[R-P] [Horacio González] Los silenciados.
Gustavo Battistoni
gustavo.battistoni en gmail.com
Jue Mar 5 05:28:13 MST 2009
[De Página 12]
Los silenciados.
Por Horacio González *
¿Han sido Scalabrini Ortiz, Jauretche, Discépolo y Manzi intelectuales
y artistas silenciados? La afirmación de la Presidenta, en su discurso
en la Biblioteca Nacional, fue criticada con esa saña habitual que
hace pasar a primer plano una rara ironía, que más que eso es odio. Un
odio, diríamos, que finalmente devora la ironía. Sin embargo, el tema
permite un debate realmente importante. Si exceptuamos los
“proscriptos” del siglo XIX, que tuvieron una voz tanto más poderosa
cuando se lanzaron al exilio montevideano o chileno, la cuestión del
“silenciamiento” debe datar de la decisión que dice tomar Scalabrini
Ortiz a comienzos de los años ’30. Ahí decide, figuradamente,
“suicidarse” luego del premio que recibe por El hombre que está solo y
espera. Escribe algo en torno de los “intelectuales del régimen”,
festejados por la gran prensa, que los adula para evitar que se
estudien los verdaderos problemas argentinos. Proclama que evitará
para él ese destino. Quería decir que ya no estaría disponible para
los diarios señoriales y que, en adelante, investigaría los “dramas
invisibles” del país. No esperaba otra cosa, entonces, que un
“silenciamiento” impuesto por la prensa tradicional. El tema del
silenciamiento todo le debe al ensueño del propio Scalabrini. En
contrapartida, bajo una consigna de retiro espiritual, desplegaría la
vocación de explorar el “subsuelo de la nación”. Se convertiría en un
buscador de las gemas ocultas de verdades que yacían en las penumbras
de la historia. Un investigador así debía esperar el ataque de los
grandes medios, el aislamiento por parte del aparato de
conmemoraciones oficiales y la sistemática denigración de las usinas
generadoras de prestigio cultural. De esta constancia, de estos
grandes mitos, se nutría su épica personal.
La leyenda eminente que construye Scalabrini se refiere así a un
intelectual que se retira proféticamente de una escena falseada y
retorna con un manojo de verdades potentes. Poco a poco, éstas debían
expandirse en una parábola de redención. Esta gran alegoría fue tomada
por los jóvenes militantes de décadas pasadas y aún pervive. La
Presidenta la recibe de ese modo, en sus años de militancia
estudiantil. Desde luego, Scalabrini nunca pasó inadvertido, fundó
numerosas revistas y participó de la vasta publicística del grupo
Forja, que partía precisamente del antagonismo entre los intelectuales
resistentes, al margen del sistema de aprobaciones autorizado y la
“cultura colonizada”, que es efectivamente dominadora. Pero se
revelaba “falsa, toda falsa”, como él mismo había escrito. Su caso,
sin embargo, es el ejemplo de una biografía triunfal. No se llevó bien
con Perón y, de hecho, el comienzo de su nombradía ante un público más
vasto lo obtiene menos con sus grandes libros sobre los ferrocarriles
y el imperialismo inglés –escritos entre fines de los años ’30 y
comienzos de los ’40– que con la publicística forjista, primero, y
luego con los grandes artículos de la revista frondicista Qué.
Scalabrini siempre mantuvo la idea de que el intelectual crítico es un
“proscripto”. Se da el lujo de rechazar una delegación cultural que
deseaba conferirle Perón desde el exilio. Además publicará Perón un
libro con su firma, pero su médula eran los artículos scalabrinianos.
Rara fusión político-literaria en la historia cultural argentina. La
carrera de Scalabrini es la coronación laica de lo que llamaríamos la
saga del intelectual sacrificial argentino, que arraiga en la
metafísica de la soledad y, a la vez, en la teoría crítica del
imperialismo. Tiene estirpe lugoniana. Mantiene una ética de la
aflicción y se niega al reconocimiento del Estado. Pero grandes
avenidas llevan hoy el nombre tanto de Lugones como de Scalabrini.
Jauretche es jacobino, yrigoyenista, gauchi-político, montonero y
post-peronista. Es el Pierre Bourdieu argentino, agudo estudioso de
las “distinciones culturales” pero con un idioma de fogón y payada. Se
da a conocer públicamente con su poema “Paso de los Libres”, a la
sazón prologado por Borges en 1933. Se trata de uno de los más
ajetreados y polémicos prólogos de la historia del prologuismo
argentino. Publicista de pura cepa, Jauretche sacará de su galera
modernista y criollista las consignas de Forja. Disentirá también con
Perón y tendrá su hora más gloriosa con los libros que comienza a
publicar a fines de la década del ’50, donde relucen los aún hoy
mentados tratados sobre las zonceras y el medio pelo argentino. Menos
partidario que Scalabrini de las teologías laicas de salvación social,
Jauretche nunca se consideró un “silenciado”, aunque tiene un lado
echeverriano –con mucha más gauchesca, evidentemente– que se revela en
su recóndito deseo de escribir las “palabras simbólicas” del
resurgimiento de una “joven Argentina” industrializada. Adversario de
La Nación –como David Viñas, que en eso es también un yrigoyenista de
izquierda–, Jauretche elaborará una mitología literaria de duelista y
juglar plebeyo. Aceptó su destino sin quejas y siempre recordó el
fusil que empuñó en Paso de los Libres. Alguien quiso reconciliarlo
con Borges en un encuentro en el bar Castelar, de Córdoba y Esmeralda.
No pudo ser, eran hijos perseverantes de sus propios fantasmas.
Con Manzi y Discépolo hay menos dilemas. Es claro que ambos nunca
cesan en su reinado sobre la misma Buenos Aires “que está sola y
espera”. Manzi tiene mucho de Rubén Darío –bastante se ha dicho sobre
esto– y el tango “Sur” no deja de ser una escalofriante traducción de
la refutación borgeana del tiempo. Discepolín es una suerte de
pervertido monje medieval, autor de una inconsolable teología negativa
en la forma de grandiosa plegaria maldita. Su personaje “Mordisquito”
–de honda actualidad– es una pieza maestra de su encuentro con un
peronismo que aún no sospechaba la derrota. Ninguno de los dos se
consideraban silenciados y, aunque también cultivaban, sobre todo
Manzi, innumerables recelos contra las empresas culturales “cuyo
guardaespaldas era el general Mitre”, eran autores de letras que se
sostenían en los oscuros destinos amorosos, en una grave desesperación
existencial y en la vida errante de la ciudad nostálgica.
De los cuatro nombres mencionados en el discurso de la Presidenta no
podría decirse otra cosa de que son hijos notorios y bien reconocidos
de su época. Si bien no son acallados, se entiende lo que se quiere
decir cuando se recoge el gran simbolismo de que actuaron intentando
bucear en los pensamientos del subsuelo. Se trata de ese mundo
“invisible” del yacimiento recóndito de las poéticas de transformación
social, a las que alude toda utopía. Y a la utopía le gusta siempre
sentirse ante el peligro del silencio. Jauretche descubre las pepitas
de un venerable refranero épico; Manzi explora los límites difusos
entre los suburbios y la ciudad de manera lírica, no sociológica ni
histórica; Discépolo desciende al núcleo de ludibrio y ultraje que
quizá permitiría luego pensar una vida renovada y Scalabrini pone en
relación la idea del submundo invisible que resurge, con una teoría
económica crítica de la subordinación nacional. En cambio, obras de
época que tuvieron gran vigencia y hoy están olvidadas podrían ser las
de Eduardo Mallea y la de Manuel Gálvez, el primero hacia los años
‘40, héroe literario del diario La Nación que explora el sonambulismo
interior de personajes desarraigados, y el otro, un escritor popular
que recorrerá varios géneros masivos, la novela histórica, la
biografía novelada, la novela naturalista evangélica y el ensayo
social. El de Gálvez es un testimonialismo que conserva algunos signos
de la derecha católica y otros de populismo piadoso, con una pizca de
Zola. Scalabrini conseguirá desarrollar caracterologías que están en
ambos, en Gálvez y en Mallea, pero lo hace con la mayor gracia
literaria que le permitirá su espíritu abierto, no confesional por un
lado, modernista por otro. Trasciende porque su materia se asocia a un
legendario llamado a plasmar en resarcimiento social las vigilias
nacionales. La hipótesis del “silenciamiento” se refería más bien a
una redención colectiva de un tiempo apenas intuido, que vendría sin
ataduras, antes que a una inquisición que lo hubiera condenado.
Pero un verdadero dilema se establece con Ezequiel Martínez Estrada,
con su escritura fuertemente dramatúrgica y su voz admonitoria. Se
conoce el peso profético de esta voz. Trabaja el núcleo agonístico de
una fantasmagoría nacional que toca en un plano más sofocado todos los
temas scalabrinianos y borgeanos. Es su opuesto complementario. Hasta
hoy, La cabeza de Goliat, Radiografía de la Pampa o Filosofía del
ajedrez son textos magníficos y refinados, que deberán adosarse a la
esencia misma de una historia nacional, popular y libertaria. La gran
fábula del proscripto pertenece plenamente a Martínez Estrada. Es la
metáfora capital de un sujeto reparador, en lo esencial nada diferente
al de Scalabrini.
Rememoro rápidamente esta historia, no porque cada obra tenga un
refugio seguro en tal o cual corriente de ideas. Cada obra es en sí
misma su propio mundo moral. Pero puede elegir participar
voluntariamente de un legado mayor. En el debate actual, la maniática
ojeriza imperante busca ofuscadamente las cinco patas del gato en las
breves menciones presidenciales sobre su panteón personal de obras y
lecturas. Pero más allá de las banales injurias, es evidente que lo
que hoy se precisa es revelar la trama interna, profundamente vasta y
ramificada, que involucra a esos nombres pronunciados.
No habrá conocimiento crítico capaz de disputa en una sociedad
democrática si no resurgen medios de comunicación mucho más
autorreflexivos y plurales, si no se recrea un lenguaje público que
saque de su silencio todas las grandes obras y aventuras culturales
del país. Un lenguaje no masacrado por los módicos profetas del
encono, que niegan que en la Argentina haya un nudo intelectual a
desatar, el de la renovación de su propia cultura crítica, erudita y
de masas. Es un tiempo para revelar que los autores citados surgen de
un plano más profundo, donde quedan en suspenso las trincheras
triviales de nuestra politización primera y donde adquiere otra luz su
carga emancipadora. No debe perderse la oportunidad de descender al
río subterráneo de las literaturas políticas argentinas, al Aqueronte
de nuestras luchas socioculturales, para construir un tejido inédito
de las voces presentes y pasadas de la autonomía intelectual de la
sociedad argentina.
* Sociólogo, ensayista, director de la Biblioteca Nacional.
Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular