[R-P] Roca Capítulo 1 (1 de 2)

José María Cavalleri ingcavalleri en yahoo.com.ar
Sab Mayo 2 16:28:53 MDT 2009


Va el capítulo 1, y se me hace que es el último, es un laburo de aquellos, y el Jefe de la República de San Vicente no tiene una bodega como para bancarme ...

Capítulo 1
EN EL VIEJO TUCUMÁN
Padres y parientes - Tueumán) su gente y su vida Quién era don Alejandro Heredia - La guerra con Bolivia - Marcos y Gregorio Tas -Bajo el gobierno de Celedonio Gutiérrez - Naci¬miento de Julio Argentino y primera educación -Caseros y las contiendas tucumanas -Partida hacia Entre Ríos.
En esa familia, la Política y la Guerra, no eran temas de charla ocasional, sino domésticos como el pan cotidiano. Es verdad que lo mismo ocurría en muchísimos hogares de argen¬tinos de entonces, pero, con todo, el rasgo resultaba particular¬mente acusado en casa del coronel don José Segundo Roca, un guerrero profesional, veterano y cuarentón, a. quien los vaivenes de la vida pública, y la voluntad de don Juan Manuel de Rosas, gobernador de la lejana Buenos Aires, habían devuelto, en ese año de 1842, a la tranquilidad de la ventura hogareña, junto a la arremansada dulzura de doña Agustina Paz, una voluntariosa belleza provinciana de almendrados ojos y sonrisa irónica.
Los hechos grandes y menudos de las Provincias Unidas; el paso de los ejércitos; las batallas famosas; los episodios de las luchas civiles; los nombres de los caudillos y sus secretos menores; la suerte varia de los hombres del terruño; el reper torio de los lugares, con' sus ríos, sus bosques y sus montañas; todo eso, en el hogar de los Roca y los Paz, tejía una madeja de recuerdos múltiples, cuando no un asunto de interés viví¬simo. Casi no había suceso de magnitud en el pasado reciente, o noticia de actualidad en la Confederación, que no resonara como asunto propio en la intimidad de esa familia cuyos vínculos, si importantes en la pequeña ciudad, se extendían largamente más allá de la provincia.
El jefe de esta tribu de pro, don Juan Bautista de Paz Coneebat y Figueroa, había sido presidente del Cabildo tucumano de 1810, donde abrazó la causa de la Revolución de Mayo. Su habilidad y su prestigio local lo convertirían en amigo, con¬sejero y ministro de don Alejandro Heredia, el oaudillo federal de Tucumán. A su familia pertenecía doña María Antonia de Paz y Figueroa, madre de Juan Felipe Ibarra, que gobernó casi treinta años en Santiago del Estero. Su hija Felipa estaba casada eon el comandante santiagueño Antonio María Taboada, uno de los promotores de la autonomía de su provincia en 1820, diputado al Congreso Nacional en 1825, y canónigo en la viudez. Parienta suya también, aunque lejana, era doña Josefa Aráoz de Paz y Figueroa, madre de Juan Bautista Alberdi, quien estaba destinado a poner lo suyo en el gobierno de la república, aunque en modo distinto, por cierto, al de sus parientes santiagueños los Taboada, sobrinos y
sucesores de Ibarra... Hijo de don Juan Bautista Paz era Gregorio Paz, amigo de Heredia y jefe de sus ejércitos, que se convertiría en general de Rosas después de la muerte del caudillo tueumano. Otro de los hijos, don Marcos Paz, secretario del mismo Heredia y ministro en Salta, vivía - por la época en que comenzamos este relato en la provincia de Buenos Aires, don¬de después de haber adquirido intereses rurales, practicaba una sutil conversión de federal tucumano a rosista bonaerense. En tiempo de Urquiza, el doctor y coronel Marcos Paz llegaría a Gobernador de Tucumán y a Senador en el Paraná; más tarde, junto a Mitre, sería vicepresidente de la República. Los otros hijos de don Juan Bautista Paz eran: Máximo, Luciano, Exequiel, Juliana, Gaspar, Genoveva, Benita, y la ya mencionada doña Agustina.
Ni Gregorio ni Marcos Paz, tan adheridos a la causa de
Rosas desde 1839, se hubieran atrevido a sospechar que, cua¬renta años después, uno de sus sobrinos entraría triunfante en la orgullosa Buenos Aires, entre la humareda de la última gran guerra civil, haciéndolo precisamente como campeón de las provincias...
Como todas las ciudades sembradas por el conquistador, -San Miguelde Tucumán había sido diseñada en forana de damero, con su plaza mayor en el centro, en transparente reminiscencia del castum de las legiones latinas. La voluntad hispánica había marcado así, en la cuadrícula racional de la ciudad por nacer su obstinado propósito de crear un marco para la sociedad de los hombres, como una naturaleza segunda sobrepuesta, y a veces opuesta, a su contorno geográfico. En el caso de Tucumán, ese contorno estaba representado por fértiles valles y praderas, por montañas altísimas, y por una verdura lujuriante que pugnaba por borrar la porfiada geometría de los fundadores.
Esa vida vegetal, frondosa, libérrima y fragante hasta ena¬jenar los sentidos, llamaría justamente la atención maravilla¬da de los viejos: opulentos bosques centenarios entremezclados de higueras, limoneros y naranjos silvestres, poblados de pájaros y panales, cruzados de largas avenidas cubiertas de mirtos y laureles, llenas de aromáticos poleos y encendidas con la fanfarria de los aromos, en los numerosos claros que dejaban los gigantescos lapachos.'Jamás, anteriormente, había visto una maravilla de vegetación semejante —confesó un inglés que llegó a Tucumán en 1825—. Contemplé hasta hartarme aquellos viejos patriarcas de las selvas, mohosos con los años, rodeados de enredaderas y tachonados de troncos y ramas de plantas parásitas que semejan estrellas" l.
La.lucha tenaz entre ambas naturalezas haría finalmente que el damero fundador se redujera a proporciones mínimas,
i Andrews, Joseph: Las provincias del Norte en 1825 (Capítulos del Viaje). Universidad Nacional de Tucumán, 1967. en un centro pequeño cuya población, al tiempo de declararse la Independencia, podía calcularse en siete mil habitantes. Pero en compensación también la ciudad impondría su ley a la peri¬feria, ganando y ampliando fértiles praderas donde nacían o invernaban! caballos y muías que se vendían anualmente en el mercado altoperuano, y donde haciendas y chacras extendían cultivos de maíz, trigo, cebada, patatas, camote y numerosos frutales. En las afueras, metidos entre el bullicio de changos y gallinas, y perfumando el ambiente eon el aserrín de sus maderas, trabajaban al raso los hábiles y famosos carpinteros de Tncumán. El olor penetrante de la melaza, que llegó a ser tan característico en las décadas posteriores no había impreg¬nado entonces el aire de la ciudad.
El núcleo dirigente de toda esa actividad, o sea las clases decentes, con su foco principal en la ciudad, estaba formado por los descendientes de los conquistadores y encomenderos, de raza española pura o casi pura, donde abundaban las familias de origen peruano, altoperuano o cordobés, y donde no faltaba una cuota importante de sangre europea, representada por los españoles peninsulares. El objeto de estos indianos no era ya la conquista de Eldorado o la Trapalanda —espejismos a los que habían renunciado tras sucesivas decepciones— sino la vida política, la guerra, la carrera eclesiástica y, sobre todo el aprovechamiento comercial de las artesanías, en un tráfico ce¬loso e ininterrumpido que tenía un polo en Lima y el otro en Buenos Aires. Esta ocupación pese a la ruptura provocada por las guerras de Independencia, siguió siendo de considerable im¬portancia, estimulada por esa corriente de plata amonedada o en "piñas", que bajaba
desde el cerro del Potosí dinamizando las ciudades y rancherías del trayecto hasta sus lejanos térmi¬nos pampeanos.
Por debajo de esa "clase decente", orgullosa de su estirpe y celosa de sus privilegios, movíase la vasta muchedumbre de Zas casias, es decir todos los colores del mestizaje, desde los descendientes de español y de india, numerosos en la población rural, hasta los pardos y morenos, los cuales, negado de hecho y de derecho su acceso a la educación y a las carreras liberales, hallaban compensación económica, y hasta social, en el virtual monopolio de los oficios y artesanías, donde la mano de obra
calificada no era nada abundante: plateros, tintoreros, talabar¬teros,  carpinteros, tejedores,  ebanistas, herreros, etc.
Al margen aun de esa masa plebeya y polícroma, ponían su nota en la sociedad de entonces otros dos colores tan puros como el blanco de clase dominante, pero cuidadosamente mantenidos en situación inferior: los restos de la indiada autóctona sometida, aptos para la tarea de los cultivos en la zonas de riego natural o artificial, y los negros auténticos de origen africano, esclavos  o hijos de esclavos, cuyo número decrecía año a año por la mestización, las levas o la mortalidad, y cuyo mejor destino era el de peones en los oficios urbanos, o el de asimilados a la gens patricia a través del servicio doméstico. No tardaban aquí en hacerse indispensables, tanto por su gratuidad como por sus hábitos mansos y fieles, incorporándose a la familia, compartiendo sus devociones y sus inquinas y has¬ta adoptando no pocas veces el apellido de la casa, ambigua prolongación gentilicia que el amo no era reacio en admitir.
Aun careciendo la provincia de las vastas planicies típicas de las llanuras del sur, el ganado abundaba en sus campos a fines de la era colonial y en los primeros años del siglo XIX, donde, "siendo más bien un estorbo, dice un viajero, se le cazaba por entretenimiento". Tampoco el paisano tucumano difería mucho de su congénere pampeano. Así lo confirma el testimonio del mismo observador: "Las habilidades ecuestres del gaucho han sido notadas por todos los que han viajado por esas despobladas y vastas comarcas. Ya se le vea levantando un cuchillo a toda carrera y sostenido en el estribo o enla¬zando ganado, sus movimientos son, como en la vida casera, naturales, acompasados, elegantes, cual los de una señorita en su sala de recibo. Pero si lo vemos montado en. su silla y contándonos un cuento, sus movimientos, flexibles y armoniosos a la vez, mientras se inclina graciosamente hacia uno, resultan más elocuentes que su voz, y le hallamos mezcla de
caballero y de paisano en su corcel, conjunto éste altamente simpático y atrayente"2. Alrededor de 1780 o muy poco después, llegó al Río de la Plata el catalán don Pedro de Roca, natural de Tarragona y capitán del Rey. " Aunque hacía ya doscientos años que se había cerrado el ciclo de los Cortés y los Pizarro, y la espada había sido sustituida por el arado, el taller, el astillero y las estancias, América seguía teniendo para los jóvenes españoles, el misterio y la fantasía sin límites de la aventura heroica"3.
Pero no se detuvo el recién llegado en la capital del virreinato, sino que se internó hacia el Interior por el camino del Norte. Anclado en Tucumán, el capitán Roca casó allí con doña María Antonia Tejerina, el 3 de septiembre de 1796. La ciudad norteña, a pesar de su pequenez, era una buena llave para todas las rutas, y fue ello, quizá, lo que decidió a don Pedro Roca a trocar la espada del rey por la balanza de Mer¬curio. En Tucumán estableció pulpería y luego amplió sus actividades importando productos de otras provincias y de Chile. La doble veta castrense y comercial se repartiría luego en su descendencia, signando el destino de hijos y de nietos. En Tucumán, pues, fueron naciendo los hijos, seis al parecer: Pedro, Jacinto, Francisco, José Andrés, Segunda: y José Se¬gundo, bautizado este último el lº de junio de 1800.
Pedro y Francisco, hijos del capitán catalán, ingresaron jóvenes en los ejércitos de la Independencia americana; Se¬gunda, la única mujer, casó con Reboredo y luego se estableció en Buenos Aires. En cuanto a José Segundo, se ha dicho que tenía derecho al título de Conde de Pino Hermoso; sin em¬bargo, los tiempos andaban demasiado revueltos, en las Provin¬cias Unidas del Sur, para que alguien hubiera pensado en reclamar cartas nobiliarias de la Península... En 1816, José Roca se enroló en la compañía de Cívicos de Tucumán, donde revistó con el grado de Cabo 1°. Años después se embarcó en Chile con el ejército de San Martín e hizo un papel brillante en la campaña de Perú. Desembarcado en Pisco, actuó bajo el mando de Arenales en la Primera Campaña de la. Sierra. Luchó a las órdenes de Lavalle en la cuesta de Jauja y en
3 .Sánchez, Aurora Móiiiea: Julio Argentino Roca, Edic. Círculo Militar. Buenos Aires, 1969.
la Expedición de Puertos Intermedios, y actuó con Sucre en el Ecuador y con Bolívar en Junín. Y fue precisamente de manos del joven Roca que San Martín recibió los partes triunfales de Junín y de Pichincha,
Vuelto a la patria, en 1826, acudió a la guerra contra el Brasil, como ayudante de campo del general Mansilla. Estuvo en las acciones de Paso del Ombú y de Ituzaingó; fue ede¬cán de Alvear en Camacuá e intervino, con Lavalleja, en los combates del Puesto del Padre Filiberto.
Como a tantas otras espadas veteranas, la guerra civil envolvió al coronel Segundo Roca a su retorno de la provincia Oriental. Estuvo con Lavalle en Puente de Márquez; con José María Paz en Córdoba y con su comprovinciano Lamadrid en la retirada, después del boleo del Maneo. Tras la victoria de Quiroga en La Ciudadela, debió emigrar a Bolivia con muchos otros oficiales.
También fue episodio de la guerra civil la entrada del "unitario" Roca en la familia federal de los Paz. Durante muchos años, la sociedad tucumana recordaría el hecho por sus románticas circunstancias.
Gobernaba en Tucumán don AlejandroHeredia, antiguo oficial del Ejército del Norte, que con Bustos, Paz, Ibarra y otros, se negara en Arequito a respaldar al Directorio porteño en su lucha con las.montoneras. Algunos emigrados, encabeza¬dos por el ex gobernador Javier López, preparaban una in¬tentona para derribarlo. Pero el caudillo federal tueumano, que ya había frustrado una invasión de López en 1834, y que le había perdonado la vida por mediación de algunos jóvenes como el Dr. Alberdi, no estaba dispuesto a correr la suerte de Bernabé Aráoz, a quien fusiló en 1824. A mediados del año 1835, y conociendo que Javier López había pasado de Bolivia a Salta, donde gozaba la protección, hizo saber Heredia a las autoridades de dicha provincia que tanto el jefe salteño como "sus protegidos López y Roca", serían inmolados "si caen en manos del que suscribe". La nota estaba firmada por el gober nador Heredia y por su secretario el Dr. Juan
Bautista Paz.
La amenaza se cumplió cuando las tropas del gobierno tucumano, al mando del coronel Gregario Paz, batieron a López en el Monte Grande, sobre el arroyo Famaillá, el 23 de enero de 1836. Dos días después eran fusilados el general invasor y su sobrino el Dr. Ángel López. No ocurrió lo mismo con el coronel Roca, pese a que también cayó prisionero.
¿ Qué había impedido a Gregorio Paz cumplir íntegramen¬te la drástica orden?
Su padre y su hermana Agustina habían implorado a Heredia par la vida de José Segunda Roca. De la niña, cuéntase que se presentó personalmente ante el Gobernador! para solicitar la gracia, prometiendo casarse con el prisionera. En el ánimo de Heredia pesaron las lágrimas de la* muchacha y las razones de su ministro, como deben haber pesada también los honrosos antecedentes de Roca, guerrero de la Inde¬pendencia. .. El caso es que tres meses después, el 20 de abril de 1836 se casaban doña Agustina y el coronel José Segundo Roca con lo cual éste pasó a convertirse en cuñado del coronel Gregorio Paz, que pudo haber sido su victimario en Famaillá... En homenaje al gobernante que había dispensado la gracia, el primer hijo del matrimonio recibiría el nombre de Alejandro.
El Tucumán de los tiempos de Alejandro Heredia (1832-1838) había adquirido una personalidad política muy acusada. La provincia y su caudillo gozaban de prestigio en la república, sin que alcanzaran a enturbiarlo demasiado las continuas dis¬putas de los bandos locales, más tenidas de 'rencillas de fami¬lia, como sucede en todo pueblo pequeño, que de auténticas cuestiones de partido. La clásica división entre unitarios y federales, muy clara cuando se trataba del pleito entre las Provincias y el Puerto, como en 1820 ó 1826, perdía mucho de su nitidez al refractarse en la. vida interna de la provincia y en la" siempre encendida pasión de sus clanes. Heredia, el caudillo federal, había sido diputado de su provincia en el congreso rivadaviano del 26. A su vez, el partida tucumano conocido por ''unitario", al que perteneciera Javier. López, entendía el unitarismo de tan curiosa manera como para aceptar la Constitución rivadaviana, pero con la
reserva de seguir manteniendo su legislatura local...
Por hondo que calaran las disensiones lugareñas, los hom¬bres públicos tenían, todos, muy acentuado el sentimiento de la autonomía, sin que ello les vedará la comprensión de fines más amplios de organización nacional. El proyecto de cons¬titución tratado por la legislatura provincial en 1835, del que llegaron a sancionarse los treinta y tres primeros artículos, declaraba:
"La provincia de Tucumán tiene derecho extensivo e ina¬lienable de gobernarse a sí misma en lo perteneciente a su régimen interior, como un Estado libre e independiente, y ejercerá por sí todo poder, jurisdicción y derecho hasta que el futuro Congreso General de todas las Provincias de la Repú¬blica sancione y declare la forma de Gobierno que debe regirla".4-
El gobernador de esta provincia no respondía a la hirsuta imagen que han difundido los detractores de los caudillos, figura incivil que, al calor de un populismo mal entendido, suele ser utilizada también por muchos de sus apologistas. Lector de los clásicos, amante del latín y aficionado a la música, Alejandro Heredia era doctor, en leyes además de militar. Los decentes de Tucumán le llamaban privadamente el indio Heredia, pero la verdad es que su poder no se sobreponía despóticamente a su medio sino que era la expresión de él. Muy celoso en el mantenimiento de la autonomía provincial, y en la defensa de la causa federal en todo el noroeste argen¬tino, nunca practicó, en el orden interno, el sistema de ex¬clusivismo partidario que entonces le preconizaba, con insistencia tan suya, el Gobernador de Buenos Aires, con quien Heredia supo  mantenerse en relaciones  dignas.
En más de un aspecto este general doctor recuerda las condiciones y el estilo político de Bustos, su camarada cordobés
i Lizoudo Borda, Manuel: Historia ds Tucumán  (Siglo XIX). Pag. 62. Tucumán, 1948.
de la época de Arequito. Intransigente y duro cuando las circunstancias lo llevaban a ello, sabía ser tolerante y dúctil en el gobierno de su provincia, escuchar opiniones distintas y buscar la colaboración de todos para cumplir una tarea cons¬tructiva. Tales rasgos no alcanzaron a ser anulados por. la irritabilidad de su carácter, ni por la afición a los licores, defecto éste que sus adversarios destacaron, quizá con exageración deliberada.
Adelantándose a lo que Urquiza intentaría realizar des¬pués de 1852, Heredia pretendió fusionar los partidos en su provincia, tentativa que le valió el no del todo infundado re¬proche de Rosas, pero para lo cual había condiciones en la política tucumana. Cumplió la grande hazaña de establecer y mantener catorce escuelas en la ciudad y campaña; creó instituciones nuevas para reemplazar a las de la Colonia; redujo los aranceles eclesiásticos en beneficio de los pobres, que eran inuchos, y puso el primer teatro con que contó Tucumán. El joven doctor, Alberdi le dedicó su primer libro, y de este caudillo letrado pudo escribir un historiador local: ''Heredia fue el mandatario más culto y progresista de cuantos hubo entre nosotros desde 1810 hasta el 53''.5
Aunque era una provincia pequeña, y pese a la forzosa austeridad impuesta desde la guerra de la Independencia, contaba Tucumán con una actividad económica ponderable, fundada en las industrias artesanales del cuero y la madera; en la explotación del azúcar, incipiente entonces pero promi¬soria, y que desde 1834 se encontraba protegida por una ley; en el cultivo y elaboración de textiles; y en el comercio de yeguarizos y mulares con destino a Bolivia. Como centro vital de comunicaciones, Tucumán se beneficiaba además con su . papel de intermediaria en el comercio que otras provincias realizaban con los mercados altoperuanos, situación a la que Heredia supo dar expresión política con su incontrastada influencia sobre Catamarca, Salta y Jujuy, dentro de una estructura que venía a prolongar el tipo de federalismo concebido en su momento por Bernabé Aráoz, y que no era in-
5 Lizondo Borda:  Op. di., pág. 28.


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