[R-P] "Para ser pobre, prefiero serlo en Chile", dice el rector de la Universidad Di Tella
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Jue Mar 5 14:04:56 MST 2009
[Lo arrojo a vuestras fauces. Serán bienvenidos todos los comentarios]
Opinión
Las venas abiertas de la Argentina, más allá de la ideología
Juan Pablo Nicolini
Para LA NACION
Jueves 5 de marzo de 2009
A principios de los 70, Eduardo Galeano publicó la primera edición de
Las venas abiertas de América latina , y durante las siguientes tres
décadas su libro fue reeditado más de 70 veces.
Producto de una época particular, con una visión que no comparto y con
algunos diagnósticos con los que estoy francamente en desacuerdo, este
libro tiene una enorme virtud: es el primer proyecto intelectual de
llegada masiva que establece la penosa e insoslayable realidad
latinoamericana. Esta patria grande que imaginó Bolívar causaría hoy
una profunda decepción a los Artigas, O´Higgins, San Martín y tantos
otros que apostaron por la independencia y la libertad como
generadoras de prosperidad.
Galeano convirtió la expresión "las venas abiertas" en un símbolo de
la región, que traspasó los límites de sus lectores, de su argumento y
de su ideología y llegó a ocupar un lugar propio en canciones,
artículos periodísticos. En fin: en el inconsciente colectivo.
Cuando Galeano publicó la primera edición, nuestro país parecía ser la
excepción: el ingreso promedio en la Argentina era comparable al de
los países del sur europeo propio en canciones, artículos
periodísticos. En fin: en el inconsciente colectivo.
Cuando Galeano publicó la primera edición, nuestro país parecía ser la
excepción: el ingreso promedio en la Argentina era comparable al de
los países del sur europeo y la distribución del ingreso era la más
igualitaria de la región.
Las tres décadas que siguieron a la publicación de Las venas abiertas
de América latina han sido, para nuestro país, el notable ejemplo de
un escandaloso fracaso: el ingreso promedio de los argentinos en 2004
fue prácticamente el mismo que el de 1974. Como referencia
comparativa, en el mismo período, Estados Unidos casi duplicó su
producto, Corea del Sur lo multiplicó por ocho y nuestros vecinos
chilenos lo multiplicaron por tres.
Pero lo más amargo de nuestra realidad es que mientras en 1974 el
veinte por ciento más pobre de la Argentina era dueño de un poco más
del tres por ciento del ingreso total, en 2004 no llegaba al uno y
medio por ciento.
Esto es: no sólo el tamaño de la torta es el mismo que hace treinta
años, sino que la porción que les toca a los más desfavorecidos ha
caído a la mitad.
Chile me provoca envidia, pues sus dirigentes han sido capaces de
generar crecimiento económico sostenido, único generador genuino y
sustentable de reducción de pobreza a largo plazo. Y nosotros hemos
fallado.
Es cierto que la brecha entre ricos y pobres no ha disminuido en Chile
en los últimos años, incluso ha aumentado un poco. Aun así, una brecha
constante quiere decir que el ingreso de los más pobres ha crecido a
tasas muy parecidas al promedio.
Estos datos sacan a la luz una realidad estremecedora: en promedio, el
ingreso de los pobres chilenos se multiplicó por tres, mientras que el
de los pobres argentinos se redujo a la mitad. La matemática no
miente: el ingreso de los pobres chilenos se multiplico por seis en
relación con el de los pobres argentinos.
No ignoro las dificultades de grandes sectores de la población en
Chile. Simplemente destaco una incuestionable realidad: es mucho más
fácil sortear esas dificultades cuando la economía crece de manera
sostenida. Si me tocara ser pobre en América latina, me gustaría serlo
en Chile.
Pero, además de envidia, Chile también genera esperanza, porque nos
muestra que no estamos condenados a la pobreza, nos muestra que estar
en una esquina del mundo no es un obstáculo insalvable, nos muestra
que nuestra herencia hispanoamericana no nos encierra en un calabozo
de atraso. Muchos jamás creímos en esas hipótesis, Chile nos da la
razón.
¿Qué explica ese desarrollo tan diferente entre nuestro país y el
vecino Chile? No tenemos la receta; la teoría del desarrollo
económico, elaborada por economistas, politólogos, sociólogos y
especialistas de otras ramas de las ciencias sociales ha revelado
mucho, pero todavía estamos lejos de respuestas satisfactorias y con
alto grado de consenso.
Pero hay algo que sí sabemos: ninguna sociedad democrática como la que
nosotros queremos construir ha conseguido progresar sistemáticamente
sin un amplio debate de ideas, en el que se exploren los datos, se
analice la evidencia y se encuentren explicaciones alternativas.
No conozco mejor manera de aprender sobre nuestros problemas y de
construir soluciones que el debate abierto, inteligente y pluralista,
en el que las distintas visiones individuales empujen la creatividad
de cada uno de los que participan en el debate, pero sin afectar la
tolerancia necesaria para que la razón, los hechos contrastables y los
argumentos dominen la pasión, las conjeturas y las ideologías.
No caben dudas de que los que dirigimos las instituciones de la Nación
hemos fracasado en la construcción de un aparato político que permita
ese debate. Treinta años de estancamiento de toda una sociedad son un
síntoma.
Haber empobrecido brutalmente a los más desfavorecidos es una gran
estafa social. Esto no es una crítica a un gobierno en particular, ni
siquiera a la clase política. A esta estafa hemos contribuido desde el
gobierno, desde las universidades, desde los centros de pensamiento,
desde las empresas, desde todas las organizaciones sociales.
Esto es un llamado a la autocrítica: todos aquellos que hemos nacido
en hogares privilegiados o hemos tenido las oportunidades que muchos
argentinos no tuvieron hemos fallado rotundamente en la construcción
de una sociedad inclusiva y generadora de oportunidades.
En realidad, si miramos más atrás en nuestra historia, veremos que es
aún peor: hemos destruido la que generaciones anteriores de argentinos
supieron construir.
No puedo decir que estamos cerca de conseguir una convergencia de
nuestra Argentina con el nivel de vida de los países más ricos del
mundo. Ni siquiera puedo, desde la razón, ser muy optimista con
respecto a nuestro futuro. Pero estoy convencido de que si no
empezamos por hacer la autocrítica y asumimos nuestros errores, será
difícil avanzar en la construcción de una Argentina más rica, más
próspera y fundamentalmente más justa. Y las venas de los pobres
argentinos seguirán sangrando.
El autor es profesor de Economía y rector de la Universidad Di Tella
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Néstor Gorojovsky
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