[R-P] [F.Chesnais] La recesión mundial (1)

Gustavo Battistoni gustavo.battistoni en gmail.com
Lun Jul 13 12:07:17 MDT 2009


La recesión mundial: el momento, las interpretaciones y lo que se
juega en la crisis

 Chesnais, François

El aceleramiento de la crisis mundial hace imposible correr tras la
actualidad en un artículo de este tipo. Hay que seleccionar entonces
algunas cuestiones y elijo las que tienen relación con preguntas y
preocupaciones expresadas en reuniones y debates de los que participé
y con algunas interpretaciones difundidas en publicaciones militantes.
 Al hecho mayor, que no debe perderse de vista en ningún momento, es
que los asalariados y la juventud (en Francia, en Europa y el mundo)
no enfrentan solamente una crisis económica mundial. El conjunto de
los explotados y dominados, y todos aquellos para los cuales palabras
como “humanidad” y “civilización” conservan algún sentido, enfrentan
la conjunción de la crisis económica con el avance de la crisis
climática y sus gravísimos efectos sociales en el mundo.
A lo que se suman los de la crisis alimentaria, en gran medida
provocada directamente por las políticas comerciales implementadas
desde hace 20 años. Se hace evidente la irracionalidad profunda del
sistema: la que está contenida en la “producción para la producción”,
es decir con el único fin de valorización del capital; la que resulta
del hecho de que el valor es valor para el capital, valor de cambio
cuyo fundamento es la explotación de los trabajadores y el agotamiento
de los recursos naturales. En otro artículo[1] he tratado de explicar
por qué esta conjunción no es algo puramente casual, y a él me remito
sobre ese aspecto de la cuestión. Trataré ahora otros aspectos de la
crisis. Y comenzaré por dos preguntas relacionadas entre sí[2]:
“¿Acaso los gobiernos no disponen siempre de medios para bloquear la
extensión de la crisis?” “¿Qué debe entenderse por crisis
‘sistémica’?”.

Contagio, “pérdida de control” y juego ciego de las leyes de la competencia

Comenzaré por responder a la primer pregunta, es la siguiente. La
crisis, que comenzó en la esfera de la finanza, se transformó en
crisis de sobre-producción. Es una crisis total y también “global”,
mundial, que ha entrado en una fase en la que se desarrollará, en gran
medida sino totalmente, de manera mecánica. Se han puesto en marcha
fuertes interacciones entre procesos de propagación doméstica y de
contagio internacional, cada uno de los cuales con su propio carácter
acumulativo. El aceleramiento del movimiento de propagación y contagio
internacional evidéntemente no fue previsto por los gobiernos y mucho
menos con la intensidad que adquirió en noviembre. Se anunciaron
planes de reactivación (los más importantes fueron el anunciado por
China a mediados de noviembre y el que acaba de anticipar el equipo de
Barack Obama), pero las medidas adoptadas reflejan distintas lecturas
de la crisis, las sumas anunciadas son en general insuficientes y
pasará tiempo hasta que estén realmente disponibles. No pesan mucho
ante la magnitud de contradicciones postergadas y contenidas durante
un tiempo excepcionalmente prolongado. Se puso a disposición de los
bancos sumas muy elevadas que prolongarán la existencia del capital
ficticio acumulado: incrementan su masa y hacen caer su peso y su
gestión sobre instituciones estatales a las que semejante fardo
planteará tarde o temprano grandes problemas. Y en lo que hace a
planes de reactivación real, las sumas involucradas son relativamente
muy pequeñas y las más elevadas tardarán mucho en influenciar la
actividad económica cotidiana. El plan de inversiones para la
modernización de las infraestructuras en los Estados Unidos de Obama
no tendrá efectos plenos antes del 2.011. La decisión de los gobiernos
de salvar subvencionando a tantas empresas con dirigentes
incompetentes y generosamente remunerados terminará teniendo
consecuencias políticas, en términos de toma de conciencia de hasta
qué punto “el rey está desnudo”.
La afirmación de que más allá de un cierto umbral la crisis puede
pasar a desarrollarse en gran medida sino totalmente de un modo
mecánico puede sorprender. Las palabras “propagación” y “contagio”
fueron olvidadas por la abrumadora mayoría de los economistas,
acunados desde hace 40 años con dos ideas: la primera es que los
mercados “se auto-regulan” y la segunda (alimentada por las
burocracias de los ministerios de economía) es que tienen a su
disposición políticas públicas de “conducción macroeconómica”. Quedan
desorientados cuando las contradicciones inherentes a la acumulación
de capital desembocan en situaciones de “pérdida de control”. Durante
las crisis, los mecanismos ciegos de la competencia o concurrencia
asumen la forma de conductas autodestructivas de los bancos y las
restantes instituciones financieras frente a la insolvencia de sus
deudores, así como también de las empresas ante la contracción de la
producción, del empleo y del comercio internacional. Marx subrayaba
que
mientras las cosas van bien, la concurrencia actúa, según hemos visto
al estudiar la nivelación de la cuota general de ganancia, como una
hermandad práctica de la clase capitalista, entre la que el botín
común se distribuye colectivamente, en proporción a la cuantía de la
parte aportada al negocio por cada cual. Pero cuando ya no se trata
precisamente de reparto de las ganancias, sino de la pérdida, cada
cual procura reducir en la medida de lo posible la parte alícuota que
en ellas le corresponde, para hacer cargar con ellas a los demás. Las
pérdidas son inevitables para la clase en su conjunto. Pero, ¿qué
parte de ellas tiene que soportar cada capitalista? Esto lo decide la
fuerza y la astucia; al llegar aquí, la concurrencia se convierte en
una lucha entre hermanos enemigos.[3]
La Unión Europea ya se ha convertido en un campo en que ya es visible
el desarrollo de este tipo de procesos, que van a desencadenarse en
toda la economía mundial.
Hay propagación doméstica de crisis (en el interior de un país) cuando
los efectos depresivos (de contracción o de caída) de una función
económica repercuten sobre otra (por ejemplo, del consumo hacia la
producción), de un sector económico hacia otro (de las finanzas hacia
la producción manufacturera) o incluso de una rama industrial hacia
otra (del automotriz hacia la siderurgia). La propagación
internacional de la crisis de un país hacia otro (generalmente se
utiliza el término sanitario contagio, por analogía con las pandemias)
se produce vía los flujos financieros y la interdependencia de las
Bolsas y con mayor fuerza aún por el canal de los flujos de
mercancías. El contagio internacional es hoy más fuerte porque los
sistemas financieros están interconectados estrechamente y las
economías son muy interdependientes debido a la liberalización de los
intercambios y de las inversiones extranjeras. Se habla de mecanismos
acumulativos cuando los efectos de la propagación comienzan a
retro-actuar, a actuar de rebote. Por ejemplo, la contracción del
crédito a las empresas y a los hogares lleva a que las primeras
reduzcan su producción y disminuyan la masa salarial (desocupación
técnica, despidos) mientras que los segundos dejan de hacer compras
que requieran crédito. Ambos efectos se acumulan y hacen bajar la
demanda, tanto de los bienes intermedios que entran en la producción,
como la de los bienes de consumo. Esto afecta muy rápidamente a las
empresas, que reducen aún más su producción y presentan balances que
confirman a los bancos en la posición de negarse a conceder crédito,
negativa que conduce a la quiebra de empresas, con nueva caída de la
masa salarial y consecuente contracción de la demanda, etcétera. Al
mismo tiempo, hay propagación de todo esto de país a país, lo que
refuerza las retro-acciones y aumenta el carácter acumulativo del
conjunto de estos procesos.

Crisis capitalistas: razones y consecuencias de un olvido

Recién ahora las informaciones que se publican reconocen la
propagación de la crisis y su aceleramiento a nivel mundial. Pero la
comprensión sigue siendo muy limitada, especialmente en lo referido a
su magnitud. Esto es hasta cierto punto inevitable, aunque sería bueno
que entre los militantes semejante situación no dure demasiado. En
otras épocas, cuando estudiábamos o se participaba en escuelas de
formación militante, nos encontrabamos con las crisis de
sobre-producción al menos en los libros.[4] La cuestión se consideraba
incluso seriamente, sobre todo cuando se produjo la recesión
norteamericana de 1956-57, tras el fin de la guerra de Corea y la
disminución pasajera de los gastos militares estadounidenses. No
sabíamos entonces que se había entrado en los años que después serían
llamados los “ Treinta Gloriosos”... aunque la teorización llegó muy
rápidamente. En Italia, en torno a un “neocapitalismo” que, según
explicaban ideólogos del Partido Comunista y la CGIL (como Bruno
Trentin), había superado en lo esencial el tipo de contradicciones
cuya consecuencia eran las crisis. Y en Francia tuvimos la teoría del
“capitalismo monopolista de Estado” según la cual el capital había
encontrado mecanismos de desvalorización de capital en gran medida
controlados. Comenzó un largo período durante el cual la teoría
marxistas de las crisis sólo fue defendido por un grupo muy reducido
de teóricos militantes, trotskistas como Ernest Mandel[5] o comunistas
consejistas como Paul Mattick, autor de un profundo libro sobre la
cuestión.[6] Cuando la recesión mundial de 1974-76 cerró el período de
los “Treinta gloriosos”, hubo una momentánea renovación del interés
por la teoría de las crisis entre marxistas[7] y “regulacionistas”.[8]
También se abordaba la cuestión de las crisis en las escuelas de
formación de las organizaciones trotskistas. Pero se trataba de un
interés casi “académico”, por muchas razones entre las que se destacan
dos: después de una fase transitoria, en los países capitalistas
centrales progresivamente recomenzó la acumulación; y más importante
aún, por el curso de la lucha de clases en los países del este
(primero sobre todo en Polonia con las huelgas de Gdansk, el
nacimiento de Solidaridad, el golpe de estado de Jaruzelsky y
posteriormente la cuestión de la URSS): la inexistencia de la
revolución política tras la caída del Muro y la restauración del
capitalismo dominaron las preocupaciones y discusiones...
Demos un salto del tiempo, acercándonos a la actualidad. Durante los
15 últimos años, algunos hechos y sobre todo la interpretación que se
les dio, contribuyeron mucho a la subestimación del proceso cuando se
abrió la primer etapa de la fase financiera de la crisis (con la
parálisis progresiva del crédito y la primeras quiebras bancarias).
Durante los años anteriores a agosto del 2007, hubo una seguidilla de
crisis: la crisis mexicana de 1994-95, la crisis asiática de 1997-98,
la cuasi-quiebra del fondo especulativo Long Term Capital Management
(LTCM) de Wall Street en 1998, el crack del Nasdaq en 2001-02. En cada
caso, los gobiernos con la ayuda del FMI lograron controlar sus
efectos, con dificultades por cierto crecientes, especialmente cuando
Corea entró en crisis en 1992. Entonces, si una y otra vez pudieron
relanzar “el crecimiento” (término bastardo que oculta el concepto de
acumulación) ¿por qué no podrían hacerlo nuevamente ahora? El reflejo
que llevaba a pensar de esta manera era muy fuerte y hasta hace muy
poco los medios difundían casi exclusivamente informaciones y
opiniones en ese sentido. Recién durante las últimas semanas, desde
mediados de octubre 2008, esa especie de escepticismo que prevalecía
en la mayoría de los militantes aún después de la quiebra de Lehman
Brothers en septiembre, comenzó a disiparse lentamente. Y esto se
debió a la caída brutal en las Bolsas, que marcó una segunda etapa en
la fase financiera de la crisis y, sobre todo, la primer ola de
desocupación técnica y despidos.

El principal centro de propagación y contagio mundial son los Estados Unidos

Los conceptos de propagación y contagio permiten descifrar la catarata
de informaciones (provenientes de todas las economías, desde las muy
grandes como los Estados Unidos o China, hasta las muy pequeñas como
Islandia, los países bálticos y balcánicos) y otorgarles un sentido.
Después del 15 de septiembre de 2008, en los Estados Unidos se produjo
una aceleración a gran escala de los mecanismos de propagación con sus
interacciónes y retro-alimentaciones. No podía ser de otro modo. Desde
hacia mucho tiempo en los Estados Unidos se venía recurriendo a la
creación de capital ficticio bajo la forma de créditos a las empresas,
créditos hipotecarios y créditos para el consumo (esto comenzó en
1991-1992, con un primer salto en 1998 y otro en 2001-02). La masiva
creación de créditos permitió ampliar artificialmente el mercado
interno y hasta 2008 también los mercados de títulos del que dependen
las jubilaciones de los asalariados estadounidenses. Así se disimuló
la existencia de una gran sobre-capacidad productiva industrial. Los
capitales especulativos del conjunto del planeta afluyeron hacia Wall
Street y, en segundo lugar, hacia la City de Londres. Fue también en
Wall Street, junto con la City, donde se puso a punto la técnica “
milagrosa” de la titulización (securitization, en inglés, titrisation
en francés).[9] Y finalmente fue también en los Estados Unidos donde
la liberalización y la desreglamentación llegaron al mercado
inmobiliario con más fuerza, dando a la burbuja inmobiliaria rasgos
que no se encuentran con igual grado en ninguna otra parte del mundo.
La crisis financiera estalló públicamente recién en agosto, pero desde
julio de 2007 todo el edificio había comenzado a hundirse, pedazo tras
pedazo, con sucesivos episodios de crisis cada vez más espectaculares.
El monto extraordinariamente elevado de acreencias insolventes
“ocultas” contenidas en los “vehículos” de titulización asentados como
activos de capital en bancos, sociedades aseguradoras y fondos de
colocación paralizó el sistema de crédito interbancario y, a partir de
allí, cada vez más a la totalidad del sistema crediticio. Los bancos
centrales y los gobiernos diagnosticaron inicialmente un problema de
liquidez. Inyectaron sumas masivas que no tuvieron ningún efecto. Los
primeros casos de pre-quiebra por insolvencia fueron tratados como
excepciones, pero no lo eran. Debieron volcar sumas cada vez mayores
no ya al sistema de crédito en general, sino para el salvataje de
bancos cada vez más grandes: Northern Rock en noviembre de 2007, y el
primer gran banco de negocios (Bearn Stearns) en marzo del 2008. En
los Estados Unidos, la condición no escrita era que esto ocurriese via
la compra del banco quebrado, contribuyendo a aumentar la
concentración: pero en septiembre nadie estaba dispuesto a comprar
Lehman Brothers y entonces el 15 de septiembre el Tesoro
estadounidense y la Fed decidieron dejarlo caer. Recién al día
siguiente, con el anuncio de muy grandes dificultades por parte de la
mayor aseguradora mundial AIG, comprendieron que esa negativa era
resultado del deterioro generalizado de la solvencia de los bancos y
las aseguradoras, a causa de las operaciones especulativas de riesgo
subprime de sus filiales tipo Hedge Funds.[10]
Los 15 días que fueron desde la quiebra de Lehman Brothers hasta la
aprobación por el Congreso, tras un primer rechazo, del plan de
salvataje Paulson de 700.000 millones de dólares, marcaron un
auténtico principio de pánico financiero, tanto en los Estados Unidos
como en Europa y Asia, incluida China. Pero también hubo en ese
momento otro gran factor de propagación de la crisis financiera: a la
parálisis de los mecanismos de crédito y la situación de quiebra de
los bancos se sumó a fines de septiembre la caída mundial del valor de
las acciones. Esto venía ocurriendo lentamente desde comienzos de
2008, pero entre los meses de octubre a noviembre se asistió a una
caída de valores que, anualizada, tiene la magnitud de un verdadero
crack bursátil. Los efectos económicos y las consecuencias sociales de
esto en un país donde predominan los sistemas de jubilación ligados al
mercado financiero son muy importantes. Las segundas recién se
sentirán con fuerza dentro de algunos meses, pero los primeros se
sintieron de inmediato: baja del consumo que repercutió a su vez en la
producción, sobre todo del sector automotriz. Paralelamente, las muy
altas sumas otorgadas como crédito a los bancos no dieron resultado.
Debieron agregar crédito sobre crédito a AIG, y resultó necesario
auxiliar a otra estrella del sistema bancario norteamericano y
mundial, el Citigroup. Es difícil subjetivamente medir la magnitud de
la crisis bancaria. Recordar el monto astronómico de las sumas
comprometidas puede ayudar. El New York Times lo hizo en un
artículo[11] donde hablaba de la “plancha de imprimir billetes”: 8.000
mil millones de dólares. Son exactamente 7,8 trillones (para utilizar
el término inglés) comprometidos solamente por los Estados Unidos. El
gobierno y la Fed operan en principio como “aseguradora”. Salieron
como garantes de préstamos y depósitos por un monto de 3.100 mil
millones y desembolsaron 97 mil millones. Después está su compromiso
como “inversor”, es decir aportando capital para evitar la quiebra.
Aquí hay 3.000 mil millones comprometidos y 649 mil millones gastados.
Finalmente, intervienen como “prestamista”, 1.700 mil millones
comprometidos y 617 mil millones gastados.
En Francia, donde tenemos todavía los beneficios del sistema
jubilación por reparto, maltrecho pero no destruido gracias a la
acción de los asalariados[12], resulta difícil comprender lo que esto
significa para aquellos cuyas jubilaciones dependen del mercado
financiero. Pero no ocurre lo mismo en los Estados Unidos. Millones de
norteamericanos comprendieron inmediatamente el empobrecimiento
sufrido a causa de la caída de la Bolsa. Para una parte de ellos esto
vino a sumarse a la expulsión de sus viviendas, y tuvo rápidamente
efectos sobre sus compras, sacado a la luz la magnitud de la
sobre-producción en la industria automotriz y precipitando su crisis.
Hubo una fuerte caída de las ventas, la producción y el empleo, junto
con el anuncio por Chrysler y General Motors de caídas en las
ganancias y dificultades de tesorería que podrían llevarlos a la
quiebra. La crisis financiera sigue haciendo su trabajo, pero ya
comenzó la crisis de sobre-producción. Se está pues en una crisis
análoga a la de 1929, aunque la cronología sea diferente. Se pasó de
la parálisis del sistema crediticio a la insolvencia de los bancos,
luego al crack bursátil (aunque la palabras se usó poco debido a que
se dio a lo largo de algunos meses y semanas). Y desde octubre se está
en la fase de caída del consumo y los intercambios comerciales, así
como también  de despidos, despidos técnicos y cierre de fábricas. Y
todo esto en el marco de procesos acumulativos y retroactivos cada vez
más rápidos y poderosos. En la industria manufacturera, la crisis se
extendió desde la industria automotriz hacia los sectores relacionados
con ella. Pero también Dow Chemicals anunció 5.000 despidos. Desde que
comenzó el aceleramiento de la propagación de la crisis financiera, se
destruyeron cerca de 400.000 empleos en octubre y 530.000 en
noviembre, la cifra más elevada desde 1974, el año de la recesión que
puso fin al boom de los 60 y a la fábula del “neocapitalismo”.

Importancia del concepto de capital ficticio

La expresión “crisis sistémica” que se utiliza con frecuencia, es vaga
y requiere precisiones. Indica dos procesos: la sobre-producción,
consecuencia de la sobre-acumulación de capital como medios de
producción y el comienzo de destrucción de capital ficticio a gran
escala. Hay que empezar por esto, porque la noción de capital ficticio
sigue siendo muy mal comprendida. La mayor parte de los economistas,
incluso marxistas, la considera completamente “gaseosa” y opina que
quienes la utilizan son gente bastante rara. Habitualmente se utiliza
más la noción de crédito, y Michael Husson inventó el término
“capitales libres”[13], pero no ha dicho por qué prefiere este término
al de Marx, ni en qué consiste esta “libertad” particular en un mundo
donde la liberalización y la desreglamentación del capital bajo todas
sus formas son algo generalizado.
Le Monde el 26-27 octubre 2008 titulaba “25.000 mil millones de
dólares se evaporaron”. Esta semana (6 diciembre 2008) The Economist
muestra en su tapa a un hombre mirando un inmenso agujero negro,
titula “¿Dónde desaparecieron sus ahorros?” y en su editorial
principal escribe: “el valor de los mercados de acciones mundiales se
redujo aproximadamente unos 30.000 mil millones de dólares en un año,
o sea a la mitad” agregando “estas cifras eclipsan la pérdida en
activos ligados a crédito sufridas desde el comienzo de la crisis”.
Esos títulos cuyo “valor” se redujo a la mitad en un año no pueden ser
incluidos en la noción de crédito. Son títulos que dan derecho a la
pretención de compartir la plusvalía creada en las empresas
percibiendo intereses y dividendos. Tras ser emitidos y colocados una
primera vez en acciones de tal o cual grupo que cotiza en bolsa, estos
títulos viven una especie de vida propia algo mágica en el curso de la
cual su valor puede “aumentar”. Es lo que se llama capitalización
bursátil, una expresión del fetichismo del dinero estudiado por Marx.
Pero el mundo mágico puede convertirse en una pesadilla. Cuando los
jubilados dependen de los dividendos de las acciones y sobre todo de
la plusvalía de las transacciones bursátiles, una caída profunda de
las cotizaciones anuncia una vejez con grandes carencias o miseria
para millones de ex-asalariados.
A mi criterio, el término “financiarización” indica el proceso de
descentralización y “acumulación” específico de ese tipo particular de
capital que Marx llama “capital a interés” y analiza en el Libro III
de El capital.[14] Tal proceso no debe ser confundido con la
acumulación de capital constante y de capital variable propiamente
dicha de la cual es simultáneamente dependiente y diferente. En
ciertos momentos de la historia del capitalismo, hacia fines del siglo
XIX en los Estados Unidos y en Gran Bretaña antes de 1929 y nuevamente
a partir de la mitad de los años 1970, el proceso de centralización y
“acumulación” específico de esta forma de capital adquirió una
importancia muy grande. En tiempos de Marx los principales agentes
eran los bancos. Después de los años 1970, pasaron a serlo también las
sociedades aseguradoras y los fondos de pensión y de colocación
financiera. Esta centralización y “acumulación” específica tiene
diversas fuentes de alimentación, de las que mencionaremos sólo las
más importantes. Están las ganancias no reinvertidas de las empresas
(las obtenidas en el mercado interno de sus países de orígen, pero
también las que resultan de la repatriación de dividendos y royalties
luego de inversiones directas en el extranjero o IDE). Está el flujo
de intereses provenientes de la deuda del Tercer mundo, a lo que se
sumó el flujos de intereses sobre los préstamos bancarios
internacionales a los países en vías de industrialización rápida del
sudeste de Asia. Están luego las sumas acumuladas por individuos o
familias muy ricas, colocadas en los mercados. En algunos casos, sumas
que resultan de inversiones exitosas y especulaciones con buen
resultado. Otras veces, son sumas percibidas por la renta del suelo o
del subsuelo y fuentes de energía. Finalmente, están las sumas
centralizadas en el seno del sistema financiero en los fondos de
pensión y los fondos de colocación financiera (los OPCVM, llamados
Mutual Funds en los Estados Unidos) que se convirtieron en la columna
vertebral de la acumulación financiera a partir de 1980-84. Durante
los años 1990 se impuso a los asalariados norteamericanos un cambio en
el sistema de jubilaciones,[15] reemplazando al sistema con
“prestaciones definidas” por el de “cotizaciones definidas”, y los
fondos relacionado con este sistema son los que sufrieron los mayores
“daños colaterales” de la crisis en curso.
Volviendo ahora a precisar mis desacuerdos con Michel Husson, diré que
de todas las fuentes que acabo de mencionar, Husson sólamente señala a
las ganancias no reinvertidas de las empresas y la única alusión que
hace al ahorro salarial es su utilización según las modalidades
francesas de la última década como substituto de los salarios. Sin
embargo, no se puede comprender la aceleración de la crisis mundial en
cuyo centro están los Estados Unidos, sin reconocer la gran
importancia de esta fuente de “financiarización” con todas sus
consecuencias.
A partir del peldaño de capital a interés, se puede y se debe luego
introducir y desarrollar la noción de capital ficticio, que tiene tres
dimensiones: a) Las operaciones de préstamo a las empresas o
inversiones de capital, capital a interés con emisión de títulos, de
obligaciones y acciones, activos que son “la sombra” de un capital ya
instalado o utilizado.[16]; b) La segunda dimensión del carácter
ficticio es que, a pesar de que se trata en el mejor de los casos de
reminiscencias de inversiones ya hechas, a los ojos de sus poseedores
los títulos aparecen como “su capital”, que debe rendir, generar una
renta grande o pequeña, asegurar una pensión; mientras las empresas
devengan intereses y pagan dividendos, mal o bien la ficción funciona;
c) La tercer dimensión es más falsa y dramática aún, por cuanto los
títulos, que son considerados por sus poseedores como capital, parecen
tener el atributo de incrementar su valor en razón de transacciones
específicas operadas en la Bolsa: el aumento del valor de las acciones
crea la ilusión de que el mecanismo de los mercados financieros es
generador de valor. Esta ilusión, que adquiere la fuerza de creencia
en tanto las cotizaciones mantengan la tendencia alcista durante un
período prolongado, es destruida en el momento en que se produce el
crack. La noción de capital ficticio debe ser extendida al crédito,
como lo hice en el artículo publicado hace un año y al que me
remito.[17]




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