[R-P] Alfredo Terzaga Historia de Roca

José María Cavalleri ingcavalleri en yahoo.com.ar
Sab Mayo 2 13:01:39 MDT 2009


PROLOGO
Estas palabras prologales carecerían de sentido sin una penosa circunstancia: la muerte de Alfredo Terzaga, acaecida en Córdoba el 28 de julio de 1974, dejando inconclusa su Historia de Roca.
El paso final de una persona conocida siempre nos merece alguna meditación. Pensamos en el muerto hasta que su ima¬gen se nos va desdibujando entre la maraña de Xa vida cotidiana. Vero hay muertos que resisten al polvo vital del olvido. Son aquellos que dejan un vacío dolorosamente palpable a nuestro lado, porque a nuestro lado hicieron mucha de su vida, definiendo al mismo tiempo nuestra propia existencia. Es el caso de los padres, la mujer, los amigos muy queridos... Es el caso, en lo que a mí se refiere, de ese entrañable amigo, maes¬tro y compañero que fue Alfredo Terzaga. Día a día, durante sus últimos años, pude compartir con él ideas y proyectos, sueños y esperanzas. Y también tareas. Y ahora es, precisamente, en ejercicio de ese modestísimo título de colaborador suyo, que debo exponer aquí unas breves referencias sobre su vida y su obra, y dar testimonio de algunos pormenores relacionados con este libro, para una mejor
 inteligencia del lector que se acerque a esta inacabada —aunque no por ello menos interesante— Historia de Roca.
Nacido en Río Cuarto el 13 de marzo de 1920, Terzaga se radicó desde muy joven en la ciudad de Córdoba, donde habría de vivir hasta su muerte. Aquí fue funcionario del Ministerio de Hacienda, primero, y del Banco de la Provincia de Córdoba, después; al mismo tiempo que ejercía la docencia, desde la cátedra de historia del arte, en la Escuela Provincial de Bellas Artes "Dr. José Figuerca Alcorta". Vero era a con¬tramano de esas labores burocráticas y escolares que discu¬rrían las jornadas vitales de un Terzaga muy diferente: el in¬telectual riguroso, de sólida formación, de sensibilidad creado¬ra, cuya inteligencia crítica, que constituía una pauta orienta¬dora de absoluta certidumbre, se explayaba en una amplia y generosa influencia educativa.
Aparecían, entonces, a plena luz, las ricas vetas de su polifacética personalidad. Así, el traductor refinado, cuyas ver¬siones de Rimbaud y de Novalis perdurarán como excepcional lección de maestría interpretativa. Así, el crítico agudísimo, que sabía penetrar lúcidamente por entre los claroscuros de la literatura, la poesía y las artes plásticas; desplegando sus pro¬fundos conocimientos en el artículo ameno, la conferencia magistral o el ensayo brillante, entre los cuales es preciso recordar a El Renacimiento y Leonardo; Goethe, la euforia terrenal; Rimbaud, la palabra y el silencio; Picasso como ar¬tista de nuestro tiempo. Y el exquisito poeta que sólo mostraba sus preseas a las miradas más íntimas. Y también el artista que llevaba en sí, y lo obligaba, a veces, a objetivar su emo¬tividad en el óleo y en el grabado. Y aun —¿por qué no?— el novelista que hubiera querido ser, para volcar en una creación sólida, profunda,
 al estilo de su admirado Thomas Mann, la tempestad y la pasión del hombre argentino de nuestro tiempo.
Porque Terzaga, el esteta exigente, el universalista que sabía solazarse voluptuosamente en las más finas creaciones del genio europeo, era insobornablemente fiel a su raigambre nacional, que lo impulsaba a indagar, a estudiar, a valorar críticamente, apasionadamente, las múltiples expresiones del ser argentino y latinoamericano. Y a preocuparse y a intere¬sarse por el antes, el ahora y el después de nuestro pueblo y de nuestra patria. Esto explica su honda, acendrada, vocación política, que si no llegó a plasmarse en una müitancia partidaria, fue porque ella se orientó hacia el ancho campo de  la didáctica,
Es de esta vertiente de la que surge el Terzaga periodista, fundador e inspirador de avanzadas — y fatalmente efímeras-revistas de ideas; director del diario cordobés Orientación durante el crítico año de 1955; sagaz analista de la política nacional y extranjera en numerosos artículos, firmados ya con su nombre, ya con los seudónimos de "Cactus", "Max Wíeland", "Manuel Cruz Tamayo"... Y el Terzaga que escribió ese me¬ritorio aporte al conocimiento físico y humano de su provincia natal que es la ¡Geografía de Córdoba, obra, todavía hoy, única en su género. Y, finalmente, el Terzaga historiador, síntesis de su variada y compleja personalidad intelectual.
No fue la historia el amor primero del escritor riocuartense. Ella, sin embargo, llegaría a dominarlo tan intensamente, hacia los últimos años de su vida, que sus inquietudes estéticas y literarias quedarían relegadas a un modesto segundo plano. Terzaga se fue aproximando al estudio de la historia lentamen¬te, no por la vía muerta de la afición por el pasado, sino por el camino franco de la pasión por el presente. En la indagación de nuestro ayer, buscaba las raíces de nuestro hoy y la cifra de nuestro mañana como comunidad nacional. Pues, si bien sos¬tenía — siguiendo a Edward Hallett Carr que "la función del historiador no es amar el pasado ni emanciparse de él, sino dominarlo y comprenderlo, como clave para la comprensión del presente"; también concebía a la historia como una hazaña de la libertad, o sea, como la lucha del hombre para conquistar su libertad como ser en el universo y como persona en la so¬ciedad. En consecuencia,
 el fin último de la labor del historia¬dor no podía agotarse en la mera comprensión del presente. Mediante la crítica, la interpretación y la valoración del pasado, esa labor debía, además, permitirle al hombre actual saber lo que ha de aceptar y lo que ha de rechazar de ese pasado, no sólo para poder comprender el presente, sino, principalmente, para estar en condiciones de transformarlo.
Por eso, la obra realizada por el riocuartense en este campo que recién comenzaba a dar sus frutos más logrados cuando la muerte vino a interrumpir su trabajo— no se confina en las aguas estancadas del simple relato de nuestras pasadas con¬tiendas. Su interpretación crítica de esas luchas se proyecta, como un poderoso haz de luz, sobre sobre nuestras luchas actuales,cuyo significado Terzaga descifraba con absoluta claridad, por ser él mismo un digno combatiente en las filas de la causa nacional y popular. Su trinchera era la historia. La historial era su manera superior de hacer política.
De ahí que su producción historio gráfica no gira en el vacío de las indefiniciones teóricas, como sucede con tantos autores que confunden la objetividad con la ausencia de todo espíritu crítico; cuando no confunden, por el contrario, la fide¬lidad a un ideario determinado con la carencia de la más ele¬mental objetividad. Conviene citar nuevamente a Carr —por cuya obra sentía Terzaga profunda estima—, cuando dice que "algunos historiadores escriben una historia más duradera, con un carácter más defintivo y objetivo que las de otros; y son éstos los historiadores que poseen lo que quisiera llamar vi¬sión a largo plazo del pasado y del futuro. El historiador del pasado no puede acercarse a la objetividad más que en la me¬dida en que se aproxima a la comprensión del futuro". Al¬fredo Terzaga, con su sólida responsabilidad científica y su inflexible rigor intelectual, es uno de los más cabales exponen-tes del revisionismo
 histórico socialista - o de la izquierda nacional, si se prefiere -, escuela que tiende a superar los esquemas de la historiografía llamada "oficial", tanto como los del revisionismo llamado "rosista" (tendencias ambas que ex¬presan, en términos inversos, la concepción que los tradicionales intereses porteños tienen de la historia argentina), para proyec¬tarse hacia una visión totalizadora de nuestro pasado, en la cual se articulan coherentemente los papeles representados por el Tuerto, el Litoral, y el Interior; los intereses nacionales y los extranjeros; las masas y las élites.
No extrañará, entonces, el interés que despeñaba en Terzaga la figura histórica del general 'Julio Argentino Roca. El Conquistador del Desierto y ese complejo movimiento de fuerzas conocido generalmente como "roquísmo", que él personificaba, son uno de los temas menos conocidos y estudiados de nuestra breve historia independiente. Sobre ellos cayó el peso combinado del silencio, que tiende a borrar de la conciencia de los pueblos el recuerdo de una tradición quebrada; de la apología insustancial y fosilizada, mediante la cual esa tradición es divorciada de la vida real; y de la crítica falsamente científica y revolucionaria, que pretende enterrar aque¬lla tradición en nombre de ideas avanzadas. No se trata, na¬turalmente, de una coincidencia gratuita. De lo que se trata es de quebrar la tradición revolucionaria de las masas argen¬tinas, dividiéndola en dos compartimentos estancos, de modo que las luchas populares del siglo pasado no
 proyecten su fuerza sobre la acción de las masas actuales; y que éstas, a su vez, no tengan conciencia de que son las herederas de un largo proceso revolucionario, que sólo ellas podrán llevar al triunfo final. La revolución del 80 y su expresión política, el roquismo, constituyen la vía a través de la cual el espíritu del federalismo democrático, expresado en las viejas montoneras criollas, pasa a los grandes movimientos nacionales de nuestro siglo: el yrigoyenismo y el peronismo. He ahí la enorme impor¬tancia que reviste para el presente y el futuro argentinos, una obra que logre desenmarañar y hacer inteligible el significado profundo del vilipendiado roquismo. Esa era la finalidad del trabajo de Alfredo Terzaga, que sólo en parte pudo lograr.
 Terzaga ya había dedicado varios ensayos notables al pasa¬do de su provincia, entre los cuales deben nombrarse Córdoba en la solución del pleito argentino (1852-1880); Juistiniano Posse: una trágica muerte y su lección política; Mariano Fragueiro, un socialista en tiempos de la Confederación; Clericalismo y liberalismo: las dos caras de la medalla cordobesa; y Un banco cordobés entre el ferrocarril y los indios. Vara cuando hu¬biera terminado su Roca, acariciaba la idea de escribir una obra sobre otro de los temas tabú de nuestro pasado; la polí¬tica seguida por el gobernador bonaerense Juan Manuel de Rosas frente a las provincias y a los anhelos que éstas tenían de organizar el estado nacional. Este trabajo, para el cual ya había tomado numerosas notas, llevaría por título Rosas: pro¬vincia y nación. Pero su obra de mayor aliento sería,sin duda, esta Historia de Roca. Historia, no biografía, pues, sostenía Terzaga, no se trataba
 de relatar la vida de un héroe, sino de in¬terpretar el desenvolvimiento de un proceso histórico, a través del hombre más representativo de las fuerzas que generaron ese proceso.
En un principio, Terzaga proyectaba ejecutar este libro en dos tomos, que se titularían De soldado federal a Presidente de la República, el primero, y El Zorro y el Régimen, el segundo. Más adelante, y a medida que avanzaba en un trabajo, admitió la necesidad de un tercer tomo. De este modo, aquellos títulos servirían para designar a los tomos primero, dedicado a los orígenes del roquismo, y tercero, que trataría sobre su ocaso; el segundo tomo estaría consagrado a la década del auge del roquismo (1880-1890) y se llamaría, posiblemente, La cons¬trucción del estado. En esta edición, limitada al primer tomo, se conserva para éste el título particular elegido por el autor.
Aunque durante el Último año de su vida trabajó febril¬mente, abandonando — como si previera que su tiempo se ter¬minaba— toda otra preocupación que no fuera este libro, Terzaga no logró verlo acabado. Llegó solamente a dejar lista la mayor parte del primer tomo, que debía concluir con la asun¬ción del mando presidencial por parte del general Roca, sin alcanzar a escribir sus últimos capítulos. No obstante, la obra no pierde interés, pues lo escrito llega hasta los comienzos de 1880, comprendiendo así toda la génesis del complejo proceso que lleva a la presidencia al militar tucumano, o sea, la etapa menos conocida y estudiada de ese importante período histórico.
Esta edición, pues, concluye con el capítulo 21, 1880: El año crucial del que quedaron sin tratar por el autor los siguien¬tes puntos, que figuraban en el temario del borrador: Eleccio¬nes de febrero para diputados nacionales; Entrevista Avellane¬da-Tejedor; Candidatura Bernardo de Irigoyen; Tejedor con¬sigue mayoría parlamentaria; Candidatura Sarmiento; Eleccio¬nes presidenciales del 11 de abril; Incidentes; Mensaje de Tejedor del 1º de mayo; Créditos para la compra de armas; Incidentes en Diputados de la Nación; Entrevista Roca-Te¬jedor; Ultimo mensaje de Avellaneda; y Formación del Partido Autonomista Nacional. Como queda dicho, tampoco pudo Terzaga redactar los capítulos finales: el 22, titulado La guerra civil; el 23, La asunción del mando; el 24, El país hacia el 80; el 25, que estaría dedicado a trazar un retrato físico y moral del personaje; y, posiblemente, un epílogo, que sería una sín¬tesis de todo lo tratado en este
 tomo. En consecuencia, y para una mejor comprensión por parte del lector corriente, se, ha) creído oportuno agregar una adeuda escrita por el hija del autor? Gustavo Terzaga, con una narración sucinta de tecímientos políticos acaecidos en el país, desde el momento en que queda trunca la exposición del historiador riocuartense, hasta el 12 de octubre de 1880, fecha en que asume la presi¬dencia de la República el general Roca.
La obra debía llevar también una introducción, en la cual Alfredo Terzaga expondría ampliamente el criterio que lo guia¬ba al emprender este trabajo. De ella dejó redactada apenas una página manuscrita, que es el texto incluido en la presente edi¬ción, pues se juzgó que, a pesar de su extremada brevedad, arro¬ja suficiente luz sobre los propósitos del escritor. El libro se completa con un apéndice documental preparado por el propio autor.
Alfredo Terzaga deseaba, asimismo, manifestar pública¬mente su reconocimiento a las personas que le habían brindado una generosa colaboración. Llevaba para tal fin una nómina, que, posiblemente, aún estuviera incompleta. En base a ella, y en nombre de mi amigo, debo finalmente dar testimonio, de su agradecimiento a los señores Alfredo J. Alonso,Miguel Ángel Cárcano, Gustavo Centeno, Fermín Chávez, Luis Rodolfo Frías, Norberto Galasso, Carlos Páez de la Torre (h.)} Carlos H. Payá, Fernando Horacio Paya, Jorge Abelardo Ramos, Marcos Roca, Emilio Rojas de Villafañe, Isidoro J. Ruiz Moreno, Hipólito Sáa y Víctor Saá, que le aportaron cordialmente datos, documentos, informes u opiniones; al Dr. Guillermo Gallardo, ex Director del rchivo General de la Nación, y ala dirección y el personal de la Biblioteca Mayor de la Universidad Nacional de Córdoba, por las atenciones recibidas en esas instituciones; y, especial¬mente, a la archivera
 señorita Luisa Ángela Ceballos Gigena, que tan eficazmente lo secundó en la búsqueda y clasificación de datos, así como en las tareas mecanográficas.
DEN1S CONLES
Córdoba, febrero de 1975




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