[R-P] [Abraham Gak] El legado de Giberti.
Gustavo Battistoni
gustavo.battistoni en gmail.com
Dom Jul 26 22:07:55 MDT 2009
ECONOMIA › EL LEGADO QUE DEJO HORACIO GIBERTI
Palabras de despedida
El ex secretario de Agricultura murió el sábado a los 91 años. Abraham
Gak, Enrique Martínez y Alberto Cantero recuerdan sus enseñanzas y la
valentía con que defendió sus ideas hasta el final.
Adiós al amigo, adiós al maestro
Abraham Leonardo Gak *
Mis primeros contactos con Horacio Giberti datan del año 1973 en que,
como presidente del Colegio de Graduados en Ciencias Económicas,
trabajamos en un proyecto común con el entonces ministro de Economía
José Ber Gelbard. En esa época –era secretario de Agricultura– tuve
las primeras referencias de su personalidad y su labor académica. Pero
el verdadero vínculo comenzó a partir del año 1993 en que el destino
me permitió unir mi vida a la de Mónica Padlog, sobrina y “adoptada”
como hija por el matrimonio compuesto por él y Julieta Menassé.
A partir de ese momento me integré a su familia compartiendo alegrías
y sinsabores con ellos, con sus hijos Jorge y Víctor y sus familias.
Este vínculo me convirtió en testigo privilegiado de su pensamiento,
sus escritos y sobre todo de su sabiduría.
Horacio tenía una personalidad exquisita; su delicadeza en el trato
cotidiano no fue mengua para su severidad con los falsos apóstoles,
los egoístas que tras el lucro medraban en la búsqueda de beneficios
personales o para su casta.
Horacio no fue perfecto. Tenía defectos. Uno de ellos fue que no logró
forjar una fortuna personal en su paso por la función pública, como lo
logró alguno de sus sucesores. Tuvo el defecto de ser leal a sus
principios: nunca los subastó al mejor postor. Consideró que la
función pública era un servicio a la sociedad que debía realizarse con
devoción y responsabilidad. Su vida fue una constante y permanente
preocupación por el destino de nuestro país y de los pobres, los
marginados, los explotados.
En su caso, construyó su ideario sobre sólidos conocimientos,
investigando con rigurosidad académica la información disponible sobre
cada tema que era sometido a su consideración. La prensa ha dado
testimonio de sus libros, títulos académicos, su participación en
congresos y reuniones científicas y de su intervención en los grandes
debates nacionales, de modo que los doy por conocidos. Yo estoy
hablando del otro Horacio Giberti: el trabajador incansable en su
ordenada y clasificada biblioteca, el maestro generoso que se brinda a
sus discípulos, el sufrido hombre que sobreponiéndose a las dolencias
físicas que lo atormentaban y a su ceguera, día a día se interesaba en
la política, en la economía y en la cultura nacionales. Se hacía leer
cotidianamente los diarios y la correspondencia; procuraba que fieles
colaboradores transmitieran sus opiniones y organizaran sus
entrevistas con los medios; y concurría con entusiasmo a los distintos
foros a los que era invitado.
Hoy, sus familiares directos lloran su muerte. Yo no puedo compartir
ese dolor. Se fue un modelo. Vivió de acuerdo con sus ideales, trabajó
incansablemente, brindó a su país sobrados servicios, formó
discípulos, fue fiel padre y esposo. Se sobrepuso al enorme dolor de
perder a Julieta, su amor, y a la inesperada muerte de nuestra amada
Mónica. Nunca pasó por alto sus obligaciones, fue honesto y brindó el
ejemplo de cómo se puede ser feliz sin perseguir riquezas materiales.
Qué más se le puede pedir a un hombre.
Me queda el recuerdo de Horacio Giberti sentado en el estrado del aula
magna de la Facultad de Ciencias Económicas, con 90 años de edad y
ciego, elevando su voz vibrante y exponiendo con sólidos argumentos su
indignación por la traición de la Federación Agraria a los pioneros
que protagonizaron el Grito de Alcorta en 1912, al verla alineada, más
aún, al servicio de los intereses de los grandes terratenientes.
Legítima indignación en quien siempre estuvo a favor de la opción por
los pobres y por los explotados. Cómo puedo despedir con dolor a este
hombre, que tanto hizo y por tanto tiempo por la sociedad en la que
vivía. Tenía derecho a decir basta con sus prolíficos 91 años. Porque
sus ideas no pueden morir, porque sus enseñanzas se desparramarán en
el tiempo y en el espacio, porque no dudo que futuras generaciones de
expertos abrevarán en sus libros y escritos, me inclino reverente ante
su memoria con un sonoro: misión cumplida.
* Profesor honorario de la UBA.
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http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-128917-2009-07-27.html
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