[R-P] [Reportaje sin desperdicio] Horacio Giberti, preciso como siempre

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Dom Mar 29 10:06:19 MDT 2009


Gentileza de Ana Lorenzo

Compañeros:
He aquí un analista riguroso de la realidad. El remarcado es mío.

[El remarcado se ha perdido en el pasaje a texto simple... NMG]

Cariños.

       Ana

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"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace:
 ganémosla a pensamiento". José Martí.
***************************************************************
  Saludos cordiales.
  Ana T. Lorenzo.
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2009. Año de Homenaje a Raúl Scalabrini Ortiz



IADE / Realidad Económica


Reportaje a Horacio Giberti: “Se comerá más polenta que carne”

Fecha: 17/3/2009 13:30:00 | Tema: Dossier - Retenciones, dólar alto,
inflación y rentabilidad agrícola en Argentina

Tiene 91 años y las ideas muy claras. Fue secretario de Agricultura y
una ley de explotación de tierras lleva su apellido. Lúcido ingeniero,
opina que tanto las entidades agropecuarias como el Gobierno no
fundamentaron las bases de su enfrentamiento. Y a un año del inicio
del conflicto rural, fustiga a los pools de siembra y afirma que habrá
crisis alimentaria. Polémico. Esclarecedor.


Mientras los temas de las relaciones campo-Gobierno, Gobierno-campo,
se entretejen desde hace ya un año con nuestras vidas, conversamos
animadamente –en un coqueto departamento de Caballito, poblado de
recuerdos– con el histórico ingeniero Horacio Giberti. Como secretario
de Agricultura, fue el autor de la ley que lleva su nombre y, desde
sus notables 91 años, recuerda que ésta comenzó a elaborarse en 1973.

—Se hizo un proyecto que demoró varios meses –recuerda, y se apura en
añadir modestamente:– se lo llamó ley Giberti, pero corresponde
aclarar que no la escribí yo, sino que la redactó uno de mis asesores,
el Dr. Augusto Reinhold, especialista en legislación agraria. Desde
luego que, como amigos, veníamos conversando sobre ella desde mucho
tiempo antes. Teníamos ideas comunes y, repito, la redactó él porque,
como especialista, tenía una visión de conjunto que, desde luego, no
deja de reflejar mi propio pensamiento básico. Se la dio en llamar ley
Giberti porque en 1974 ya comenzaba a accionar la siniestra Triple A:
yo había sido amenazado junto con mi subsecretario, y no me pareció
prudente exponer a Reinhold siendo yo responsable de los fundamentos
que, luego, él escribió. No quiero dejar de rendirle justicia.

—¿Por qué cree usted que, a pesar del tiempo transcurrido, los
sociólogos especializados en temas agrarios aún la recuerdan?

—Era una ley muy amplia. Tenía más de 90 artículos y pretendía, en un
cuerpo de ley, incorporar principios que ya estaban en la legislación
argentina, y otros que eran totalmente nuevos. Creo que lo que puede
dar una idea del espíritu de una ley son sus primeros artículos. Allí,
se señalaba que el Estado aseguraba la propiedad de la tierra cuando
ella cumplía su función social. Esto nunca había sido definido
claramente en términos legales, y ahí se explicitaba que “la tierra
cumple su función social cuando produce de acuerdo a la conservación
del recurso y cuando se atiende a una justa distribución del ingreso
generado”. Esas eran las condiciones que significaban el cumplimiento
de la función social. Y la tierra que se ajustaba a ellas tenía
asegurado el derecho de propiedad. En cambio, aquella que no cumpliera
esas funciones podía ser expropiada por el Estado al comprobarse, por
ejemplo, que llevaba 20 años sin producir.

—¿Sin ninguna indemnización?

—En esos casos, no.

—¡Convengamos que era altamente polémica, ingeniero!

Giberti se sonríe.

—Sí, fue polémica, pero recuerde que el país pasaba por un momento
político muy especial. Quizá por eso se exageraron bastante los
alcances de esa ley.

—Bueno, era una especie de reforma agraria, ¿no?

—No. Diría que no. Justamente, en forma contemporánea, yo hice un
trabajo como tarea académica que consistía en definir (para mí, claro)
el concepto de reforma agraria. Y señalaba justamente que esa ley no
podía calificarse como tal aun cuando modificara bastante la
legislación vigente. Una reforma agraria va mucho más allá que una
simple legislación acerca de la tenencia de la tierra, porque abarca
muchos otros conceptos económicos y sociales. Sobre todo, un cambio
muy rápido y profundo en las formas de producción y la tenencia de la
tierra.

—Y tantos años después, ingeniero, ¿cómo ve la situación por la que
atraviesa el campo argentino?

—Obviamente, son tiempos muy distintos. En aquellos momentos, nuestra
preocupación fundamental era fomentar la productividad como única
forma de aumentar la producción ya que, por ejemplo, en la región
pampeana la tierra ya estaba ocupada en su totalidad. Si no se
producía más por hectárea, era imposible aumentar la producción
agropecuaria pampeana. Uno de los obstáculos, considerado entonces muy
importante, radicaba en que había bastante cantidad de propietarios
que trabajaban medianamente, o mal, extensiones grandes que, aun así,
les generaban un alto ingreso. Sin demasiada tecnificación, tenían una
administración muy sencilla. Hoy, la situación es totalmente distinta.
Quiero decir que aquella ley, si bien tiene principios que permanecen
siendo válidos, también apuntaba a mejorar una situación que ya no
existe.

—A la luz, entonces, de aquella experiencia, ¿cómo observa esta
situación atípica que, desde hace un año ya, estamos viviendo?

—Las características de la producción actual son, para mí, las
siguientes: evidentemente, en su mayoría, los productores
agropecuarios apuntan a aumentar la productividad. Por eso,
justamente, ha aumentado tanto en una superficie que ya estaba
ocupada. Pero me parece que, paralelamente, ha habido una gran
concentración de la producción, porque buena parte de esta producción
ha pasado a estar en manos de arrendatarios, a veces por períodos de
una sola cosecha.

—¿Usted se refiere a los “pools”?

—Sí. A ese tipo de contrataciones que, en realidad, son actividades
financieras que buscan una utilidad grande en un período breve. Si
mañana esa producción agropecuaria deja de tener márgenes grandes,
salen de ella y van hacia otra actividad. Por eso estas entidades
trabajan sobre tierra arrendada de mayor agilidad financiera que si
fuera propia. Lo hacen con máquinas contratadas. En una palabra, en mi
opinión, no son empresas estables propiamente dichas. Como empresa de
negocios no está mal, pero es, digamos, una empresa de riesgo que
apunta fundamentalmente a buscar alta rentabilidad en poco tiempo. No
busca la permanencia. Y esto, en el sector agropecuario, es serio.
¿Por qué? Pues porque si bajan los precios, como está ocurriendo
ahora, todas esas actividades van a pasar a otras áreas. En vez de ser
elementos anticíclicos, agravan el ciclo. Cuando la producción
agropecuaria está en manos de verdaderos empresarios, sobre todo
productores medianos y pequeños, hay una permanencia en la actividad
que resiste los malos precios y, desde luego, aprovecha los buenos.
Pero, insisto, allí hay una permanencia. Es una actividad que se
arraiga en el contexto social. En una palabra: lo que ocurría con el
chacarero tradicional, que no solamente trabajaba allí sino que lo
hacía con toda su familia, que también vivía años enteros en esas
tierras. Ese chacarero compraba y vendía en el lugar propiamente
dicho. En cambio, estas empresas, estos pools, se abastecen en sus
sedes sociales y en grandes cantidades, lo cual les permite lograr
mejores precios pero no son un elemento de desarrollo local. Por eso,
insisto en que ha habido un cambio estructural que no es
satisfactorio. Hoy, el 20% de los productores está entregando
alrededor del 80% de los granos. Me parece que es un grado de
concentración que no es saludable y que provoca una estructura agraria
endeble con ingresos locales que se transfieren a los centros de
administración.

—Los chacareros no dicen eso, ingeniero...

—Los que quedan no dicen eso, pero hoy no son mayoría. Se defienden
como pueden. Desde luego. Pero yo opino que por parte del sector
agropecuario no se está transmitiendo la verdadera estructura agraria.
Se habla como si fuera un todo de empresas con las características que
le acabo de señalar.

—¿Qué piensa de las retenciones?

—El tema de las retenciones debe ubicarse dentro del panorama
nacional. En la Argentina, la producción pampeana goza de una gran
ventaja, como sus condiciones naturales, y el tipo de cambio para
exportar esa producción puede ser menor que el que corresponda a otras
actividades. Por ejemplo, industriales o también agropecuarias, pero
no pampeanas. De allí nace la necesidad de tipos de cambio
diferenciales, porque un tipo de cambio que permita exportar
adecuadamente las producciones pampeanas es insuficiente, por ejemplo,
para las no pampeanas. Esa necesidad de tipos de cambio diferenciales
viene de antaño en la economía argentina, y se ha resuelto de distinta
manera. Una: creando verdaderamente tipos de cambio distintos, según
sea el producto exportado. Otra: fijando un tipo de cambio único, pero
estableciendo retenciones que, en realidad, implican el mismo alcance
que el tipo de cambio diferencial. La otra solución fue, en momentos
de comercialización estatal, que el Estado, por su cuenta,
estableciera los precios y, en realidad, tipos de cambio
diferenciales. Las retenciones deben considerarse dentro de ese marco
y son, para mí, necesarias. Lo que se puede discutir es su magnitud.

—¿El 35% le parece correcto?

—Mire, aquí hay un problema que atañe tanto al sector agropecuario
como al Gobierno. Tanto uno como otro han discutido ampliamente (y
hasta se han insultado), pero han presentado muy pocos estudios
objetivos de modelos de producción que indiquen cuál es la verdadera
situación económica y financiera. Con los pocos elementos de que
dispongo, le diría que, hasta hace unos meses, el ingreso asegurado
para el productor agropecuario medio, con las retenciones existentes,
era muy satisfactorio. Ahora, la situación es distinta, pero no
olvidemos que estamos en otra cosecha. Termina la cosecha gruesa del
año pasado. Tendría que empezar una nueva, y nos encontramos con que
hay cinco o seis millones de toneladas acumuladas en el campo.

—En las bolsas...

—Sí. O sea que hay cuando menos un grupo de productores del agro que
tienen la suficiente capacidad financiera como para soportar un año
agrícola entero sin vender. Esto está indicando que, por lo menos un
grupo, tuvo un ingreso muy satisfactorio. Si no, no hubiera podido
guardar.

—Ingeniero, disculpe mi ignorancia, pero ¿cuál sería la objeción a
este almacenamiento? ¡Enhorabuena que la tierra produzca y se pueda
acopiar!

—Claro que sí, pero entonces no es compatible tener cinco o seis
millones de toneladas acumuladas sin vender y proclamar que la
situación del campo es desesperante.

—Pero, ¿acaso la sequía no es desesperante?

—Desde luego que la sequía ha sido muy seria, pero felizmente se está
aliviando, aunque cuando llueve intermitentemente las cosas no se
arreglan de un día para el otro. Los efectos perniciosos se han
marcado, pero todo eso se va a sentir en el futuro.

—¿Por qué piensa usted que se ha llegado a este nivel de confrontación
cuando recién ahora, después de un año, se ha logrado que haya una
mesa de discusión conjunta entre el Gobierno y el campo?

El ingeniero Giberti se ríe quedamente.

—Mire, mi experiencia es una cosa, y acertar en las ideas es otra.
Además, cada uno tiene conceptos básicos que pueden ser distintos a
los de otros. Cada uno de nosotros interpreta que lo mejor es aquello
que más se adecua a su forma de pensar. Con esto le estoy diciendo que
lo que yo considero mejor puede no serlo para otro. En el caso del
productor agropecuario, pienso que, desde el comienzo de este
entredicho, que ya lleva un año, ha habido profundos errores tanto del
Gobierno como de las entidades agropecuarias. Y le explico: el
Gobierno, porque toma una serie de medidas fundamentales que, en
principio, están bien, pero prácticamente no las fundamenta ni las
explica. Por ejemplo, cuando se establecieron las retenciones, el
Estado debería haber publicado una serie de modelos económicos
mostrando cómo los distintos tipos de explotaciones podían soportar
esas retenciones. Por otro lado, el sector agropecuario se opuso
violentamente a ello y tampoco mostró cifras objetivas que asentaran
su posición. Y también se cometió un profundo error: el Gobierno no es
una entidad similar a las agropecuarias. Son cosas muy distintas. El
Gobierno representa (por lo menos teóricamente) los intereses
generales. Las entidades del sector agropecuario representan los
intereses de sus afiliados, que no siempre coinciden en forma absoluta
con los intereses generales. Como en cualquier actividad, en el sector
agropecuario hay que recortar beneficios propios en beneficio del
interés general.

—Pero al menos es destacable que, por primera vez, se forma una Mesa
de Enlace entre entidades muy distintas...

—Bueno, en cuanto a esas entidades, yo creo que también ha habido un
error. Lo mismo que de parte del Gobierno. Las entidades se presentan
como representativas del sector agropecuario y el Gobierno las toma
como tales. Pero el último censo agropecuario nos dice que sólo el 12%
o 15% de las explotaciones están afiliadas a alguna entidad gremial. Y
hay alrededor de un 30% que están afiliadas a cooperativas. O sea que
la mayor parte de las explotaciones no están afiliadas a ninguna
entidad. Por supuesto que las entidades son respetables, en la medida
en que representan a sus asociados, pero allí hay un error de las
entidades cuando se presentan como representantes de todo el sector. Y
el Gobierno comete otro error en aceptar que representan a todo el
sector. Lo cual no quiere decir que no puedan sentarse a conversar y
discutir, pero aceptemos la realidad... Nadie puede negar la
importancia que están adquiriendo los autoconvocados, que han llegado
a organizar actos a los cuales invitan a las entidades gremiales. Cosa
que, en realidad, es un absurdo, porque deberían ser las entidades
gremiales las que invitaran a sus afiliados y, marginalmente, a los no
afiliados. Aquí, es al revés.

—Como ingeniero agrónomo, ¿qué piensa del problema con la leche, con
los tamberos pidiendo un peso el litro en el tambo, desde hace meses?

—Ahí hay un problema fundamental, que es el margen que existe entre el
precio al consumidor y el precio al productor. Me parece que es
exagerado. La lucha justa debe darse por disminuir ese margen. Luchar
solamente por aumentarle el precio al productor que, con los márgenes
actuales, aumentará el precio al consumidor, me parece que no es el
único fin. En Francia, por ejemplo, se ha establecido desde hace
tiempo que el precio al productor es el 50% del precio de la leche en
las góndolas de los supermercados. Nosotros estamos muy lejos de esa
relación. Yo no digo tampoco que la misma relación que hay en Francia
sea justa en la Argentina. Pero sí creo que debe estudiarse y que, en
beneficio del consumidor, hay que trabajar en ese punto porque,
reitero, sólo pensar en el precio al productor sin considerar la
justicia de los márgenes de comercialización es olvidarse de los
intereses generales o del consumidor.

—Cuando hablábamos recién, ingeniero, del tiempo transcurrido, usted
señalaba los errores cometidos de uno y otro lado... De acuerdo con su
larga experiencia, si hoy usted tuviera poder de decisión, ¿qué
diferencias introduciría en esta situación campo-Gobierno?

—Plantearía una cuestión política. El poder de decisión de una persona
tiene muy poco valor si no está apoyado por una opinión mayoritaria
firme. De manera que lo que yo pueda pensar en este momento no sé si,
honesta y sinceramente, responde a lo que la mayoría de la población
desea. Justamente, en este momento, la mayoría de la población tiene
muy poca orientación, precisamente por los errores que han cometido el
Gobierno y las entidades agropecuarias al no clarificar objetivamente
los fundamentos de sus posiciones. Por supuesto que yo no haría lo que
pensaba en 1974... No porque entonces estuviera mal, sino porque las
circunstancias han cambiado. Más allá de que las circunstancias
endógenas han cambiado, hoy existe el muy serio problema de la
recesión mundial. No sabemos realmente cuánto va a durar, y así como
quienes no vieron venir esta crisis se equivocaron, también los que
hablan de una crisis de uno o dos años lo hacen sin fundamento. Lo que
sí creo es que estamos inmersos en una crisis mundial que nos va a
perjudicar mucho. Posiblemente nos tome en una situación bastante
mejor que la de otros países y, desde ya, mucho mejor que la que tuvo
la Argentina en la crisis del 30.

—Desde ya, son crisis diferentes. Pero el que mira la situación desde
afuera no puede dejar de advertir que, si bien el mercado inmobiliario
o la industria automotriz presentan terribles quebrantos, los
alimentos no van a dejar de consumirse. Por lo tanto, es urgente que
nos pongamos de acuerdo para vender lo que producimos. En una palabra,
¡comida!

—Sí, se van a seguir consumiendo alimentos, pero en menor cantidad,
porque habrá gente que va a pasar hambre. Descarnadamente, éste es el
panorama: gente que va a disminuir su consumo e irá cada noche a
acostarse con hambre. Gente que va a cambiar la calidad de su
alimentación al substituir alimentos caros por otros más baratos. O
sea que, efectivamente, vamos a vender alimentos, pero no en las
cantidades que podían pensarse para un mundo en mejor situación que la
actual. Posiblemente la demanda de carne disminuya mucho más que la de
trigo. En una palabra: la gente de menos recursos acabará comiendo más
polenta y menos bifes...

*Horacio Giberti. Su trayectoria es imposible de resumir, se destacan
algunos hitos: entre 1973 y 1974 fue secretario de Agricultura de la
Nación en el gabinete de José Ber Gelbard, el ministro de Economía de
Héctor J. Cámpora. Antes, desde 1958 a 1961, presidió el Instituto
Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). Fundó, además, el Grupo de
Estudios Agrarios (GREA) y es su Director. Es Profesor Honorario de la
Universidad de Buenos Aires (UBA). Tenemos el honor de que presida el
Comité Editorial de nuestra revista Realidad Económica y además es
Presidente Honorarios de nuestra institución.

Magdalena Ruiz Guiñazú. Es una de las periodistas más importantes de
la Argentina, distinguida con innumerables premios. Conduce
diariamente Magdalena Tempranísimo

Fuente: Diario Perfil - 15.03.2009





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Néstor Gorojovsky
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