[R-P] Ser opositor - Horacio González
QUIQUE REY
quiquerey44 en gmail.com
Mar Jun 16 16:04:00 MDT 2009
EL PAIS › SOBRE LOS ESPACIOS Y LOS LENGUAJES DE LO POLITICOMartes, 16
de Junio de 2009
Ser opositor
“Hay un oficialismo de época. Se hospeda en el lugar del ‘opositor’,
con sus gallardetes morales, su invocación de las libertades, pero
protegido en su gabinete de ‘fierros mediáticos’ y munido de las
nuevas retóricas de la derecha.”
Por Horacio González *
En el vía crucis de las elecciones argentinas suele quedar invalidada
la palabra del oficialista. Es cierto, defiende gobiernos, posiciones
alcanzadas, contextos dados, ambientes previsibles, hechos consumados
y, cuándo no, puestos y emolumentos, para insinuar una palabra
antigua. Convengamos: poco agraciado es el papel del oficialista; su
existencia parece extenuarse en la defensa de axiomas que descienden
de vértices insondables que no podrían cuestionarse. Es cierto que la
expresión oficialista y su contraparte –el opositor– surge del juego
parlamentario y de un sistema previsible de turnos, como hablaba el
finado Balbín. Democracia es previsibilidad y hasta aburrimiento, se
dijo en los años ’80 para preservar el sistema de tandas que se
permutan recurrentemente, como si fueran los tiempos de cosecha de las
sociedades agrícolas.
Sin embargo, sería fácil refutar que el oficialista es un pobre
profesional del acatamiento que venera la disciplina hacia una cima de
un poder ineluctable. Max Weber fue bismarckiano pero no oficialista,
y el concepto debería perder su pobre connotación peyorativa con sólo
recordar que en la época de Salvador Allende no se podía designar
meramente a sus colaboradores o partidarios. ¿Les diríamos
oficialistas a quienes se inscriben en la esfera de gobiernos
populares acosados por fuerzas superiores a ellos, que sin embargo se
proclaman perseguidas o abusadas? No cabe duda de que lo
verdaderamente elegante para la leyenda menor de la política es ser
opositor. Cuando grandes fuerzas económicas, comunicacionales y
técnicas son opositoras, cumplen al mismo tiempo el papel de defender
sus intereses y de revestirse de la aflicción del perseguido. La
palabra opositor no parece tener lastres, aun cuando la retengan
poderosas financieras, redes de oscuros compromisos económicos con sus
tentáculos comunicacionales y la pléyade de repetidoras mundiales.
Pueden presentarse como formas núbiles. Pura dádiva hacia las
esperanzas que deben triunfar sobre los obstáculos de la burocracia
estatal, de los medios de comunicación públicos, de las jugarretas de
los peritos gubernativos en picarescas electorales. He aquí a los
oficialistas, pegajosas tramas de opacidad. ¡Y los opositores, nada,
puro encanto y fervor!
Por eso, si el opositor ve progresismo del lado del Gobierno, sólo
puede ser falso; si percibe medidas igualitaristas, sólo pueden ser
bribonadas; si nota el asomo de estatizaciones fundadas, sólo puede
ser un ardid de último momento del plebeyismo desgonzado; si hay
conflictos verosímiles y no arbitrarios con poderosas empresas, no
serían más que apuestas vicarias del populismo, meras fichas puestas
con la mirada en las encuestas o efluvios groseros de “chavismo”. Un
módico espanto puede recorrer así las conciencias, sin mayores
explicaciones. En cambio, el oficialista debe explicar, explicarse,
desenrollar largas túnicas argumentales, saberse sospechado por la
Fiscalía Global del Prejuicio. Su “lugar de enunciación”, le dirían al
“oficialista”, está alcanzado por la sospecha ontológica.
¡Ah, mis amigos, nunca sean oficialistas, ni siquiera intentando
críticas, observaciones para corregir el rumbo, independencia de
criterio! Miren las hornadas inagotables de denunciantes,
moralizadores de la “bella eticidad” (permítanme citar a Hegel). Se
lucen en la investigación de los frágiles gobiernos con propósitos
transformadores, por tibios o contradictorios que sean. De entrada,
desde el ánfora sagrada del magno tribunal y por boca del locutor de
turno, se arroja un recelo viscoso: “corrupción”. Sólo para comenzar a
hablar. Nunca deben declarar la espesura de intereses que surgen de
sus propias pautas diarias. ¿No son de la estirpe de los intocables,
poseedores de la palabra canonizada, herederos de las pastorales que
desean reeducar a una humanidad que, si quiere la mayoría de edad,
debe consultar el noticiario de las 19 horas?
En mis justificables ensueños, hasta imagino que esos opositores
deberían ser los merecidos oficialistas. ¿No nos damos cuenta de una
venturosa paradoja? Debo decirla, no creo que sea un gran
descubrimiento: ¡ellos, los llamados opositores, son los verdaderos
oficialistas, y nosotros, los llamados oficialistas, somos los que
seguimos el rastro problemático de los pensamientos independientes que
habitan la trama crítica de este momento político!
Fuertes organizaciones planetarias, poderosas gerencias de material
simbólico universal, asistidas por los hechos indetenibles de una
lengua interna al capitalismo de imágenes, componen la gramática
profunda de la época. El Ser Oficialista Real.
Hay un oficialismo de época. Se hospeda en el lugar del “opositor”,
con sus gallardetes morales, su invocación de las libertades, pero
protegido en su gabinete de “fierros mediáticos” y munido de las
nuevas retóricas de la derecha. Puede ser hasta “progresista”, pero su
idea del tiempo, del espacio, de la naturaleza, del cuerpo, de la
vida, de las imágenes, de la palabra, del espectador, del lector, de
la comprensión del arte, de las filosofías del sentido, todo ello es
de derecha, esto es, lo que antemano descarta reflexionar sobre sus
poderes y soportes, sobre sus subyacentes escaños autobiográficos y,
como antes se decía, sobre las condiciones de producción de la
existencia.
Esta irreflexión los exonera: no son sospechosos de nada y exhiben las
medallas del momento. Autopremiados. Sus roces con pantragruélicos
funcionarios estatales son festejados por la platea de hombres huecos,
de paja, atornillados a pseudo libertades. ¡Hasta pueden citar a
Gramsci! Probablemente nos acusan. Nos ponen frente a lo que habríamos
sido –¿entes incontaminados como ellos?–, antes de caer en las fauces
del Leviathan.
Sin embargo, permítanme decirles: hay un oficialismo invertido,
impalpable, que se llama “oposición” y que pertenece a un almácigo de
poderes globalizados. No gobiernan por medios tradicionales sino por
los invisibles rezos laicos de una Inquisición que imparte reglas de
etiqueta y simbolismos de coerción universal. En cambio, los pobres
gobiernos que comienzan a incomodar cuando muchas de sus partes
albergan significaciones novedosas y socialmente imaginativas ven
desencadenar en su contra la acción mancomunada de un ejército de
sabuesos semiológicos del “vigilar y castigar”.
Son ellos los oficialistas de época, que atacan más a los moderados
esfuerzos reparadores de los gobiernos populares que a los parapetos
de mando total de un tiempo que sienten suyo. Se molestan por el
titilante memorial boliviano de Evo Morales o la sincera pasión agonal
del ecuatoriano Correa, pero ponen ceño de sentida admiración ante una
gárgara amenazante de Prat Gay o algún lance de guionada, arrasadora
obviedad de Sor Gabriela Michetti. Saben que allí, en esas
puerilidades para sus públicos cautivos, residen verdaderamente los
nervios económicos diversificados del horizonte planetario, las
mutaciones tecnológicas que producen grandes cuadros de dominación, la
fábrica burocrática de las imágenes seriales.
Son ellos, los oficialistas de un pensamiento mundial con sus alas de
derecha y de izquierda. El panorama mundial es poco alentador, y en
las recientes elecciones europeas triunfó un oscuro pánico y la
indiferencia pusilánime. ¿Se podía esperar otro resultado? Se renuevan
sorprendentes operaciones simbólicas de control tecnológico masivo,
mientras estilos visibles de ópera bufa y folletín embuchan lo
político. Escuchen: somos opositores a eso. Emerge una subjetividad
amoldada a un mundo restrictivo, vitalmente empobrecido. No obstante,
ese mundo destila lenguajes de éxtasis y augurio. Somos opositores a
eso. Las grandes metrópolis del planeta, con sus tramas fantásticas de
producción y circulación, parecen villarejos feudales en sus moldes
estamentales. Somos opositores a eso.
En muchas circunstancias, algunas creencias políticas se refugian en
mesianismos y compromisos sacrificiales. Pero como complemento
invertido pueden ser también sustituidas por taumaturgos
especializados en diseños ideológicos y consumos arquetípicos. Hace
pocos días, un candidato de la elección argentina –De Narváez– llamó
“mi comercial” a uno de sus anuncios electorales. Somos opositores a
eso.
Atroces guerras no son cuestionadas con conceptos políticos, ni con
cualesquiera otros del legado crítico universal, sino que se las
considera fenómenos naturales. El plasma de violencia que proyectan
sobre el resto del mundo y los condicionamientos con los que limitan
la política son mansamente admitidos. Somos opositores a eso. Nuevos
conceptos restrictivos oscurecen la vida de las poblaciones, pese a
que los idiomas culturales recogen universalmente el cántico del
individualismo posesivo. Somos opositores eso.
Un neofascismo urbano y rural, con sus antropologías del miedo, pueden
solicitar en el mundo europeo a los viejos votantes de las izquierdas
proletarias, espiritualmente vaciados. Somos opositores a eso.
Aparatosos personajes combatientes surgen en candorosos moldes de
luchadores sociales, pero con contenidos que portan el ultimátum
neoconservador. En nuestros países representan a las derechas plebeyas
de los pequeños propietarios agrícolas, de mentalidad feudalizada.
Piden cercos y candados sociales. Son animosos patanes, trabuco en
mano; nietos racistas de los que hace un siglo fueron los condenados
de la tierra. Somos opositores a eso.
La forma anterior del capitalismo vio envejecer sus actos de dominio
sobre la conciencia colectiva. El dominio social puede ser ahora una
albúmina sutil de lenguajes que con un trasfondo de masacre se
revisten de susurros amistosos. En general, los viejos campos
nacionales, laborales, populares y fabriles se tornaron abstracciones
que no dejan detectar fácilmente los poderes de los que dependen.
Parecen evanescentes al encarnar pesadas formas de control e
inspección que se asemejan a aceptables juegos de computación, ya
olvidados de las ancestrales temáticas de la emancipación humana.
Somos opositores a eso. Nosotros somos los opositores, nosotros
podremos refundar la manera libertaria del ser público frente a los
oficialistas de época, con todas las voces que a lo largo del tiempo
lucharon por una sociedad liberada, entre las que se incluye por
derecho propio la marchita, ahora “opositora”, cantada por Hugo del
Carril.
* Ensayista, sociólogo, director de la Biblioteca Nacional
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