensivas, no se bastan para abordar la nueva problemática de la
clase trabajadora.

El crecimiento chino, por lo demás, es cosa del pasado. Los próximos
años (digamos, los que restan del mandato de Cristina Fernández de
Kirchner) serán de restricciones, en el mejor de los casos el PBI
crecerá pocos puntos porcentuales. Si en el trance de bonanza, con
políticas pro operarias aunadas al crecimiento de la base y el poder
sindical, no se suturaron esas asimetrías, es largamente hora de
pensar en nuevas herramientas para irlas reparando.

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Significados: Este 1° de Mayo fue en el mundo una jornada de protestas
y reclamos, muchos de ellos reprimidos con violencia. En la 9 de Julio
campeó el apoyo al Gobierno, que defiende con uñas y dientes los
empleos existentes. La caída de la economía global, así sea por ahora,
golpea menos en estas pampas, en las que el oficialismo defiende sus
logros más patentes: los puestos de trabajo generados, la mejora del
ingreso de los asalariados, la existencia de instituciones laborales.

La diferencia entre jornada de lucha o de apoyo es una proverbial
dicotomía entre el peronismo y fuerzas de izquierda. La liturgia
justicialista transformó los 1° de Mayo en días de fiesta, ganándose
el reproche de haber sedado o manipulado la conciencia de los
laburantes. Esa querella, como tantas otras, se propagó al interior
del peronismo en los ’70. En el ’74, Juan Domingo Perón programó en el
Día del Trabajo una remake de esas jornadas festivas, desde la JP le
corearon “no queremos carnaval/asamblea popular”. Hubo tarjeta roja y
retirada masiva de la Plaza de Mayo.

El aval de Moyano al oficialismo revitaliza esas polémicas, esa praxis.

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Con lógica y derecho: Moyano afronta disensos y movidas de piso en la
CGT. Muchos de sus compañeros lo cuestionan por razones variadas,
entre las cuales sobresalen su falta de visión estratégica. Asimismo,
le reprochan ser más eficaz en (y más dedicado a) la defensa de su
gremio que a la del conjunto del movimiento obrero. Desde afuera se le
cuestionan sus desplantes, a veces justificados por la lucha
distributiva y a veces exagerados por su inusual desdén por los
valores medios de la opinión pública. Como sea, es un líder sectorial,
seguramente no de toda la clase trabajadora sino de su segmento mejor
posicionado. En estos años, la correlación de fuerzas con las
patronales ha mejorado, tanto como la condición de los asalariados
formales. Desde su sitial habló, a su modo entre sencillo y
rudimentario, con toques de pimienta, incluidos algún mensaje elíptico
sobre Nacha Guevara.

El aval de las centrales sindicales a fuerzas políticas es una
constante mundial, acá se la sindica como una desviación folklórica.
Las corporaciones expresan intereses tangibles y bancan a quien mejor
lo defienden según su criterio, acá o en Francia, Estados Unidos o
España. El senador Gerardo Morales se indigna sin derecho ni razón
clamando contra una ONG que explicita su oficialismo, mientras su
histórico partido (entre tantos otros) mendiga por candidaturas de
emergentes de ONG patronales, las agropecuarias. Discrimina entre
organizaciones no gubernamentales de distintas clases, tout court.

Los boinas blancas no son originales. El archipiélago de partidos que
conforman el Frente del Rechazo no mira al espacio de los
trabajadores. Los neoperonistas Francisco de Narváez, Mauricio Macri y
Felipe Solá se conforman con tener de su lado al secretario general de
los trabajadores rurales, Gerónimo Venegas, cuyo sector bate records
de trabajo en negro y explotación infantil. El Momo Venegas, hace un
ratito, empapeló paredes mocionando “no jodan con Perón” a quienes
querían evaluar judicialmente los crímenes de la Triple A. Amarillo y
macartista, con los colores de PRO.

- - -

Las otras protestas: El revival de viejas movilizaciones viene
apareado con revalorizaciones de la protesta sindical. El conflicto
laboral creció en estos años, en magnitud y eficacia. Pero este siglo
tuvo otros protagonistas en la calle. Los movimientos de desocupados
signaron su inicio, mas limitaron su relevancia con el cambio de
paradigma productivo. A los ojos del cronista, la gran novedad del
siglo en materia de protesta es la apropiación de la acción directa
por organizaciones formadas por gentes de clases medias y altas, que
tuvieron un grado de incidencia enorme en las políticas públicas. Los
ahorristas damnificados por el corralito fueron pioneros, durante la
administración de Eduardo Duhalde. Forzaron cambios de legislación y
una jurisprudencia muy atenta a sus intereses.

Los gobiernos de los Kirchner vieron crecer a esas “minorías
intensas”, agrupadas en torno de reclamos muy específicos, sin
historia previa. Juan Carlos Blumberg, los familiares de las víctimas
de Cromañón, los vecinos de Gualeguaychú y las corporaciones del agro
fueron los más potentes. Todos consiguieron resultados políticos
impactantes. Vaya una reseña, a vuelo de pájaro.

- El padre de Axel impuso cambios regresivos en las normas penales y
ejerció un tremendo (sí que efímero) liderazgo personal. Fue el único
caso de un referente tan personalizado y también el caso en que el
kirchnerismo optó por una táctica más compleja y envolvente.

- Los familiares de Cromañón lograron la destitución del jefe de
Gobierno de la Ciudad Autónoma, un hecho institucional enorme, con
nulos precedentes locales o foráneos. De paso, le asestaron un golpe
grande al proyecto transversal desbaratando la presencia de un aliado
del Gobierno en un distrito relevante.

- Los asambleístas condicionaron la política exterior, induciendo al
penoso conflicto con el Uruguay. Néstor Kirchner trató de encauzarlos
y contenerlos al mismo tiempo, enarbolando sus banderas, con
resultados poco estimables.

- Las corporaciones agropecuarias dominaron la escena durante la
presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, fueron clave en la
reconfiguración de las alianzas. Las próximas elecciones medirán su
influencia, ya es un dato que será alta.

Y ya que las evocamos, vamos a la escena de la semana.

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Mariano y Hugo: “Esto es lo que te quería escuchar”, le espetó Hugo
Biolcati a Mariano Grondona, en el espacio de cable del editorialista.
Es un programa de baja audiencia, lo que quizás propició su extrema
sinceridad. La imagen fue reproducida en YouTube, en todos los
programas introspectivos de la tele (que son muchos), el lector
seguramente ya las vio. Dos viejos cofrades compartían ilusiones.
“Mariano” imaginó que Cristina Fernández no terminará su mandato. Ahí
está Cobos, se congratularon ambos. “Cobos, ese que ahora es radical”,
subrayó Biolcati. El vicepresidente, tan diligente para opinar sobre
temas institucionales, no juzgó conveniente mechar un bocadillo sobre
esa proclama golpista, que lo computa como actor principal.

Se ha debatido sobre el clima destituyente, se lo ha negado con
obstinación. La confesión de parte, grabada por añadidura, no destruye
esa capacidad negatoria expandida. Varios periodistas explican que
Biolcati y Grondona son personajes marginales. No hay tal. Uno de los
contertulios sarcásticos integra el conjunto de corporaciones
hegemónico en el espacio público desde 2008. El otro es editorialista
de un importante diario: ambos pronosticaron, impulsaron y luego
reivindicaron todas las dictaduras de los últimos 54 años, por decir
los menos. Y fueron opositores a todos los gobiernos nacionales y
populares de que se tenga memoria.

No es banal la cachazuda confianza de dos personajes que saben de lo
que hablan y que defienden intereses minoritarios, acaso por eso mismo
más fáciles de sintetizar y representar.

El oficialismo acude a un discurso extremo, zarandeando el riesgo de
ingobernabilidad en caso de una derrota. Su táctica es clásica de los
oficialismos, por doquier. A los ojos del cronista no es la más
atinada o deseable: pura defensiva, escasa alusión a rumbos futuros.
Un mensaje afincado en el pasado, así fuera reciente. Esa opción es
controvertible, acaso se formula de modo tremendista, no está
descaminada en sustancia.

Es extraño, cuando se habla de escenarios de inestabilidad
institucional se carga toda la romana del lado del oficialismo. Sólo
su ofuscación podría causarla, dice un extendido sentido común. Sin
embargo, no se conocen procesos de desestabilización que carezcan de
adalides opositores, la experiencia histórica provee ejemplos por
doquier. En la Argentina actual, una oposición dispersa, incapaz de
unificar personería, creció al calor de la protesta más salvaje que
haya soportado gobierno democrático alguno, a cuya zaga fueron tantos
dirigentes políticos, entre ellos unos cuantos ignotos por entonces,
hoy taquilleros.

Con ese cuadro, la perspectiva destituyente, que sinceraron (sin que
nadie de sus entornos los refutara) dos referentes de la oposición con
mayores virtualidades electorales da qué pensar. Aunque pensar no sea
un menester cotidiano, en estas pampas feraces y, con frecuencia,
feroces.

mwainfeld en pagina12.com.ar

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