[R-P] [M.Husson] ¿Por qué una teoría del valor?
Gustavo Battistoni
gustavo.battistoni en gmail.com
Lun Mar 2 08:25:12 MST 2009
[De la página de Michel Husson]
Michel Husson
¿ Por qué una teoría del valor ?
La teoría del valor-trabajo está en el centro del análisis marxista
del capitalismo. Por lo tanto, es
normal comenzar por ella si se quiere evaluar la utilidad de la
herramienta marxista para la
comprensión del capitalismo contemporáneo. Este debate no es nuevo, y
debemos distinguir dos
tipos de preguntas : 1) ¿ los progresos ulteriores de la ciencia
económica no han vuelto caduca la
teoría del valor ? ; 2) ¿ las nuevas características del capitalismo
no la han superado ? Mientras
respondemos a estos dos tipos de objeciones, nos dedicaremos a mostrar
por qué esta referencia
teórica es una plomada irremplazable en muchos de los debates actuales.
Lo que dice la teoría del valor
Aquí no se trata de exponer esta teoría en todos sus desarrollos.
Después de todo, se la puede
resumir muy sucintamente alrededor de esta idea central que es el
trabajo humano, única fuente
de creación de valor. Por valor, es necesario entender aquí el valor
monetario de las mercancías
producidas por el capitalismo. Entonces, nos encontramos confrontados
a este verdadero enigma,de un régimen económico en el que los
trabajadores producen la integridad del valor, pero no reciben más que
una fracción bajo la forma de salarios, yendo el resto a la ganancia.
Los capitalistas compran los medios de producción (máquinas, materias
primas, energía, etc.) y la
fuerza de trabajo ; producen mercancías que venden y al final de
cuentas, se vuelven a encontrar
con más dinero que el que han invertido al principio. La ganancia es
la diferencia entre el precio
de venta y el precio de reventa de esta producción. Esta constatación
es la que sirve de definición en los manuales.
Pero el misterio sigue siendo completo. Si compro mercancías en un
negocio y trato de
revenderlas más caras, no lo lograré, a menos que le robe, de una u
otra manera a mi cliente, o
que haga contrabando. Pero una sociedad no puede estar fundada por
mucho tiempo en el
engaño y el desvío. Por el contrario, el capitalismo funciona
normalmente a partir de una serie de intercambios iguales, en un
momento dado, el capitalista paga los suministros y a sus asalariados
a precio de mercado. Salvo situación excepcional, el asalariado recibe
una retribución de su
trabajo conforme al « precio de mercado », aún cuando, por la lucha
social, busque aumentar ese
precio.
Es alrededor de esta cuestión, absolutamente fundamental, que Marx
abre su análisis del
capitalismo en
El Capital
. Antes de él, los grandes clásicos de la economía política, como Adam
Smith o Ricardo, procedían de otra manera, preguntándose qué era lo
que regulaba el precio
relativo de las mercancías : ¿ por qué, por ejemplo, una mesa vale el
precio de cinco pantalones ?
Rápidamente, la respuesta que se impone es la de decir que esta
relación de 1 a 5 refleja más o
menos el tiempo de trabajo necesario para producir un pantalón o una
mesa. Esto es lo que
podríamos llamar la versión elemental del valor-trabajo. Luego, estos
economistas - a los que
Marx llama « clásicos » y a los que respeta (a diferencia de otros
economistas, a los que bautiza
como « vulgares ») - buscan descomponer el precio de una mercancía.
Además del precio de los
suministros, este precio incorpora tres grandes categorías : la renta,
la ganancia y el salario. Esta forma « trinitaria » parece muy
simétrica : la renta es el precio de la tierra, la ganancia el precio
del capital y el salario, el precio del trabajo. De allí la siguiente
contradicción : por un lado, el valor de una mercancía depende de la
cantidad de trabajo necesaria para su producción ; pero, por el otro,
incluye más que salario. Esta contradicción se complica cuando se hace
notar, como lo hace
Ricardo, que el capitalismo se caracteriza por la formación de una
tasa general de ganancia, dicho de otro modo, que los capitales
tienden a tener la misma rentabilidad, cualquiera sea la rama en que
son invertidos. Ricardo fracasará ante esta dificultad.
Marx propone su solución, que es, a la vez, genial y simple (al menos
a posteriori). Aplica a la
fuerza de trabajo, esta mercancía un poco particular, la distinción
clásica, que hace suya, entre
valor de uso y valor de cambio. La idea es la siguiente : el salario
es el precio de la fuerza de
trabajo que es socialmente reconocido en un momento dado como
necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo. El salario es,
entonces, el precio de la canasta de consumo medio del
asalariado. Desde este punto de vista, el intercambio entre el
vendedor de fuerza de trabajo y el
capitalista es, en regla general, una relación igual. Pero la fuerza
de trabajo tiene esta propiedad
particular - es su valor de uso - de producir valor. El capitalista se
apropia la totalidad de este
valor producido, pero no paga más que una parte, porque el desarrollo
de la sociedad hace que
los asalariados puedan producir durante su tiempo de trabajo un valor
más grande que el que van
a recuperar en forma de salario. Hagamos como Marx, en las primeras líneas de
El Capital
, y
observemos a la sociedad como una « inmensa acumulación de mercancías
» todas producidas
por el trabajo humano. Se pueden hacer dos partidas con esto : la
primera partida está formada
por bienes y servicios de consumo que regresan a los trabajadores ; la
segunda partida, que
comprende a los bienes llamados « de lujo » y los bienes de inversión,
corresponden a la
plusvalía. El tiempo de trabajo del conjunto de esta sociedad puede, a
su vez, ser descompuesto
en dos : el tiempo consagrado a producir la primer partida es llamado
por Marx trabajo necesario,
y el plustrabajo es el que se consagra a la producción de la segunda partida.
Esta representación es bastante simple, en el fondo, pero, para llegar
a ella, evidentemente hay
que tomar un poco de distancia y adoptar un punto de vista social. Es
precisamente este paso
atrás el que es difícil de hacer porque la fuerza del capitalismo es
proponer una visión de la
sociedad que hace una larga serie de intercambios iguales.
Contrariamente al feudalismo, en
donde el plustrabajo era perceptible físicamente, se tratase de
entregar una cierta proporción de
la recolección o de ir a trabajar un cierto número de días por año a
la tierra del señor, esta
distinción entre trabajo necesario y plustrabajo se vuelve opaca en el
capitalismo, por las
modalidades del reparto de riquezas y por una división social del
trabajo muy profunda.
Las finanzas ¿ permiten enriquecerse mientras se duerme ?
La euforia bursátil y las ilusiones creadas por la « nueva economía »
han dado la impresión que
uno podía « enriquecerse mientras dormía », en resumen, que las
finanzas se convertían en una
fuente autónoma de valor. Estos fantasmas típicos del capitalismo no
tienen nada de original, y en
Marx se encuentran todos los elementos para hacer la crítica de esto,
sobre todo en sus análisis
del Libro 2 de
El Capital
, dedicados al reparto de ganancia entre interés y ganancia de empresa.
Marx escribe, por ejemplo, que : « en su representación popular, el
capital financiero, el capital
que aporta el interés es considerado como capital en sí, el capital
por excelencia ». En efecto,
parece capaz de procurar un ingreso, independientemente de la
explotación de la fuerza de
trabajo. Por eso, agrega Marx, « para los economistas vulgares que
tratan de presentar al capital
como fuente independiente de valor y de creación de valor, esta forma
es algo interesante,
evidentemente, ya que vuelve irreconocible el origen de la ganancia y
otorga al resultado del
proceso de producción capitalista - separado del proceso mismo - una
existencia independiente ».
El interés y, en general, las rentas financieras, no representan el «
precio del capital » que estaría
determinado por el valor de una mercancía particular, como puede ser
el caso del salario para la
fuerza de trabajo ; él es una clave de repartición de la plusvalía
entre capital financiero y capital
industrial. Esta visión « sustractiva », en el que el interés es
analizado como una sangría sobre la
ganancia se opone totalmente a la visión de la economía dominante, la
que Marx ya calificaba de
« vulgar », y que trata del reparto de la renta según una lógica
aditiva. En la visión apologética de
esta rama de la economía, la sociedad es un mercado generalizado en la
que cada uno viene con
sus « dotaciones » para ofrecer sus servicios en él bajo la forma de «
factores de producción ».
Algunos tienen para proponer su trabajo, otros, tierra, otros,
capital, etc. Esta teoría no dice nada
de las hadas madrinas que han procedido a la atribución a cada «
agente » de sus dotaciones
iniciales, pero la intención es clara : la renta nacional se construye
por agregación de los ingresos
de los diferentes « factores de producción », según un proceso que
tiende a hacerlos simétricos.
La explotación desaparece, ya que cada uno de los factores es
remunerado según su propia
contribución.
Este tipo de esquema tiene ventajas, pero presenta también
dificultades. Por ejemplo,
generaciones de estudiantes de economía aprenden que « el productor
maximiza su ganancia ».
Pero ¿ cómo se calcula esa ganancia ? Esta es la diferencia entre el
precio del producto y el costo
de los medios de producción, por lo tanto, los salarios, pero también
el « costo de uso » del
capital. Este último concepto relativamente reciente resume por sí
solo las dificultades de
operación, ya que depende del precio de las máquinas y de la tasa de
interés, a la vez. Pero si las
máquinas han sido pagadas y los intereses percibidos, ¿ cuál es la
ganancia que se maximiza ?
Pregunta tanto más interesante cuanto que esta ganancia, una vez «
maximizada » es nula. Y si
no lo es, tiende hacia el infinito, y la teoría neoclásica del reparto
se hunde, ya que la renta se
vuelve superior a la remuneración de cada uno de los « factores ».
Para la economía dominante,
la única manera de tratar esta dificultad es cortarla en pedazos y
aportar respuestas diferentes
según las regiones a explorar, sin asegurar nunca una coherencia de
conjunto, que no podría
darse más que por una teoría del valor de la que no dispone. Para
resumir estas dificultades, que
llevan a la discusión de Marx, la teoría dominante oscila entre dos
posiciones incompatibles. La
primera consiste en asimilar el interés a la ganancia - y el capital
prestado al capital comprometido
- pero deja sin explicación la existencia misma de una ganancia de
empresa. La segunda consiste
en distinguir las dos, pero, de repente, se prohibe la producción de
una teoría unificada del
capital. Toda la historia de la teoría económica burguesa es la de un
ir y venir entre estas dos
posiciones contradictorias.
La teoría del valor es, entonces, especialmente útil para tratar
correctamente el fenómeno de la
financierización. Una presentación ampliamente difundida consiste en
decir que los capitales
tienen permanentemente la alternativa de invertirse en la esfera
productiva o de colocarse en los
mercados financieros especulativos, y que arbitran entre los dos en
función de rendimientos
esperados. Este enfoque tiene virtudes críticas, pero tiene el defecto
de sugerir que hay allí dos
medios alternativos de ganar dinero. En realidad, uno no puede
enriquecerse en la Bolsa más que
sobre la base de una punción operada sobre la plusvalía, de suerte tal
que el mecanismo admite
límites, los de la explotación, y que el movimiento de valorización
bursátil no puede
autoalimentarse indefinidamente.
Desde un punto de vista teórico, las corridas de la Bolsa deben ser
indexadas sobre las ganancias
esperadas. Esta ligazón es muy imperfecta, y también depende de la
estructura de financiamiento
de las empresas : según que estas se financien principal o
accesoriamente en los mercados
financieros, el curso de la acción será un indicador más o menos
preciso. El economista marxista
Anwar Shaikh ha exhibido una especificación que muestra que esta
relación funciona
relativamente bien para Estados Unidos
. Es igual en el caso francés : entre 1965 y 1995, el índice
de la Bolsa de París está bien correlacionado con la tasa de ganancia.
Pero esta ley ha sido
transgredida en la segunda mitad de los 90 : en París, el CAC 40, por
ejemplo, se multiplicó por
tres en cinco años, lo que es muy extravagante. La inversión bursátil
debe interpretarse entonces como una forma de llamado al orden de la
ley del valor que se abre paso, sin cuidarse de los
modos económicos. El retorno de lo real, a fin de cuentas, remite a la
explotación de los
trabajadores, que es el verdadero « fundamento » de la Bolsa. El
crecimiento de la esfera
financiera y de los ingresos que ella procura, no es posible más que
en proporción exacta del
aumento de la plusvalía no acumulada, y tanto una como otra admiten
límites, que han sido
alcanzados.
¿ Fin del trabajo, y entonces, del valor-trabajo ?
Una de las objeciones dirigidas clásicamente a la teoría del valor es
que los salarios representan
una fracción cada vez más reducida de los costos de producción (del
orden del 20%). En estas
condiciones, se hace difícil mantener que el trabajo es la única
fuente de valor. Sin embargo, este
enfoque no resiste examen y basta plantear una simple pregunta : ¿ a
qué puede corresponder
ese 80% de los costos no salariales en la fabricación de un automóvil
? Si se examinan las cuentas
de una sociedad, encontraremos sobre todo un puesto titulado compras
intermediarias, que puede
efectivamente, superar la masa salarial. Pero, si uno es marxista ¿
podemos detenernos aquí y no
examinar esta rúbrica más de cerca ? Se encontrarán, por ejemplo,
compras de chapas a la
industria siderúrgica, o de neumáticos, o de retrovisores, etc., a los
que se denomina
equipamientos. ¿ Pero se trata de costos no salariales ? Evidentemente
no, porque el costo de
estos suministros incorpora en sí mismo trabajo asalariado, es el ABC
de la teoría del valor - y
simplemente de la contabilidad nacional. La baja de salarios directos
corresponde igualmente a
una externalización de ciertos servicios (del mantenimiento a la
investigación) o a la entrega a la
subcontratación de ciertos segmentos productivos. Entonces, es
necesario consolidar, y tomar en
cuenta, el trabajo incorporado en los precios de todas estas
prestaciones. Así se obtiene una parte
de los salarios con valor agregado, que ha bajado, ciertamente, pero
que hoy representa
alrededor del 60% para el conjunto de las empresas. Estas cifras
permiten verificar que la fijación
de los patrones sobre la masa salarial no tiene nada de irracional
sino que corresponde a una
concepción muy pragmática de la relación de explotación, en este caso
más lúcida que la que
consiste en sorprenderse de semejante obstinación.
¿ Por una teoría del valor - conocimiento ?
Las teorías de la « nueva economía » desembocan en la idea que las
nuevas tecnologías volverían
obsoleto el valor-trabajo. La determinación del valor de las
mercancías por el trabajo socialmente
necesario a su producción ya no correspondería a la realidad de las
relaciones de producción. Lo
que se identifica como realmente nuevo en la « nueva economía », es
esta pérdida de sustancia
de la ley del valor que conduce a una profunda mutación, incluso a una
autosuperación del
capitalismo. Más precisamente, las nuevas tecnologías introducirían
cuatro grandes formas de
producción de mercancías : inmaterialidad, reproductibilidad,
indivisibilidad, y rol del conocimiento.
El tema de la inmaterialidad se refiere a los procesos de trabajo y al
producto mismo. Una buena
parte de las mercancías de la « nueva economía » son bienes y
servicios inmateriales, o cuyo
soporte material está reducido a una mínima expresión. Ya se trate de
un programa, de un film o
de un pedazo de música numerada, o mejor todavía, de una información,
la mercancía moderna
tiende a convertirse en « virtual ». Esta constatación es exacta, al
menos parcialmente, pero no
conduce a las supuestas implicancias teóricas. Solo puede conmover a
los partidarios de un
marxismo primitivo en el que, con el pretexto de materialismo, la
mercancía era una cosa. El
ascenso de los servicios al menos habrá permitido liquidar esta forma
vetusta de incomprensión
de la forma valor. Lo que fundamenta la mercancía, es una relación
social ampliamente
independiente de la forma concreta del producto. Es mercancía lo que
se vende como medio de
rentabilizar un capital.
La reproductibilidad y la indivisibilidad de un creciente número de
bienes y de servicios cuestionan
su status de mercancías. Se trata aquí de formas modernas de una
contradicción fundamental del
capitalismo sobre las que regresaremos más adelante. Previamente, es
necesario analizar el rol
jugado por el conocimiento en los procesos productivos, que maltrata
particularmente a la teoría
del valor-trabajo. Para Enzo Rullani
, ella se convierte en « un factor de producción necesario,
tanto como el trabajo y el capital ». Pero su valorización obedece a
leyes « muy particulares », si
bien « el capitalismo cognitivo funciona de manera diferente al
capitalismo a secas ». En
consecuencia, « ni la teoría del valor de la tradición marxista, ni la
liberal, actualmente dominante,
pueden dar cuenta del proceso de transformación del conocimiento en valor ».
Negri va aún más allá en la interferencia de la relación capital -
trabajo : « El trabajador, hoy, ya
no necesita instrumentos de trabajo (es decir, capital fijo) que sean
puestos a su disposición por el
capital. El capital fijo más importante, el que determina los
diferenciales de productividad, se
encuentra a partir de ahora en el cerebro de la gente que trabaja : es
la máquina - herramienta
que cada uno de nosotros lleva en sí. Esta es la novedad esencial de
la vida productiva hoy »
.
Uno de sus discípulos, Yann Moulier - Boutang, es más categórico aún,
al afirmar que, en el
capitalismo cognitivo, el conocimiento « se convierte en el recurso
principal del valor » y « el lugar
principal del proceso de valorización ».
Pretender que estas transformaciones basten para trastocar la teoría
del valor, es hacer de ésta
un simple cálculo en tiempo de trabajo. En los
Grundrisse
, Marx escribe explícitamente lo
contrario : « no es ni el tiempo de trabajo, ni el trabajo inmediato
efectuado por el hombre lo que
aparece como el fundamento principal de la producción de la riqueza ;
es la apropiación de su
fuerza productiva general, su inteligencia de la naturaleza y su
facultad de dominarla, desde que
se constituyó en un cuerpo social : en una palabra, el desarrollo del
individuo social representa el
fundamento esencial de la producción y de la riqueza »
. Citemos también a Marx : « la
acumulación del saber, de la habilidad, así como de todas las fuerzas
productivas generales del
cerebro social son entonces absorbidas en el capital que se opone al
trabajo : a partir de ahora,
aparecen como una propiedad del capital, o más exactamente, del
capital fijo ». Se ve que la idea
según la que el capital goza de la facultad de apropiarse de los
progresos de la ciencia (o del
conocimiento) no tiene nada de nuevo en el ámbito del marxismo.
Una de las características intrínsecas del capitalismo, la fuente
esencial de su eficacia, siempre ha
residido en esta incorporación de las capacidades de los trabajadores
a su maquinaria social. El
capital, explica Marx : « da vida a toda la potencia de las ciencias y
de la naturaleza, como a la de
la combinación y la comunicación social para volver la creación de
riqueza independiente
(relativamente) del tiempo de trabajo que está afectado en esto ». Es
en este sentido que el
capital no es un parque de máquinas o de computadoras en redes, sino
una relación social de
dominación. El análisis del trabajo industrial desarrolló mucho desde
este punto de vista. El
análisis de la opresión de las mujeres hace jugar un rol (o debería
hacerlo) a la captación por el
capital del trabajo doméstico como factor de reproducción de la fuerza
de trabajo. La escuela
pública no se refiere a ninguna otra cosa que a esta forma de
inversión social. La idea misma de
distinción entre trabajo y fuerza de trabajo, en el fondo, se basa en esto.
Las nuevas mercancías
Más bien que por el recurso al « conocimiento », el capitalismo
contemporáneo se caracteriza, en
un creciente número de sectores, por una estructura particular de costos :
-
un aporte de fondos inicial importante y concentrado en el tiempo, en
donde los gastos de
trabajo calificado ocupan un lugar creciente ;
una desvalorización rápida de las inversiones que, por lo tanto, es
necesario amortizar y
rentabilizar en un período corto ;
-
costos variables de producción o de reproducción relativamente débiles ;
-
la posibilidad de apropiación casi gratuita de la innovación o del
producto (programa, obra de
arte, medicamento, información, etc.)
Todo esto no debería plantear ningún problema
a priori :
la valorización del capital pasa por la
formación de un precio que debe cubrir los costos variables de la
producción, la amortización del
capital fijo calculada en función de la duración de su vida económica,
más la tasa media de
ganancia. Cuando la innovación permite producir más barato las mismas
mercancías, el primer
capital en ponerlo en obra se beneficia con una prima, o una renta
(una plusvalía « extra », dijese
Marx) que retribuye transitoriamente el avance tecnológico. Sus
competidores son llevados a
introducir la misma innovación, con el fin de beneficiarse ellos
también con estas superganancias,
o simplemente, para resistir la competencia.
Una dificultad suplementaria aparece cada vez que las firmas
competidoras pueden nivelarse a un
costo muy reducido, porque esta posibilidad tiene como efecto
desvalorizar instantáneamente el
capital que correspondía al aporte de fondos inicial. Una
característica del capitalismo
contemporáneo es precisamente, la reproductibilidad a bajo costo de un
número creciente de
mercancías y esta es otra característica de las mercancías « virtuales
» que plantea problemas
particulares a las exigencias de rentabilidad. De manera estilizada,
estas mercancías necesitan una
inversión de concepción muy fuerte, pero su producción es
inmediatamente casi gratuita. Del
último CD de Michael Jackson a la más reciente molécula anti SIDA, se
puede dar numerosos
ejemplos de esta configuración. Ahora bien, esto entra en
contradicción con la lógica de
rentabilidad del capital, a causa de otra verdadera novedad. Una vez
que el producto ha sido
concebido, el aporte de fondos ya no es necesario para los nuevos
entrantes, piratas de
programas o fabricantes de medicamentos genéricos. No es este caso
particular el de la mayoría
de las mercancías : por cierto, se puede copiar el modelo o el
procedimiento, pero esto no reduce
los costos de producción en la misma proporción, porque todavía es
necesario fabricar el producto
o hacer el servicio, y equiparse o ajustarse para eso. La marca, el
prestigio y la publicidad
lograrán, en mayor o menor medida, rentabilizar el aporte de fondos
inicial. Pero con los nuevos
productos, el fenómeno cambia de naturaleza. Si yo pudiera copiar y
vender sus programas a
precio de costo, obtendría el mercado, y reduciría a nada las
inversiones de Microsoft.
Una noción vecina es la de indivisibilidad, retomando la expresión
utilizada con respecto a los
servicios públicos. Se aplica bien a la información : una vez
producida, su difusión no priva a nadie
de su gozo, contrariamente, por ejemplo a un libro, que no puedo leer
si lo he dado o prestado.
En la medida en que las nuevas tecnologías introducen semejante
lógica, aparecen como
contradictorias con la lógica mercantil capitalista. Potencialmente,
el capitalismo ya no puede
funcionar, en todo caso, no con sus reglas habituales. Rullani tiene
razón cuando dice que el valor
del conocimiento no depende de su rareza sino que « se deriva
únicamente de las limitaciones
establecidas, institucionalmente o de hecho, al acceso del
conocimiento ». Para valorizar esta
forma de capital, paradójicamente hay que « limitar temporariamente la
difusión » de lo que le ha
permitido ponerlo a punto, o también « reglamentar el acceso ». La
actualidad está llena de
ejemplos que ilustran este análisis, se trate de Microsoft, de Napster
o de proyectos de CD no
reproducibles para responder a las copias piratas. Como también dice
Rullani, « el valor de cambio
del conocimiento está entonces totalmente ligado a la capacidad
práctica de limitar su libre
difusión. Es decir, limitar con medios jurídicos (patentes, derechos
de autor, licencias, contratos) o
monopolistas, la posibilidad de copiar, imitar, reinventar, aprehender
los conocimientos de otros ».
Pero admitamos incluso una amplia difusión de este nuevo tipo de
productos potencialmente
gratuitos. Más que la emergencia de un nuevo modo de producción, el
análisis precedente
muestra que hay que ver aquí la brecha de una contradicción
absolutamente clásica entre la forma que toma el desarrollo de las
fuerzas productivas (la potencial difusión gratuita) y las relaciones
de producción capitalistas que buscan reproducir el status de
mercancía, a contrapelo de las potencialidades de las nuevas
tecnologías. Encontramos aquí la descripción adelantada por Marx de
esta contradicción mayor del capital : « por un lado, despierta todas
las fuerzas de la ciencia y
de la naturaleza, así como las de la cooperación y circulación social,
con el fin de volver la creación
de riqueza independiente (relativamente) del tiempo de trabajo
utilizado por ella. Por otro,
pretende mesurar las gigantescas fuerzas sociales así creadas según el
marco del tiempo de
trabajo, y encerrarlas en los estrechos límites, necesarios al
mantenimiento, como valor, del valor
ya producido. Las fuerzas productivas y las relaciones sociales -
simples caras diferentes del
desarrollo del individuo social - aparecen únicamente al capital como
medios para producir a partir
de su base estrechada. Pero, de hecho, son condiciones materiales,
capaces de hacer estallar esta
base ».
Porque olvida estas contradicciones entre nuevas tecnologías y ley del
valor, la teoría del
« capitalismo cognitivo » se basa, por lo tanto, en un contrasentido
fundamental. Examina una
nueva fase del capitalismo dotada de una lógica específica y de nuevas
leyes, en particular en la
determinación del valor. Fascinada por su objeto, la escuela cognitiva
presta así al capitalismo
contemporáneo una coherencia de la que está lejos de disponer, y se
sitúa a su manera en una
cierta lógica regulacionista que postula una infinita capacidad del
capitalismo para renovarse. En su último libro, André Gorz, tiene una
fórmula que resume de maravilla la incoherencia de estas
teorías : « el capitalismo cognitivo, es la contradicción del
capitalismo ». Las mutaciones
tecnológicas muestran que este modo de producción, como lo consideraba
Marx, « ha alcanzado
en su desarrollo de las fuerzas productivas una frontera, pasada la
cual no puede sacar
plenamente partido de sus potencialidades más que superándose hacia
otra economía ».
Es entonces, el capitalismo, y no sus análisis marxistas, el que
confina a la economía a la esfera
del valor de cambio, en el que el valor - riqueza no está allí más que
como un medio. Y más bien
es su mayor debilidad que el hecho de tener cada vez más dificultad en
dar una forma mercantil a
valores de uso nuevos, inmateriales y potencialmente gratuitos. Es
entonces, sobre la base de un
contrasentido, que los teóricos del capitalismo cognitivo se reclaman
de Marx, y particularmente,
de las páginas de los
Grundrisse
, en donde aborda estas cuestiones y que acabamos de comentar.
La conclusión de Marx es, en efecto, que para salir de esta
contradicción, « es necesario que sea
la propia masa obrera la que se apropie de su plustrabajo ». Y es
únicamente « cuando ella ha
hecho esto » (dicho de otro modo, la revolución social) que se llega
al punto en que « no es en
ningún modo el tiempo de trabajo, sino el tiempo disponible lo que es
la medida de la riqueza ».
La mercancía contra las necesidades
El capitalismo de hoy se distingue por un proyecto sistemático,
incluso dogmático, de transformar
en mercancía lo que no lo es o lo que no debería serlo. Semejante
proyecto es doblemente
reaccionario : afirma a la vez la voluntad del capitalismo de regresar
a su estado natural, borrando
todo lo que había podido civilizarlo ; revela su incapacidad profunda
para hacerse cargo de los
nuevos problemas que se plantean a la humanidad.
El capitalismo quiere responder bien a necesidades racionales y a
aspiraciones legítimas, como
cuidar a los enfermos del SIDA o limitar las emisiones de gas con
efecto invernadero ; pero con la
condición que esto pase por las horcas caudinas de la mercancía y de
la ganancia. En el caso del
SIDA, el principio intangible es vender los medicamentos a precios que
rentabilicen su capital, y
peor para ellos si este precio no es abordable más que para una
minoría de personas implicadas.
Es la ley del valor la que se aplica aquí, con su eficacia propia, que
no es sanar al mayor número
de enfermos sino rentabilizar el capital invertido. Las luchas que
apuntan, no sin éxito, a contrariar
este principio de eficacia tienen un contenido anticapitalista
inmediato, ya que la alternativa es
financiar la investigación con fondos públicos y enseguida, distribuir
los medicamentos en función del poder adquisitivo de los pacientes,
incluso gratuitamente. Cuando los grandes grupos
farmacéuticos se oponen encarnizadamente a la producción y difusión de
genéricos, es el status
de mercancías y es el status de capital de sus inversiones los que los
defienden, con gran lucidez.
Lo mismo ocurre con el agua que ha suscitado numerosas luchas a través
del mundo, y se
encuentra la misma oposición con respecto a esta cuestión ecológica
fundamental, que es la lucha
contra el efecto invernadero. Aquí también, las potencias
imperialistas (grupos industriales y
gobiernos) se niegan a dar el más mínimo paso hacia una solución
racional que sería la
planificación energética a escala planetaria. Buscan sucedáneos que
tienen como nombre
« ecotasa » o « derechos de contaminar ». Para ellos se trata de hacer
entrar nuevamente la
gestión de este problema en el espacio de las herramientas mercantiles
en donde, para ir rápido,
se juega con los costos y los precios, en lugar de jugar con las
cantidades. Se trata de crear
pseudo mercancías y pseudo mercados, cuyo ejemplo más caricaturesco es
el proyecto de
mercado de derechos a contaminar. Es un absurdo que no resiste ni
siquiera a las contradicciones
interimperialistas, como lo ha mostrado la denuncia unilateral por los
Estados Unidos a los
acuerdos de Kioto, aunque bien tímida.
Al mismo tiempo, el capitalismo contemporáneo apunta a organizar la
economía mundial y el
conjunto de las sociedades según sus propias modalidades, que le dan
la espalda a los objetivos
de bienestar. A nivel mundial, el proceso de constitución de un
mercado mundial se lleva adelante
sistemáticamente, y apunta en el fondo al establecimiento de una ley
del valor internacional. Pero
este proyecto se choca con profundas contradicciones, porque se basa
en la negación de
diferenciales de productividad que obstaculizan la formación de un
espacio de valorización
homogéneo. Este olvido conduce a efectos de despojo perversos que
implican la eliminación
potencial de todo trabajo que no se erija de entrada con las normas de
rentabilidad más elevadas,
las que el mercado mundial tiende a universalizar. Los países están,
entonces, fraccionados entre
dos grandes sectores, el que se integra al mercado mundial y el que
debe ser separado de él. Se
trata entonces de un anti modelo de desarrollo, y este proceso de
dualización de los países del sur
es estrictamente idéntico a lo que se llama exclusión en los países del norte.
Finalmente es la misma fuerza de trabajo la que la patronal quisiera
llevar a un status de pura
mercancía. La « refundación social » del MEDEF expresa bien esta
ambición de no tener que pagar
al asalariado más que cuando trabaja para el patrón, lo que significa
reducir al mínimo y trasladar
a las finanzas públicas los elementos de salario socializado,
remercantilizar las jubilaciones, y
hacer desaparecer la propia noción de duración legal del tiempo de
trabajo. Este proyecto le da la
espalda al progreso social que pasa, por el contrario, por la
desmercantilización del tiempo libre.
Aquí no hay que contar con las innovaciones de la técnica para
alcanzar este objetivo sino con un
proyecto radical de transformación social que es el único medio de
enviar a la vieja ley del valor al
cofre de las antigüedades. La lucha por el tiempo libre como medio
privilegiado de redistribuir las
ganancias de productividad es la vía real para hacer que el trabajo ya
no sea una mercancía y que
la aritmética de las necesidades sociales se sustituya a la de la
ganancia : « la producción basada
en el valor de cambio se hunde por este hecho, y el proceso de
producción material inmediato se
ve él mismo despojado de su forma mezquina, miserable, antagónica.
Esto es entonces el libre
desarrollo de las individualidades. Desde ahora, ya no se trata de
reducir el tiempo de trabajo
necesario en vistas de desarrollar el plustrabajo, sino de reducir en
general el trabajo necesario de
la sociedad a un mínimo »
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