[R-P] Nuestro folklore mestizo Gregorio A. Caro Figueroa

José María Cavalleri ingcavalleri en yahoo.com.ar
Lun Mar 16 05:30:22 MDT 2009


Este texto se publica como editorial del número 500, de marzo de 2009, de la revista "Todo es Historia" que dirige el doctor Félix Luna. 
Por su medio millar de entregas y  por su continuidad, "Todo es Historia" es una excepción dentro de las publicaciones periódicas argentinas dedicadas a la cultura.
El número 500 está dedicado a don León Benarós, estudioso del folklore nacional que escribe en nuestra revista en su sección "El desván de Clío", en mayo de 1967, cuando apareció su primer número. 
Se autoriza la reproducción o reenvío de "Nuestro folklore mestizo", mencionando el autor y la revista que lo publica.
 
 
 

 

Nuestro folklore mestizo

 

                                                                                                                                               Gregorio A. Caro Figueroa

 

 

         Probado está que el interés por rescatar la cultura popular despunta cuando las energías de las que ésta se nutrió comienzan a languidecer, bajo la amenaza de desaparecer. Es lo que ocurrió en Europa a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, cuando al difuminarse, el “folk” atrajo el interés de los intelectuales europeos.

 

         “El folklore empieza cuando esas manifestaciones populares se van anemiando y tienden a desaparecer. Se buscan sus elementos cuando la costumbre, la canción, la frase, el refrán, se van perdiendo y olvidando”, escribió Pío Baroja en 1940, observando que el pueblo español estaba perdiendo sus condiciones de invención y de creación.

 

         En la misma dirección, refiriéndose al folklore, Marcel Mauss señaló que “los hechos que se trata de observar y los datos y objetos que se trata de recoger desaparecen rápidamente. Puede esperarse para desenterrar ruinas o monumentos prehistóricos; no tiene espera la observación de los pueblos aún vivos, de objetos todavía en uso, de dialectos de nuestra cultura occidental”.

 

         Mauss advirtió que era “preciso darse prisa para la recolección, pues en poco tiempo desaparecerá la cosecha, podrida por el pie (…) Con los últimos viejos de cada pueblo caen las costumbres, el conocimiento de los mitos, de las leyendas, de las fábulas, de las técnicas antiguas, de todo lo que constituye el saber y la originalidad de una civilización (…) Ahora o nunca, hay que recoger los objetos y los datos”.  

 

         En Chicago en 1893, cuarenta y siete años después que William John Thoms acuñara el término folklore, Paul Groussac consideró “necesario y urgente, antes que la rápida evolución del país acabe de borrar nuestras huellas originales, reunir en colección todos los elementos genuinamente argentinos de la antigua vida campestre, que se tornará muy pronto legendaria”.

 

         Alguien tan poco sospechoso de nativismo y pintoresquismo como Groussac llamó a rescatar hábitos, estilo, poesía y música tradicional en la creencia que nuestro folklore “se contará entre los más interesantes de su género y representará un precioso trasunto del alma popular argentina”.

 

         Desde 1880 ya venía haciendo ese trabajo Samuel Lafone Quevedo, primero en utilizar el concepto folklore en la Argentina. Obra que, a partir de 1890, continuaron Juan B. Ambrosetti, Daniel Granada y Adán Quiroga. Perfeccionada luego, entre otros, por Carlos Vega, Isabel Aretz, Orestes Di Lullo, Rafael Jijena Sánchez, Manuel Gómez Carrillo y por Augusto Raúl Cortazar.  

 

         Sobre estas pautas hemos elaborado este número 500 de Todo es Historia que presentamos con orgullo a nuestros lectores dedicado al más antiguo colaborador de esta publicación, el doctor León Benarós, él mismo un eminente cultor del género.

 

         En la primera década del siglo XX, Andrés Chazarreta se dio a la tarea de rescatar música y danzas tradicionales. “En contacto con gente del campo, sentí la necesidad de que danzas y cantares de nuestra tierra no se pierdan. Conocí músicos y cantores del interior de mi provincia. Aprendí de ellos esas melodías silvestres, puras”.

 

         En 1916 grabó sus primeros discos, llevó la danza nativa a escenarios porteños y, a lo largo de cuarenta años, publicó ocho álbumes con música folklórica. Rencores provincianos por la autoría de la zamba “López Pereyra”, agitados durante años dentro y fuera de los estrados judiciales, no pudieron desmerecer la importancia y el carácter precursor del trabajo de Chazarreta.   

 

         El catamarqueño Juan Alfonso Carrizo (1895-1957) fue quien dio el gran salto en esta ardua empresa de rescate de nuestro cancionero tradicional. Maestro de escuelas, Carrizo comenzó su largo y paciente trabajo en 1912. Fruto de esa labor fue su primer libro, “Antiguos cantos populares argentinos” (1926)

 

         Los “Cancioneros” de Carrizo se editaron entre 1926 y 1945. En ellos recogió 24.000 cantares conservados en la tradición oral de los viejos pobladores de las provincias del antiguo Tucumán. “Todos ellos fueron tomados de la boca del pueblo”, explicó Carrizo.

 

         El folklorismo simplificador y purista suele ignorar las conclusiones a las que llegó Carrizo en su monumental libro “Antecedentes hispano-medievales de la poesía tradicional argentina” (1945), en el que prueba el origen diverso y la antigüedad de las tradiciones populares de América, que se remontan a la España de los siglos XIV al XVII.

 

         Con exuberante e irrefutable erudición, Carrizo demostró que nuestro Cancionero Popular hunde sus raíces en “los cantares venidos de la España medieval o del Siglo de Oro, formas y temas provenientes de otras fronteras y aún de otras civilizaciones”.

 

         Lo que los paisanos del Norte argentino recitaban antaño, reproducía –recreando- textos de la Biblia, poemas del Dante, poesía anónima alemana, hindú, persa, árabe, judía y griega. A través de cuentos, canciones, refranes, leyendas y adivinanzas, “la Edad Media y el Renacimiento viven en el alma de nuestras provincias”. 

 

         “La penetración de la poesía tradicional española en América fue tan profunda como valioso su acopio; para comprobar esto último baste saber que la España del descubrimiento y de la conquista fue la del Siglo de Oro de sus letras, cuando produjo sus obras de valor más universal”, señaló Carrizo.

 

         El esfuerzo de Carrizo le permite constatar el carácter mestizo de nuestro folklore, hecho negado en los últimos años por el maniqueísmo ideológico empeñado en afirmar la contraposición radical entre cultura nativa y cultura universal, homologada peyorativamente a globalización percibida como ajena,  hostil, invasora y colonizadora. Esta visión está emparentada con la matriz de la “limpieza étnica”.

 

         Tal rechazo se edifica sobre una profunda ignorancia y la negación de la historia americana en su desafiante complejidad. En “El pensamiento mestizo” (2007) Serge Gruzinski, llega a la misma conclusión que Carrizo: “Muchos de los rasgos característicos de las sociedades indias de América provienen de la península ibérica, y no del lejano pasado prehispánico con el que el etnólogo nostálgico se apresura a relacionarlos”. 

 

         Como en el caso de la cultura popular europea, en nuestra América de raíces indígenas e influencia latina, pureza y carácter homogéneo, monolítico e inalterable son un mito. “No hay en la Europa moderna ninguna tradición pura o inmutable o quizá nunca la haya habido”, afirma Peter Burke.

        

         Habrá que concluir parafraseando a Michael de Montaigne. Si, como él dijo: “Un buen hombre es un hombre mezclado”, una buena cultura suele ser producto de un intenso proceso de intercambios, antes que de un cierre hermético, exclusivista, inmovilista, refractario y purista.

 

         El del folklore parece terreno fértil para tópicos y lugares comunes. Si ellos, como dice George Steiner, “son verdades cansadas” y conformistas, la tarea por delante es exigente: aproximarnos a la verdad por los caminos de la complejidad, eludiendo atajos del maniqueísmo.-

 


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