[R-P] La Presidenta, el pueblo, el sol y el chubasco

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Lun Mar 2 13:06:45 MST 2009


La Presidenta, el pueblo, el sol y el chubasco

02-03-2009 /
Jorge Giles

Uno se enjuaga el alma en una marcha popular. Es el milagro de bailar
al compás del repique de los tambores que bajaban de La Boca, entonar
una consigna con los pibes de la JP, abrazarse con el amigo al que
hace mucho no ve, bañarse de sudor con los camioneros y los portuarios
y los judiciales y la gente humilde de José C. Paz, Merlo, La Matanza
y Avellaneda. Palpar la mirada de los que respondían a la pregunta del
presunto cronista “¿qué esperas del discurso de la Presidenta?”  “nada
especial, que siga así”, “que le meta para adelante” dijo otro; “que
profundice el modelo”, “que no afloje”, “que se cuide de los traidores
y de los opositores”, siguieron las voces.

Era la representación de la Argentina profunda la que desfilaba a
media mañana por la Avenida de Mayo rumbo al Congreso. Hasta que un
movimiento de vallas indicó que por una calle lateral arribaba
Cristina con su comitiva. Hace mucho tiempo que no vivía esa sensación
de correr en multitud. La solidaridad en zapatillas. Todos querían
acompañar a la Presidenta en su lento recorrido. Nosotros, por la
ilusa vanidad periodística de querer atrapar una primera palabra de la
Presidenta, un adelanto, una primicia para el diario del día
siguiente. Imposible, por supuesto. Ella saludó a esa multitud y uno
era un mortal más entre todos. Una joven, descubriendo nuestra
intención, se acercó emocionada casi al oído para preguntarme
“¿llegaste a escuchar lo que nos dijo Cristina?” “No la escuché”,
respondí frustrado. Y la joven me dio la primera declaración de la
Presidenta: “los quiero mucho, los quiero mucho, nos decía mientras
saludaba”

Luego, fue auscultar en la calle el impacto del discurso presidencial.
Intentar descifrar el gesto de aquel trabajador con su pequeña hija en
hombros, para poder contarlo luego; registrar el aplausómetro sobre
las palabras de Cristina y develar el motivo de la ovación.

La gente vivó a voz en cuello cuando la escuchó fustigar a los
sectores de la política que son benevolentes con los poderosos y
exigentes con los maestros y con los que menos tienen; cuando
reivindicó la recuperación de los fondos de nuestros jubilados; cuando
anunció el envío de proyectos que permitan disponer de los
instrumentos que las épocas y los tiempos exigen para preservar el
trabajo y la producción, y mencionó entre ellas una nueva Ley de
Radiodifusión; cuando se avergonzó por los dirigentes políticos que
van al exterior a denunciar a la Argentina, reclamando afuera el apoyo
que pierden en el país; cuando denunció la manipulación de algunos
medios de comunicación.

En cambio, cuando la Presidenta llamó a la unidad nacional y a la
cooperación para sostener este modelo de desarrollo y enfrentar
juntos, en un proyecto nacional, sin agravios ni descalificaciones ni
violencias, la crisis más profunda que azota al mundo después de la
caída del modelo neoliberal, el aplauso se hizo cerrado, prolongado y
respetuoso. Pero sin estridencias. Como si todos fuesen concientes que
el horno no está para bollos y se precisa entonces de la solidaridad
del conjunto de la sociedad. De oficialistas y opositores. Los
humildes siempre son, primero, argentinos y recién después,
simpatizantes de un partido político.

Lejos estábamos de imaginar el insólito desborde enajenado que mostró
unas horas después, la alianza conducida por Elisa Carrió y la UCR de
Gerardo Morales. El guante conciliador ofrecido por la Presidenta en
el Congreso, literalmente fue pisoteado con palabras tan llenas de
odio, como vacías de ideas. Como si pulsearan con sus contrincantes
duhaldistas y macristas, para demostrar  quién es el más reaccionario.
En nombre de esa república que tanto pregonan, deberían al menos
guardar un mínimo de decoro ante las palabras de quien fue elegida
Presidenta por el voto popular de la mayoría de los argentinos.

Fue el chubasco que cayó después de una hermosa mañana de sol.

Una mañana que culminó con Cristina Fernández saludando a miles de
manos que se acercaron para tocarla, saludarla, darle fuerzas. Y entre
ellas, vimos las manos de la memoria, en Lilia Ferreira, la compañera
de Rodolfo Walsh, y en las del Maestro Norberto Galasso, que no hacían
más que sonreír emocionados, mientras los Granaderos acompañaban a la
Presidenta al son de una Marcha de San Lorenzo, que siempre nos lleva
hasta el patio de la vieja escuela.

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Néstor Gorojovsky
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