[R-P] Vargas Llosa sobre Honduras.

Gustavo Battistoni gustavo.battistoni en gmail.com
Sab Jul 25 12:27:13 MDT 2009


["... tal como lo han hecho Chávez y sus discípulos, es decir, la hez
política de América latina.

Colisteros, somos, según M.V.LL. la mierda política de América Latina...]

Sábado 25.07.2009


Atropello a la democracia hondureña
El golpe de las burlas
Mario Vargas Llosa
Para LA NACION
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Sábado 25 de julio de 2009 | Publicado en edición impresa



El golpe de las burlas

Despertar a un presidente constitucionalmente elegido a punta de
bayonetas y enviarlo al exilio sin darle tiempo siquiera a cambiarse
el pijama, como hicieron los militares hondureños con Manuel Zelaya,
es un acto de barbarie política y resulta justa la enérgica condena
que este atropello ha merecido de las Naciones Unidas, la OEA y de la
mayoría de las naciones del mundo entero.

Ahora bien, sentado este principio, que la interrupción de la
democracia por una acción militar no es justificable en ningún caso,
es preciso analizar lo ocurrido más de cerca y con prudencia, porque
en este golpe de Estado, como en la famosa "cena de las burlas", nada
es lo que parece ser y la frontera entre la verdad y la mentira
resulta más escurridiza que una anguila.

Tal vez más que la acción misma del asalto a la residencia del jefe de
Estado hondureño haya que reprochar a los militares, y a los jueces
que les dieron la orden de hacerlo, que, con semejante atropello,
hayan convertido en víctima de la democracia, y poco menos que en
héroe de la libertad, a un demagogo irresponsable como Mel Zelaya,
quien, en violación flagrante de la Constitución que había jurado
respetar, se disponía a llevar a cabo un referéndum para hacerse
reelegir, una pretensión que fue condenada por la Corte Suprema y la
Fiscalía de la Nación, y por la que el Congreso hondureño había
iniciado un proceso para destituirlo como jefe del Estado. Este era un
procedimiento legítimo en defensa de la democracia que la acción
militar frenó y desnaturalizó, sembrando una confusión de manicomio.

A tal extremo, que nada menos que el comandante Hugo Chávez, el
comandante Daniel Ortega, Evo Morales y hasta el mismísimo Raúl Castro
aparecieron de pronto liderando la protesta continental en defensa de
la ley y de la democracia, exigiendo sanciones contra Honduras y
convocando en Nicaragua una reunión de ALBA (Alternativa Bolivariana
para las Américas) a la que el despistado José Miguel Insulza,
secretario general de la OEA, dio, con su presencia, un aura de
legitimidad.

Si el comandante Hugo Chávez, gran desestabilizador de la democracia
latinoamericana, ex golpista y megalómano caudillo que ha convertido a
Venezuela en una pequeña satrapía personal y aspira a hacer otro tanto
con el resto de América latina, se arroga el rol de defensor del
Estado de Derecho hondureño, además de un eclipse del sentido común y
de la racionalidad, comprobamos una evidencia: que algo debía de andar
podrido antes de este golpe en ese pequeño país latinoamericano,
convertido hoy en el centro de la atención mundial. Y, en efecto,
Honduras estaba a punto de caer, tras de Bolivia, Nicaragua y Ecuador,
en la órbita de Hugo Chávez cuando sobrevino la intervención militar.
Manuel Zelaya era la última conquista del caudillo venezolano.

Lo había sobornado, al igual que a sus otros vasallos
latinoamericanos, vendiéndole el petróleo de su país a precio de ganga
y con créditos generosos, y, sobre todo, apoyando sus apetitos
reeleccionistas. Ni corto ni perezoso, Zelaya, antiguo destacado
figurín de la oligarquía rural hondureña, vinculado en el pasado a
matanzas de campesinos, y elegido presidente como candidato del
Partido Liberal, de centroderecha, con un programa de apoyo a la
inversión extranjera y a la empresa privada y de severa persecución a
la delincuencia, de pronto, a media gestión, experimentó una
conversión populista y revolucionaria (es decir, chavista), afilió su
país a ALBA y comenzó a preparar su eternización en el poder mediante
una reforma constitucional, tal como lo han hecho Chávez y sus
discípulos, es decir, la hez política de América latina.

Pero, a diferencia de lo ocurrido en países como Ecuador, Bolivia o
Nicaragua (o, en el otro extremo del espectro político, la Colombia de
Uribe, un mandatario democrático que por desgracia incurrió también en
el siniestro deporte de la reelección), donde los mandatarios
reeleccionistas contaban con una base popular que apoyaba sus planes,
en Honduras la pretensión de Zelaya fue desde el principio masivamente
impopular y lo desprestigió en todos los ámbitos del espectro
político. Todas las instituciones rechazaron su intento, la Corte
Suprema de Justicia, el Tribunal Electoral, todos los partidos
políticos democráticos (empezando por el suyo, el Liberal), la
Fiscalía de la Nación y la opinión pública en general. El rechazo no
fue sólo al volteretazo ideológico del voluble mandatario. Fue,
también, una clarísima toma de posición del grueso de la población
hondureña en contra de la perspectiva de convertirse en un país
dependiente de Hugo Chávez, es decir, en una pequeña dictadura
populista enfeudada al caudillo venezolano.

Este es el contexto en el que hay que juzgar la situación hondureña.
No para justificar una acción militar de una gran torpeza, que sólo ha
servido para sembrar el descrédito en unas instituciones y un pueblo
que habían emprendido una valerosa resistencia contra un intento
claramente antidemocrático de un mandatario sin principios, sino, para
no incurrir, creyendo actuar en defensa de la democracia, en una
operación que termine legitimando los planes inconstitucionales,
reeleccionistas y de entrega de Honduras al poder chavista de Manuel
Zelaya.

¿Qué se puede hacer para reconstituir la demediada democracia
hondureña? Lo ideal, que sería reponer a Zelaya en la presidencia, a
condición de que renuncie a sus planes reeleccionistas y garantice que
las elecciones de noviembre se lleven a cabo de manera impecable, bajo
vigilancia de las Naciones Unidas, parece ahora difícil, por lo
envenenada que está la situación, como se vio el 5 de julio, cuando el
fracasado intento de retorno a Tegucigalpa del depuesto presidente,
que provocó violentos incidentes y varios heridos. Honduras se ha
retirado de la Organización de los Estados Americanos, lo que no debe
sorprender a nadie, dada la pertinaz inutilidad de esta institución,
que tiene, además, la nefasta propiedad de volver también inútiles a
sus secretarios generales, incluso a los que, como José Miguel
Insulza, parecían más despiertos que los otros, de modo que la OEA
mientras menos intervenga ahora tanto mejor. La mediación del
presidente de Costa Rica, Oscar Arias, premio Nobel de la Paz, es una
buena idea: se trata de un estadista respetado y respetable, buen
negociador y auténtico demócrata.

De otro lado, hay que evitar por todos los medios que la tensión
existente evolucione hacia el derramamiento de sangre. Chávez ha
amenazado con una intervención militar, en la que probablemente haría
de peón de brega la Nicaragua del comandante Ortega, a la que el
gobierno de facto ha acusado de movilizar tropas hacia la frontera con
Honduras. Es cierto que no hay manera de verificar si las noticias,
según las cuales esa frontera viene siendo cruzada ya desde antes del
golpe por comandos venezolanos y cubanos, que denuncia la prensa de
Honduras, son ciertas o meras operaciones publicitarias en defensa del
gobierno de Roberto Micheletti; pero, dados los antecedentes y el
contexto político de América Central, tampoco pueden ser descartadas.
La situación inestable y precaria de Honduras, ahora en la picota de
la opinión internacional, es propicia para una acción insurreccional
teledirigida desde Caracas.

Tal vez estos riesgos puedan conjurarse con el adelanto de las
elecciones presidenciales, ya convocadas para el mes de noviembre.
Este proceso debería tener lugar a la brevedad posible, dentro de un
par de meses a lo más, algo realizable si la comunidad internacional
colabora con la infraestructura electoral, y llevarse a cabo bajo la
responsabilidad y vigilancia de las Naciones Unidas, y con
observadores internacionales de la Unión Europea y de organizaciones
políticas y de derechos humanos como la Fundación Carter, Amnistía
Internacional y Americas Watch. No veo otra manera más rápida de
reconstruir el Estado de Derecho y poner fin a la anómala situación
que vive Honduras por culpa tanto de los militares que asaltaron la
presidencia con nocturnidad como de las arteras maniobras de Mel
Zelaya y su gurú ideológico, Hugo Chávez.




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