[R-P] Tomás Eloy Martínez se pasa de piola y se desmadeja
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Sab Jun 20 07:11:02 MDT 2009
[Notable gambito mal hecho el de Tomás Eloy Martínez. Cita mal un
concepto del materialista dialéctico Antonio Gramsci, nada menos, para
luego reiterar la vieja y falsa antinomia formal (escolástica y nada
materialista por cierto), entre "autoritarismo y democracia". Lo que
Eloy Martínez olvida es que la progresividad histórica que Gramsci
asignaba a Napoleón I (y también a Bismark, pese a que Eloy Martínez
opine lo contrario) derivaba de lo que Bismark denominaba "la ola que
ruge bajo los pies del estadista".
Bajo los pies de los "cesaristas" (que además no lo son) Chávez o
Kirchner ruge una ola muy concreta, la de las masas argentinas y
venezolanas tratando de sacarse de encima el dogal asfixiante, el peso
muerto, la lápida histórica, que representa el parasitismo, el
despilfarro y el entreguismo de sus respectivas oligarquías.
No vamos a entrar en la distinción entre cesarismo y bonapartismo,
excesivamente sutil para un ignorante como T.E.Martínez, pero sí
queremos hacer notar que el hombre se ha olvidado por completo del
mejor ejemplo de cesarismo que podía haber esgrimido, ya que lo vivió:
el del César oligárquico José Alfredo Martínez de Hoz operando a
través de ese fantoche con galones llamado Jorge Rafael Videla. Ésa sí
que fue "la solución arbitraria, confiada a una gran personalidad, de
una situación histórico-política caracterizada por un equilibrio de
fuerzas de perspectivas catastróficas".
Claro está que semejante reconocimiento llevaría inmediatamente a
admitir que sujetos como Miguens, Biolcatti, Llambías y hasta de
Angeli están intentando cumplir el mismo rol en nuestros días, a
través de alguno de los candidatos estrella de la oposición. Ni hablar
del imbécil farfullante que "gestiona" Buenos Aires, claro.]
Venezuela, la Argentina y los caudillos providenciales
El cesarismo democrático
Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION
Sábado 20 de junio de 2009
Hasta las vísperas mismas de su desenlace, la brevedad ha sido la
única virtud de la campaña electoral argentina, dado que el peronismo
gobernante adelantó los comicios. La opereta del armado de las listas,
las peleas entre el candidato a diputado oficialista Néstor Kirchner y
el vicepresidente Julio Cobos, las impugnaciones judiciales, la guerra
de encuestas, la infinita publicidad de Francisco de Narváez y hasta
un aspirante a diputado tras las rejas constituyeron un espectáculo
penoso. Volvió así a confirmarse el escepticismo de generaciones ante
el sentido de su voto, la urgencia de una reforma política que
devuelva la fuerza original a los partidos tradicionales y el papel
inagotable del cesarismo en las naciones jóvenes como la Argentina.
Si se toma la definición de Antonio Gramsci, "el cesarismo expresa
siempre la solución arbitraria, confiada a una gran personalidad, de
una situación histórico-política caracterizada por un equilibrio de
fuerzas de perspectivas catastróficas". Para el marxista italiano,
puede haber cesarismos progresistas -Julio César y Napoleón I- o
regresivos -Napoleón III y Bismarck-, pero en todos los casos se trata
de una salida encabezada por un caudillo militar, aunque no sólo
militar, a una situación desesperada y excepcional. De ahí que la
figura -llámese cesarismo, bonapartismo, bismarckismo- sea tan
familiar en América latina, donde, desde las revoluciones
independentistas, la mayor parte de las naciones, castigadas por
sucesivas crisis políticas y escenarios de transición, conocieron más
caudillos que soluciones institucionales. Estas tierras han sido
fértiles en autócratas de gran popularidad que fueron expandiendo y
afianzando su poder, en los tiempos modernos, mediante el control de
la corrupción, de la policía y de la facultad para repartir los
recursos del Estado como les conviene.
No hay mayor símbolo de cesarismo democrático que el régimen del
venezolano Juan Vicente Gómez, uno de cuyos ministros, Laureano
Vallenilla Lanz, estableció la validez del término en un libro de
1919.
Gómez inspiró a Gabriel García Márquez el personaje del dictador de su
sexta novela, El otoño del patriarca , y es la encarnación favorita
del hombre fuerte de las tierras pobres para artistas plásticos como
Fernando Botero y Pedro León Zapata. Cuando llegué a Venezuela en
1975, la figura de Gómez seguía ocupando el centro de la imaginación
nacional, y ahora, que ha encontrado en Hugo Chávez a su mejor
discípulo, casi no pasa semana sin que la oposición invoque el
término.
Gómez creció al lado de su predecesor, Cipriano Castro, quien inició
el siglo XX enfrentando una poderosa amenaza internacional al no poder
pagar la deuda contraída con empresas extranjeras expropiadas. Buques
de bandera inglesa, italiana y alemana bloquearon el puerto de La
Guaira en 1902 y Venezuela logró zafarse de la asfixia gracias a la
providencial invocación de la doctrina Drago, obra del canciller
argentino del segundo mandato de Roca, Luis María Drago, quien
argumentó la ilegalidad del cobro violento de las deudas por parte de
las grandes potencias en detrimento de la soberanía, estabilidad y
dignidad de los Estados débiles. Su papel en la defensa de los
intereses nacionales permitió a Gómez dar el salto hacia la
vicepresidencia. Cuando Castro debió someterse a una cirugía delicada
en Alemania, lo traicionó con un golpe que lo instaló en la jefatura
del gobierno durante veintisiete años. Allí, en el sillón patriarcal,
murió en 1935.
Su ideólogo Vallenilla Lanz, un sociólogo positivista, intentó
argumentar que pueblos como el venezolano no estaban capacitados para
respirar una atmósfera republicana; sólo "el gendarme necesario" -como
definió a su modelo de césar- podía sacarlos de la miseria y de la
anomia. Dictaminó que "el Caudillo constituye la única fuerza de
conservación social" y que "el gendarme electivo o hereditario de ojo
avizor" es una necesidad fatal "en casi todas estas naciones de
Hispanoamérica, condenadas por causas complejas a una vida
turbulenta".
Como eficaz vocero de la ideología oficial, Vallenilla Lanz no se
refiere a Gómez en su ensayo de manera directa. Se ampara, en cambio,
en la figura tutelar de Simón Bolívar, quien propuso la presidencia
vitalicia. Escribe que Bolívar "nunca abrigó la más ligera esperanza"
de que "aquellas constituciones de papel" pudieran establecer el
orden. Sus críticos, como el exiliado Rómulo Betancourt, del Partido
Revolucionario Venezolano -luego presidente constitucional-, lo llamó
"Maquiavelo tropical empastado en papel higiénico".
Lejos de ofenderse, Vallenilla Lanz agradeció la comparación con el
autor de El príncipe .
Chávez no es el único heredero de la idea de un césar avalado
periódicamente por elecciones libres. Decidido a concentrar
férreamente todo el poder en sus solas manos, lleva por ahora diez
años en el gobierno, el mismo tiempo que Carlos Menem. Figuras como
Alberto Fujimori y Alvaro Uribe, por distintas que sean, han visto en
la perpetuación presidencial el vehículo para modelar sus países a la
medida de sus deseos. Qué decir de Fidel Castro, quien no logró hallar
un sucesor que no llevara su sangre. Si Brasil ha logrado superar, con
los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso y Lula da Silva, la
herencia del autoritarismo populista de Getulio Vargas, en la
Argentina el ejemplo de Perón impregna demasiado al partido que él
fundó y que ya se confunde con el Estado. Ayudan, y mucho, las
torpezas de una oposición que muestra menos interés en la construcción
de la democracia que en el asalto a los privilegios que confiere la
cosa pública, así como parece tener menos convicción para reintegrar a
los marginales al mundo de la ciudadanía que en reemplazar a un
firmante de los decretos de necesidad y urgencia por otro que haga lo
mismo.
Néstor Kirchner, como Gómez, ha intentado prolongar sus planes de
hegemonía alternándose con sus parientes en el gobierno, tal como hizo
al decidir la candidatura de la actual presidenta, su mujer. Ahora
sale a defender el modelo agitando el fantasma de un conflicto de
intereses entre grupos y clases que sólo una figura providencial, el
césar, podría contener. "Tengan en claro -declaró el candidato y
presidente del justicialismo-que el 28 de junio no es una elección
más. O es la vuelta al pasado para tratar de imponer proyectos que no
tienen nada que ver con el pueblo, o es la consolidación de un
proyecto nacional y popular que devuelva la justicia social. Tengan
mucha memoria cuando estén en la cola para votar. Sientan el ruido del
helicóptero y recuerden cómo se escaparon de la Casa de Gobierno."
Ese juego al todo o nada fue explotado ya por Menem. Los sucesores de
la Alianza, que continuaron su doctrina económica y sus métodos
políticos, demostraron que, a veces, todo se parece demasiado a nada.
Es, de alguna manera, el juego bonapartista, una de las formas del
cesarismo. Luego de las revoluciones de 1848, Luis Bonaparte fue
elegido -el primer voto universal en Europa- presidente de la Segunda
República Francesa. Sus constantes convocatorias a referendos
desnaturalizaron la representatividad republicana y cimentaron su
popularidad. El 2 de diciembre de 1851 aplastó a la creciente
oposición monárquica al llamar a un plebiscito con la pregunta:
"¿Queréis ser gobernados por Bonaparte? ¿Sí o no?". Un año más tarde,
previa reforma constitucional, se convirtió en emperador autoritario.
La presidenta Cristina Fernández conoce bien la historia de Napoleón
III, pues ha citado la obra de Carlos Marx sobre su golpe de Estado,
El 18 Brumario de Luis Bonaparte , repitiendo la famosa frase según la
cual cuando la historia se repite primero lo hace como tragedia y
luego como farsa. Sus reclamos sobre la calidad institucional se
enfrentan con sus declaraciones sobre los peligros que corre la
democracia si el partido gobernante no logra la mayoría en las
elecciones de diputados y senadores. Avalar a candidatos que no
piensan asumir sus responsabilidades -los testimoniales, como el
gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli-tampoco
fortalece su compromiso ciudadano. La influencia del estilo cesarista
de su marido, que no concibe el disenso sino como traición, amenaza la
estabilidad institucional no menos que la falta de ideas de la
oposición.
La Argentina no merece unas vísperas electorales tan desalentadoras,
en las que no se proponen otros futuros que el caos o la continuidad
del modelo impuesto por la voluntad del césar. Hay, quién lo duda,
horizontes más luminosos, pero desde las alturas del poder nadie los
ve.
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Néstor Gorojovsky
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