[R-P] Roca Capítulo 1

José María Cavalleri ingcavalleri en yahoo.com.ar
Sab Mayo 2 16:23:20 MDT 2009


Va el capítulo 1, y se me hace que es el último, es un laburo de aquellos, y el Jefe de la República de San Vicente no tiene una bodega como para bancarme ...

Capítulo 1
EN EL VIEJO TUCUMÁN
Padres y parientes - Tueumán) su gente y su vida Quién era don Alejandro Heredia - La guerra con Bolivia - Marcos y Gregorio Tas -Bajo el gobierno de Celedonio Gutiérrez - Naci¬miento de Julio Argentino y primera educación -Caseros y las contiendas tucumanas -Partida hacia Entre Ríos.
En esa familia, la Política y la Guerra, no eran temas de charla ocasional, sino domésticos como el pan cotidiano. Es verdad que lo mismo ocurría en muchísimos hogares de argen¬tinos de entonces, pero, con todo, el rasgo resultaba particular¬mente acusado en casa del coronel don José Segundo Roca, un guerrero profesional, veterano y cuarentón, a. quien los vaivenes de la vida pública, y la voluntad de don Juan Manuel de Rosas, gobernador de la lejana Buenos Aires, habían devuelto, en ese año de 1842, a la tranquilidad de la ventura hogareña, junto a la arremansada dulzura de doña Agustina Paz, una voluntariosa belleza provinciana de almendrados ojos y sonrisa irónica.
Los hechos grandes y menudos de las Provincias Unidas; el paso de los ejércitos; las batallas famosas; los episodios de las luchas civiles; los nombres de los caudillos y sus secretos menores; la suerte varia de los hombres del terruño; el reper torio de los lugares, con' sus ríos, sus bosques y sus montañas; todo eso, en el hogar de los Roca y los Paz, tejía una madeja de recuerdos múltiples, cuando no un asunto de interés viví¬simo. Casi no había suceso de magnitud en el pasado reciente, o noticia de actualidad en la Confederación, que no resonara como asunto propio en la intimidad de esa familia cuyos vínculos, si importantes en la pequeña ciudad, se extendían largamente más allá de la provincia.
El jefe de esta tribu de pro, don Juan Bautista de Paz Coneebat y Figueroa, había sido presidente del Cabildo tucumano de 1810, donde abrazó la causa de la Revolución de Mayo. Su habilidad y su prestigio local lo convertirían en amigo, con¬sejero y ministro de don Alejandro Heredia, el oaudillo federal de Tucumán. A su familia pertenecía doña María Antonia de Paz y Figueroa, madre de Juan Felipe Ibarra, que gobernó casi treinta años en Santiago del Estero. Su hija Felipa estaba casada eon el comandante santiagueño Antonio María Taboada, uno de los promotores de la autonomía de su provincia en 1820, diputado al Congreso Nacional en 1825, y canónigo en la viudez. Parienta suya también, aunque lejana, era doña Josefa Aráoz de Paz y Figueroa, madre de Juan Bautista Alberdi, quien estaba destinado a poner lo suyo en el gobierno de la república, aunque en modo distinto, por cierto, al de sus parientes santiagueños los Taboada, sobrinos y
 sucesores de Ibarra... Hijo de don Juan Bautista Paz era Gregorio Paz, amigo de Heredia y jefe de sus ejércitos, que se convertiría en general de Rosas después de la muerte del caudillo tueumano. Otro de los hijos, don Marcos Paz, secretario del mismo Heredia y ministro en Salta, vivía - por la época en que comenzamos este relato en la provincia de Buenos Aires, don¬de después de haber adquirido intereses rurales, practicaba una sutil conversión de federal tucumano a rosista bonaerense. En tiempo de Urquiza, el doctor y coronel Marcos Paz llegaría a Gobernador de Tucumán y a Senador en el Paraná; más tarde, junto a Mitre, sería vicepresidente de la República. Los otros hijos de don Juan Bautista Paz eran: Máximo, Luciano, Exequiel, Juliana, Gaspar, Genoveva, Benita, y la ya mencionada doña Agustina.
Ni Gregorio ni Marcos Paz, tan adheridos a la causa de
Rosas desde 1839, se hubieran atrevido a sospechar que, cua¬renta años después, uno de sus sobrinos entraría triunfante en la orgullosa Buenos Aires, entre la humareda de la última gran guerra civil, haciéndolo precisamente como campeón de las provincias...
Como todas las ciudades sembradas por el conquistador, -San Miguelde Tucumán había sido diseñada en forana de damero, con su plaza mayor en el centro, en transparente reminiscencia del castum de las legiones latinas. La voluntad hispánica había marcado así, en la cuadrícula racional de la ciudad por nacer su obstinado propósito de crear un marco para la sociedad de los hombres, como una naturaleza segunda sobrepuesta, y a veces opuesta, a su contorno geográfico. En el caso de Tucumán, ese contorno estaba representado por fértiles valles y praderas, por montañas altísimas, y por una verdura lujuriante que pugnaba por borrar la porfiada geometría de los fundadores.
Esa vida vegetal, frondosa, libérrima y fragante hasta ena¬jenar los sentidos, llamaría justamente la atención maravilla¬da de los viejos: opulentos bosques centenarios entremezclados de higueras, limoneros y naranjos silvestres, poblados de pájaros y panales, cruzados de largas avenidas cubiertas de mirtos y laureles, llenas de aromáticos poleos y encendidas con la fanfarria de los aromos, en los numerosos claros que dejaban los gigantescos lapachos.'Jamás, anteriormente, había visto una maravilla de vegetación semejante —confesó un inglés que llegó a Tucumán en 1825—. Contemplé hasta hartarme aquellos viejos patriarcas de las selvas, mohosos con los años, rodeados de enredaderas y tachonados de troncos y ramas de plantas parásitas que semejan estrellas" l.
La.lucha tenaz entre ambas naturalezas haría finalmente que el damero fundador se redujera a proporciones mínimas,
i Andrews, Joseph: Las provincias del Norte en 1825 (Capítulos del Viaje). Universidad Nacional de Tucumán, 1967. en un centro pequeño cuya población, al tiempo de declararse la Independencia, podía calcularse en siete mil habitantes. Pero en compensación también la ciudad impondría su ley a la peri¬feria, ganando y ampliando fértiles praderas donde nacían o invernaban! caballos y muías que se vendían anualmente en el mercado altoperuano, y donde haciendas y chacras extendían cultivos de maíz, trigo, cebada, patatas, camote y numerosos frutales. En las afueras, metidos entre el bullicio de changos y gallinas, y perfumando el ambiente eon el aserrín de sus maderas, trabajaban al raso los hábiles y famosos carpinteros de Tncumán. El olor penetrante de la melaza, que llegó a ser tan característico en las décadas posteriores no había impreg¬nado entonces el aire de la ciudad.
El núcleo dirigente de toda esa actividad, o sea las clases decentes, con su foco principal en la ciudad, estaba formado por los descendientes de los conquistadores y encomenderos, de raza española pura o casi pura, donde abundaban las familias de origen peruano, altoperuano o cordobés, y donde no faltaba una cuota importante de sangre europea, representada por los españoles peninsulares. El objeto de estos indianos no era ya la conquista de Eldorado o la Trapalanda —espejismos a los que habían renunciado tras sucesivas decepciones— sino la vida política, la guerra, la carrera eclesiástica y, sobre todo el aprovechamiento comercial de las artesanías, en un tráfico ce¬loso e ininterrumpido que tenía un polo en Lima y el otro en Buenos Aires. Esta ocupación pese a la ruptura provocada por las guerras de Independencia, siguió siendo de considerable im¬portancia, estimulada por esa corriente de plata amonedada o en "piñas", que bajaba
 desde el cerro del Potosí dinamizando las ciudades y rancherías del trayecto hasta sus lejanos térmi¬nos pampeanos.
Por debajo de esa "clase decente", orgullosa de su estirpe y celosa de sus privilegios, movíase la vasta muchedumbre de Zas casias, es decir todos los colores del mestizaje, desde los descendientes de español y de india, numerosos en la población rural, hasta los pardos y morenos, los cuales, negado de hecho y de derecho su acceso a la educación y a las carreras liberales, hallaban compensación económica, y hasta social, en el virtual monopolio de los oficios y artesanías, donde la mano de obra
calificada no era nada abundante: plateros, tintoreros, talabar¬teros,  carpinteros, tejedores,  ebanistas, herreros, etc.
Al margen aun de esa masa plebeya y polícroma, ponían su nota en la sociedad de entonces otros dos colores tan puros como el blanco de clase dominante, pero cuidadosamente mantenidos en situación inferior: los restos de la indiada autóctona sometida, aptos para la tarea de los cultivos en la zonas de riego natural o artificial, y los negros auténticos de origen africano, esclavos  o hijos de esclavos, cuyo número decrecía año a año por la mestización, las levas o la mortalidad, y cuyo mejor destino era el de peones en los oficios urbanos, o el de asimilados a la gens patricia a través del servicio doméstico. No tardaban aquí en hacerse indispensables, tanto por su gratuidad como por sus hábitos mansos y fieles, incorporándose a la familia, compartiendo sus devociones y sus inquinas y has¬ta adoptando no pocas veces el apellido de la casa, ambigua prolongación gentilicia que el amo no era reacio en admitir.
Aun careciendo la provincia de las vastas planicies típicas de las llanuras del sur, el ganado abundaba en sus campos a fines de la era colonial y en los primeros años del siglo XIX, donde, "siendo más bien un estorbo, dice un viajero, se le cazaba por entretenimiento". Tampoco el paisano tucumano difería mucho de su congénere pampeano. Así lo confirma el testimonio del mismo observador: "Las habilidades ecuestres del gaucho han sido notadas por todos los que han viajado por esas despobladas y vastas comarcas. Ya se le vea levantando un cuchillo a toda carrera y sostenido en el estribo o enla¬zando ganado, sus movimientos son, como en la vida casera, naturales, acompasados, elegantes, cual los de una señorita en su sala de recibo. Pero si lo vemos montado en. su silla y contándonos un cuento, sus movimientos, flexibles y armoniosos a la vez, mientras se inclina graciosamente hacia uno, resultan más elocuentes que su voz, y le hallamos mezcla de
 caballero y de paisano en su corcel, conjunto éste altamente simpático y atrayente"2. Alrededor de 1780 o muy poco después, llegó al Río de la Plata el catalán don Pedro de Roca, natural de Tarragona y capitán del Rey. " Aunque hacía ya doscientos años que se había cerrado el ciclo de los Cortés y los Pizarro, y la espada había sido sustituida por el arado, el taller, el astillero y las estancias, América seguía teniendo para los jóvenes españoles, el misterio y la fantasía sin límites de la aventura heroica"3.
Pero no se detuvo el recién llegado en la capital del virreinato, sino que se internó hacia el Interior por el camino del Norte. Anclado en Tucumán, el capitán Roca casó allí con doña María Antonia Tejerina, el 3 de septiembre de 1796. La ciudad norteña, a pesar de su pequenez, era una buena llave para todas las rutas, y fue ello, quizá, lo que decidió a don Pedro Roca a trocar la espada del rey por la balanza de Mer¬curio. En Tucumán estableció pulpería y luego amplió sus actividades importando productos de otras provincias y de Chile. La doble veta castrense y comercial se repartiría luego en su descendencia, signando el destino de hijos y de nietos. En Tucumán, pues, fueron naciendo los hijos, seis al parecer: Pedro, Jacinto, Francisco, José Andrés, Segunda: y José Se¬gundo, bautizado este último el lº de junio de 1800.
Pedro y Francisco, hijos del capitán catalán, ingresaron jóvenes en los ejércitos de la Independencia americana; Se¬gunda, la única mujer, casó con Reboredo y luego se estableció en Buenos Aires. En cuanto a José Segundo, se ha dicho que tenía derecho al título de Conde de Pino Hermoso; sin em¬bargo, los tiempos andaban demasiado revueltos, en las Provin¬cias Unidas del Sur, para que alguien hubiera pensado en reclamar cartas nobiliarias de la Península... En 1816, José Roca se enroló en la compañía de Cívicos de Tucumán, donde revistó con el grado de Cabo 1°. Años después se embarcó en Chile con el ejército de San Martín e hizo un papel brillante en la campaña de Perú. Desembarcado en Pisco, actuó bajo el mando de Arenales en la Primera Campaña de la. Sierra. Luchó a las órdenes de Lavalle en la cuesta de Jauja y en
3 .Sánchez, Aurora Móiiiea: Julio Argentino Roca, Edic. Círculo Militar. Buenos Aires, 1969.
la Expedición de Puertos Intermedios, y actuó con Sucre en el Ecuador y con Bolívar en Junín. Y fue precisamente de manos del joven Roca que San Martín recibió los partes triunfales de Junín y de Pichincha,
Vuelto a la patria, en 1826, acudió a la guerra contra el Brasil, como ayudante de campo del general Mansilla. Estuvo en las acciones de Paso del Ombú y de Ituzaingó; fue ede¬cán de Alvear en Camacuá e intervino, con Lavalleja, en los combates del Puesto del Padre Filiberto.
Como a tantas otras espadas veteranas, la guerra civil envolvió al coronel Segundo Roca a su retorno de la provincia Oriental. Estuvo con Lavalle en Puente de Márquez; con José María Paz en Córdoba y con su comprovinciano Lamadrid en la retirada, después del boleo del Maneo. Tras la victoria de Quiroga en La Ciudadela, debió emigrar a Bolivia con muchos otros oficiales.
También fue episodio de la guerra civil la entrada del "unitario" Roca en la familia federal de los Paz. Durante muchos años, la sociedad tucumana recordaría el hecho por sus románticas circunstancias.
Gobernaba en Tucumán don AlejandroHeredia, antiguo oficial del Ejército del Norte, que con Bustos, Paz, Ibarra y otros, se negara en Arequito a respaldar al Directorio porteño en su lucha con las.montoneras. Algunos emigrados, encabeza¬dos por el ex gobernador Javier López, preparaban una in¬tentona para derribarlo. Pero el caudillo federal tueumano, que ya había frustrado una invasión de López en 1834, y que le había perdonado la vida por mediación de algunos jóvenes como el Dr. Alberdi, no estaba dispuesto a correr la suerte de Bernabé Aráoz, a quien fusiló en 1824. A mediados del año 1835, y conociendo que Javier López había pasado de Bolivia a Salta, donde gozaba la protección, hizo saber Heredia a las autoridades de dicha provincia que tanto el jefe salteño como "sus protegidos López y Roca", serían inmolados "si caen en manos del que suscribe". La nota estaba firmada por el gober nador Heredia y por su secretario el Dr. Juan
 Bautista Paz.
La amenaza se cumplió cuando las tropas del gobierno tucumano, al mando del coronel Gregario Paz, batieron a López en el Monte Grande, sobre el arroyo Famaillá, el 23 de enero de 1836. Dos días después eran fusilados el general invasor y su sobrino el Dr. Ángel López. No ocurrió lo mismo con el coronel Roca, pese a que también cayó prisionero.
¿ Qué había impedido a Gregorio Paz cumplir íntegramen¬te la drástica orden?
Su padre y su hermana Agustina habían implorado a Heredia par la vida de José Segunda Roca. De la niña, cuéntase que se presentó personalmente ante el Gobernador! para solicitar la gracia, prometiendo casarse con el prisionera. En el ánimo de Heredia pesaron las lágrimas de la* muchacha y las razones de su ministro, como deben haber pesada también los honrosos antecedentes de Roca, guerrero de la Inde¬pendencia. .. El caso es que tres meses después, el 20 de abril de 1836 se casaban doña Agustina y el coronel José Segundo Roca con lo cual éste pasó a convertirse en cuñado del coronel Gregorio Paz, que pudo haber sido su victimario en Famaillá... En homenaje al gobernante que había dispensado la gracia, el primer hijo del matrimonio recibiría el nombre de Alejandro.
El Tucumán de los tiempos de Alejandro Heredia (1832-1838) había adquirido una personalidad política muy acusada. La provincia y su caudillo gozaban de prestigio en la república, sin que alcanzaran a enturbiarlo demasiado las continuas dis¬putas de los bandos locales, más tenidas de 'rencillas de fami¬lia, como sucede en todo pueblo pequeño, que de auténticas cuestiones de partido. La clásica división entre unitarios y federales, muy clara cuando se trataba del pleito entre las Provincias y el Puerto, como en 1820 ó 1826, perdía mucho de su nitidez al refractarse en la. vida interna de la provincia y en la" siempre encendida pasión de sus clanes. Heredia, el caudillo federal, había sido diputado de su provincia en el congreso rivadaviano del 26. A su vez, el partida tucumano conocido por ''unitario", al que perteneciera Javier. López, entendía el unitarismo de tan curiosa manera como para aceptar la Constitución rivadaviana, pero con la
 reserva de seguir manteniendo su legislatura local...
Por hondo que calaran las disensiones lugareñas, los hom¬bres públicos tenían, todos, muy acentuado el sentimiento de la autonomía, sin que ello les vedará la comprensión de fines más amplios de organización nacional. El proyecto de cons¬titución tratado por la legislatura provincial en 1835, del que llegaron a sancionarse los treinta y tres primeros artículos, declaraba:
"La provincia de Tucumán tiene derecho extensivo e ina¬lienable de gobernarse a sí misma en lo perteneciente a su régimen interior, como un Estado libre e independiente, y ejercerá por sí todo poder, jurisdicción y derecho hasta que el futuro Congreso General de todas las Provincias de la Repú¬blica sancione y declare la forma de Gobierno que debe regirla".4-
El gobernador de esta provincia no respondía a la hirsuta imagen que han difundido los detractores de los caudillos, figura incivil que, al calor de un populismo mal entendido, suele ser utilizada también por muchos de sus apologistas. Lector de los clásicos, amante del latín y aficionado a la música, Alejandro Heredia era doctor, en leyes además de militar. Los decentes de Tucumán le llamaban privadamente el indio Heredia, pero la verdad es que su poder no se sobreponía despóticamente a su medio sino que era la expresión de él. Muy celoso en el mantenimiento de la autonomía provincial, y en la defensa de la causa federal en todo el noroeste argen¬tino, nunca practicó, en el orden interno, el sistema de ex¬clusivismo partidario que entonces le preconizaba, con insistencia tan suya, el Gobernador de Buenos Aires, con quien Heredia supo  mantenerse en relaciones  dignas.
En más de un aspecto este general doctor recuerda las condiciones y el estilo político de Bustos, su camarada cordobés
i Lizoudo Borda, Manuel: Historia ds Tucumán  (Siglo XIX). Pag. 62. Tucumán, 1948.
de la época de Arequito. Intransigente y duro cuando las circunstancias lo llevaban a ello, sabía ser tolerante y dúctil en el gobierno de su provincia, escuchar opiniones distintas y buscar la colaboración de todos para cumplir una tarea cons¬tructiva. Tales rasgos no alcanzaron a ser anulados por. la irritabilidad de su carácter, ni por la afición a los licores, defecto éste que sus adversarios destacaron, quizá con exageración deliberada.
Adelantándose a lo que Urquiza intentaría realizar des¬pués de 1852, Heredia pretendió fusionar los partidos en su provincia, tentativa que le valió el no del todo infundado re¬proche de Rosas, pero para lo cual había condiciones en la política tucumana. Cumplió la grande hazaña de establecer y mantener catorce escuelas en la ciudad y campaña; creó instituciones nuevas para reemplazar a las de la Colonia; redujo los aranceles eclesiásticos en beneficio de los pobres, que eran inuchos, y puso el primer teatro con que contó Tucumán. El joven doctor, Alberdi le dedicó su primer libro, y de este caudillo letrado pudo escribir un historiador local: ''Heredia fue el mandatario más culto y progresista de cuantos hubo entre nosotros desde 1810 hasta el 53''.5
Aunque era una provincia pequeña, y pese a la forzosa austeridad impuesta desde la guerra de la Independencia, contaba Tucumán con una actividad económica ponderable, fundada en las industrias artesanales del cuero y la madera; en la explotación del azúcar, incipiente entonces pero promi¬soria, y que desde 1834 se encontraba protegida por una ley; en el cultivo y elaboración de textiles; y en el comercio de yeguarizos y mulares con destino a Bolivia. Como centro vital de comunicaciones, Tucumán se beneficiaba además con su . papel de intermediaria en el comercio que otras provincias realizaban con los mercados altoperuanos, situación a la que Heredia supo dar expresión política con su incontrastada influencia sobre Catamarca, Salta y Jujuy, dentro de una estructura que venía a prolongar el tipo de federalismo concebido en su momento por Bernabé Aráoz, y que no era in-
5 Lizondo Borda:  Op. di., pág. 28.
sular, como se ha pretendido, sino regional. Sólo el desconoci¬miento, cuando no la mala fe, han podido determinar esa especie de fruición descalificadora que utilizan ciertos his¬toriadores para referirse irónicamente a la "república" de Tucumán.
Las posibilidades de la acción gubernativa estaban irre¬mediablemente limitadas, pese al celo de Heredia, por la modestia de los recursos fiscales. Para el año 1834, en que se legisló la protección del azúcar, el presupuesto general de gas¬tos de la provincia ascendía a tan sólo 3.879 pesos,6 cifra cuya importancia 'relativa sólo puede ser apreciada si se la compara con las de otras provincias por esos mismos años: los gastos de Córdoba —con un presupuesto deficitario— ascendieron a poco más de cien mil pesos en 1836,7 mientras que los de la provincia de Buenos Aires, en 1833, alcanza¬ban a más de doce millones de pesos, de los cuales nueve millones, nada menos, se cubrían con los ingresos de la Aduana.8
No había transcurrido un año desde las bodas del coronel Roca cuando un grave acontecimiento vino a conmover la tranquilidad de los tucumanos: el 19 de mayo de 1837, el Gobernador de Buenos Aires, en su calidad de Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, declaraba la guerra al mariscal Andrés de Santa Cruz, presidente de la Confederación Peruano-Boliviana. Alejandro Heredia, a quien se ha señalado como uno de los responsables por haber azuzado esta guerra, recibía de Rosas armas e instrucciones para iniciar la campaña, como general en jefe del Ejército del Noroeste.
Si el caso era serio para los argentinos, y en particular para los habitantes de las provincias norteñas, debe suponerse que debió ser doblemente para José Segundo Roca,  en cuyo
6	Lizondo Borda:  Op. cit., pág. 47.
7	Burguin. Mirón:  Aspectos Económicos del Federalismo Argentino. Cuadro n9 20. Hachette, Buenos Airea, 1960.
8	Burguin, Mirón: Op. cit. Cuadro n1? 29.

ánimo la noticia del conflicto provocaría seguramente encon¬trados sentimientos... Santa Cruz, en efecto, había sido su jefe en la campaña sanmartiniana de Puertos Intermedios. Y no podía ignorar Roca que en la política del hábil mariscal mestizo estaba implícito, aunque tardía y contradictoriamente, un retoño del programa bolivariano.
Ejecutando una política injustificable, Buenos Aires había renunciado a las provincias altoperuanas del antiguo Virreinato. Santa Cruz, a su vez, era ahora sospechado de querer incorporarse o agregar a su influencia las provincias argentinas del Norte. La fragmentación de la patria común pasaba entonces por una etapa de fluidez, y las antiguas secciones no.se habían convertido aún en orgullosas naciones. El encarga de las Relaciones Exteriores, que Rosas invocó en sus reclamaciones ante Santa Cruz, fue ignorado por éste. Rosas recogió la ofensa, pero, yendo mucho más allá, utilizó los argumentos que en su hora Rivadavia había esgrimido contra Bolívar, y acusó a Santa Cruz de alterar "el equilibrio americano". Por su parte el gobierno chileno, presumiblemente estimulado por la influencia británica, azuzaba los temores de Buenos Aires, en procura de mía alianza que finalmente logró.
Con Bolívar en la tumba y San Martín en el destierro, Buenos Aires se encolerizaba ante la sola idea de que alguien pretendiera volver a unir las "secciones sudamericanas". Y así como el porteño Tomás de Anchorena había calificado de CUÍCOS a los diputados altoperuanos en el Congreso de Tucumán, ahora su joven primo, el rubio Gobernador, llamaba sistemáticamente El Cholo al caudillo del Altiplano.
Educado en la disciplina de la lealtad a su bandera, y aconsejado seguramente por Marcos y Gregorio, sus cuñados federales el coronel Roca sofocó sus cavilaciones, si las tuvo, y se incorporó al Ejército del Noroeste, donde su grado le fue reconocido al designársele segundo jefe en el Estado Mayor de Felipe Heredia, hermano del Gobernador. Las reservas de conciencia se acallarían al ver en las mismas filas a otros camaradas que, como don Manuel Puch y don Anselmo Rojo, también habían compartido, bajo la protección de Santa Cruz, su reciente exilio boliviano. Ganada finalmente por sus aliados chilenos, ésta fue, para los argentinos, una extraña guerra. Su carácter de conflicto internacional, que Rosas se empeñaba en destacar, cercanos como estaban los recuerdos de la gesta común de la Indepen¬dencia, no terminaba de convencer a los hombres de uno y otro bando, para quienes más parecía una contienda civil. Y así se la sentía entre las
 poblaciones de indios y de humildes paisanos, como es prueba el hecho frecuente de que tropas argentinas se pasaron a los bolivianos, y tropas bolivianas se pasaran otras veces a las fuerzas argentinas.9 Pero tal sentimiento no era privativo de las masas incultas. Hombres como O'Higgins y San Martín, a quienes ya se consideraba proceres en el bando de los aliados, guardaron un significativo silencio, aún a riesgo de incurrir en la condenación de los noveles "nacionalistas" de sus respectivos países, actitud muy distinta, por cierto, de la que el Libertador, mantuvo poco después en ocasión del bloqueo francés.10
En junio del 38 los argentinos sufren una pesada derrota ante los bolivianos fortificados en Iruya. El mariscal Santa Cruz, demostrando su voluntad de no agravar consecuencias, y mirando más hacia el lado del peligro chileno, propone a Heredia, sin éxito, negociaciones de paz. El 12 de noviembre He
9 B-eat, Pélix:  Historia de  las Guerras Argentinas - La guerra con Solivia  (1837-1839). Edic.  Peuser. Buenos  Aires,  1960.
io "La actitud del Libertador ante el bloqueo debe ponderarse a la luz de sus opiniones inmediatamente anteriores sobre la situación política de Sud América. Ante la guerra que dividía a los países hermanos se había mantenido prescindente, lamentando que la3 divergencias entre Ar¬gentina, Chile y Bolivia no hubiesen podido arreglarse pacíficamente, pero sin inclinarse oficialmente hacia ninguno de loa bandos. Su patriotismo americano, más que argentino, le hacía considerar esas guerras entre los nuevos Estados que contribuyera a fundar por igual, como luchas intestinas "... "El Cholo había sabido captarse las simpatías de O'Higgins y de San Martín, observando con los libertadores la conducta más honrosa entre todos los mandatarios sudamericanos del momento. San Martín llegó durante la guerra a gestionar la libertad de O'Brien, agente secreto de Santa Cruz, encarcelado por ese motivo es Buenos Aires". (Irazusta, Julio: Vida politica de
 Juam. Manuel de liosas a través de su correspondencia. Tomo TII pág. 194. Edit. Albatros. Buenos Airea, 1943). Los subrayados son nuestros. 
redia cae asesinado en Tueumán y ante el cambio que se esboza en las situaciones provinciales. Bolivia comienza a retirar sus tropas del norte argentino. Y luego de la derrota de Santa Cruz por los chilenos en Yungay (20 de enero de 1839), y de las gestiones de paz iniciadas por Velazco —un general boliviano rebelde — Rosas da por terminadas de hecho las operaciones, no sin disponer el envío de varios oficiales a Buenos Aires, entre ellos el coronel Roca, de cuyas antiguas vinculaciones con el finado Javier López tendría recelos el dictador, si no bastaran para ello los cambios políticos que comenzaban a producirse en aquellas provincias, y que culminarían en el pronuncia¬miento de la Coalición del Norte.
Pero, contrariamente a la leyenda difundida pon los bió¬grafos del coronel Segundo Roca y de su hijo, no fue la voluntad del Gobernador porteño la única responsable de que el coronel tuviera que abandonar su provincia. Hubo causas locales, para el caso más poderosas.
Tras la muerte de Alejandro Heredia, comenzó a gra¬vitar, en el gobierno de Bernabé Piedrabuena, el grupo liberal que en la legislatura inspiraba Marco Avellaneda. Cesó la influencia de don Juan Bautista Paz, y muchos de los hombres que habían gozado de la confianza de Heredia o que le habían servido con las armas, como los hermanos Gregorio y Marcos Paz, tuvieron que salir de la provincia-. Lo mismo ocurrió a José Segundo Roca, contra quien Piedrabuena tomó "medidas de precaución" que la legislatura aprobó el 1º de diciembre de 1838, aunque dejando a salvo el "honor y delicadeza" del afectado. Al día siguiente, la misma Sala reiteraba la medida, en cuya virtud el coronel Roca había tenido que salir de  la  provincia "por poco tiempo". n. El
11 Documentos Tucumanos: Actas de la Sala de Representantes, 1 y 2 de diciembre de 1838 (Yol. II). Universidad Nacional de Tueumán, Instituto de Historia, Lingüística y Folklore. Tueumán, 1939.
Algunos biógrafos de Boca, como Lugones y el general Vélez, han recogido y transmitido la versión de un '' confinamiento'' y hasta '' prisión'' del coronel Koca en Buenos Aires, por orden del dictador porteño. Se trata evidentemente de una leyenda. Corresponde a la doctora Aurora Mónicá Sánchez, en su obra ya citada, el mérito de haber afirmado con claridad cuál fue la causa principal de que el coronel Eoea fuera extra¬ñado de Tueumán después de la muerte de Alejandro Heredia. coronel Roca caía así en desgracia, dentro de su provincia, junto con el partido al que años atrás combatiera con las armas en la mano. Por imperio de las disensiones lugareñas, José Segundo. Roca y Marco Avellaneda, padres de dos futu¬ros amigos y presidentes de la Nación, aparecían ubicados en bandos   opuestos...
Más de dos años duró el destino o "destierro" de Roca en Buenos Aires, donde quedó incorporado a la Plana Mayor Activa del ejército. Pero la medida no debe haber sido demasiado estricta, pues luego de haber nacido Alejandro en 1838 y Atalívá en 1839, vinieron al mundo dos nuevos hijos del coronel: Celedonio y Marcos. Los hermanos Gre¬gorio y Marcos Paz se las ingeniarían, seguramente, para que los esposos pudieran reunirse. Gregorio Paz, que se ha¬bía incorporado a los ejércitos de Rosas no fue ajeno, al parecer, al levantamiento definitivo de la medida, como no lo fue el gobernante provincial surgido en Tucumán después del hundimiento de la Coalición del Norte. Ya entrado el año 1842, José Segundo Roca pudo volver a instalarse en su ciudad natal, donde doña Agustina, aún en la casa paterna, le esperaba  con los cuatro niños.
De la 'reincorporación del coronel Roca a la vida de su provincia después del supuesto confinamiento en Buenos Ai¬res, y de la facilidad con que se adaptó a la nueva situación política, da cumplido testimonio una reveladora carta fecha¬da en Tucumán el lº de enero de 1843 y dirigida por Roca a su cuñado Gregorio Paz, a quien trata de "querido hermano". En ella el coronel Roca encarece a su cuñado las gestiones para lograr de "nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes" el consentimiento para que la radicación en Tucumán sea definitiva. En el más puro estilo rosista,invoca su voluntad de servir militarmente a la provincia contra amenazas como la del "salvaje unitario Chacho". Luego de protestar su fidelidad al dictador porteño, manifiesta no ser capaz de hacer nada que pueda desagradar, al "grande hombre que se ha propuesto conducir los destinos de esta desgraciada  República al  cénit de  su   gloria".
En la misma carta —cuyo texto íntegro debemos a la gentil comunicación del historiador Dr.  Isidoro J. Ruiz Moreno—
el coronel Roca hace una descripción de sus dificultades económicas, de la sequía que azotaba a la provincia, y de la siguiente novedad familiar, que interesa directamente a nues¬tra historia: "Mi pobre Agustina se sintió embarazada a los pocos días de mi llegada, y desde aquel tiempo no tiene un solo día bueno, actualmente se halla en cama pues hace más de veinte días que espera tener un aborto; quiera el cielo librarme de los males que pueden sobrevenirle, porque en otra ocasión  estuvo   de  muerte, como Angelita recordará".
El aborto que el coronel temía estaba destinado a ser dos veces presidente de la Nación, y, durante más de treinta años, jefe de partido y figura política de primera magnitud.
Quien ahora gobernaba en Tucumán era don Celedonio Gutiérrez, al que sus amigos llamaban "el Peludo". Lo hacía con el membrete dé la Santa Federación y con el sis¬tema de exclusivismo que Rcsas no había podido imponer a Heredia. Nuevos recuerdos están frescos en la vida de la provincia y de la pequeña ciuda: los episodios de la Coalición del Norte, el paso de Manuel Oribe, la cabeza de Ave¬llaneda ... Pero la dureza de estos años encuentra una com¬pensación en las buenas maneras de la vida social y en las múltiples cortesías y compromisos de parientes y coterrá¬neos, sin contar esa gracia algo lánguida de las mujeres tucumanas, de tez pálida y ojos negros, quienes, al decir del joven Alberdi, eran poseedoras de una dulzura "terrible".. Con todo, bien piiecle suponerse que el coronel Roca no dejaría de añorar los más blandos tiempos de su generoso adversario el general Heredia.
Fruto de la vuelta al hogar, el quinto hijo nació el 17 de julio de 1843, muy presumiblemente en una finca de Monte¬ros, a 51 kilómetros de Tucumán. Incorporado definitiva¬mente al terruño, el padre consideró un deber ofrecer la criatura al Gobernador, y con tal motivo escribió a Celedonio Gutiérrez: "Anoche Agustina dio a luz un hermoso granade¬ro. Dígnese Vuestra Excelencia disponer de este nuevo sol¬dado como del mejor  afecto".12
12 Vedia y Mitre, Enrique (Gral.): Conferencia en Homenaje al Co¬ronel José La madre, por su parte, escribió a una amiga comuni¬cándole el nacimiento, también para "ofrecérselo" a la usanza de entonces, y dándole la noticia de qué se trataba de un va.rón "al que llamaremos Julio, por ser el mes glorioso, y Argentino, porque confiamos que será como su padre, un diligente servidor de la patria".13 Bautizado de socorro por el párroco de Monteros, el niño recibió su bautismo definitivo en Tucumán, cinco meses después, bajo el nombre de Alejo Julio  Argentino. u
A partir del nacimiento del "hermoso granadero" —que de niño no fue ni muy hermoso ni muy sano— .el hogar del coronel Boca conoció por fin la tranquilidad, hasta entonces tan esquiva. Tragándose sus recuerdos de soldado viejo y sus opiniones de tueumano comprometido, dedicóse el coronel a cuidar y trabajar la finca del Vizcacheral, con que su suegro había1 dotado a doña Agustina. Allí sembró maíz y plantó caña de azúcar, para incrementar los ingresos de su sueldo de cuarenta pesos y poder mantener la nueva casa que puso en la ciudad, cuando en diciembre de 1842 saeó a su familia del hogar de su suegro, que resultaba angustiosamente pequeño para tantos huéspedes. En la casa paterna aprendieron los muchachos las historias de la Guerra de Independencia y, en   viejos   arcones,   sobre   papeles   orgullosamente   conserva-
13 Marcó del Pont, A.: Boca y su tiempo. Buenos Airea, 1931, 14 Pese a las declaraciones del propio protagonista y " de su hijo Julio, ex Vicepresidente de la Nación, no se conoce, con precisión, dón¬de nació el general Roca. El bautismo de socarro lo recibió el recién nacido, el mismo día del nacimiento —17 de julio— de manos del pá¬rroco de Monteros presbítero Dr.. Zoilo Domínguez. Pero la posibilidad de que este amigo de la familia hubiera viajado a la capital de la provincia para cumplir tal menester queda descartada por el hecho, probado doeumentalmente, de que el presbítero Domínguez aparece firmando de su puño y letra partidas de nacimiento y de defunciones el día anterior, el mismo 17, y varios posteriores, en el libro de la pa¬rroquia de Montoneros. Una cuidadosa investigación sobre el asunto está contenida en La Casa donde nació el General Soca, publicada por la Comisión Nacional del Monumento a Roca, Buenos Aires,
 1939, y fue realizada exhaustivamente por una comisión nacional designada a ese solo efecto.
Segundo  Roca.  Museo Roca. Buenos Aires, 1966.



dos, fueron descifrando las firmas gloriosas de Bolívar y de Sucre, en los despachos militares otorgados a su padre. La tranquilidad doméstica, unida a la austeridad de las costum¬bres provincianas, hacía más llevaderas las estrechas con¬diciones económicas del hogar.
Tan completo y normal fue el reintegro del coronel Roca a la vida de su provincia, que pudo formar parte, en dos oportunidades, de la Legislatura de  Gutiérrez.
Y así transcurrieron los años, casi un decenio entero, bajo la mano firme de don Celedonio, hasta que a principios de 1852 se produce la invasión a Tucumán de una partida al mando de Juan Crisóstomo Alvarez, antiguo miembro de la Coalición del Norte. Las tropas de Gutiérrez, enfrentán¬dolo en El Manantial el 15 de febrero, lo derrotan y lo apre¬san. El coronel Roca, como figura respetada en el medio local, es designado instructor del respectivo sumario, pero antes de dar término a su cometido se entera de que el Gober¬nador ha hecho fusilar al prisionero. Casi de inmediato llega a Tucumán la noticia de Caseros. Cuando poco después el Gobernador Gutiérrez, dispuesto a acomodar las cargas, sale de su provincia con rumbo a San Nicolás, la Legislatura depone al ausente, y Roca figura entre quienes adhieren !a las nuevas autoridades. Ábrese un período de luchas intestinas y Gutiérrez consigue recuperar el poder por unos meses-,, pero su
 suerte ya está echada: el 25 de diciembre de 1853, don Celedonio es derrotado en el combate  de Los Laureles, donde lo vencen fuerzas combinadas al mando de Antonio Taboada, José Segundo Roca y Anselmo Rojo.
La familia del coronel Roca, mientras tanto, ha debido trasladarse a Córdoba para ponerse a cubierto_ de posibles represalias de Gutiérrez. Vencido éste, vuelve a Tucumán bajo el amparo de Manuel Taboada, Gobernador de Santiago del Estero, quien da instrucciones a su delegado para que facilite a los. viajeros "el tránsito libre de las postas y le proporcione cuantos 'recursos pudiese necesitar para su trans

porte".15 Los sobrinos de Ibarra, que comienzan por entonces la era de predominio santiagneño en el Norte, cuentan al coronel Roca entre sus aliados tucumanos.
El número de los Roca ha seguido creciendo. Después de Julio Argentino nacen Agustín y Rudecindo, con quienes llegan a siete los hijos varones. Luego vendrá Agustina, la única  mujer.
Julio ha comenzado su instrucción formal en la escuela franciscana de Primeras Letras, cuando tiene cinco años. Sea por lo prematuro del ingreso, o por deficiencias de la escuela, el balance resultó pobre al principio. La aptitud para las matemáticas no se manifestó en esos años tempranos. Sí, en cambio, las dotes de observación y el interés por la geografía. A los diez años, cuando las ausencias del padre a raíz de las contiendas tucumanas son más frecuentes, el demonio interior de Julio Argentino comienza a expresarse en dos rasgos característicos y en cierto modo complementa¬rios1 la revelación de un carácter entre travieso y díscolo, y un insaciable apetito por la lectura, particularmente de la Historia Antigua. En cuanto a la reciente, no necesitaría libros el niño, pues la había escuchado de su abuelo, de su padre, de sus tíos... En tales circunstancias y con esas ap¬titudes, no es difícil imaginar qué fantásticos sueños
 desfilarían por la mente del  muchacho.
A mediados de 1855 muere doña Agustina Paz. Al dolor de la viudez se suma en el ánimo del coronel Roca.la pesada carga de atender y educar a sus ocho hijos. Los dos mayores, Alejandro y Ataliva, fueron enviados a Buenos Aires, donde vivía doña Segunda Roca de Reboredo, hermana del coronel, para buscarse una carrera en el comercio. Los tres siguientes —Celedonio, Marcos y Julio— irán siendo  destinados al Co
is Taboada, Manuel a Pedro Olaeehea, 28 de diciembre de 1813, en Los Taboada, de Gaspar Taboada. Tomo III. Bernabé, y Cía. Buenos Airea,   1937. legio de Concepción del Uruguay, mientras los tres últimos —Agustín, Rudecindo y la pequeña Agustina— quedarán en Tueumán al cuidado de su tía doña Juliana Paz, "mamá Juliana" en el lenguaje de sus sobrinos. Mientras tanto, el propio -coronel Roca ha pasado a revistar en el Estado Mayor, en Paraná, aunque sin conseguir un destino fijo en el ejér¬cito. Su vida transcurre entre Buenos Aires, Paraná y su casa tucumaiia, con algunos viajes a Concepción del Uruguay. En febrero del 57, dando cuenta de la muerte de su mujer y de la situación de sus hijos, le escribe a Wenceslao Paunero, antiguo camarada suyo en la guerra del Brasil: "... debe usted suponer que mi mayor pobreza debe ser mi más elegante gala, pues no poseo más fortuna que mi sueldo; con él vivo regularmente y con orgullo".16
La noticia del triunfo de Urquiza había conmovido a fondo a la pequeña sociedad lugareña. Tueumán debió sentir que sus nociones eran confundidas de pies a cabeza, ante la posibilidad de una resurrección de las antiguas luchas entre unitarios y federales, complicadas a su vez por la rivalidad de las facciones domésticas. Sin embargo, y como ocurrió también en las demás provincias, la sola caída de Don Juan Manuel tuvo el efecto de colocar las cosas en su lugar, restituyendo el viejo conflicto a sus términos esenciales; y. constantes, que hasta entonces habían permanecido disimula¬dos por el largo statu-quo impuesto por el Gobernador de Buenos Aires: de un lado los provincianos, federales de ín¬dole aunque algunos hubieran militado ocasionalmente en el bando de los "unitarios"; de otro lado los porteños, unitarios por esencia aunque muchos usaran durante años la divisa federal.
La revolución de Buenos Aires el 11 de setiembre terminó de aventar las dudas y puso al desnudo los verdaderos términos del  problema.   Herido de muerte el  mito   rosista  de
16 Vedia y Mitre. Enrique:  Conferencia citada. que la Federación era "santa'', la prosa de la realidad re¬cobró sus fueros, y demostró que la federación, concebida como unidad orgánica del país, era consigna de imperioso cumplimiento para las trece provincias, condenadas hasta entonces al aislamiento y la penuria, frente a la realidad opulenta del Puerto Único y de su Aduana.
Por eso la conmoción de Caseros, que en los órdenes locales marcó la hora del arreglo de cuentas entre partidos y grupos provinciales, creando una diversidad de situaciones y matices políticos, alineó sin embargo a todas las provincias en una misma postura, en cuanto a las cuestiones esenciales de carácter nacional. Revoluciones domésticas derrocaron a algunos gobernadores, pero les sucedieron figuras del antiguo federalismo, como el Dr. Segura en el caso de Mendoza, u hombres nuevas que representaban la realización constitu¬cional de la vieja tendencia, como el Dr. Guzmán en Córdoba . En otros casos, como los de Catamarea, San Juan o San Luis, el arraigo local de los viejos federales permitió que el paso a la nueva época se hiciera sin rupturas.
Al juzgar esa continuidad política de las situaciones provinciales, los escritores afectos a la versión de la historia oficial, así como los que militan en el revisionismo rosista, se complacen en destacar la actitud de los gobernadores como lina simple vuelta de casaca que les habría permitido superar el remezón de la hora y "acomodarse" con el vencedor. Semejante argumento no es otra cosa, en el fondo, que una postuma supervivencia de la repulsa porteña contra el Acuer¬do de San Nicolás, repulsa en la que mitristas y rosistas concurren a dairse la mano... Invócase para ello, con fuerza probatoria, el contraste entre las diatribas contra "el loco Urquiza" antes de Caseros, y las loas posteriores del triunfo, tributadas muchas veces por boca y pluma de los mismos personajes. Pero si esta comprobación puede ser entristecedora como saldo de un juicio moral, más lo es como indicio del estado de ablandamiento en que Rosas habría logrado sumir a
 las provincias. Es cierto que Urquiza, al establecer en el Litoral un nuevo centro de poder, comenzó a ejercer una creciente atracción sobre el Interior, pero no es menos cierto  que  las   provincias,   de   cuya   adhesión  necesitaba  el
entrerriano, la apoyaron no por temor u obsecuencia, sino porque vieron en él la oportunidad de cumplir el tantas veces postergado programa histórico del federalismo. Hasta el propio Manuel López, tenido por columna de Rosas en Córdoba., no sólo dio curso a las comunicaciones dirigidas por Urquiza a los gobernadores del interior, antes de Caseros, sino que también proporcionó seguridades al entrerriano, en el sentido de que las fuerzas que por entonces concentraba en el sureste de su provincia, no serían utilizadas para hostilizar la retaguardia del  Ejército  Grande.17
Para el coronel José Segundo Baca, veterano de la In¬dependencia, el panorama del país a fines de 1852 no ofrecía opción posible. Una mitad de su vida, la que estaba ligada a su juventud combatiente y al recuerdo de los Libertadores, era definitivamente cosa del pasado. La causa de. su pro¬vincia, en cambio, y el destino de sus hijos, aparecían vin¬culados ahora a la suerte de la Confederación.- Si sus ami¬gos los Taboada y sus -cuñados rosistas se disponían a colaborar con la obra de Urquiza, con igual razón podía hacerlo él. El coronel ya no estaba en la edad del fervor, pero, como tantos otros provincianos, se había decidido por el caudillo entrerriano. Y al enviar a Urquiza a tres de sus muchachos, lo hizo quizá con la esperanza de educarlos en un ambiente mejor al que él conociera, cuarenta años atrás, como cabo primero   en los   Cívicos   de   Tucumán.
Así es como a fines de 1856 el joven "granadero", que cuenta trece años de edad, abandona el terruño en viaje a Buenos Aires, donde lo esperan sus hermanos mayores, y desde allí pasará a Entre Ríos para alcanzar a tiempo la inicia¬ción de los cursos del año siguiente, en el Colegio de Conce
17 Eiquelnxe de Lobos, Norma- D.: Contribución al estudio de- la
actitud asumida por algunos gobernadores del Interior en los meses i%;
mediatos a la batalla de Caseros {enero .a abril,de 1852). Facultad d.e
Filosofía y Humanidades. Universidad Nacional de Córdoba. Córdoba, ción del Uruguay. El chico, aunque bien conformado, im¬presiona entonces como un ser delicado, a causa del contraste entre su delgadez y su gran frente abultada, bajo la cual brillan unos ojos escudriñadores de un color gris verdoso. Una fotografía de esa época destaca la línea de una boca vo¬luntariosa.
Su bagaje al llegar a Concepción no es muy nutrido en bienes materiales, pera en cambio lleva consigo algunos im¬ponderables que le irán franqueando el camino: la buena disposición de Urquiza para con los jóvenes provincianos: el prestigio del apellido paterno; la eventual influencia de su tía el doctor Marcos Paz, Senador Nacional en el Paraná; una inteligencia muy despierta y un carácter activo, que la boca fuerte y ancha denuncia, bajo la aparente pachorra norteña. En cuanto a su estrella, que futuros adversarios y biógrafos invocarán tantas veces, no brilla aún en ningún cielo-...




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