[R-P] 16 de Junio´55 - Los asesinos bombardean al pueblo de Buenos Aires
omar ferri
omarferri en yahoo.com.ar
Lun Jun 15 23:58:41 MDT 2009
> BOMBARDEO AL PUEBLO DE
> BUENOS
> AIRES
>
> http://www.youtube.com/watch?v=zqvOvCXl_Qc
>
>
> Esa
> mañana del 16 de junio de 1955 fue la primera vez que
> fuerzas armadas de un país Latinoamericano bombardeaban
> a su propia capital. Aviones de la aviación
> naval y la fuerza aérea masacraron al pueblo en la Plaza de
> Mayo y otros puntos claves de la ciudad. Esos cobardes
> asesinos respondían a la oligarquía y contaban con el
> beneplácito de los sectores gorilas de clase media.
> Luego vendrían 50 años de
> sistemática destrucción contra revolucionaria,
> fusilamientos,
> proscripción del pueblo y sus dirigentes, toma de
> sindicatos y universidades, torturas, 30 mil
> desaparecidos (dentro de los cuales se contarían muchos
> hijos de esa perversa clase media que acompaño con su
> complacencia suicida al enemigo del pueblo). La
> sangre siempre mancho las manos de nuestro enemigo, y fue la
> sangre del pueblo. Pero la victoria indefectiblemente
> será nuestra!
>
>
> Extracto algunos recuerdos de mi
> maestro de militancia, don Pepe Rosa, y de tantas
> generaciones que en nuestra juventud pudimos entender
> gracias a Perón, y a tantos sembradores de la patria, como
> José María Rosa, de que manera se debe pelear
> por la Causa Nacional y
> Popular.
>
> LEOPARDOGRISAZUL
>
>
>
> Pepe Rosa preso
>
> Episodio tragicómico dentro de la
> irracionalidad libertadora que sufría el país en
> 1955
> - Reconstrucción
> hecha por Eduardo Rosa en base a recuerdos personales y al
> libro “Conversando con José María Rosa” de Pablo
> J.Hernández
>
> Serían
> las dos de la mañana cuando tocaron el timbre de mi
> departamento de la calle Cangallo (hoy Perón). Yo vivía
> solo. Era Jhon W. Cooke, que no podía
> entrar en el departamento que le habían facilitado en ese
> mismo edificio. Le había entregado una llave
> equivocada. Recordó que yo vivía allí
> y venía a pedirme asilo. Conocía a Cooke por su interés
> por la historia y en ocasiones yo había ido a su casa o él
> a la mía. Pero no podía decirse que
> fuéramos amigos de esos de trato frecuente. Obré como debe
> obrar un criollo. Lo hubiera hecho aunque
> fuera mi enemigo, y Cooke no lo era. Puse
> la casa a su disposición, y a la mañana me fui a dictar mi
> cátedra a La Plata que inexplicablemente aún
> conservaba. (aunque luego de este
> episodio
> me echaron).
>
> Cuando regresé no fue
> menuda mi sorpresa: me esperaba una fila de policías con
> ametralladoras que apenas cabían en el estrecho pasillo. La
> presencia de Cooke había sido detectada.
> Conclusión: me metieron preso,
> alojándome en una oficina bastante incómoda.
> Así estuve durante varios
> días. Después me pasaron a un salón
> muy grande de la jefatura. Allí funcionaría un tribunal,
> pero como no lo había visto nunca, ni en las
> películas.
>
> Un estrado con seis o
> siete jueces de uniformes de las distintas armas; uno sólo,
> en un extremo, de civil. Enfrente cuatro o cinco filas de
> sillas ocupadas por gente de uniforme de alta graduación y
> señoras y niñas muy bien arregladas que me miraban, (esa
> fue mi impresión) con infinito desprecio ya que era un
> "peronacho”.
>
> Me hicieron sentar
> frente al estrado. La silla era endeble y casi destartalada.
> Después de sacarme fotografías,( y creo películas) se
> apagaron las luces de la sala, y potentes reflectores se
> concentraron sobre mí.
>
> Situación deprimente.
> O intimidante. Ridículamente sentía
> vergüenza: hacía cinco o seis días que estaba preso,
> dormía malamente en una silla apoyado en una mesa, estaba
> sin bañar, con el traje arrugado y manchado, la barba sin
> afeitar (era lampiño entonces), el pelo alborotado.
> Iluminado por esos reflectores y con un público tan
> distinguido.
>
> Se hizo
> silencio- La escena pareció detenerse en
> el tiempo. Hasta que de pronto se alzó
> la voz de uno de mis jueces. Era del que estaba de civil..
> Enunció con voz entre lacónica y
> metálica:
>
> - El capitán Gandhi
> le pregunta... -
> -¿Quién es el capitán Gandhi? -
> pregunté,
> realmente sorprendido. No conocía al personaje en
> cuestión.
> -Soy yo. - respondió la misma
> voz.
>
> Porque ese
> capitán de civil hablaba en tercera persona.
>
> Comenzó a
> interrogarme sobre Rosas. ¡Eso era la locura! Los que me
> conocen saben que cuando hablan de Rosas
> se me olvida el sueño, el cansancio, la depresión, Perdí
> conciencia del lamentable estado en que me encontraba y me
> puse a dar una clase sobre el Restaurador (?) a ese público
> absurdo.
>
> -El
> Capitán Gandhi dice que usted sabe mucho de Rosas. -
> me
> increpó
>
> –
> Tal vez tenga
> razón el capitán Gandhi. Pero si quiere que le hable de
> Rosas que me invite una tarde a su buque, nos tomaremos dos
> whiskies y le digo todo lo que el capitán Gandhi quiere
> saber sobre Rosas... pero no sé por qué me han traído con
> ametralladoras y en este estado.
> .
>
> Aquí cambió la
> expresión del capitán: – “Es que usted enseña cosas
> que pervierten a la juventud y nos gustaría comprobarlo”.
>
>
> - ¿Pervierto a la
> juventud? –
>
> -
> “Los trata de hacer rosistas, cuando Rosas fue un
> tirano, como el prófugo, que mató mucha gente”. (eso
> pasaba antes del 9 de junio de 1956).
>
> -
> No mataba
> tanta, capitán. Los que mandó fusilar fue por traidores a
> la Patria.-
>
> -
> “¿Cómo a la
> patria? En todo caso traidores a Rosas.”- intentó
> ironizar.
>
>
> -
> Toda la
> época de Rosas es de conflictos internacionales, con los
> bolivianos, con los franceses, con los ingleses, con los
> brasileños, y esa gente ayudaba al enemigo.- le dije serio,
> tratando de no traslucir ningún
> sentimiento.
>
> -
> “¿Guerra con
> Francia, con Inglaterra, cuándo?”- se interesó. Me
> pareció que buscaba el pie para la
> burla.
>
> -
> Con Francia hubo
> dos intervenciones: la de 1838, y la conjuntamente con
> Inglaterra de 1845. –
> aclaré
>
> -
> ¡Ah... los bloqueos!- respondió como no dándole
> importancia
>
> -
> Pero el
> capitán Gandhi debe saber que un bloqueo es un acto de
> hostilidad, y además no se limitaron los interventores a
> bloquear; también bombardearon a Martín García, Atalaya,
> la Vuelta de Obligado...- Quería mirarlo a los ojos
> tratando de percibir, a pesar de los reflectores, su
> expresión.
>
> -
> “Pero no bombardearon Buenos Aires”.- me dijo
> como quien no espera respuestas ya que considera vencido al
> enemigo
>
> Bueno: dicen que por
> una réplica uno es capaz de hundirse hasta las verijas; y
> yo, que soy polemista de alma, no iba a perder la ocasión
> que me brindaba el capitán.
> -
> Buenos Aires
> nunca fue bombardeada – le dije – por marinos
> ...extranjeros.- concluí
>
> En el momento (el
> capitán Gandhi) no pareció darse cuenta de la intención;
>
>
> Alguien le arrimó un
> papel con un mensaje. Lo leyó y,
> tomándose un instante para reflexionar lo que iba a decir,
> enunció entre rígido y furioso:
>
>
> -
> “Su interrogatorio, señor, ha
> terminado. Lo íbamos a poner en libertad, pero queda
> detenido por ofensa a la Revolución
> Libertadora”.
>
> Me pasaron a un
> calabozo.
>
> Días después a la
> penitenciaría, rigurosamente
> incomunicado.
>
> No puedo decir que
> padecí mucho con la incomunicación. Lo
> único que quizás me preocupaba era no saber que pasaba
> afuera.
>
> La incomunicación
> puede hacer sufrir a un extravertido, pero no a un
> introvertido como yo. No me querían dar lápiz ni papel por
> lo que mi único entretenimiento en los primeros días, era
> el de meditar.
>
> Después supe que se
> podía leer; bastaba con pedir al guardián un libro. El
> reglamento permitía leer un libro pero uno no lo podía
> elegir. Cuando pedí uno me trajeron una novela de Salgari;
> al día siguiente lo cambié por otro y llegó una “Corona
> fúnebre” en homenaje del general Manuel Rodríguez, con
> los discursos pronunciados en su entierro. Al tercer día
> pedí me lo cambiaran ante el asombro del guardián por la
> rapidez de mis lecturas. Vino El Quijote y ya no
> precisé más cambios. El Quijote era lectura
> constante mía, y lo releí por enésima vez.
>
>
> Además eso de la
> incomunicación se fue relativizando. Se siente los primeros
> días, pero después uno se acostumbra, y busca la vuelta
> para no hacerla rigurosa. Por ejemplo: nos traían a las
> cinco de la mañana el tazón de mate cocido que era nuestro
> desayuno; Esto lo hacían presos comunes y no guardianes.
> Entonces uno podía ponerse en contacto con los tres presos
> de la celda de enfrente, que a esa hora tenían sus mirillas
> abiertas y también tomaban sus mates. Conversábamos en voz
> alta. Eran políticos peronistas y entablamos muy buena
> amistad. Sobre todo con un mozo morocho y delgado, que
> debía ser algo importante porque a cada momento lo llamaban
> a declarar.
> En horas de la noche
> también me podía comunicar con los presos de celdas
> contiguas: bastaba poner sobre la mesa el banquillo, y
> subido allí se alcanzaba una pequeña ventana de rejas.
> Como de noche tampoco había guardianes, sino presos
> comunes, podíamos conversar, aunque sin vernos las caras.
> También a la mañana temprano, cuando hacíamos
> el barrido de la celda y limpiábamos el
> “zambullo” en las letrinas, se podían cambiar palabras
> con los presos en iguales condiciones. Así me hice de
> algunas amistades. Una vez pasó ante la puerta de mi celda
> el ex ministro de relaciones exteriores de Perón, Cavagna
> Martínez, siempre muy elegante, embutido en un pijama de
> seda y con el zambullo en la mano.
>
>
> –
> ¿Dónde va
> el canciller? –
> –
> “A ver al Nuncio”.
>
>
> Un hombre que
> conserva el humor, merecía mi aprecio. Fuimos, hasta que
> murió no hace mucho, grandes amigos. Otro amigo que me hice
> fue ese morocho que estaba en una celda de enfrente. Yo no
> sabía quién era, pero él me llamaba don Pepe con
> cordialidad: yo era más conocido de lo que imaginaba. Una
> tarde un preso común me hizo llegar una invitación de ese
> mozo para festejar Navidad en la letrina: debía pedir
> permiso para ir a ellas, y el soldado de guardia me llevaba
> con fusil hasta la entrada. Allí encontré a mi amigo
> desconocido junto con varios ex ministros de Perón, a
> algunos de los cuales conocía, festejando sentados en las
> letrinas, la navidad con champagne francés y un magnífico
> pavo asado. Ese mozo debería ser hombre de recursos, porque
> no solamente había conseguido traer esos comestibles, sino
> que no nos molestasen al brindar por la felicidad
> del país, de Perón, y por cada uno de nosotros. Allí me
> enteré que el amable desconocido era Jorge Antonio. Su
> amistad la conservo también: dicen que los amigos de la
> escuela y de la cárcel no se pierden.
>
> Después supe que
> también nuestros amigos y familiares se habían juntado en
> la puerta de la cárcel de la calle Las Heras para recibir
> la navidad lo más ruidosamente posible.
> Pero desgraciadamente no los llegamos a escuchar. Sin
> embargo sospechábamos que en alguna
> parte de la algarabía navideña estaban nuestros seres
> queridos y nos recordarían.
>
> Mis hijos estaban
> haciendo esfuerzos para sacarme, pero sus recursos de
> hábeas corpus se estrellaban contra la información de la
> policía. No sabían donde estaba. Hasta que una tarde cayó
> a la celda de enfrente el Bebe Goyeneche perseguido por los
> libertadores gorilas. Su culpa era haber sido secretario de
> prensa de Lonardi. Lo habían puesto, para agraviarlo, entre
> los peronistas para que se ensañaran con él
> por las cosas que había dicho
> contra Perón y “sus relaciones con niñas menores”. Yo
> lo defendí ante mis amigos. Después que salgamos de
> aquí, peleémonos. Pero aquí ayudémonos unos a otros.
> No estuvo mucho tiempo, y cuando salió pudo decirle a
> mis hijos que yo estaba en la sala tal, la celda cual, de la
> penitenciaría.
>
> Mientras mi
> familia tramitaba el hábeas corpus (que
> en rigor debe despacharse en horas, pero llevaba cinco meses
> de demora) ante un juez, Arturo Llosa, que me conocía.
> Había sido nacionalista, y ahora estaba entre los
> libertadores que lo hicieron juez.
>
>
> Con los datos de donde
> estaba exigió las causas de mi detención, y le dijeron que
> era en averiguación de actividades terroristas. Llosa que
> me conocía, pidió aclaración, y el jefe de policía dijo
> que “las actividades terroristas eran defender a Juan
> Manuel de Rosas”.
>
> Mis hijos presentaron
> un escrito diciendo que yo “no había tomado parte en el
> gobierno depuesto de Juan Manuel de Rosas”. Llosa, muy
> molesto con la policía, ordenó que me levantasen la
> incomunicación, y pusieran en libertad dentro de las 24
> horas bajo amenaza de allanar la penitenciaría.
>
>
> El abogado de mis
> hijos vino esa noche para decirme que me interrogarían esa
> misma noche en el Departamento de Policía para atribuirme,
> de palabra solamente, algún acto terrorista, que podía ser
> la quema de las iglesias, que justificase mi larga
> detención. Pero que no temiera porque el juez Llosa me
> pondría indefectiblemente en libertad al día siguiente.
>
>
> Debo decir que en esos
> días de estar incomunicado me enteré quién era ese famoso
> capitán Gandhi: era un protegido del subjefe de policía,
> de profesión maestro de escuela que había estudiado
> algunas materias de medicina, y su verdadero nombre era
> Próspero Germán Fernández Albariños. Oí decir muchas
> cosas extrañas de su manera de preguntar y de sus actos
> anormales, de cómo había cortado la cabeza de Juan Duarte
> para probar que no se había suicidado sino que lo mataron,
> que tenía la cabeza de Duarte en una bandeja sobre su
> escritorio e infinidad de cosas por el estilo.
>
>
> Un detenido peronista,
> diputado por no sé dónde, que era médico psiquiatra, hizo
> en base a los relatos que se hacían del tal Gandhi el
> diagnóstico de su enfermedad: “es un paranoico” –
>
> - ¿Qué es un paranoico?-,
> le pregunté.
>
>
> Me explicó que era un
> delirio sistemático, es decir que sólo deliraba un sistema
> de la personalidad, mientras la otra permanecía con una
> apariencia casi normal. Por los datos que le dábamos el tal
> Gandhi era un perseguido-perseguidor con predisposición a
> delirios de grandeza, que le llevaba a fingir conocimientos
> que no tenía y que se sentía perseguido por enemigos
> imaginarios, fruto de su delirio. Gandhi se creía acosado
> por los nacionalistas, y por eso se ensañaba, digamos que
> para defenderse, con ellos. Agregó que esa clase de
> enfermos tiene conciencia de que están perturbados, pero
> tratan de ocultarlo o disimularlo ante los demás y que si
> yo le hubiera dicho “usted es un paranoico”, le habría
> provocado quizás una crisis.
> –
> Qué lástima
> – le dije –
> saberlo recién ahora.-
>
>
> Cuando me dieron la
> noticia de que esa noche volvería al famoso tribunal,
> deseé fervientemente que Gandhi estuviese allí para
> desquitarme de los cinco meses que a la sazón había
> sufrido de incomunicación. Se me ocurría que no tenía él
> la culpa (Injusto por parte mía, porque no era a él) sino
> mi poca prudente alusión a los bombardeos de Buenos Aires.
> Pero de todas maneras me cobraría la bronca (rabia, furia
> ?) en un gorila.
>
> Esa noche fui llevado
> al tribunal; y Gandhi estaba. El tribunal ya no era el
> mismo. Ya no había militares sino unos muchachitos
> “comandos civiles” que hacían, junto con Gandhi, de
> jueces. La diversión ahora parecía comenzar a aburrir.
> Gandhi fue rápido a la imputación:
>
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