[R-P] [Revista Cabildo] Participación de católicos en democracia.
Gustavo Battistoni
gustavo.battistoni en gmail.com
Lun Jun 22 09:42:46 MDT 2009
domingo 21 de junio de 2009
Actualidad
PARTICIPACIÓN DE CATÓLICOS
EN DEMOCRACIA:
UN CALLEJÓN SIN SALIDA
Ante las elecciones del domingo 28 de junio, diferentes autoridades
eclesiásticas han hablado del modo de participación de los católicos
en el sistema político vigente. También desde los púlpitos –éste mismo
sábado por la tarde, por ejemplo– se ha hablado del tema. De las
mismas, algunas de ellas tomaron estado público, otras no, pero la más
significativa tal vez sea la emitida el pasado domingo 14 de junio,
por Monseñor Francisco Polti, en su homilía de Corpus Christi,
celebrada en la catedral Nuestra Señora del Carmen –Santiago del
Estero–, quien dijo algunas cosas que merecen ser analizadas con
detenimiento (AICA): “Todos los bautizados católicos, al participar de
las elecciones como verdaderos ciudadanos comprometidos con nuestra
patria, sabemos muy bien que hay valores fundamentales que no son
negociables. Me parece oportuno hoy recordarlos para tenerlos en
cuenta a la hora de elegir a los futuros legisladores: el respeto y la
defensa de la vida humana desde su concepción hasta su fin natural, la
familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de
educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus
formas”.
No hay duda de que todas las cuestiones que se proponen como criterios
“para elegir legisladores” son loables: respeto de la vida del nonato
y de la sexualidad tal como Dios la creó, integridad de la institución
familiar, libertad de educación de los hijos, bien común. Pero este no
es el punto en discusión. Los católicos ya sabemos –o deberíamos
saber– que todo eso está muy bien. Lo que verdaderamente nos
preguntamos es si este buen propósito tal como está planteado es
conducente. A tal fin escribimos estas líneas, pues –por las razones
que se verán a continuación– creemos que el mismo planteo es
gravemente erróneo y conduce precisamente a afianzar los males que se
pretenden evitar.
Ningún partido político está dispuesto a una defensa hasta las últimas
consecuencias de todos estos principios. Ninguno. No hablemos ya del
PRO, del Frente para la Victoria, de la Coalición Cívica o de los
demás partidos políticos, particularmente los de izquierda. Esos están
descartados de antemano; por su historia, por su prontuario, por toda
la recolección de indignidades que jurídica y legalmente han
perpetrado.
Pero lo peor es que tampoco ningún partido político –por más católico
que fuera– puede defender integralmente estas verdades.
Y esta imposibilidad no es pasajera, no es una imposibilidad
accidental, no es un problema que hoy existe pero mañana podría
desaparecer. No, al contrario: Es un obstáculo insalvable.
¿Cuál es ese obstáculo? El obstáculo es el principio mismo de la
democracia, que no es otro –veamos si no el artículo 37 de nuestra tan
loada Constitución– que la soberanía popular. Dice el estatuto
liberal: “Esta Constitución garantiza el pleno ejercicio de los
derechos políticos, con arreglo al principio de la soberanía popular y
de las leyes que se dicten en consecuencia. El sufragio es universal,
igual, secreto y obligatorio”.
En virtud de este principio, la decisión última que abre la puerta a
una ley inicua o se la cierra, es la cifra. El número. No las razones,
no los argumentos, no la verdad, no el orden ni el derecho. Sólo los
números. Por eso, por más que un partido político católico vote en
contra de una ley inicua, es evidente que no hace todo lo que está a
su alcance para evitar este mal. Y no lo hace porque su reacción ante
esta abominación no puede ser sino limitada; se mueve dentro de los
cánones del principio de la mayoría, de la legalidad –aunque
ilegítima–; se arriesga a perder y, finalmente, termina perdiendo
siempre, aceptando el remate de principios y cuestiones morales
objetivas. Lo primero que debe decirse es que estamos obligados a
impugnar de raíz un sistema que descansa únicamente en la voluntad
popular, en las mayorías.
Por eso es que desconciertan, si no entristecen, las ingenuas
apelaciones de Monseñor Polti. Una ingenuidad paralizante que acaba en
la esterilidad apostólica: Lo que nos está diciendo es, en la
práctica, que debemos apoyar el sistema que hace posibles y realiza
semejantes iniquidades.
Dolorosa realidad: Los partidos mayoritarios no defenderán –teniendo
la fuerza para hacerlo– las cuestiones de orden natural, y los
partidos católicos no sólo no tienen la fuerza de la mayoría para
defender estas cuestiones, sino que, sobre todo y principalmente,
aceptan rifar la verdad en un plebiscito.
Al ir a un plebiscito, aceptan –por más que en su foro íntimo no lo
juzguen así– la decisión que saldrá de las urnas. No pueden invocar
algo “más allá” de la mayoría, algo “allende” la voluntad popular; no
pueden apelar a una legitimidad por encima de la legalidad. No pueden
negarle públicamente a las personas su “derecho”, su falso derecho, a
llevar al poder a un partido pro abortista, o que por lo menos no
tenga una postura claramente antiabortista. No: Los partidos tienen
que aceptar, les guste o no, la decisión de las urnas. Por eso, aunque
intenten que se los vote con el pretendido fin de defender el orden
natural –el sobrenatural conviene no mencionarlo, ya que han
abandonado las luminosas enseñanzas del Reinado Social de Cristo,
dejando entre paréntesis la Gracia–, ya han perdido de antemano.
El sistema democrático hace posible que una decisión mayoritaria,
aunque injusta e inmoral, se convierta en ley.
Hans Kelsen, el famoso jurista judío austríaco, paradigma del
positivismo en el siglo XX, vio con toda claridad esta
irreductibilidad de alternativas al afirmar, y con razón, que existe
una particular filosofía que está detrás del sistema democrático. Y
que esa filosofía, que es su fundamento, no puede cambiar sin que ipso
facto el sistema mismo deje de ser lo que es. De ahí que haya escrito
en su libro Esencia y valor de la democracia, una frase de plena
vigencia: “en efecto, si se cree en la existencia de lo absoluto –de
lo absolutamente bueno, en primer término–, ¿puede haber nada más
absurdo que provocar una votación para que decida la mayoría sobre ese
absoluto en que se cree?”
Los católicos, pues, entramos en una permanente contradicción, en una
insalvable aporía, si pretendemos defender la verdad en un régimen al
que le resulta indiferente la verdad, o que la somete al veredicto
mayoritario.
En efecto, es en el mismo punto de partida en que debemos situar la
problemática, y así lo hace el mismísimo Kelsen: “La cuestión decisiva
es si se cree en un valor y, consiguientemente, en una verdad y una
realidad absolutas, o si se piensa que al conocimiento humano no son
accesibles más que valores, verdades y realidades relativas. La
creencia en lo absoluto, tan hondamente arraigada en el corazón
humano, es el supuesto de la concepción metafísica del mundo. Pero si
el entendimiento niega este supuesto, si se piensa que el valor y la
realidad son cosas relativas y que, por tanto, han de hallarse
dispuestas en todo momento a retirarse y dejar el puesto a otras
igualmente legitimas, la conclusión lógica es el criticismo, el
positivismo y el empirismo…”
El positivista austríaco reconoce y admite la filiación
filosófica-política entre el sistema democrático y las corrientes
mencionadas. No hay, pues, un indiferentismo axiológico. No hay una
absurda creencia en que de cualquier principio puede derivar cualquier
conclusión. No hay tampoco un engaño respecto de lo que puede y no
puede dar la democracia.
Con sentido ponderativo, por supuesto, pero facilitando la comprensión
de los términos, Kelsen nos remite a los pensadores que han defendido
la democracia y, además, a los que la han rechazado: “En efecto, todos
los grandes metafísicos se han decidido por la autocracia y contra la
democracia; y los filósofos que han hablado la palabra de la
democracia, se han inclinado casi siempre al relativismo empírico”.
Por su parte, Kelsen entiende por autocracia todo gobierno que
reconozca la primacía de una verdad absoluta, independiente de las
subjetividades humanas. La cita continúa y es esclarecedora: “Así
vemos en la Antigüedad a los sofistas que, apoyados en los progresos
de las ciencias empíricas de la Naturaleza, unieron una filosofía
radicalmente relativista en el dominio de la ciencia social con una
mentalidad democrática. El fundador de la sofística, Protágoras,
enseña que el hombre es la medida de todas las cosas, y su poeta
Eurípides ensalza la democracia y la paz”.
Pero veamos ahora a los tradicionales enemigos de la democracia. Tal
vez nos ayude a tomar partido respecto de ella: “A su vez, Platón, en
quien renace la metafísica religiosa contra el racionalismo de la
ilustración, declarando contra Protágoras que la medida de todas las
cosas es Dios, es el mayor enemigo de la democracia y un admirador y
aún propugnado del a dictadura. En la Edad Media, la metafísica del
Cristianismo va unida, naturalmente, a la convicción de que la mejor
forma política es la Monarquía, como imagen del gobierno divino del
universo. Santo Tomás constituye un testimonio culminante en este
sentido”.
Y llegado aquí, uno no sabe cómo agradecerle a Kelsen su ponderación
por la democracia, ponderación que pone sobre el tapete sus
ineludibles fundamentos, destruyendo de raíz el sofisma del
indiferentismo axiológico, que pretende –para hablar en criollo– que
un olmo produzca peras.
La democracia, nos enseña el hebreo austríaco, sólo puede tener lugar
cuando la razón natural y las verdades absolutas están oscurecidas y
relegadas al terreno de lo abstracto, de lo imposible, de lo ficticio,
de lo irresoluble. Cuando el ocaso de la razón es un hecho, entonces
se alza el sistema que pone como categoría fundamental al número,
razón por la cual Kelsen admite y confiesa lo siguiente: “si se
declara que la verdad y los valores absolutos son inaccesibles al
conocimiento humano, ha de considerarse posible al menos no sólo la
propia opinión sino también la ajena y aún la contraria. Por eso, la
concepción filosófica que presupone la democracia es el relativismo”.
La claridad de este enemigo del orden natural –recordemos su
procedencia del positivismo jurídico– es admirable. Ha de considerarse
posible al menos no sólo la propia opinión sino también la ajena y aún
la contraria, ha dicho el escéptico. Y sabe lo que dice. Traduzcámoslo
a la Argentina de hoy y veremos en qué trampa caemos los católicos
cuando pretendemos defender la verdad en el sistema democrático.
Si “ha de considerarse posible al menos” no sólo la propia opinión,
pongamos, para aclarar, el ejemplo del aborto. Una vez que entramos en
Democracia, no nos queda otra salida que aceptar como posible que un
partido se presente como partidario del crimen silencioso. Debemos
admitirlo, so pena de ser excluidos del redil bienpensante. Y, por
ello, con lógica democrática, no podemos negarle derecho a existir a
esa posición.
Ahora bien, si no podemos negarle derecho a existir, estamos nivelando
a la verdad con el error, a lo bueno con lo malo, a la realidad con la
mentira, a la vida hecha a imagen y semejanza de Dios con el asesinato
de un niño inocente. Todo eso estamos admitiendo si entramos en el
sistema. Estamos nivelando el asesinato abominable, el derramamiento
de sangre inocente que clama al cielo por justicia, con el derecho del
niño a nacer, como si fueran ambas posiciones igualmente admisibles.
Intentar ganarles dentro del mismo sistema, ingresando en él, termina
consolidando la injusta legalidad que permite estas inmoralidades y
atrocidades. Cada vez que perdamos una elección, estaremos obligados
en virtud del principio democrático a admitir como válida la postura
pro abortista. De nada servirá la apelación al derecho natural, a los
principios no negociables, porque su mención no podrá pasar de un
intento puramente verbal, en el contexto de un sistema que se
desentiende por principio de la verdad y del bien objetivos. Porque si
la norma fundamental del sistema es distinta y aún opuesta al derecho
natural –y en efecto, lo es–, es evidente entonces que la ultima ratio
de las decisiones no es la Verdad, no es la realidad, sino el número,
la mayoría.
Y este nivelar la verdad con el error no es, como puede pensarse, algo
accidental al sistema. Es de su misma esencia. Porque esta nivelación
de la verdad con el error, está fundada en la reducción de todo lo que
se discute a su condición numérica. No puede eludirse esto ni puede
afectarse que se desconocen estas conclusiones. Si el escepticismo y
el relativismo mandan, como admite con honestidad intelectual Kelsen,
entonces ninguna opinión es más verdadera que otra. Ninguna opinión es
más falsa que otra. Sólo queda guiarse por la mayoría: Todo es lo
mismo.
“La democracia concede igual estima a la voluntad política de cada
uno, porque todas las opiniones y doctrinas políticas son iguales para
ella, por lo cual les concede idéntica posibilidad de manifestarse y
de conquistar las inteligencias y voluntades humanas en régimen de
libre concurrencia. Tal es la razón del carácter democrático del
procedimiento dialéctico de la discusión, con el que funcionan los
Parlamentos y Asambleas populares”.
Lo dice Kelsen, nada menos que en un libro que lleva por nombre
Esencia y valor de la democracia. Por eso, invirtiendo su valoración,
lo que debe hacer el católico que realmente quiera defender “la vida
desde la concepción”, “el derecho a la educación de los hijos”, “el
bien común”, “el matrimonio”, es en primer lugar rechazar de plano el
sistema político que hace posible la legalización del aborto, que hace
posible el totalitarismo educativo, que hace imposible el ordenamiento
al bien común, que hizo posible la ley del divorcio. Si observamos
bien, todas, absolutamente todas, leyes injustas y abominables que han
alcanzado su promulgación por la vía del sufragio. Han ingresado por
medio del voto. Han sido sancionadas a través de la voluntad de la
mayoría.
Estas leyes inicuas no fueron sancionadas a pesar de vivir en Democracia.
Fueron sancionadas porque vivimos en Democracia.
He ahí el enemigo: El sistema que difunde la pérfida noción de que
todo es lo mismo, la verdad, el error, el bien, lo malo, la belleza,
la fealdad.
Por eso es que la participación de los católicos en la democracia no
es ni puede dejar de ser un callejón sin salida, una trampa que se
arroja a los buenos católicos para que, sin advertirlo, colaboren en
la tarea de la confusión de las inteligencias. Rechacemos de plano la
mentalidad democrática, niveladora de la luz y de las tinieblas. Y,
nuevamente, rechacémosla por aquello que el ya citado Kelsen reconoce
sin quererlo: Su culpabilidad en el Viernes Santo.
Hacia el final de su libro el jurista austríaco dice: “En el capítulo
XVIII del Evangelio de San Juan se describe un episodio de la vida de
Jesús. El relato sencillo, pero lapidario por su ingenuidad, pertenece
a lo más grandioso que haya producido la literatura universal, y, sin
intentarlo, simboliza de modo dramático el relativismo y la
democracia”.
No pierdan el detalle: “Es el tiempo de la Pascua, cuando Jesús,
acusado de titularse hijo de Dios y rey de los judíos, comparece ante
Pilato, el gobernador romano. Pilato pregunta irónicamente a aquel que
ante los ojos de un romano sólo podía ser un pobre loco: ‘¿Eres tú,
pues, el rey de los judíos?’. Y Jesús contesta con profunda convicción
e iluminado por su misión divina: ‘Tú lo has dicho. Yo soy rey, nacido
y venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Todo el que siga a
la verdad oye mi voz’. Entonces Pilato, aquel hombre de cultura vieja,
agotada, y por esto escéptica, vuelve a preguntar: '¿Qué es la
verdad?'. Y como no sabe lo que es la verdad, y como romano está
acostumbrado a pensar democráticamente, se dirige al pueblo y celebra
un plebiscito”.
Poncio Pilato, que pasó a la historia como aquel que se lavó las manos
de la Sangre Inocente que estaba a punto de entregar. Poncio Pilato,
el perfecto demócrata.
El Relativismo y la Democracia firmaron entonces una alianza que nadie
–so pena de hacer mutar la naturaleza de las cosas– puede borrar.
Nuestro camino no puede estar, entonces, en el arriesgar la verdad al
capricho y a la veleidad de las mayorías tumultuosas, las mismas que
un domingo de Ramos honraron a Cristo, para pocos días después pedir
su Crucifixión. Pidamos, por el contrario, la gracia de hacer carne en
nosotros mismos estas palabras del salmista, que son el verdadero
itinerario de nuestra actitud en el orden político, orden que debe ser
restaurado por Nuestro Señor. Roguemos a Dios, entonces, diciendo con
el Salmista nuestra oración esperanzada:
“Combate, Señor, a los que me atacan,
pelea contra los que me hacen la guerra.
Toma el escudo y el broquel,
Levántate y ven en mi ayuda;
Empuña la lanza y la jabalina
Para enfrentar a mis perseguidores;
dime: ‘Yo soy tu salvación’”.
Juan Carlos Monedero (h)
20.06.2009
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