[R-P] [Socialismo latinoamericano] No hay nada que elegir.

Gustavo Battistoni gustavo.battistoni en gmail.com
Lun Jun 1 12:00:20 MDT 2009


La Izquierda Nacional ante las elecciones del 28 de junio
No hay nada que elegir
Socialismo Latinoamericano • Izquierda Nacional


Ninguna de las maquinarias electorales que medirán fuerzas el 28 de
junio constituye alternativa alguna para el país • Debemos construir
un gran Frente Nacional que lleve a la práctica un programa
revolucionario

El 28 de junio el oficialismo y la oposición partidocrática dirimirán
fuerzas para ver quién se queda con la mayoría en la cámara de
diputados y en los sucesivos escalones del aparato legislativo. Para
el kirchnerismo esta elección es crucial al punto que el matrimonio
presidencial ha llegado a advertir que una derrota precipitará al país
en el caos, y por consiguiente se perderá lo realizado en seis años de
gobierno. En realidad nada de esto ocurrirá. Entre el oficialismo y la
oposición hay más intereses en común que antagonismos que los
enfrenten.

El kirchnerismo es la expresión característica de una pequeña
burguesía carente de política independiente, cuyo “progresismo” de los
primeros tiempos y sus sueños de transversabilidad, superadores del
viejo peronismo, se transmutaron pragmáticamente en una fusión con el
aparato del PJ, a poco que las limitaciones de clase y las urgencias
electorales tomaron por el cuello a los improvisados innovadores.

Néstor Kirchner alcanzó el poder gubernamental luego que las
movilizaciones populares de diciembre de 2001, que derribaron al
gobierno neoliberal de radicales y frepasistas, entraran en reflujo y
posibilitaran la recomposición de las viejas fuerzas políticas que
habían sido repudiadas por las masas en la calle. Kirchner, como antes
Duhalde y luego Cristina Fernández, gobernó sobre la base de un pacto
con las grandes corporaciones de la industria, la construcción, la
minería, el petróleo y los grupos exportadores; pacto que le otorgó al
gran capital más de cinco años de ganancias extraordinarias. A cambio,
el kirchnerismo obtuvo el firme respaldo entre los cuadros dirigentes
de la Unión Industrial y de la Cámara de la Construcción y una actitud
favorable de la Asociación Empresaria Argentina, el mayor polo
patronal de capital local y extranjero. Al mismo tiempo fortaleció su
poder de negociación frente al capital monopolista, centralizando al
máximo los resortes institucionales y avanzando en una serie de
nacionalizaciones de empresas privatizadas por el menemismo, cuyo
ciclo de negocios estaba cerrado o habían entrado en crisis.

El programa resultante de esos acuerdos no alteró las transformaciones
estructurales producidas por la contrarrevolución de marzo de 1976 y
profundizadas por el gobierno de Menem. De forma tal, hoy en día
gravitan plenamente sobre el patrón de acumulación el régimen de
inversiones extranjeras, los tratados de protección al capital de las
multinacionales, el código minero, la matriz petrolera construida por
el menemismo y una estructura impositiva que hace más regresiva aún la
distribución del ingreso, resortes típicos de una situación de
dependencia semicolonial.

Hacia la “izquierda” el gobierno estableció un acuerdo con la CGT,
mediante el cual los dirigentes sindicales se comprometieron a
contener la presión salarial, en niveles compatibles con las altas
tasas de rentabilidad que caracterizaron durante sus años de esplendor
al denominado “modelo productivo”. Este acuerdo está fundado en
concesiones que han reforzado el control de la burocracia sobre el
aparato de los sindicatos y las obras sociales.

El programa gubernamental, sujeto al pago de una deuda pública de
origen fraudulento, y el sistema de alianzas correspondiente,
funcionaron exitosamente hasta mediados de 2008, momento en que el
frente de tormenta desatado por la crisis mundial del capitalismo
comenzó a repercutir sobre la economía local. Por entonces se agravó
la disputa con las corporaciones patronales rurales por la
distribución de la renta agraria, y el círculo de las clases
dirigentes quedó sometido a una fuerte tensión interna. Pero no sólo
esto. El choque de intereses desató una fuerte presión sobre el
aparato gobernante y provocó importantes desprendimientos en el
partido y el gobierno, especialmente en Córdoba, Santa Fe y Entre
Ríos, que han puesto en cuestión el futuro del ciclo kirchnerista. Al
mismo tiempo, pasado el período de prosperidad y de ganancias
excepcionales, en la UIA ha comenzado a discutirse el apoyo al
gobierno, mientras que desde la Cámara de la Construcción su
presidente lanzó un grito de alerta: “Hay que cuidarse del avance del
sector público sobre la actividad privada”.

Pero si los gobiernos de Duhalde, Kirchner y Cristina Fernández
estuvieron lejos de sostener un programa de transformaciones en
condiciones de revertir más de tres décadas de reconversión
neoliberal, ¿qué decir de la oposición partidocrática? Radicales,
cívicos, socialdemócratas, macristas y peronistas disidentes,
constituyen una expresión abiertamente antinacional, imbuida de los
prejuicios de las capas más conservadoras de la clase media, y
orientada según el discurso reaccionario que imponen los medios
masivos de difusión.

Imbuida de un moralismo pequeñoburgués y presa del culto a un ritual
institucional vacío de contenido, a esa oposición le irrita la
inclinación del kirchnerismo a hacerse con la suma del poder público,
y a intervenir estatalmente en áreas reservadas al dominio exclusivo
del capital. Así, esa oposición partidocrática se unificó en bloque
junto a las patronales durante la disputa por la renta agraria; se
opuso decididamente a la estatización del fraudulento sistema de las
AFJP y, finalmente, denunció que el país iba camino a transformase en
Venezuela cuando se abrió el debate en torno a un sistema de
radiodifusión dominado por monopolios mediáticos, que construyen la
“opinión pública” según el discurso de los círculos de los grandes
negocios contrarios al interés general.

Si el kirchnerismo nunca estuvo dispuesto a romper con un pasado
neoliberal que aún pesa sobre el presente, sus opositores constituyen
una expresión hipócrita y miserable de una Argentina semicolonial que
sobrevive a su tiempo. Ninguna de las maquinarias electorales que
medirán fuerzas el 28 de junio constituye alternativa alguna para el
país. Es entre los trabajadores, ocupados y desocupados, en las capas
de la pequeña burguesía empobrecida, entre las grandes masas
explotadas, donde está encerrado el futuro. Ese conjunto de fuerzas
populares, democráticas y antiimperialistas constituyen la base social
de un gran Frente Nacional resuelto a llevar a la práctica un programa
revolucionario que recupere los recursos básicos del país en poder del
capital imperialista, estatice el comercio exterior, nacionalice la
banca, expropie los monopolios de la prensa, la radio y la televisión
y abra paso a una patria liberada en camino hacia la unidad socialista
de América Latina. Este frente se organizará de abajo hacia arriba, y
en sus primera filas de combate estará la izquierda nacional
militante, continuidad histórica de las mejores tradiciones del
movimiento obrero y popular.



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