[R-P] [Roy Williams] Sobre el joven Scalabrini Ortiz (1)

Gustavo Battistoni gustavo.battistoni en gmail.com
Mie Jun 3 12:07:07 MDT 2009


Adhesión a
"2009 Año de Homenaje
a Raúl Scalabrini Ortiz"




Raúl Scalabrini Ortíz


Hermenéutica, Literatura
y Transfiguración
La Comunidad y las formas de la Verdad
En el Joven Raúl Scalabrini Ortiz

Roy Williams*
Universidad Nacional de Rosario



"Mientras el poeta se mantiene así consigo mismo,
en suprema soledad, bien atendido a su destino,
es cuando crea, como representante del Pueblo,
la Verdad y la crea en verdad para su Pueblo."

Martin Heidegger


1. El Camino del Filósofo y la Estructura del Ocultamiento


El desenvolvimiento del pensamiento argentino, a lo largo la primera
mitad del siglo XX, ha mostrado en diversas ocasiones el intento por
parte de distintos autores de poder dar forma a lo que podría
denominarse como una concepción nacional-popular de la existencia.
Hombres como Manuel Ugarte, Leopoldo Marechal, Manuel Ortiz Pereyra,
Arturo Jauretche, Carlos Astrada, entre otros, han buscado llevar a la
luz los fundamentos de una interpretación de lo nacional,
entendiéndolo como una experiencia comunitaria que a lo largo de su
devenir histórico se comprende a si misma, en términos de una unidad
de destino. Desde esta perspectiva las mayorías populares serán vistas
como las figuras esenciales sobre las cuales se sustentan, a lo largo
de sus distintos despliegues, los trazos esenciales del ser
comunitario. Paralelamente, se ha hecho hincapié en una visión del
Pueblo como una entidad que toma su rumbo en el campo de la
historicidad y que se manifiesta como permanencia de un sentimiento
diseminado en los signos del tiempo.

Asimismo, este sentir colectivo corporizado en el Pueblo, no será
expresado como un mero nacionalismo aislado, balcanizado, sino que en
realidad se proyectará apostando a la integración de las naciones
americanas, es decir, a lo que Manuel Ugarte denominaba La Patria
Grande. Así, es posible sostener, que lo nacional advendrá para estos
pensadores bajo una perspectiva que articula las determinaciones de la
existencia comunitaria junto con la convicción en la posibilidad
destinal de un horizonte americanista. La estructuración de lo popular
se desenvuelve en los marcos de los estados nacionales y éstos, a su
vez, se desenvuelven dinámicamente dentro de un cosmos esencialmente
latinoamericano es decir de una concepción de la existencia que se
vincula profundamente con las formas del mestizaje.

Dentro de esta línea exegética, la obra de Raúl Scalabrini Ortiz
resulta una referencia ineludible y constituye un punto de partida
esencial, dentro de esta senda del pensamiento. Obras como Política
Británica en el Río de la Plata, El Hombre que está sólo y espera.
Historia de los Ferrocarriles Argentinos o Bases para la
Reconstrucción Nacional, así como también su celebre pasaje de
interpretación de las jornadas del 17 de Octubre de 1945 representan
acontecimientos esenciales en las formas de exégesis comunitarias de
la nacionalidad. Fundamentalmente, creemos que en sus escritos se
opera uno de los intentos más significativos, por llevar adelante y
constituir una reflexión acerca de las formas de verdad y de cómo
estas se manifiestan tanto en el marco del pensar semi-colonial como
así también, y más especialmente, en la vertiente existenciaria
nacional-popular.

Raúl Scalabrini Ortiz nació el 14 de febrero de 1898 en Corrientes,
aunque tempranamente su familia emigró y se estableció en la ciudad de
Buenos Aires. Hijo del paleontólogo Pedro Scalabrini, -colaborador a
su vez de Florentino Ameghino-, la adolescencia de Raúl se encontró
marcada por el predominio de las corrientes de pensamiento
Liberal-Conservadoras que jugaban un rol hegemónico dentro de la
superestructura cultural de la época. Frente a aquellos estrechos y
asfixiantes marcos que ofrecía el pensamiento liberal, la juventud
porteña de Raúl transcurrió y se desenvolvió, en cierta forma, en un
terreno en que se esbozo cierto rechazo a dichas interpretaciones de
la realidad nacional. Ello lo podemos evidenciar, hacia 1919 en su
militancia dentro de grupúsculo de origen marxista llamado
"Insurrexit", que, tal como señala Norberto Galasso1, representó un
reconocimiento y una valorización de los factores sociales y
económicos como elementos esenciales en el desarrollo histórico de
cualquier nación.

Sin embargo, en líneas generales, podemos afirmar que el pensamiento
del joven Scalabrini Ortiz, se encuentra asediado y penetrado -en
aquellos años de comienzos de la década del 20- por las
manifestaciones esenciales de la superestructura cultural de la época.
Sus lecturas muestran una cierta inclinación literaria cosmopolita,
donde se traslucen las aproximaciones a Dostoievski, Tolstoi, Nikolai
Gogol, Edgar Alan Poe, Oscar Wilde, Maupassant, entre otros y en la
cual parece no haber un lugar significativo para una reflexión sobre
la existencia americana.2 De hecho, si recordamos, su participación en
el Grupo Florida, la amistad con figuras como Jorge Luis Borges y
Eduardo Mallea o las amistades familiares con los Gainza Paz, Uriburu,
Saenz Valiente, entre otros, podemos comprender claramente en que
medida la producción intelectual de Scalabrini Ortiz se encontraba, en
sus comienzos, condicionada, por un cúmulo de experiencias que lo
alejaban del pensar popular y lo aferraban, por lo menos
momentáneamente, al entramado cultural oligárquico.

Es así que en 1923 publica su primer libro "La Manga". En él se
compilan una serie de cuentos en los que se manifiesta el sentir de un
Scalabrini Ortiz afincado en una concepción por momentos estetizante y
por momentos pesimista, pero que siempre se refleja ajeno a cualquier
pensar popular o vertebrado a una perspectiva comunitaria. Así nos
dirá, refiriéndose a Nicolás Brodel uno de los personajes de La Manga:
La lectura de estas páginas requiere cierto recogimiento y favorable
disposición de ánimo. Son sinceras, y quizá por ello algo monótonas.
La vida real no presenta nunca grandes variaciones. Como él mismo lo
dice. Su vida fue sencilla y triste, tan sencilla y triste como la de
todos nosotros.3 Este pasaje es representativo de la idea general del
libro. Una especie de somnolencia existencial que asiste como testigo
a hechos intrascendentes de la vida cotidiana, acompañados de una
pluma exquisita al servicio de personajes sin ningún tipo de
profundidad espiritual. Cierta vacuidad emotiva preside las líneas de
este texto juvenil dejando entrever una vocación contemplativa, un
deseo de relatar los sucesos de una realidad que se manifiesta en sus
aristas más descarnadamente pueriles. En sus páginas percibimos como
se desenvuelve un recorrido monótono por sendas superficiales del
pensar, esquivando cualquier compromiso esencial con la estructuración
de la realidad de su tiempo: Mi imaginación divaga libremente, pero
mis oídos oyen sin querer los ruidos varios que surgen de las calles y
las casas. De pronto, callan todos al unísono, y cuando recomienzan
voy escuchándolos, atento. Cerca, canta un fonógrafo una canción
popular, y su voz pastosa, en la suavidad apagada de la distancia, es
una incitación al abandono. Un cohete rasga el Aire, y al explotar
esparce multitud de estrellas, que simulando mundos, viajan un
instante en el cielo oscuro. Otros estallidos se escuchan y numerosos
cohetes se perciben entre los trozos recortados del cielo. La ciudad
se divierte.4


A pesar de esta superficialidad, y tal vez, en cierta medida gracias a
ella, Scalabrini Ortiz es una figura celebrada por los medios de
prensa de la época, un escritor aceptado por sus pares y un
intelectual que se proyecta firmemente dentro del esquema de ideas
dominantes del periodo. Decididamente, su porvenir parecía condenado
al éxito aristocratizante que acompañaba a algunos pensadores del
momento. Podemos decir, que en su diletantismo tenía todo para
convertirse en un intelectual funcional a los intereses de los
sectores dirigentes del país agropecuario.


Precisamente, la vida del joven Scalabrini Ortiz se desenvuelve en una
especie de sentimiento de soledad, que por momentos se confunde con la
impresión de un vacío insondable que amenaza con penetrar
profundamente en los intersticios de su alma. Es una sensación de
incompletud, una intuición que le sugiere que su vida no se encuentra
dirigida hacia una meta esencial, que los senderos elegidos hasta
aquel momento carecen de valor y, en última instancia, son relatos de
un transcurrir inauténtico que tan sólo pueden resolverse en el campo
de una melancolía sin igual:

    Había en mi algo de vida incompleta, de involuntaria restricción y
el que cercena una parte de su ser más profundo pierde su equilibrio y
lo que hubiera sido unidad poderosa se desgaja en violencias, en
alternativas o en la concentrada ebullición del desencanto.5


Por aquellos años su vida se dirime entre su recién adquirido título
de agrimensor, su afición permanente a la literatura y la práctica
asidua de deportes, de los que destaca el boxeo. Mas como agrimensor,
como literato o como boxeador, no logra encontrar unicidad en su
existencia, ni tampoco un sentido trascendente al discurrir de las
horas y de los días. El desinterés sobre los hechos cotidianos y una
apatía casi permanente asedian la existencia de Raúl en aquellas
tardes interminables que se le ofrecen bajo el suelo porteño. Este
estado de ánimo lo testimonia claramente Norberto Galasso: Su interés
no se consolida aún en nada permanente y esta versatilidad es la mejor
prueba de la desorientación que lo domina.6

Podemos decir que su existencia, hasta aquellos años, se encuentra en
un estado de extrañamiento. Es decir, su existir parece querer
encontrar una señal que lo ponga en contacto con una experiencia más
originaria del convivir en la Patria. En el fondo de su corazón se
encuentra de manera latente la impresión de que algo trascendente está
oculto detrás de las formas institucionales de la oligarquía. Nuestro
autor empieza a pensar que lo que se ofrece como cultura, lo que es
puesto por los profesores, las autoridades oficiales o los medios de
prensa como lo legítimo a vivir, como la obligatoria cotidianidad del
mero transcurrir; es tan sólo un páramo olvidado de la argentina
oligárquica.

Este sentimiento de desazón, esta percepción de un profundo
desasosiego comienza a emerger con mayor fuerza, aunque de manera
fragmentaria, en sus viajes por el Interior del país. Siguiendo a
Galasso debemos recordar que Scalabrini Ortiz habiéndose ya recibido
de agrimensor recorrerá distintos y alejados lugares de la Patria
donde podrá comprender las desigualdades a que se veían sujetos los
pobladores del interior, víctimas, en algunos casos, de formas
semi-esclavas de explotación. Sus viajes por La Pampa, Catamarca y
Entre Ríos lo ponen en "contacto" con el país real, con esa imagen de
la patria tan difícil de ver desde Buenos Aires. En una incursión a la
provincia de Entre Ríos encargado de hacer una mensura en un campo,
Scalabrini Ortiz siente estas diferencias, que amenazan el existir del
poblador del interior, tal cual lo recuerda Galasso: Me pregunto como
serían mis amigos y yo mismo si hubiéramos vivido en el campo,
sufriendo sus inclemencias, sobrellevando sus zozobras, alejados los
unos de los otros, aislados frente a los infinitos sin determinación.
¿Cómo seriamos si hubiéramos vivido frente a días sin nombres, sin
número y sin más constancias de su paso que el crecimiento de los
animales o plantas, frente al tiempo indiviso y al espacio sin
variantes que su propia monotonía? ¿Qué diferencias y semejanzas
tendríamos con uno de estos peones, nosotros, ciudadanos poco
resistentes a la fatiga corporal y a la desventura? ¿Qué dirían los
que protestan porque la sopa está tibia o plañen por una pequeña
malandanza de amores si todas sus comidas dependieran de incalculables
azares y en todo el perímetro de su actividad emotiva no figurara
ninguna fisonomía de mujer?7

Los sectores populares del interior son apreciados desde una nueva
perspectiva, comprendidos en las formas mismas en que se desenvuelven
sus condiciones existenciarias. Poco a poco empiezan a ser sentidos
como eslabones de una continuidad temporal que revela su rol
protagónico dentro de la esencialidad del devenir nacional. Más tarde,
nos hablará de sus andanzas por Córdoba, La Rioja, Catamarca y
Tucumán. En aquellas aventuras Scalabrini no sólo se encontrará con
magníficos paisajes, con bellos cerros e insondables valles, con altas
temperaturas, una aridez feroz y un viento que jamás parecía arreciar,
sino que también conocerá a la población que habitaba esas regiones.
Podrá estar en contacto con quienes vivían allí y quienes, a partir su
laboriosidad y su cultura proyectaban a esas provincias en el campo de
la historicidad nacional. Son éstos, encuentros en los que Scalabrini
logra amalgamarse con los pobladores provincianos, con su Tierra y con
su Historia, los cuales aparecerán como momentos capaces de permitirle
ir forjando las premisas de una nueva exégesis ontológica en torno a
la esencialidad del fenómeno popular.

Esta intuición del Pueblo, de las mayorías autóctonas como sujetos
portadores de universalidad, se hace más fuerte hacía 1924 cuando
viajará a París donde se sorprenderá negativamente por las actitudes
xenófobas y de desprecio hacia los latinoamericanos que verá en
Francia. La devoción libresca y el respeto exagerado por esa Francia
tantas veces embelezada por la Oligarquía se derrumbaba en la mirada
desencantada de Scalabrini: Yo llevaba una estima reverente.
Conjeturaba que los europeos eran con relación a sus obras lo mismo
que nosotros en relación a las nuestras: infinitamente superiores a
sus realizaciones. Me equivoqué. Di con técnicos. Técnicos del
saborear. Técnicos de la escritura. Técnicos del querer...Cada hombre
está íntegramente en su órbita. El labriego es el mejor labriego, y el
historiador el mejor historiador, nada más. Pero no sentí en ellos esa
congestión de posibilidades, ese atrancamiento de pasiones, esa
desorientación de solicitudes, ese afán de determinar inhallables que
había sentido palpitar en la entraña joven de mi tierra...8

Dicho gesto de crítica a Francia, en realidad, no puede ser
comprendido en toda su dimensión si no se le entiende como una crítica
más profunda al "afrancesamiento" que impregnaba a los grupos
dirigentes argentinos y que se presentaba como una especie de falsa
oposición entre una "cultura verdadera", europeizada, enfrentada a una
supuesta "cultura bastarda" perteneciente a sectores subalternos
nativos. Así, como podemos observar, la reversión de nuestro autor,
parecería ir mostrándose como un relato de la búsqueda de autenticidad
dentro de los marcos de la existencia comunitaria concreta de nuestro
Pueblo, en detrimento del imaginario construido en torno a la cultura
francesa: En Europa se produjo el mágico trueque de escalafones. Fue
un inusitado cambio de niveles... Comprendí que nosotros éramos más
fértiles y posibles, porque estábamos más cerca de lo elemental. La
revisión fue brusca y profunda. Hasta la historia de los hombres de mi
tierra se abrió ante mí como si sus hechos fueran las radículas
procuradoras de la savia del futuro... Desde entonces mi fe es la de
que los hombres de esta tierra poseen el secreto de una fermentación
nueva del espíritu.9

La estructuración de este rechazo a Francia, comprendida como una
nación en la que se proyecta una forma inauténtica de civilización, es
decir, una propuesta de falsa universalidad que resultaría nociva y
asfixiante para las formas creativas de nuestro Pueblo, encuentra
puntos de reflexión bastante cercanos, con los de otro escritor a
quien Scalabrini admiraba y había leído asiduamente a lo largo de su
juventud, como lo era Dostoievski: Yo tenía 19 años. Después de
atosigarme de literatura francesa atravesaba el deslumbramiento de
Dostoievsky, de Andreiev, de Gorki, de Gogol, de Tolstoi. Me asombraba
el inmenso cariño que esos autores manifestaban por su pueblo y sorda,
subconscientemente, adquiría la convicción de que esa fidelidad que
los artistas rusos demostraban a su pueblo alguna vez debía rendir
frutos óptimos.10

Precisamente, como se sabe, en gran parte de la obra de Dostoievski se
asiste a una clara y profunda crítica a los sectores pertenecientes a
la aristocracia rusa quienes tomaban como modelo
cultural-civilizatorio las producciones literarias, artísticas y
políticas provenientes de Europa Occidental, en especial, de Francia.
Permanentemente, se suceden los reproches por parte de Dostoeivski, al
extrañamiento de las clases dirigentes que pretendían erigir las
formas de la cultura francesa, alemana o inglesa, como un paradigma de
verdad aristocratizante.

Frente a ellos Dostoievski apelaba al Alma del Pueblo ruso; dirigía su
reflexión al corazón de los humildes buscando en ellos un reflejo de
inocencia que pudiese iluminar el camino de su advenir como Nación.
Para la literatura dostoievskiana, las figuras de la existencia
comunitaria se constituyen a partir de la luz que aportan los
personajes marginales de la sociedad. Los campesinos, los pobladores
pobres de las grandes ciudades, los criminales que han caído en
desgracia por obra del destino, o las prostitutas quienes en una
desventura similar reflejan el devenir de un corazón noble. Hay en
Dostoievski la firme convicción de que... hasta el hombre más caído y
humilde sigue siendo un hombre y merece el nombre de hermano
nuestro.11 Su obra se concibe internamente como un relato de la crisis
de la experiencia de la modernidad que aqueja al hombre ruso y que lo
amenaza con perder las formas más genuinas de su existencia colectiva.
Dostoievski buscará en la religión -a partir de la experiencia de la
iglesia ortodoxa rusa-, un reencuentro con Dios capaz de guiar al
Pueblo ruso en su destino histórico. Será ese Dios ruso el que
sintetice las aspiraciones de la comunidad eslava y la proyecte en un
nuevo horizonte de trascendencias frente a las fuerzas de la
modernidad que se desplegaban en Europa por ese entonces. Así, el
Pueblo será reincorporado en el camino de una trascendencia superior
por medio de una reconciliación con Dios en el torbellino de fuerzas
que se abaten el destino de Rusia por aquella época.

Aquel protagonismo del Pueblo en la literatura dostoeivskiana frente a
los intentos extranjerizantes de las élites quedará impreso en el
pensamiento de Scalabrini Ortiz quien lo recordará de esta manera:
Todos sabíamos que el pueblo ruso se debatía bajo la férula de una
clase dirigente egoísta y rapaz, que contra la voluntad popular se
imponía con el apoyo del capitalismo extranjero, francés en su mayor
parte.12

En la interpretación de Scalabrini Ortiz, el Pueblo, comienza a ser
comprendido como la expresión que representa plenamente la
nacionalidad y que al mismo tiempo otorga sentido al desenvolvimiento
de la Historia. De esta forma, nuestro autor comenzará a presentir que
frente a esa europeización asfixiante, a aquel cosmopolitismo
excesivo, y por momentos insolente que se respiraba en los designios
de la cultura oficial, se desplegaban subterráneamente figuras
existencial-populares que poseían sus propias estructuraciones
culturales y que, en su ligadura esencial, abrazaban un destino
compartido. Sin embargo, podremos observar -a diferencia de lo que
ocurre con Dostoievski- que ese retorno al Pueblo como fuente de
autenticidad, no se expresará en un sentido esencialmente religioso,
sino que se presentará más puntualmente como una comprensión
existenciaria de lo popular.

En estas experiencias, tanto en su introspección existencial con las
poblaciones del interior, como también en su rechazo a las formas
culturales francesas, creemos ver en Scalabrini Ortiz una apertura
esencial al fenómeno popular. Cuando todo indicaba que podía ser
incorporado como un miembro más del entramado cultural oligárquico de
la época, cuando este designio parecía una carta inexorable de su
destino, en Scalabrini Ortiz parecería comenzar a operarse
subrepticiamente una reversión esencial de su pensar hacia formas
nuevas de interpretación de la realidad. En este sentido, estamos en
la convicción -y esto es lo que resulta fundamental para nuestra
búsqueda-, que lo que se va a ir dando en nuestro autor es un giro
paulatino en la determinación de la esencia de la verdad; la cual se
irá desenvolviendo desde una matriz oligárquica hacia una matriz de
carácter ontológico-comunitaria. Tal metamorfosis, como intentaremos
ver, toma su sentido y su fisonomía propia, en la medida en que
nuestro escritor adviene hacia lo que podríamos denominar como una
comprensión nacional-popular de la existencia13.

Ahora bien, esta reversión sólo es explicable -como hemos intentando
establecer- en la medida en que existenciariamente emergen elementos
de la personalidad de Scalabrini Ortiz, que hasta aquel momento se
encontraban sin forma o en mero estado de presentimiento. Éstos
comienzan a fortalecerse a partir de un proceso de autoconciencia en
el cual, el mismo Scalabrini va ir reconociendo a los sectores
populares como actores esenciales en la construcción de Historicidad;
como protagonistas centrales en la conformación de los destinos
nacionales en el campo de la temporalidad. Veamos el caso de su
escrito, de 1931, El Hombre que está sólo y espera, ejemplo esencial
de esta transfiguración.



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