[R-P] [Mario Bunge] El cáncer presidencialista

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mar Jul 21 06:12:00 MDT 2009


[Mario Bunge, un filósofo positivista que nació y se formó en la
Argentina pero hizo carrera en Canadá, es un típico ejemplo de lo que
Arturo Jauretche denominaba un "figurón": esa particular especie de
personajes académicos cuyo mérito -real o inflado- en el campo
específico de su desarrollo (en el caso de Bunge, la filosofía de la
ciencia) servía al sistema oligárquico-imperialista para lanzar
ataques políticos contra los gobiernos de carácter nacional.

Si hubiera que definirlo en dos palabras, a Bunge habría que
denominarlo un "whig argentino", donde lo primero es lo sustantivo y
lo segundo lo adjetivo. En ese carácter supo tener un paso por el
Partido Comunista cuando, a partir de 1945, se congregó allí lo más
granado de la intelectualidad progresista y antinacional de la
Argentina.

Hoy se le anima con su audacia de papel maché a la Gran Institución
Estadounidense, la Presidencia de la Nación. Sin tener en cuenta el
origen y el sentido histórico de dicha institución (eficaz mecanismo
de unificación y centralización de decisiones en un país que al nacer
estaba más vinculado con Europa que consigo mismo, y cuyas partes
componentes estaban más cerca de Londres, a veces literalmente, que de
sus vecinos), nos da una barata lección de constitucionalismo
anglosajón, más digna de un profesor del Ciclo Básico de alguna
facultad de derecho de Nueva Inglaterra (de las más baratitas, enYale
o Harvard no le dan bolilla a estas tonterías) que de un supuesto
filósofo de fama universal, como se supone que es Bunge.

Aquí el hombre se revela como político, porque este texto, que en nada
contribuye a su carrera profesional ni a su prestigio en los círculos
donde ha ganado renombre, se presta al ataque solapado contra el
gobierno de su propio país bajo la forma de una crítica al sistema
presidencialista adoptado en EEUU. El debate, que carece de sentido
fuera del orbe cultural anglosajón, es además de nulo interés e
importancia en el país cuyo sistema Bunge -con la valentía de quien
sabe en EEUU, los "de afuera" sí que son de palo- pone en una ridícula
picota. Pero le sirve a La Nación para brindar sustento "filosófico" a
su despiadada lucha contra el poder presidencial en la Argentina. Un
país donde, si algo está ausente, es el Estado central, y donde si
algo hay que fortalecer es la figura del Ejecutivo. Y que tuvo la
desgracia de criar demasiados whigs sin sentido de patria, a
diferencia de los EEUU.]

Opinión
El presidencialismo, un verdadero cáncer
Mario Bunge
Para LA NACION
Noticias de Opinión
Martes 21 de julio de 2009

Es sabido que hay dos regímenes de gobierno democrático: el
parlamentario, de origen británico, y el presidencial, de estilo
norteamericano. También es sabido que casi todas las repúblicas del
Tercer Mundo son presidencialistas.

En el régimen parlamentario, el primer ministro y sus colegas del
gabinete son diputados elegidos por la ciudadanía. Sus poderes están
estrictamente limitados y sus actos son juzgados constantemente, ya
que sus opositores les exigen cuentas y los interpelan todas las
semanas en el recinto parlamentario, en sesiones televisadas.

Los gobiernos parlamentarios tienen la gran virtud de ser vulnerables,
por lo cual deben andarse con cuidado: pueden caer de la noche a la
mañana por haber perdido un voto de confianza.

Este peligro o, mejor dicho, esta oportunidad, se da cada vez que el
gobierno se vuelve minoritario. Esto ocurre cuando ha subido en virtud
de una alianza de partidos y luego perdió el respaldo de las
agrupaciones que lo han ayudado a llegar al poder.

En este caso, el primer ministro puede cambiar de ocupación, pero
conservará su banca hasta las siguientes elecciones.

Semejante cambio transcurre sin que se dispare un solo tiro, sin que
se mande a nadie al destierro y sin que ni siquiera se gaste dinero en
una campaña electoral. La única erogación que ocasiona la operación de
cambio de gobierno puede ser la redecoración de la residencia del
primer ministro.

(Esto ocurrió en Canadá dos veces en el curso de ocho meses: cuando
Pierre Elliott Trudeau, liberal y hombre de mundo, fue derrotado en el
Parlamento por Joe Clark, conservador y provincial, quien a su vez fue
sucedido por su predecesor. Al volver, Trudeau se sintió asqueado por
el mal gusto de su rival. Repintar una residencia oficial cuesta mucho
menos que derribar o enjuiciar a un presidente.)

En el régimen presidencial, el primer mandatario nombra los ministros
que se le antoja, y ellos obran to his pleasure , a su gusto, a
espaldas de la opinión pública y sin inquietarse por su futuro
político. El presidente puede vetar cualquier proyecto de ley, y el
parlamento no puede exigirles a él ni a sus ministros que comparezcan
en cualquier momento ante los representantes del pueblo para dar
cuenta de sus actos. Y si se lo permite un parlamento amigo o cobarde,
el mandalluvias puede gobernar por decreto. Incluso puede derogar
centenares de leyes, como lo hizo en un solo día el anterior
presidente norteamericano.

Si comparece y queda en evidencia, al ministro-lacayo nada le pasa.
Podrá ser acusado de crímenes de guerra, como ocurrió con John
McNamara, Henry Kissinger y Donald Rumsfeld. Pero gozará de la
impunidad que le confiere la complicidad con un mandatario casi
todopoderoso.

En resumen, el régimen presidencial es lo más parecido a una
autocracia que puede darse en una democracia política. No debiera de
extrañar, entonces, que la mayoría de los gobiernos presidencialistas
sean dictaduras o, por lo menos, dictablandas.

Tampoco debería extrañar que tantos de esos presidentes y sus
ministros saqueen impunemente el tesoro público, incluso en naciones
pobrísimas. Este saqueo no siempre implica meter la mano en la caja
fuerte. Puede consistir en asignar inmensos trabajos a empresas
amigas, a costos fabulosos y sin licitación pública. (Recuérdese los
casos de las legendarias empresas Halliburton, Bechtel y Kroll, amigas
de George W. Bush y de su vice, Dick Cheney.)

Si el presidente cuasiomnipotente es carismático, o si dispone de una
buena agencia de imagen pública o de una eficiente maquinaria de
movilización popular, puede generar el personalismo. Este, a su vez,
le permite abusar del poder, como pasó con tantos personajes sin más
visión ni competencia que la necesaria para seguir aferrados al poder.

El presidente cuasiomnipotente tiende a ser tomado como modelo. Los
jóvenes que quieren triunfar lo copian hasta en sus tics. Si es
propenso a la violencia, alienta a los matones. Si es corrupto,
propicia el robo. Si es mitómano, justifica a los mentirosos. Si es
inculto, pone de moda la incultura. En resumen, el mandalluvias
torcido imprime su carácter deforme en toda una generación.

El presidencialismo disminuye todas las instituciones democráticas,
empezando por el parlamento. Hace medio siglo, en pleno auge del PRI,
un equipo de politicólogos mexicanos hizo una encuesta reveladora
entre chicos de la escuela primaria. Una de las preguntas era: "¿Cuál
es la función de los diputados?". La respuesta mayoritaria fue: "Los
diputados son los ayudantes del señor presidente". ¡Sobresaliente!

Pocos años después, uno de mis hijos, que cursaba el tercer grado en
una buena escuela mexicana, hizo una monografía sobre la historia del
país. Allí escribió: "Las personas más importantes de la historia
mexicana son Hernán Cortés y el presidente Echeverría". Su trabajo
mereció una buena nota.

En aquella época, los mexicanos típicos que tenían alguna queja o
pedido se dirigían al señor presidente, no al parlamentario de su
distrito electoral. Y si les fallaba el presidente, no les quedaba
sino la Virgen de Guadalupe.

Entre el Estado y el individuo no había organizaciones no
gubernamentales que defendieran sus derechos.

El presidencialismo no sólo disminuye la democracia y favorece la
corrupción, sino que también da un mal ejemplo que cunde: los
dirigentes de todas las organizaciones tienden a adoptar el estilo
presidencialista.

O sea: dan órdenes sin consultar a sus subordinados y menos aún los
invitan a que participen en la toma de decisiones. El jefe de oficina
actúa como un tirano, lo que es particularmente dañino cuando es
incompetente.

El resultado del ejercicio de semejante liderazgo antidemocrático es
la apatía de los de abajo: trabajan lo menos posible y no se atreven a
sugerir cambios para resolver problemas. Muchísimo menos todavía
piensan en modificaciones para mejorar el rendimiento de la
organización, ya que no la sienten como cosa suya.

La democracia auténtica es participativa, porque no es otra cosa que
autogobierno. La participación libre (voluntaria) no se puede falsear.

En cambio, la representación puede desvirtuarse de varias maneras:
mediante el fraude, la compraventa de votos, la compra de espacios
televisivos, la votación del tipo "quien saca más votos se queda con
todo" (a diferencia de la proporcional), etcétera.

En una organización grande, la participación no puede ser directa: ha
de ser representativa. Pero siempre es posible y deseable subdividir
un sistema social grande en unidades menores. De esta manera, puede
asegurarse la participación intensa en las unidades básica, junto con
la representativa en las de orden superior.

Esta democracia, que llamo escalonada, se practica en todo el mundo.
Pero, de hecho, rara vez se consulta a los de abajo sobre cuestiones
importantes. Y rara vez se asciende de petiso de los mandados a
director de empresa. Donde domina la mentalidad presidencialista, los
ascensos están al arbitrio del mandamás. Y éste favorece al leal, o
incluso al servil, por sobre el competente.

Son excepcionales las organizaciones en las que rige la meritocracia.
En las más, dominan la autocracia y su fiel compañera, la mediocracia.

Las organizaciones meritocráticas son tan excepcionales que se las
puede enumerar: entre ellas están el ejército ateniense de la época de
Pericles, el ejército napoleónico, en el que "todo soldado lleva el
bastón de mariscal en su mochila"; las cooperativas, las
organizaciones no gubernamentales de bien público, tales como las
asociaciones vecinales, la buena universidad, y pará de contar.

Raúl Alfonsín intentó, en la reforma constitucional de 1994, avanzar
hacia un régimen parlamentario, pero su empeño no tuvo resultados en
la práctica. Se explica: un régimen parlamentario no da cabida a un
mandatario omnímodo, sea populista como Perón o plutocrático como los
Bush.

Se objetará que el parlamentarismo no es garantía de buen gobierno. Es
verdad. La perfección es prerrogativa de la matemática y del arte. Hay
por lo menos dos maneras de desvirtuar el régimen parlamentario. Una
es combinarlo con el presidencial, como ocurre en Francia. Si ambas
ramas pertenecen al mismo partido, pueden funcionar. De lo contrario,
los parlamentarios gastan más tiempo peleando entre sí que legislando.
(Esto sucedió durante la última fase del "gobierno de cohabitación"
del presidente socialista François Mitterrand con el jefe de gabinete
conservador, Jacques Chirac.)

Otra manera de desvirtuar el parlamentarismo es elegir un parlamento
sumiso, que se limite a aprobar todos los proyectos que le proponga el
presidente. En este caso, el parlamentarismo apenas se distingue del
presidencialismo, porque, de hecho, el parlamento no cumple su papel
específico.

En todo caso, es más fácil corregir errores y evitar delitos políticos
cuando el poder se distribuye que cuando se concentra. Esto se debe,
en parte, a que el poder se debilita al diluirse (democratizarse). Y
también a que el poder compartido incluye el debate y la
transparencia.

En resumen: el presidencialismo es un cáncer que tiende a la
metástasis en toda la sociedad. Habiendo fracasado desde su origen, en
1776, es hora de reemplazarlo por el parlamentarismo, el que invita a
intensificar la participación, que es el carozo de la democracia
auténtica. Además, divide menos y cuesta mucho menos. Aliente el
parlamentarismo y ahórrese unos pesos.


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Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría




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