[R-P] Roca cap 6 (3 de 3)

José María Cavalleri ingcavalleri en yahoo.com.ar
Jue Jun 25 16:27:53 MDT 2009


go Paunero, a quien debía esa reposición. Los mitristas pe¬dían a gritos su renuncia y rodearon más que nunca al gene¬ral vencedor. Por su parte, algunos elementos jóvenes del partido de Posse, como Manuel Demetrio Pizarro, que había luchado en Las Playas contra Peñaloza y que se había esforzado por salvar algunos prisioneros de la carnicería, iniciaba una campaña política para levantar la proscripción que pesaba sobre los rusos. Era una apertura que más tarde llegaría hasta la alianza. 
Dramáticamente aislado, Posse envió su renuncia a la Legislatura, el 17 de julio, en un texto donde reconocía "la suma debilidad de los poderes de la Provincia, y su insuficiencia para existir de otro modo que a la sombra del poder protector que ellas han creado par la delegación de sus prin¬cipales facultades y elementos de Gobierno" expresaba que era imposible la marcha de los gobiernos de provincia " cuando 
a su debilidad e insuficiencia se une la necesidad de contra¬rrestar la acción de ese poder protector, que se ejerce en senti¬do contrario a su  institución"; acusaba a los mitristas de haber fomentado la revolución para explotarla en su provecho, y hacía votos para que su sucesor fuera "bastante honrado y patriota para no traficar con los derechos que correspon¬den a la Provincia como Estado federal". 
Era la de Posse, sin duda, una posición altiva pero con¬tradictoria y utópica: mal podía pensarse en la defensa efi¬caz del federalismo cuando se había enviado a los federales a la tumba o al silencio. Pero aunque la renuncia no cuestio¬naba por su nombre el hecho de Pavón, cuestionaba publica¬mente sus consecuencias, pues no otra cosa significaba denunciar el poder "protector" creado por esa delegación de facultades, efectuada precisamente para permitir que el ge¬neral Mitre fuera elevado a la Presidencia de la Nación. Si el liberalismo autonomista quería ser consecuente en su autonomismo, tenía, a la larga, que buscar la alianza con los vencidos del partido ruso. Y la buscó. 
Mientras Posse, en efecto, se encerraba en un desdeñoso silencio, los jóvenes ultras, entendidos con los federales, con¬seguían derrotar por segunda vez en Córdoba al grupo de 
 
Peña y a la influencia de Paunero. El nuevo gobernador designado por la Legislatura seria don Roque Ferreira, un "ruso” desteñido que se apoyaría en el grupo de los Pizarro y por un tiempo tendría de ministro al Dr. Mateo J. Luque, antiguo hombre de confianza de Derqui. 
Nuevamente el triunfo militar dividía a los vencedores. 
Pavón había escindido a los liberales cordobeses en "nacio¬nalistas" y "autonomistas” . El trágico incendio de Las Playas, con su secuela de horrores, dividía ahora a los au¬tonomistas, si bien de manera menos ostensible. Un sector rodearía a Posse en su momentáneo retiro, mientras otro, con los hermanos Pizarro, proseguía la actividad política en la nueva situación creada por la tácita entente con los federales. Para muchos, esta situación podía ser un plato demasiado picante. Pero si la alianza de hecho entre rusos  y  ultras escandalizaba a los puritanos e intransigentes de am¬bos partidos, y además atraía las peligrosas iras del mitrismo local y nacional, quedaba por ahora cubierta con la respetabilidad y moderación del gobernador Ferreira, elegido para cumplir un papel de hombre puente. 
Con esta curiosa derivación quedaba arrojada en Cór¬doba, por una nueva generación política, la simiente de una actitud que sólo habría de fructificar años más tarde; que tendría; sus equivalentes también en otras provincias, y que, según hemos de ver, alcanzaría proyecciones nacionales. 
Julio A. Roca, Ayudante Mayor del batallón 6º de Infantería, asistió, como tantos otros, a las discusiones entabla¬das después de Las Playas. Durante su primera estada en la ciudad, -en el verano -de 1861-1862, había establecido lazos de amistad con muchos ultras ahora divididos, y se había iniciado en muchos de los vericuetos de esa endiablada polí¬tica cordobesa, que sacaba de sus casillas al general Paunero. Sin embargo no podría avizorar, por el momento, las largas consecuencias de esta nueva actitud de los autonomistas de Córdoba. Él, que seria el beneficiario de esta nueva línea, y al mismo tiempo su definitivo. modelador en el aspecto nacional, estaba en esos momentos muy lejos aún de su destino y de su "estrella”. 
 
En ese mes de julio del 63, en que Posse lanzaba la acusación de su renuncia, Roca marchaba ya con su batallón por los Llanos de La Rioja, donde las tropas nacionales bus¬caban en vano la huella del Chacho, más inasible que el humo. Cumplió sus veinte años "en campaña", según se deduce de su foja militar, y en septiembre llegó a la ciudad de La Rioja, en cuya guarnición permanecería varios meses hasta mayo del año, 1864. 
Allí, seguramente, recibió la tremenda noticia del fin de Peñaloza. El 12 de noviembre de 1863, el Chacho, que se había acogido en Loma Blanca a la confianza de su amigo el comandante nacional Ricardo Vera, se rindió a éste _ y quedó bajo su protección. Esta turbia "custodia" duró sólo una hora, hasta que llegó el mayor Pablo Irrazába ly, apenas desmontado, atravesó al Chacho de un lanzazo y ordenó a un piquete concluir a tiros con el herido. "Pero el ensañamiento no tuvo límites: el teniente Juan Junt, del 6º de línea, hizo cortar una oreja al cadáver del jefe asesinado y la envió de regalo, en un sobre, a don Natal Lema; después cortaron la cabeza del caudillo y la enarbo¬laron sobre una pica en la plaza de Olta". 98 En La Rioja, el gobernador Manuel Vicente Bustos, federal, que debía al Chacho su tercera gobernación, pero que había roto con el caudillo, tuvo una aflojada incalificable: ¡dictó un decreto haciendo un obsequio
 a Irrazábal! 
La sangre de Angel Vicente Peñaloza goteando sobre la plaza de Olta, era sin duda, un buen "abono". Sarmiento, Director de la Guerrra, comunicaba a Mitre, desde San Juan, en carta del 18 de noviembre de 1863: " ... he aplaudido la medida precisamente por forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chus¬mas no se habrían aquietado en seis meses". Puede suponerse que la responsabilidad del gobernador de San Juan no se li¬mitaba al aplauso. Difícilmente se hubiera atrevido Irrazábal, un oficial subalterno, a ordenar la muerte y degollación de Peñaloza, si no hubiera tenido instrucciones precisas para 
 
obrar de ese modo. Pero el vehemente y locuaz pedagogo hizo más todavía. Después de haber aplaudido la muerte del caudillo precisamente por su forma, "hizo barrer la plaza de San Juan a doña Victoria Romero de Peñaloza, esposa del Chacho, atada a una cadena de presidiario". 99 
Los lugartenientes de Peñaloza, mientras tanto, no que¬rían darse por vencidos y continuaban en campaña; el 21 de noviembre, en Chaján, al sur de Córdoba, el coronel lseas derrotaba a fuerzas de Puebla, Agenor Pacheco y Simón Luengo. 
El año 63 terminaba así con la heroica, sangrienta y por¬fiada resistencia opuesta por el pueblo del interior a la "pa¬cificación" ordenada desde Buenos Aires. Esta resistencia, que había durado casi dos años, no sería sin embargo la última. 
En el mes de diciembre se realizaba en Montevideo un funeral en memoria del Chacho, al que asistieron los muy numerosos emigrados federales. Encabezaban el duelo el ex presidente de la Confederación, Santiago Derqui, el porteño reformista Nicolás A. Calvo y el bravo general puntano Juan Saá. 
Encontrándose en la ciudad de La Rioja, el Ayudante Mayor 1º, Julio Argentino Roca, que se había batido en Lo¬mas Blancas y en Las Playas, recibió su ascenso a capitán. El nuevo grado significó también un cambio de destino. Des¬pués de permanecer dos meses más en La Rioja, el capitán Roca tuvo que marchar a las guarniciones de la frontera Sur: San Luis, Villa Mercedes y Fuerte Diamante, en Mendoza. Fue un total de doce meses, desde mayo del 64 a mayo del 65; en un teatro muy distinto al sangriento escenario que le había tocado recorrer. Era nuevamente la vida solitaria de las guar¬niciones y la asimilación de una experiencia enteramente diversa. 
 Al enemigo se le veía poco la cara, y los tratados de paz con los caciques solían tener más larga duración que las treguas con la montonera. En abril del 65 Roca volvió a La Rioja, donde estuvo enfermo, pero sólo para retornar al mes siguiente a su puesto mendocino del Fuerte Diamante. 
N o faltaban incidentes, sin embargo, que rompieran la rutina pueblerina de esas guarniciones. A poco de llegar Roca a San Luis, se produjo en la frontera Sur de Mendoza un escándalo que dio que hablar a todos los acantonamientos de la línea. Después de haber sido unos meses secretario de Paunero, había ido a parar allí, como comandante de la fron¬tera, teniendo a su mando las guarniciones de San Rafael y Punta del Agua, el increíble Olascoaga. En Las Playas, donde actuó, había impedido que Sandes fusilara al capitán ruso Justiniano Argüello. Luego se enemistó con Arredondo y aho¬ra tenía conflictos con los proveedores que, entre otros negocios, se dedicaban a comprar con usura los sueldos de la tropa. Los amigos de Arredondo, a su vez, le acusaban por la protección que dispensaba a Clavero, el del fusilamiento de Abe¬rastain,_ preso en la cárcel de Mendoza. 
Un día llegó el aviso de un malón indígena que había asolado Malargüe. Olascoaga le salió al encuentro, derrotó a la indiada y fusiló al lenguaraz trasandino Julián Arayu; que venía de baqueano con el malón. El cónsul chileno protestó y el gobierno nacional ordenó a Olascoaga presentarse en la capital, mientras que, por influencia de Arredondo, llegaba a la comandancia un nuevo jefe para reemplazar al díscolo. El recién llegado era Pablo Irrazábal, el matadar de1 Chacho. Olascoaga hizo formar el regimiento y delante de Irrazábal los soldados comenzaron a gritar: "¡Abajo el ase¬sino de enfermos! ¡Abajo los ladrones de sueldos t j Muera el 
asesino! “ , 	- 
Luego de permitirse semejante expansión, no le quedó a O1ascoaga más recurso que pasar la cordillera, seguido, por muchos de sus hombres. Dos años después volvería, devuelto a la fe federal de sus comienzos. 	
 
Pero la empresa civilizadora que se habían impuesto los vencedores de Pavón no quedaría satisfecha con el exterminio de la montonera y con la degollación del Chacho. Mucho iban a tener que moverse todos los que integraban la gran maqui¬naria del ejército de línea, y el capitán Roca entre ellos. Al finalizar el año 64, a las guarniciones comenzaron a llegan noticias, abundantes y oscuras como presagios: el 12 de octubre los brasileños habían comenzado a invadir la República Oriental, donde el argentino Juan Saá, comandante del ejér¬cito de reserva, convocaba a las filas a todos los varones de 16 a 60 años. En noviembre, la República del Paraguay, en cumplimiento de sus convenios con los uruguayos, ataca al Imperio del Brasil, y el 6 de diciembre la escuadra bra¬sileña comienza el bombardeo de la ciudad de Paysandú, interrumpido durante tres días, y reiniciado después de ha¬berse aprovisionado los barcos atacantes en los arsenales de
 Buenos Aires, sede de un gobierno que se proclamaba "neutral". El 19 de marzo de 1865, el gobierno paraguayo, ante la negativa de Mitre para permitir el paso de tropas por las Misiones en marcha hacia territorio brasileño, declara la guerra "al actual gobierno de la República Argentina". 
Pero no todas las noticias provenían del Litoral. En Córdoba, Justiniano Posse, cada vez más distanciado de la actitud de sus correligionarios ligados a los rusos, se había lanzado a conspirar. El gobierno cordobés, que conocía hasta el santo y seña de los conjurados, hizo abortar la revolución, provocándola, el 2 de marzo de 1865, y mandó detener a Posse, que se había refugiado en la casa del Juez Federal Saturnino Laspiur. Al ser conducido en dirección a la jefa¬tura de Policía por un piquete, topó Posse con otro grupo ¬de soldados mandados por un oficial ruso, que ordenó su fusilamiento en el acto. La sangre del jefe liberal complicó más las rivalidades entre nacionalistas, autonomistas y fede¬rales, y Mitre debió enviar a Córdoba a su ministro del Inte¬rior, el Dr. Rawson, que no pudo lograr ni la renuncia de Ferreira ni el cese de la influencia del grupo de Pizarro, y que debió volverse a Buenos Aires por causa de la guerra
 paraguaya. 
 
En el mes de junio de 1865, el capitán Roca se encuentra en Rosario, formando parte de las tropas que se disponen a marchar hacia Corrientes, en refuerzos del ejército de Paunero. 
La tragedia durará cinco años terribles, y su trágica herencia pesará sobre el destino del continente. 




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