[R-P] [Adolfo Gilly-Rhina Roux] Capitales,tecnologías y mundos de vida.(1)
Gustavo Battistoni
gustavo.battistoni en gmail.com
Mar Jul 14 19:46:48 MDT 2009
Capitales, tecnologías y mundos de la vida. El despojo de los cuatro elementos
Gilly, Adolfo, Roux, Rhina
Resumen
Este ensayo propone una reflexión sobre el presente cambio de época,
visto como una nueva configuración mundial de la relación de capital
en sus fundamentos y tendencias, y en particular en la relación
fundante entre trabajo objetivado y trabajo vivo. Aborda esta mutación
desde el mirador de la historia antes que desde los ciclos y las
coyunturas de la economía. En esta perspectiva analítica, la crisis
financiera global y el presente desorden en la relación entre
capitales aparecen como partes necesarias de violentos procesos de
expansión global de la relación de capital y de crisis y
reestructuración de la dominación, en donde se gestan nuevos
equilibrios y confrontaciones. Esta reflexión ubica el epicentro de
estos procesos no sólo en su aspecto aparencial -pero no menos real-
de aguda lucha entre diversos capitales, sino sobre todo en su
relación de confrontación/resistencia y oposición con el trabajo vivo
bajo todas sus formas presentes. Este es uno de los hilos conductores
del escrito.
A cada dominación le place esconder su nombre. Se hace necesaria
entonces la precisión en el lenguaje. Aquello que se suele llamar
"modelo neoliberal" y "globalización" es en realidad una nueva
conformación mundial de la relación de capital, el nombre que se ha
querido dar a una de sus periódicas mutaciones.[1]
La relación de capital es una forma histórica de la relación de
dominación- subordinación en las sociedades humanas y de la extracción
y reparto del producto excedente del trabajo. Mando despótico,
coerción, violencia, explotación, humillación y despojo están en el
núcleo de ese proceso social.
Al mismo tiempo, en su movimiento dinámico están la alteración y el
revolucionamiento de relaciones sociales precedentes establecidas en
siglos, con sus creencias, costumbres y seguridades; y la creación de
nuevas posibilidades de conocimiento y disfrute, en potencia y en
promesa pero no en la realidad vivida de los existentes mundos humanos
de la vida. En aquel movimiento está la destrucción de los antiguos
mundos junto a las promesas de otros nuevos, vividas empero como
horizonte y como espejismos, contra la realidad de un presente
desgarrado en sus socialidades y amenazado de catástrofes bélicas y
ecológicas en su horizonte inmediato.
Considerada en el plano histórico, la expansión de la relación de
capital se sostiene en dos procesos concomitantes y entrelazados:
explotación (apropiación del producto excedente bajo la forma de
plusvalor) y despojo (apropiación violenta, o encubierta bajo formas
legales, de bienes naturales y de bienes de propiedad comunal o
pública). En su análisis del capitalismo contemporáneo, David Harvey
ha vuelto con razón a plantear la actualidad del despojo.[2] Pero no
se trata de un hecho nuevo o de un retorno de la "acumulación
originaria". Pensamos que se trata de un proceso permanente, que forma
parte y acompaña siempre al proceso del capital.
Queremos mostrar una expansión sin precedentes de este último proceso
y de sus acompañantes contemporáneos: la subordinación de la ciencia
al capital, las múltiples formas del despojo y, en consecuencia, las
formas e intensidad de la violencia, presente y latente, como
componente necesario del proceso y de la intensidad enmascarada de la
actual dominación. Queremos también mencionar sus posibles límites.
Comencemos entonces por el comienzo, por la sustancia de las
relaciones sociales en la sociedad del capital, aquella que da hoy el
color de nuestro tiempo a todas las otras: la relación
capital/trabajo, es decir trabajo objetivado/trabajo viviente, en la
cual la realidad de los mundos de la vida está en el trabajo viviente
bajo todas sus formas siempre cambiantes y siempre renovadas.
El largo asalto contra el trabajo
El incremento de la explotación en la relación salarial, la
competencia entre capitales y la acumulación por despojo aparecen hoy
superpuestos y combinados, aunque en una escala impensable antes de la
expansión de las innovaciones científico-tecnológicas en el último
cuarto del siglo XX (informática, microelectrónica, ingeniería
genética, nanotecnología). Es preciso no olvidar sin embargo que no se
trata aquí de un mero proceso "objetivo", resultado del "progreso"
científico-tecnológico.
El uso capitalista de estas innovaciones -es decir, para afirmar la
dominación existente, sacar ventaja en la competencia entre capitales
y elevar la tasa de ganancia- sólo pudo implantarse a través de una
dura serie de batallas contra las posiciones y las conquistas del
trabajo organizado. Las puntas avanzadas de esta ofensiva fueron, en
los primeros años 80 del siglo XX, la Fiat en Italia contra los
trabajadores del automóvil (1980); Ronald Reagan en Estados Unidos
contra los controladores aéreos (1981); Margaret Thatcher en Gran
Bretaña contra los mineros (1984). Significados y objetivos similares
-pero no iguales- tuvieron las dictaduras militares en América Latina,
desde Chile (1973) en adelante: Argentina, Uruguay, Brasil, Bolivia,
Paraguay, el entero Plan Cóndor. En Argentina tomó desde 1976 la forma
de un exterminio selectivo de dirigentes de fábrica, planeado por los
directivos de las grandes empresas y ejecutado por las fuerzas
armadas.[3]
Se trata de un proceso de larga duración. En 1986, ya avanzado su
curso violento, Ernest Mandel lo analizaba en estos términos:
"Hay actualmente un proyecto político y social del conjunto de la
burguesía, es decir de los conservadores y de los neoliberales, poco
importan los adjetivos. Este proyecto va más lejos que simplemente
arrancar cierto porcentaje suplementario en el reparto del ingreso
nacional a expensas de las masas trabajadoras, o aumentar la tasa de
plusvalor y recuperar la tasa de ganancia.
Aprovechando la depresión económica y el debilitamiento relativo del
movimiento obrero -fenómeno general aunque desigual según los países-
la burguesía trata de modificar de modo duradero las relaciones de
fuerza entre las clases y de institucionalizar esta modificación. En
su esencia, esto significa desmantelar las conquistas más importantes
del movimiento obrero del cuarto de siglo precedente, si no de los
últimos cincuenta años [es decir, desde 1936].
Si se quiere resumir en una sola fórmula esas conquistas, se puede
decir que el movimiento obrero había conseguido imponer un aumento
cuantitativo del nivel objetivo de solidaridad de clase mediante una
combinación de legislación social, fuerza sindical, control sobre el
proceso de trabajo y peso político. Esta fórmula puede parecer
‘objetivista’ y vaga, pero es muy real y eminentemente marxista. El
peso del movimiento obrero actuó en la sociedad para mejor proteger a
todas las capas más desfavorecidas. Este es el contenido más general
de todo cuanto ocurrió desde la crisis de los años 30. [...]
Desde el momento en que esas conquistas son parcial o totalmente
desmanteladas, la solidaridad disminuye objetivamente. Diferentes
capas son golpeadas en formas diferentes y quedan más o menos
abandonadas a su suerte, sobre todo los más débiles: inmigrantes,
mujeres, jóvenes, inválidos, viejos. Pero el efecto acumulativo de
este cambio sobre la clase obrera se vuelve sensible a partir del
momento en que el fenómeno alcanza cierto nivel cuantitativo."[4]
Es un hecho ampliamente estudiado que la caída tendencial de la tasa
de ganancia a mitad de los años setenta fue uno de los factores
determinantes de la reestructuración del capital. La ofensiva contra
el trabajo y la intensidad en la introducción de las innovaciones
tecnológicas tienen esa raíz objetiva.
Como recordaba por entonces Elmar Altvater, "la crisis no es sino la
agudización dramática de la normalidad burguesa".[5] La crisis
implica, en apretada síntesis, una destrucción de capital y una
desvalorización de la fuerza de trabajo.[6]
Michel Husson, en un estudio reciente, anota:
"La característica principal del capitalismo mundializado es el
descenso de la parte salarial, es decir, de la parte del PIB que
absorben los asalariados. Esa tendencia equivale, en términos
marxistas, a una elevación de la tasa de explotación. Se trata de un
resultado sólidamente establecido sobre datos estadísticos
indiscutibles y que se aplica a la mayoría de países, tanto del Norte
como del Sur."[7]
Esta caída, agrega Husson, se inicia a comienzos de los años ochenta y
el ingreso salarial tiende después a estabilizarse en niveles
históricos muy bajos.[8]
La desvalorización de la fuerza de trabajo y la flexibilidad laboral
han sido desde entonces dos líneas combinadas para elevar la tasa de
explotación: comprimiendo salarios reales, suprimiendo mecanismos de
control obrero sobre la contratación y uso de la fuerza de trabajo,
desmantelando contratos colectivos, destruyendo o reprimiendo la
organización sindical, prolongando el ciclo de vida laboral y
confiscando derechos laborales universales (salario mínimo, limitación
legal de la jornada laboral, derechos de pensión y jubilación,
protección de la salud, reglamentación del trabajo femenino,
prohibición del trabajo infantil). El aumento del desempleo, la
fragmentación del mundo laboral y la delocalización geográfica de
empresas e inversiones han sido algunas de las rutas seguidas para
romper resistencias.
Resultado: alza tendencial de la tasa de explotación y recuperación de
la tasa de ganancia a partir de la segunda mitad de los años ochenta.
Esa es la puerta de ingreso a la mutación del cambio de siglo. La
secuencia no es obligada pero sí significativa: a la derrota de las
resistencias organizadas del trabajo en los centros del capitalismo en
Occidente siguió el derrumbe de los regímenes burocráticos en Europa
oriental y la expansión desembozada y vertiginosa de la relación de
capital en los antiguos territorios de la Unión Soviética, en China,
en los países del sudeste asiático.
La nueva universalización del proceso-capital
Vivimos ahora años en que la expansión de la relación de capital
atraviesa nuevamente uno de sus grandes ciclos. Bajo la forma de una
reconfiguración de las relaciones entre clases, entre naciones y entre
capitales -así como de la relación con la naturaleza y el saber
humano- ha ingresado en un cambio de época.
Este proceso extiende en la geografía, densifica en profundidad y
dinamiza la red de relaciones sociales capitalistas que envuelve hoy
al planeta entero. La ampliación mundial de la escala de asalarización
de la fuerza de trabajo, la incorporación de inmensos territorios en
los nuevos circuitos desregulados del mercado y la ruptura de
anteriores barreras naturales y espacio-temporales para la
valorización de valor son tendencias constitutivas de este proceso.
El aumento de la población asalariada mundial es un dato revelador de
este movimiento. Un estudio del FMI calcula que la fuerza laboral
global se ha cuadruplicado en las dos últimas décadas. La apertura de
China, la India, el sudeste asiático y América Latina a las nuevas
inversiones de capitales, la privatización de bienes públicos, las
telecomunicaciones y los flujos financieros expanden geográficamente
el proceso del capital, incorporando a millones de seres humanos en
los circuitos desregulados del mercado y arrastrándolos en el
torbellino generado en los movimientos de las finanzas. [9]
Este movimiento de expansión está acompañado de un creciente dinamismo
y densidad del proceso del capital, ambos potenciados por las
innovaciones científico-tecnológicas. Entendemos densidad como un
cierre progresivo de las porosidades naturales del proceso, así como
las nuevas tecnologías están dirigidas también a cerrar los poros del
proceso de trabajo.[10]
Las variantes nacionales de este movimiento mundial dependen, por un
lado, de la ubicación geográfica de cada país, de su nivel
tecnológico, de las condiciones salariales y culturales de su
población trabajadora y de la extensión y densidad alcanzadas
previamente por la difusión de relaciones capitalistas. Dependen
también de relaciones de fuerza sociales y, en muchos casos, de la
posibilidad de revertir derechos conquistados en batallas históricas.
Borrar registros de la memoria colectiva, romper resistencias e
imponer sobre tierra arrasada el nuevo mando del capital son
requerimientos centrales en esta nueva tendencia. Pero, a su vez,
existen las pruebas históricas y empíricas de la capacidad de
persistencia de la memoria.
El nervio de esta mutación epocal, similar en su alcance a la gran
transformación analizada por Karl Polanyi en la Europa de la
Revolución Industrial, es la conformación global (planetaria) del
proceso. Esta planetarización del proceso-capital, que en la
superficie se presenta como una inexorable expansión del mercado y
toma la forma de un nuevo e impersonal poder tecnológico, se expresa
ahora en las siguientes tendencias:
1. Fragmentación y mundialización de los procesos productivos, es
decir, una nueva división espacial de los procesos de trabajo, cuyas
fases se sitúan en distintos territorios nacionales integrados en
nuevas redes industriales transnacionales. El "auto mundial" y el
crecimiento de las maquiladoras fueron manifestaciones tempranas de
esta tendencia de desterritorialización y delocalización de la fábrica
contemporánea. Fue estudiada desde los años setenta y ochenta del
siglo XX por Harry Braverman, Benjamin Coriat, Michel Freyssenet, John
Holloway y Marco Revelli, entre otros.[11] La conformación de
corredores industriales transnacionales que conectan selectivamente
ciudades y puertos de Canadá y México con los mercados de exportación
de Estados Unidos son, en América del Norte, una expresión madura de
la misma tendencia.
2. Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), como
novedad de la composición del capital y como vehículo que amplía y
dinamiza el proceso, rompiendo barreras espacio-temporales para la
movilidad de capitales. Por primera vez en la historia, y gracias a
estas tecnologías, el capital se gestiona las veinticuatro horas del
día en mercados financieros globalmente integrados que funcionan en
tiempo real.
3. La expansión (en cantidad y velocidad) de la red de los medios de transporte.
4. Las crecientes e incontenibles migraciones de fuerza de trabajo
(incluyendo fuerza de trabajo calificada), particularmente de los
excluidos del Sur hacia el Norte.[12]
Queremos ubicar el estudio de los grupos dominantes (y, entonces, de
la dominación) en América Latina también en la dinámica, la intensidad
y los respiros de este proceso.
Monopolio del conocimiento, monopolio de la violencia
La nueva forma que adopta la universalización del proceso-capital se
sustenta en la violencia, al igual que las anteriores pero en modo más
y más abstracto (o, si se quiere, despersonalizado). El monopolio de
la violencia, a su vez, tiene su base en la subordinación del
conocimiento a la forma de dominación existente.
Hoy esa dominación se ejerce y se sostiene bajo la forma más
concentrada de ese doble monopolio de conocimiento/violencia que se
llama la subordinación de la ciencia al capital.
Esta subsunción al capital del conocimiento colectivo formalizado, que
amplía y hace más compleja la subordinación ya presente en la
Revolución Industrial con la máquina automatizada, es la que se ha
venido consolidando en la innovación, crecimiento y expansión
aceleradas de conocimientos y tecnologías (informática,
microelectrónica, robótica, desciframiento del genoma humano,
biotecnología, nanotecnología).
Este proceso es interpretado desde otros campos de pensamiento como el
ingreso a una "sociedad post-industrial", a una "era de la
información" o a una nueva "sociedad del conocimiento".[13]
La forma presente de la subordinación de la ciencia al capital
aparece, desde los años noventa del siglo XX, tanto en el incremento,
distribución e intensidad de las inversiones en investigación y
desarrollo (I+D), como en el uso direccional de la investigación y las
tecnologías: armamento y guerra, procesos de producción, y naturaleza.
La violencia y la guerra (es decir, la guerra como violencia
organizada y tecnificada, desde la Antigüedad hasta nuestros días) es
una matriz de todo el proceso, cuya esencia es la dominación entre
seres humanos. Es imperativo recordar que el actual salto tecnológico,
que cuajó en los años setenta con la invención del microprocesador, se
incubó durante la Segunda Guerra Mundial con la invención del primer
ordenador programable (1946) y del transistor (1947), ambos resortes
de los avances tecnológicos de la llamada "era de la electrónica".[14]
Cabe recordar también que Sillicon Valley, centro mundial de la
microelectrónica a comienzos de los años setenta y matriz emblemática
de la actual trasformación tecnológica, contó desde su nacimiento,
como ha sido bien documentado, con el financiamiento, los contratos
militares y las iniciativas de investigación del Departamento de
Defensa de Estados Unidos.[15]
Trabajo, ciencia, naturaleza: subsunciones
Trabajo vivo, naturaleza, ciencia y tecnología han sido, desde los
albores de la modernidad, cuatro componentes constitutivos de la
relación de capital.[16] Lo novedoso en la presente mutación epocal es
el cambio radical que se está operando en las proporciones y
relaciones entre dichos componentes.
Una nueva composición tecnológica del proceso de producción aparece en
el horizonte como tendencia, de la cual el aumento del peso de la
electrónica en el valor del producto (como sucede actualmente, por
ejemplo, incluso en la tecnología madura de la industria del
automóvil), es tan sólo un ejemplo ilustrativo.
La incorporación de sistemas digitalizados, así como de la
informática, la microelectrónica, la cibernética, las
telecomunicaciones y la nanotecnología, está revolucionando el ámbito
de la producción humana y ampliando en niveles ayer no imaginables la
escala de apropiación privada del trabajo colectivo.
En medio de la parafernalia de la llamada "tercera revolución
científico-tecnológica" se está conformando una nueva composición
tecnológica del proceso de trabajo y de la relación capital-trabajo en
el punto de producción (es decir, en el lugar preciso donde entran en
contacto el ser humano y la tecnología o, en otras palabras, el
trabajo objetivado y el trabajo vivo). El resultado es un acelerado
ritmo de crecimiento del plustrabajo por la nueva relación trabajo
objetivado/trabajo vivo (o, en términos de Marx, una ampliación
gigantesca de la plusvalía relativa).
El capital no es, claro está, una unidad homogénea. La nueva
composición tecnológica de los procesos de trabajo se realiza en cada
país y rama de la producción de manera desigual, dependiendo de
ventajas geográficas y salariales, niveles de productividad y opciones
de rentabilidad para las inversiones. Esta diversidad nacional en la
incorporación de nuevas tecnologías no niega, sino relativiza, lo que
es una tendencia universal del capital en este cambio de época.
Sin embargo, el aumento en la composición tecnológica de los procesos
de trabajo presiona al mismo tiempo sobre la tasa de ganancia e
impulsa la búsqueda de reservorios de fuerza de trabajo barata y, con
ello, la extensión de las relaciones capitalistas.
Un salto cualitativo en la mercantilización de los vínculos sociales
aparece en el horizonte, empujado además por la rotura de
solidaridades institucionalizadas en los llamados "Treinta Años
Gloriosos" (las tendencias y presiones actuales hacia la privatización
de los servicios de salud, educación, jubilación antes conquistados
como derechos, la imposición de la flexibilidad laboral y la
precarización de la contratación.
La subsunción real de la vida humana al capital está transitando hoy,
sin embargo, no sólo por formas más sofisticadas de apropiación de
trabajo excedente y de difusión de la socialidad abstracta
mercantil-capitalista, sino también por la subordinación de la
naturaleza y de procesos biológicos que son constitutivos de la
reproducción natural de la vida. Una nueva relación de la sociedad del
capital con procesos biológico-naturales propios de las especies
vivientes (animales, vegetales y humanos) está operando ante nuestros
ojos.
En la realización del ser del capital (la valorización de valor, el
valor que se valoriza), se despliegan formas antes inimaginables de
colonización capitalista de la naturaleza y de la vida humana. La
subordinación de los procesos naturales de la vida a los procesos y la
dinámica del capital es uno de los fenómenos que bajo formas nuevas,
inéditas e inacabadas, define a la actual mutación.
En estas coordenadas la mundialización es también, entonces, una
pérdida de dominio de las sociedades sobre su relación y sus
intercambios con la naturaleza, en la medida en que ese proceso se
autonomiza como proceso autorregulado (es decir, sólo regido por la
lógica de la valorización). El aumento de los cultivos transgénicos en
Estados Unidos, Canadá, Argentina, Brasil, México, China y la India
-más allá de la voluntad de las élites o del signo político de las
burocracias estatales- es un ejemplo ilustrativo de este movimiento
creciente y expansivo de la sociedad del capital.
Cierto es que, pese a opiniones en contrario, en la mundialización del
capital los Estados nacionales siguen siendo la sede principal
reconocida de la relación de hegemonía (o, en otras palabras, del
vínculo de dominio/subordinación colectivamente aceptado) en cada
sociedad dada. Pero esos Estados, mientras mantienen sus límites
territoriales, son al mismo tiempo desbordados: regulan cada vez menos
los movimientos del capital dentro de sus fronteras, incluidos los
cambios en la relación de la sociedad con la naturaleza. Esta es la
razón primordial del fracaso de todas las "rondas" de negociación
inter-estatales para el control del cambio climático y la degradación
de la biósfera, empezando por las negociaciones de Kyoto sobre el
control de las emisiones de gases de efecto invernadero.[17]
El fenómeno de la urbanización acelerada y de la expansión y
multiplicación de las megaciudades y sus barriadas y cinturones de
miseria es otro efecto de la combinación perversa entre acumulación de
capital, desregulación, cambio tecnológico y violencia que acompaña a
la actual mutación. Los slums, al tiempo que multiplican la población
y los dinamismos de la vida humana, ese rasgo tan propio de la
"modernidad", cuestionan y degradan conquistas civilizatorias
alcanzadas por la vida urbana en procesos pluriseculares.[18]
El despojo y sus nuevos rostros
El despojo no es un episodio cruel del pasado. Junto a la explotación
del trabajo en la relación salarial, la acumulación por despojo es un
momento constitutivo del capital: una tendencia inscrita en su ser
como proceso de valorización de valor fundado en la permanente y
ampliada subordinación de trabajo vivo. En este proceso, que Marx se
representaba con la imagen de una espiral ascendente, se recrea una y
otra vez -exponencialmente- la misma historia contada en la narración
de la "acumulación originaria".[19]
El robo, la depredación, el pillaje y la apropiación privada de bienes
comunes atraviesan la historia del capital, desde los lejanos tiempos
de la conquista de América y el cercamiento de tierras comunales en la
Inglaterra de los siglos XVI al XVIII, hasta el saqueo colonial y los
mecanismos tributarios del sistema financiero internacional analizados
por Rosa Luxemburg al despuntar el siglo XX.
En esta secular tendencia histórica los procesos de acumulación por
despojo significan para el capital la resolución de dos necesidades
vitales: la existencia de un reservorio de fuerza de trabajo "libre"
-obligada a "vender su pellejo" para preservar la vida- y la apertura
de nuevas áreas y territorios para la valorización de valor (lo que
David Harvey llama "la lógica de la expansión capitalista"). En todos
los casos, y sostenidos siempre en la violencia estatal, los procesos
de acumulación por despojo transitan por la destrucción de otras
matrices civilizatorias y por la incorporación de productores antes
autónomos en la red de relaciones salariales del mercado capitalista.
La forma contemporánea del despojo adquiere su expresión visible y
condensada en la oleada de privatizaciones de bienes y servicios
públicos que ha cubierto al mundo en las dos últimas décadas: tierras,
medios de comunicación y transporte (puertos, aeropuertos, carreteras,
ferrocarriles, compañías de aviación), telecomunicaciones (telefonía
digital y sistemas satelitales), banca y servicios financieros,
petróleo y petroquímica, minas y complejos siderúrgicos, sistema de
seguridad social (salud, educación, vivienda) y hasta fondos de
pensión y retiro de los trabajadores.
Esa oleada privatizadora, anunciada en Europa desde el inicio de los
años ochenta del siglo XX durante el gobierno de Margaret Thatcher,
registró su primer gran ascenso en los años noventa en los países de
América Latina, concentrándose en tres de ellos (Brasil, Argentina y
México) casi la mitad del volumen de las operaciones de traspaso de
bienes públicos a manos privadas: puertos, aeropuertos, ferrocarriles,
sistemas de agua potable, producción y distribución de energía
eléctrica, petroquímica, minas y complejos siderúrgicos, telefonía y
sistema satelital.
Esa oleada, que desmontó en América Latina el sistema de propiedad
estatal de recursos estratégicos de mediados de siglo XX, en este
nuevo siglo se ha desplazado al continente asiático, concentrándose en
China casi 90 por ciento de las privatizaciones realizadas en los
últimos cuatro años. Telecomunicaciones, electricidad, gas natural,
transporte y agua representaron la mitad del total de privatizaciones
efectuadas entre 1990 y 2003.[20]
Como en los albores de la modernidad capitalista, este nuevo ciclo de
despojo y apropiación está transitando por la disolución de formas
puras o híbridas de la comunidad agraria, por la conversión de la
tierra en mercancía y por la destrucción de los lazos protectores de
la autosuficiencia material de los productores agrícolas. Tal proceso
está operando hoy en los inmensos territorios ocupados por la antigua
Unión Soviética, los regímenes burocráticos de Europa centro-oriental,
China y Vietnam,[21] tanto como en la India y en México.[22]
Una vez liberada de los diques protectores construidos durante el
siglo XX en especial después de la Segunda Guerra Mundial (Welfare
State, control y planificación estatal de las economías nacionales,
regulación estatal de las relaciones laborales y mecanismos mundiales
de regulación financiera -Bretton Woods), la nueva marea de despojo
crece reimponiendo no sólo el dominio del capital sobre la tierra,
sino cubriendo todos los bienes naturales comunes: costas, playas,
bosques, ríos, lagunas.
En otras palabras, se trata de una gigantesca reedición del
cercamiento de tierras comunales (enclosure of commons) operado en
Europa entre los siglos XIV y XIX y extendido a otras regiones en el
curso de su expansión colonial. Las guerras del agua y del gas en
Bolivia, el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil y el renacimiento
de los movimientos indígenas en América Latina (México, Bolivia,
Ecuador) han sido parte del nuevo ciclo de insubordinación
desencadenado por el despojo organizado de bienes naturales comunes.
A este proceso de expropiación de bienes comunes corresponde, como
tendencia, la ampliación de la escala de salarización de la fuerza de
trabajo y la creación de un enorme ejército industrial de reserva: 190
millones de desempleados y 1,300 millones de subempleados en el mundo
en 2007, reconocidos oficialmente por la OIT.
Una nueva proletarización de la población campesina en los territorios
de América Latina, China, India y el sudeste asiático se ha estado
produciendo en la última década. El declive mundial del mundo rural y
el ascenso de la curva de población urbana e industrial, en especial
en Asia, África y América Latina, es un dato revelador de esta
tendencia.[23]
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