[R-P] [Pepe Muñoz Azpiri (h)] Argentinos, de pie!
Nestor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Jue Jun 4 09:45:17 MDT 2009
Gentileza de Agenda de Reflexión
Nº 532 - Argentinos: ¡de pie!
Hace cincuenta años nos abandonó Raúl Scalabrini Ortiz (1898 – 1959)
sábado 30 de Mayo de 2009
por José Luis Muñoz Azpiri (h)
["Con él, el patriotismo nostálgico de una sociedad señorial, estática y
autoritaria se transformó en un nacionalismo vigoroso, popular y
revolucionario, que trascendía la añoranza de nación entendida como
estancia propia."]
Una vida dedicada a los más puros ideales de arte y patria se extinguió
hace medio siglo con la persona de Raúl Scalabrini Ortiz. Su nombre,
desde ese momento, se integró indeleble a la historia de nuestras letras
y nuestro pensamiento político.
Redactor editorialista de los diarios “La Nación”, “El Mundo” y
“Noticias Gráficas”; crítico teatral de la revista “El Hogar”; fundador
del diario “Reconquista”, editado en los inquietos días del año 1939,
autor de “El hombre que está solo y espera”, la más lograda radiografía
del porteño, “Política británica en el Río de la Plata”, “Historia de
los ferrocarriles argentinos” y “Los ferrocarriles deben ser
argentinos”,el ilustre escritor desaparecido puso en su obra de
periodista, escritor económico y sociólogo, el sello de una vocación sin
mácula y la impronta de un acendrado espíritu patriótico y de artista.
Convivían en Scalabrini Ortiz, en armónica conjunción de pensamiento y
arte, los factores que alguna vez, dijo Keyserling, harían al escritor
de mañana: la tribuna y la profecía, unidos a la expresión vivaz y
depurada. Al igual que casi todos los escritores de nuestro pasado,
ejerció un magisterio tanto artístico como social. La herencia de
Echeverría y Sarmiento, pensadores consumidos por el fuego nativo, mitad
artistas, mitad profetas de ideal y grandeza, se prolongaba en este
obrero de la prosa que asignaba a su pluma una misión de redención
social y engrandecimiento ciudadano. Libros como “Política británica en
el Río de la Plata” e “Historia de los ferrocarriles argentinos”
ilustran ampliamente acerca del objetivo que Scalabrini quiso y
consiguió cumplir entre sus compatriotas. La primera de estas obras,
presentaba una interpretación histórica argentina a través de la
política sudamericana del Foreign Office y del Almirantazgo, revelando
los pasos manifiestos y ocultos de los Lores en cuyas redes prietas
quedaba anudada nuestra diplomacia a través de un panorama que se
extendía desde la Revolución de Mayo hasta la creación del Banco
Central. El segundo libro demolía, a su vez, el mito del riel
“civilizador”, demostrando que, por el contrario dicho “riel” solo había
causado estancamiento económico y atraso social a nuestro país. La tesis
no sólo era seductora sino de demostración efectiva y convincente. Los
ferrocarriles de la Argentina, fundamentos de nuestra soberanía
económica, fueron creados y construidos por argentinos: el Oeste llegaba
hasta Chivilcoy y marchaba en procura de la cordillera cuando fue
enajenado al extranjero. ¡Seis mil kilómetros de ferrocarriles
nacionales contaba el país cuando aparecieron las locomotoras y los
“wagons” de Birmigham para “civilizar” nuestro territorio!
Cuando Roca abandonó su presidencia en 1886, las vías férreas ya
contaban la extensión antedicha, y en ese incremento hay que señalar
realizaciones como la del Ferrocarril Andino. Originalmente se había
planeado extender el ramal Villa María - Río IV a Mendoza y San Juan,
con una eventual prolongación a Chile. El concesionario, Juan Clark,
renuncia en 1881, y la construcción del Ferrocarril Andino pasa a ser
responsabilidad del Consejo de Obras Públicas de la Nación. En mayo de
1885 el tren llega a Mendoza y luego a San Juan, con una baratura de
costos y un rendimiento que asombra “La vía más barata y mejor
construida de la República” dice Roca en uno de sus mensajes. Lo es a
tal punto, que esos 500 kilómetros tendidos en cinco años aportan, en
1885, un millón de pesos a las Rentas Generales de la Nación. Algo
similar ocurre con el Ferrocarril Central Norte, también propiedad de la
Nación, que a partir de 1882 se transforma en una fuente de ingresos,
autofinanciando dos de sus ramales y prolongándose a Salta.
Pero esta exitosa política estatal habría de clausurarse con la gestión
presidencial de Juárez Celman. A los tres meses de asumir el poder se
vende el Ferrocarril Andino… ¡al mismo Clark que había renunciado a
construirlo! Además se le garantizó una ganancia del 5 por ciento sobre
los 12 millones de pesos oro que había pagado para adquirir la línea. En
diciembre de 1887 se enajenan los ramales del Central Norte y luego la
red troncal, que fue comprada por una firma inglesa para transferirla
días después al Córdoba Central Railway; también en este caso la Nación
garantizó una ganancia del 5 por ciento a los adquirientes. Poco más
tarde la provincia de Buenos Aires vende el ejemplar Ferrocarril del
Oeste. “Los ferrocarriles de la provincia se llaman ahora “New Western
Railway of Buenos Aires” ¿No se parece eso a la sombra de la bandera
inglesa flameando sobre otro pedazo de territorio argentino con más
derecho del que tiene para flamear sobre las Islas Malvinas” clamaba
Carlos D´Amico en su libro “Buenos Aires, sus hombres, su política”,
escrito en 1890.
Así, en menos de diez años, aquella política ferroviaria llevada a cabo
por el Estado con sentido nacional se había frustrado. Contrariamente a
la tendencia inicial de la década, en 1890 la mayoría de los 9.500 Km.
de líneas férreas pertenecía al capital inglés (los franceses recién
entraron en el negocio ferroviario en 1885). A partir de 1890, los
ferrocarriles que en futuro construyera el Estado Nacional se tenderían
en zonas alejadas, escasamente pobladas, como una medida de fomento; las
grandes redes troncales eran inglesas.
Las voces de escándalo y alerta ante el despropósito de Juárez Celman -
uno de los gobiernos más corruptos de nuestra historia, “ilustre”
antecedente de los que harían con los ferrocarriles y el resto del
patrimonio público los traidores a la Patria de la década del 90 del
siglo XX - fueron muchas, pero al igual que el período de Menem,
desestimadas. Se vendía, en pleno éxito de explotación, lo que el país
entero había construido con su esfuerzo y su ahorro. Síntesis de estas
opiniones es el comentario de El Nacional del 20 de julio de 1887:
“¿Qué no se ha dicho de los ferrocarriles? Todo empréstito era poco para
gastarlo en él. Ahora de la Casa Rosada sale esta prosa: el Gobierno
“no” debe hacer ferrocarriles: se declara arrepentido de haberlos
hecho…” Y sigue diciendo el diario: “El gran secreto financiero
consiste, pues, en este doble procedimiento: defender los ferrocarriles
del Estado para tener empréstitos, y renegar de ellos luego de ser
administrados por el gobierno para vender los ferrocarriles para tener
dinero”.
Como en tiempos recientes, acosado por una deuda creciente en oro, el
gobierno de Juárez Celman intentaba hacerse de recursos vendiendo los
ferrocarriles del Estado, con el pretexto de que el Estado era mal
administrador… aunque las líneas enajenadas, tanto de la Nación como de
la Provincia de Buenos Aires, fueran un modelo de buena gestión
comercial. Todo ello acompañado por una intensa campaña de propaganda
que negaba el esfuerzo del pueblo y proclamaba su infundada incapacidad
e indolencia. Quienes tales cosas afirmaban y siguen afirmando desde los
medios, ni siquiera se tomaron el modesto trabajo de investigar el
origen de nuestra fuerza y desarrollo económico. Es por 1940, que la
obra de Scalabrini Ortiz encuentra el cenit de su desarrollo y también
es la fecha clave de la manumisión nacional. Hoy se reconoce, hasta en
el último rincón del país, merced al esfuerzo denodado del escritor
desaparecido, que el imperialismo extranjero coartó nuestros esfuerzos
de emancipación y libertad y que el “riel civilizador” sólo sirvió para
acuñar una locución desprestigiada e irónica.
Durante casi veinte años correspondió a estos documentos innovadores y
lúcidos, despertar a la parte más calificada de la población al
ejercicio de la verdad. Ninguno de los que gozaron de la “investidura de
la palabra” entre nosotros, pudo ponerla como Scalabrini al servicio
desinteresado del ideal de redención ajeno. He aquí por qué la figura
del escritor se agiganta con perfiles de auténtico prócer nacional.
El magisterio del publicista, ampliado por ejercicio del periodismo, y,
ocasionalmente de la tribuna, actuó siempre al margen de toda
organización o partido político, contrariamente a lo que en la
actualidad algunos afirman. La voz de Scalabrini Ortiz no era un
altavoz, sino una conciencia. El nacionalismo que ella representaba es,
en nuestro país, una mística que no ha podido articularse aún en
“plataforma” partidaria ninguna. El pensamiento nacionalista argentino
siempre fue una mística popular y no partido. Scalabrini vivió su pasión
argentina y la hizo vivir al margen del bando y las urnas, hasta arder
en su mismo fuego múltiple y generoso. Una, dos generaciones atrás de
Scalabrini Ortiz, el ideal nacionalista no existía entre nosotros,
adormecido por los tóxicos de la reacción y el colonialismo. Hoy, en
cambio, representa el fuego en que se consumen los corazones de la
patria comenzando por los proletarios. Dicho fuego representa la
credencial de la subsistencia y salvación nacionales, antesala de la
Argentina eterna que hombres como Scalabrini Ortiz profetizaron,
entrevieron y, finalmente, ayudaron a erigir.
Inspirador y jefe de la combativa empresa de “Reconquista”, pulverizador
de todos los mitos y cloroformos de la sumisión oligárquica - Scalabrini
demostró que un obrero argentino, en 1940, se sostenía con el mismo
régimen dietético y el número de calorías de un culí asiático o africano
- bestia negra de la City y los innumerables servicios de inteligencia
británicos, varias veces encarcelado por su pasión nacional emancipadora
- el padre de quien escribe se enorgullecía de haber compartido con él
una celda de la seccional 7º en una noche del lejano 1940 - y una de las
figuras más altas de la generación a la que pertenecía, hoy es objeto de
extrañas alquimias semánticas o artilugios ideológicos para ubicarlo en
territorios que nunca recorrió.
La originalidad de Scalabrini Ortiz consistió en abordar la historia
nacional y su realidad política contemporánea sin ningún tipo de
condicionamiento ideológico. No adscribía a teorías políticas nacidas y
desarrolladas en los países centrales pues logró forjar herramientas de
análisis propias. Con él, el patriotismo nostálgico de una sociedad
señorial, estática y autoritaria se transformó en un nacionalismo
vigoroso, popular y revolucionario, que trascendía la añoranza de nación
entendida como estancia propia. Un nacionalismo con olor a moho y
hedores de sepulcro, fosilizado en las formas y el culto a los símbolos
y absolutamente ajeno al análisis de los engranajes que garantizaban la
dependencia; así como también su examen de la marginación y explotación
de vastos sectores sociales trascendió el recurso de quienes practican
un pensamiento de sirga, mediante la extrapolación de marcos teóricos
ajenos, válidos en su contexto de nacimiento pero impracticables en
otras latitudes y en otras épocas.
Scalabrini Ortiz fue la reencarnación en la Pampa, de las severas
virtudes de un Catón implacable e insobornable. Lejos, muy lejos de las
mezquindades políticas coyunturales. Es por ello que muchos desearon
para él el destino de Narsés, el general de Bizancio, cegado y obligado
a mendigar ante las murallas de Europa.
En los actuales momentos, signados por la confusión y la entropía, que
al decir de Shakespeare parecerían integrar el relato de un loco, lleno
de estruendo y de furia, que no significa nada, el testimonio vivencial
de este luchador incansable se erige en atalaya para vislumbrar tiempos
mejores.
Hasta siempre, tribuno, hoy más que nunca tu testimonio y enseñanzas
siguen vigentes. Nosotros también estamos solos, desoladamente solos, y
todavía seguimos esperando.
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