[R-P] CIUDAD JUAREZ

maría Sola mariadelsola en gmail.com
Dom Mar 1 19:08:09 MST 2009


Sin fin.Otro narcoestado.
Una frase de la nota:
...ocho muertos son ocho líneas en cualquier periódico mexicano...

EL PAIS ESPAÑA
REPORTAJE: CIUDAD JUÁREZ
La muerte imparable
PABLO ORDAZ 01/03/2009


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Patrullamos con la policía federal por uno de los lugares más
peligrosos del mundo: Ciudad Juárez, en la frontera de México con EE
UU. Un pozo irrespirable donde cada día se registran de media cinco
muertes violentas. Es la podredumbre del narcotráfico.

Hasta hace 20 minutos tenía 14 años y se llamaba Raúl. Estaba parado
en la esquina de su casa, charlando con dos amigos. Un coche apareció
muy lentamente por el final de la calle llena de gente. Cuando estuvo
a su altura, dos hombres -ni jóvenes ni viejos, ni guapos ni feos,
nunca nadie ve nada en Ciudad Juárez- se bajaron y apuntaron sus armas
sobre él. Un tiro, dos, tres...


El Ejército desembarca en Ciudad Juárez para hacer frente a la violencia
 México
A FONDO
Capital: Ciudad de México. Gobierno: República Federal. Población:
109,955,400 (est. 2008)
La noticia en otros webs
webs en español
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Un tiro, dos, tres... Así hasta 25. Se llamaba Raúl y tenía 14 años

Según el propio presidente de México, más de la mitad de la policía
"no es recomendable"

La muerte aquí es una herramienta de trabajo, de poder, de advertencia

La situación llegó al límite. "o combatíamos a los 'narcos' o les
entregábamos el país"
Ahora ya no tiene 14 años ni se llama Raúl. Sólo es el último muerto
de esta ciudad maldita donde el único negocio que florece es el de las
funerarias. Un tiro, dos, tres... Así hasta 25. Los perros ladrando.
El padre de Raúl escuchando los disparos, bajando a la calle,
descubriendo justo lo que el presentimiento le iba diciendo al oído.
Su hijo de 14 años, estudiante de secundaria, desplomado entre la
acera y un Ford Thunderbolt de color crema. Con la cabeza destrozada a
balazos.

Los perros no han dejado de ladrar ni la gente ha abandonado la calle.
Jóvenes muchachos de la edad del difunto siguen charlando y comiendo
helados mientras los agentes van poniendo un triángulo amarillo por
cada casquillo encontrado. Veinticinco triángulos amarillos. Ninguno a
más de dos metros de distancia de donde está el cadáver. Un
fusilamiento perfecto. Ni la vieja chapa del Ford color crema ni las
paredes de la calle Calexico han resultado dañadas. Raúl quiso huir,
pero le dieron caza. Con la misma precisión que a sus dos amigos, que
yacen al final de la calle, también rodeados por la curiosidad y los
triángulos amarillos.

Un hombre joven fuma dentro del cordón policial. Es el padre de Raúl.
Ni siquiera llora. Sólo fuma, un cigarro tras otro. Le cuenta al
reportero sus últimos 20 minutos. Que escuchó los disparos. Que bajó
atropelladamente temiéndose lo peor. Que se encontró a su hijo así:

"Como ningún padre querría ver nunca a su hijo. Hágase cargo. Tenía 14
años, estudiaba secundaria...".

El parte, frío, escueto, que un funcionario municipal redactará horas
después sobre la "triple ejecución" hablará de un joven "que en vida
respondía al nombre de Raúl Alberto Rubio Ochoa". Tiene razón. Los
muertos no tienen nombre. No desde luego en Ciudad Juárez, donde este
sábado de febrero escogido al azar serán ocho los jóvenes asesinados
por las oscuras mafias de la droga. Ocho. No son demasiados; tres días
después morirán 21. Ni demasiado jóvenes; una semana más tarde caerán
seis niños bajo los disparos de tipos que siempre tienen tiempo de
huir. Ocho muertos son sólo ocho líneas en cualquier periódico
mexicano. Sólo si el muerto respondía en vida a un nombre famoso -un
general condecorado o el jefe de un cartel principal- o si las causas
de su muerte resultaron extraordinarias -lo cocinaron después de
asesinarlo o lo ejecutaron tras construir un túnel para pasar
droga...-, sólo entonces puede optar el difunto al raro honor de un
titular en la portada de un periódico nacional. Un país donde el
narcotráfico se lleva por delante a más de 6.000 personas al año -más
de 16 cada día- no tiene más remedio que ir apilando tanto sufrimiento
en la fosa común de las medias columnas, un pequeño trozo de papel
escondido en una página par de un periódico de provincias. O hace eso
-sin indagar por qué mataron a Raúl, casi un niño, sin investigar por
qué su padre bajó las escaleras con el presentimiento envenenándole el
aliento- o se arriesga a perder la sonrisa para siempre.

Al primer muerto del sábado lo mataron entre Marte y Saturno, una
esquina a medio asfaltar de la colonia Satélite.

La llamada se produjo a las 9.45. Una ambulancia de la Cruz Roja
corrió al lugar. Luego, los policías municipales. Luego, los
estatales. Luego, los federales. Luego, el Ejército. Aseguraron la
calle. Un agente en cada esquina. Con sus rifles Ak-47, sus AR-5, sus
revólveres en la mano, sus chalecos antibalas, sus pasamontañas, su
tensión que se huele... Su miedo.

- Pero si ya ha pasado todo.

- No siempre. A veces vuelven a por el cadáver.

- ¿Quiénes?

- Unas veces, sus amigos. Otras, sus rivales.

- ¿Para qué?

- Quién sabe. Unas veces, para rematarlos. Otras, los montan en las
camionetas y se los llevan. Nunca aparecen. Es muy extraño.

El policía municipal que habla parece nervioso. Es un tipo bajito, mal
uniformado. La canana que lleva alrededor del cinturón está medio
vacía. Un cartucho sí, uno no. Todavía hoy muchos policías tienen que
pagar de su bolsillo la munición que gastan. Y si por la mañana no
llegan pronto al reparto de los escasos chalecos antibalas, deben
salir a patrullar a cuerpo gentil, un blanco perfecto. El policía
municipal va de un lado para otro. Apunta en una pequeña libreta los
nombres de todos los que, policías o no, rebasan por un motivo u otro
el cordón de seguridad. No llega a cruzar palabra con los agentes de
otros cuerpos. Es una constante de Ciudad Juárez. Nadie se fía de
nadie. Menos aquí, un lugar tristemente célebre por las decenas de
mujeres que fueron asesinadas sin que aún hoy se conozcan los motivos
ni los culpables. Hay además datos muy claros de que el narcotráfico
tiene voluntades compradas entre los policías, entre los jueces, entre
los políticos, entre los periodistas. Las miradas dicen: sabemos a
quién pertenece tu uniforme, pero no a quién perteneces tú. No es nada
personal. Sólo cuestión de supervivencia. La noche anterior, cuando el
reportero llega al aeropuerto de Ciudad Juárez, dos agentes federales
lo esperan a pie de avión. Han recibido la orden de escoltarlo durante
el fin de semana, integrarlo en una de las patrullas de fuerzas
especiales que recorren día y noche la ciudad en busca de sicarios.
Pero cuando va a abandonar el aeropuerto, dos soldados le piden que
abra la maleta y la mochila en la que transporta el ordenador
portátil. Uno de los federales trata de aliviar el trámite y se dirige
al militar:

- No se preocupe, oficial, viene con nosotros.

- Claro que sí. Pero tiene que abrir el equipaje.

- Pero

- Tiene que abrir el equipaje.

Nada personal. Sólo eso: nadie se fía de nadie. ¿O no es por los
aeropuertos de México, y bajo la supervisión de agentes de la ley, por
donde toneladas de droga y sustancias químicas ilegales entran en el
país? La escena se repite dos o tres veces durante el fin de semana.
Cada vez que el patrullero pasa por un puesto de control militar, los
soldados lo paran y lo revisan como si se tratara de un vehículo
particular. O tal vez más.

- ¿Adónde se dirigen?

- Vamos a instalar un control de carros robados a dos kilómetros de aquí.

- Correcto. Bájense y abran la cajuela.

El policía abre el maletero. El soldado mete la cabeza, casi olfatea
el interior. Ni hay tensión ni deja de haberla. Los soldados no
sonríen. Los federales tampoco. Es una guerra extraña la que vive
México. Las bajas se cuentan por decenas, todos los días, como en
cualquier guerra. Pero aquí no hay dos bandos. Hay muchos, y andan
disfrazados.

- Está bien. Pueden continuar.

Unos metros más allá, el federal que hoy conduce el patrullero - un
joven simpático que cita a los clásicos- le explicará al reportero por
qué, aunque íntimamente les fastidie, obedecen a pie juntillas las
instrucciones de los militares. Aparca el vehículo en el arcén, junto
a la valla que delimita un depósito de vehículos. Parece uno de los
muchos cementerios de automóviles destinados a chatarra que afean la
ya de por sí poco agraciada Ciudad Juárez. Pero no. Es distinto. Aquí
vienen a parar los carros incautados al narcotráfico o sujetos, como
parte de la prueba, a algún proceso judicial. Los hay nuevos y viejos.
Lujosos -allá al final se ve una Hummer en aparente buen estado- y
simples utilitarios. El agente señala un todoterreno, varado no muy
lejos de la carretera. Tiene, como muchos otros, la chapa agujereada
por los tiros gruesos de los rifles de asalto. Pero es distinto. Es un
vehículo oficial, un patrullero de la policía municipal. No le queda
un trozo de chapa sano.

- ¿Una emboscada de los narcos?

- No. Los militares tenían instalado un control. Les dieron el alto.
Los policías no quisieron parar. Los militares abrieron fuego. Los
mataron a los dos.

Nada personal.

La una de la madrugada. Hotel Chulavista. Está cortado por el mismo
patrón que los moteles americanos de carretera. Una recepción, un
comedor y una serie de habitaciones alrededor de un aparcamiento. Ni
bonito ni feo. Vulgar. Discreto. Hasta no hace mucho, un buen negocio.
"Los que más nos visitaban", explica el camarero, "eran puros gringos.
Parejas que cruzaban desde El Paso, aparcaban el carro en la puerta de
la habitación y sólo salían un rato a cenar algo o a emborracharse a
buen precio. Ya casi no viene ninguno. Les da miedo". Ciudad Juárez y
también Tijuana, en la costa del Pacífico, constituían las míticas
fronteras donde la fiesta sin tregua -el alcohol, el juego, los clubes
de alterne- atraía cada fin de semana a cientos de turistas
norteamericanos. Nunca fueron ciudades exquisitas ni bendecidas por el
Vaticano, pero sí razonablemente seguras. De eso dependía el negocio.
Ahora, muchos de los restaurantes ya han cerrado, los prostíbulos sólo
atraen a clientes locales y desesperados, y la única ruleta que gira
día y noche es a vida o muerte. El hotel Chulavista estaba
prácticamente desahuciado. Pero entonces llegaron los federales.

Las fuerzas especiales. Muchachos jóvenes -casi ninguna mujer-
procedentes en su mayoría de las filas del Ejército. Sus sueldos son
bajos, pero para poder lucir ese uniforme azul han tenido que pasar
exhaustivos exámenes de confianza, incluida la prueba del polígrafo.
Según ha llegado a admitir Felipe Calderón, el presidente de México,
más de la mitad de la policía mexicana "no es recomendable". Hay
casos, como el de Tijuana, donde se detectó que nueve de cada 10
policías locales habían sido comprados por el narcotráfico. Incluso
entre los 11.000 federales recién contratados, la mitad resultó ser de
moral distraída. Se supone que estos que ocupan el hotel Chulavista de
Ciudad Juárez pertenecen a lo mejor de cada casa, pero, por si acaso,
sus jefes nunca le dicen por dónde patrullarán cada noche o a qué tipo
de malandro van a intentar detener. Van y vienen de sus habitaciones
al comedor uniformados al completo, chaleco antibalas incluido, y con
el rifle AR-15 en bandolera. Sus mandos les dan el tiempo justo para
comer algo y dormir un rato. El resto de la jornada lo emplean en
recorrer la ciudad de cabo a rabo. Sus vehículos son camionetas
pick-up de doble cabina. Ellos ocupan la parte de atrás, siempre de
pie, con el dedo en el gatillo de sus armas y el pasamontañas hasta la
nariz. Vigilando, siempre vigilando.

- ¡Nos vamos! Esta noche nos acompañará un periodista español. Si hay
suerte y detienen a algún delincuente, no me lo golpeen demasiado...
Háganme ese favorzote, muchachos.

El oficial subraya la broma guiñando el ojo detrás del pasamontañas.
Los muchachos se ríen. Será el único momento de relajación en cinco
horas. Las camionetas de los federales se sumergen en la noche de
Ciudad Juárez, cruzan a todo trapo avenidas casi vacías y se adentran
por colonias polvorientas, sin pavimentación, donde sólo los perros
con sus ladridos parecen reconocerlos. Al fondo se distinguen las
luces de El Paso, al otro de lado de la frontera. El Paso es una de
las ciudades más seguras de Estados Unidos. Ciudad Juárez, la más
violenta de México. En El Paso, como en toda la frontera, se venden
armas de grueso calibre sin ningún impedimento. Aquí se mata con
ellas. Los policías se adentran en una de las colonias más peligrosas.
Se sienten observados, por eso circulan sin luces, guiados por un
agente local con un mapa y una linterna. El oficial comenta en voz muy
baja:

- Esta noche vamos a hacer dos o tres cateos. Hemos recibido varios
pitazos [chivatazos] sobre gente que podría estar vendiendo droga y
armas.

Llegan al primer objetivo. Empieza un baile muy bien ensayado que se
repite en cada registro. Los agentes saltan de las cuatro camionetas.
Unos corren hacia las esquinas para asegurar el trabajo de sus
compañeros y prevenir emboscadas. Los oficiales que van a penetrar en
la casa -una especie de cortijo desvencijado- desenfundan sus armas
cortas y quitan el seguro. Cada uno de ellos va escoltado por dos o
tres compañeros con rifles de precisión. El puntito rojo de la mira se
pasea por una pared que supo de mejores tiempos. Un perro encadenado
parece enloquecer. Sale un hombre a la puerta de la casa. Descalzo.
Despeinado. La camisa por fuera del pantalón.

- ¡Alto! ¡Federales!

El registro no dura más de 10 minutos. No parece que el dueño de la
casa sea un narcotraficante. Parece más bien un nómada incómodo al que
algún vecino quiere perder de vista denunciándolo a la policía. Hay
niños por todos lados. Niños mal vestidos, niños canijos y sucios que
juegan con juguetes rotos y que observan a los policías con serenidad,
como si ya los hubieran visto más veces, como si formaran parte del
juego al que están predestinados a jugar. "Negativo. No hay nada,
¡vámonos!". La acción se repite dos veces más. Dos cateos. Dos
negativos. Ha sido una noche tranquila que ha terminado en empate. No
han detenido a nadie, pero tampoco se ha reportado ninguna baja.

Vuelta a la base. Mañana será otro día.

Dos horas después suena el teléfono de la habitación. "Han encontrado
a tres muchachos ejecutados en la puerta de una discoteca. ¡Nos
vamos!". La misma historia del día anterior. La ambulancia. La policía
local. La policía estatal. La policía federal. El Ejército. Y
esperándolos a todos, sin inmutarse, la muerte.

Tres jóvenes. Boca arriba. Cada uno con su ración de plomo. Se parecen
al joven ultimado en la colonia Satélite. Detallistas de la droga,
camellos, narcomenudistas. Como mucho, aprendices de sicario. Clase de
tropa. Carne de cañón. El perfil de las bajas del narcotráfico en
México es el de jóvenes captados por los distintos carteles de la
droga que luchan entre sí para afianzar su predominio en las plazas.
No sólo han muerto en la frontera con Estados Unidos. También en la
que separa un antes y un después de la historia de la droga en México.
Lo que había hasta ahora está muy claro. Basta comprarse un CD de los
Tigres del Norte o de los Tucanes de Tijuana para conocer las
historias cotidianas del negocio o las leyendas de los grandes
narcotraficantes como Amado Carrillo Fuentes, jefe hasta su muerte del
cartel de Juárez. Le llamaban El Señor de los Cielos. De él se dice
que tenía una docena de Boeing 727 con los que introducía cocaína en
Estados Unidos. La épica de la frontera. Las reglas. El respeto. La
complicidad de los gobernantes. Tú hasta aquí y yo hasta allí. Y como
último recurso, la muerte. La muerte como herramienta de trabajo, de
poder, de advertencia.

Todo eso se acabó hace algo más de un año. La versión oficial es que
tantos años de complacencia con el crimen organizado habían llegado a
horadar los cimientos de la República y amenazaban con privatizar el
país en su beneficio. "Los señores de la droga ya estaban tocando las
puertas de Los Pinos [la sede de la presidencia de la República]",
dice a media voz uno de los hombres más poderosos de México. "O los
combatíamos o les entregábamos el país. Ya eran dueños de algunos
cuerpos enteros de policía que trabajaban para ellos y no para los
ciudadanos". El caso es que el presidente, Felipe Calderón, tocó
zafarrancho de combate. Hace de eso un año, dos meses y 7.000 muertos.

La furgoneta blanca del depósito de cadáveres llega al lugar de la
triple ejecución. Se coloca junto a la ambulancia de la Cruz Roja. "El
día que más miedo pasé", comenta una enfermera del servicio de
urgencias, "fue hace sólo unos meses. Recibimos el aviso de que había
un joven malherido tirado en la calle. Acababa de ser víctima de un
ataque armado. Fuimos hacia allá y llegamos cuando todavía respiraba.
No había tiempo que perder. Lo metimos en la ambulancia y salimos
corriendo hacia el hospital. A medio camino se nos cruzaron dos
furgonetas con los cristales oscuros. Bajaron tres o cuatro
encapuchados, nos apuntaron en la cabeza al chófer y a mí y nos
dijeron que nos estuviésemos quietos. Fueron a la parte de atrás,
sacaron al herido y le dieron el tiro de gracia en medio de la calle.
Mira, te lo estoy contando y aún se me eriza la piel. Antes de irse
aún tuvieron tiempo de amenazarnos. Nos dijeron que, por nuestro bien,
la próxima vez no tuviésemos tanto interés en llegar tan rápido...".
Los dos grandes hospitales de la ciudad también han sido escenario de
irrupciones violentas de sicarios que buscaban rematar un trabajo mal
terminado. En una ocasión, y en previsión de que eso sucediera, el
juez colocó a dos policías custodiando la puerta de urgencias. Por si
llegaban los sicarios.

Llegaron. Mataron a los dos policías. Entraron en el hospital.
Remataron al herido. Y se marcharon.

El jefe de la policía científica se dirige a los muchachos de la
furgoneta blanca:

- Ya os los podéis llevar.

Los curiosos le echan un último vistazo. Certifican que los asesinados
no son del barrio. De igual forma, unas horas antes, los vecinos de la
colonia Satélite juraron que el primer muerto del sábado -chándal azul
celeste, manos atadas a la espalda con una cuerda amarilla- jamás
había sido visto por allí. Hay un testigo que dice haber observado
cómo arrojaban al muchacho del chándal desde un vehículo, todavía
vivo, y lo remataban en el suelo.

- ¿Y cómo era el carro?

- No me acuerdo, jefe.

- ¿Grande o pequeño?

- Normal.

- Y a éste -dice el policía señalando al muerto- ¿lo habías visto
antes por aquí?

- Nunca. No es de aquí.

El procurador general de la República, Eduardo Medina Mora, maneja un
dato estremecedor:

- Al 40% de los que mueren no los reclama nadie.

Fosas comunes. Esquinas de papel en los diarios. Y la batalla que no
cesa. Todos los días, el Gobierno de México distribuye una serie de
comunicados -partes de guerra- que dan cuenta de la incautación de
armas, de la intervención de droga, de la detención de sicarios. Pero
al día siguiente, invariablemente, los noticieros hacen recuento de
las bajas, y raro es el día que no superan las dos cifras. Diez en
Ciudad Juárez. Cinco en Tijuana. Dos en Culiacán. Total: 17. Hay
ciudades marcadas por la tragedia diaria. Suelen ser las sedes
fronterizas de los antiguos carteles de la droga, hoy atomizados por
las guerras entre sí y por el embate del Estado, pero también se
producen bajas muy cerca del mar Caribe, a pocos metros de las
palmeras y los hoteles de lujo. El goteo es continuo y, aun así, nunca
faltan nuevos soldados dispuestos a morir.

La caravana de federales regresa al hotel Chulavista. Un semáforo en
rojo. De pronto, como surgido de la nada, un joven se acerca
corriendo. Dos federales lo apuntan con sus armas. El muchacho parece
muy nervioso. Discute con los policías del primer vehículo, que
finalmente acceden a que suba con ellos. La caravana aborta el regreso
a la base y se dirige ahora, a toda prisa, a una colonia cercana. Al
parecer, el muchacho ha sido víctima de un robo. Unos jóvenes le han
quitado su vehículo a punta de pistola. Pero mientras regresaba a su
casa, a pie y asustado, ha creído ver a uno de los asaltantes meterse
en una casita de una planta, como casi todas las de Ciudad Juárez. Los
federales llegan al lugar indicado. Se bajan de las camionetas y
rodean el inmueble. Mientras tres agentes, acompañados del
denunciante, entran en la casa, otros aseguran la zona y revuelven en
la basura. La operación es rápida. Los que han entrado en la casa
salen con el sospechoso agarrado del cuello. La víctima lo ha
reconocido. Los policías que se quedaron en la puerta también tienen
su botín. Acaban de encontrar las matrículas del vehículo sustraído.
El interrogatorio se hace en caliente. La madre del muchacho sale a la
puerta y le pide al oficial, con una sonrisa en la boca:

"No sea malito, jefe, no me lo golpeen".

El muchacho delata a un cómplice, y éste a otro, y el tercero habla de
un tal? El vehículo es por fin recuperado. Casi al alba. Los policías
se muestran exultantes, aunque el paisaje de fondo no es muy
alentador. Chavales que manejan pistolas, roban coches, merodean por
las calles sin asfalto en busca de su próxima víctima. El 40% de los
muchachos de Ciudad Juárez ni estudia ni trabaja. Una buena parte sólo
espera su turno de matar o morir. Su sueño es un carro del año, un
buen revólver con las cachas de oro. Muchos mueren así, con el sueño
de que un cantante famoso de narcocorridos le dedique una letra bien
chingona a cada uno de ellos.

La patrulla regresa al hotel. Ya se divisa el alba cuando la voz del
comandante da un nuevo parte:

"Se acaba de recibir un aviso. Han encontrado el cuerpo calcinado de
un hombre encima de un contenedor de basuras. Diríjanse a la
calle...".

El octavo muerto de este fin de semana tampoco tendrá nombre.



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