[R-P] [J.A.Ramos] Adiós al Coronel.
Gustavo Battistoni
gustavo.battistoni en gmail.com
Mie Jul 1 11:24:27 MDT 2009
Adiós al Coronel
Acaba de morir Perón, cuya inmortalidad aseguraban algunos de sus
adictos más devotos. Pero había algo de verdad en semejante idea, pues
a ese hombre singular podían aplicarse las palabras de Bismarck: "Todo
hombre es tan grande como la ola que ruge debajo de él". La ola de
Perón no era el ejército prusiano sino la multitud innumerable que
transmitirá su memoria al porvenir. Cabe decir de él, como de
Yrigoyen, que fue "el más odiado y el más amado de su tiempo". Su
tiempo comenzó en una madurez avanzada, a los cincuenta años. Cuando
los coroneles se retiran o ascienden a generales para proyectar su
retiro y concluir ordenadamente su vida, le tocó a Perón lanzarse a
una aventura histórica, de una turbulencia e intensidad pocas veces
conocida.
Ingresó a la acción pública cuando terminaban al mismo tiempo la
crisis, la década infame y la Segunda Guerra Mundial imperialista. La
neutral Argentina gozaba de prosperidad. Poco a poco la desocupación
de los años duros era absorbida por el impulso industrial creado a
consecuencia del conflicto bélico y de la bancarrota del 30. Los
peones se hacían obreros y las chicas del servicio doméstico,
humillado y martirizado, ingresaban a las nuevas fábricas. Pero al
llegar a las ciudades, no había lugar para ellos ni en los partidos
políticos de izquierda, ni en los antiguos sindicatos influidos por
tales partidos. Los trabajadores que se harían peronistas en 1945
descubrieron un sistema político fuertemente impregnado de la
influencia anglosajona.
La herencia del viejo partido de Yrigoyen había caído en manos de los
alvearistas, amigos de Inglaterra, de la CADE y de los conservadores
liberales. De Lisandro de la Torre, los demócratas progresistas no
querían acordarse y participaban en amables tertulias con los
protectores de los asesinos del senador Bordabehere, para urdir el
ingreso de la Argentina a la segunda gran guerra de las democracias
coloniales. Naturalmente, el Partido Socialista fundado por Juan B.
Justo integraba tales reuniones, que prologaban la inminente Unión
Democrática. Para no ser menos, el Partido Comunista, inspirado por
Vittorio Codovilla (bajo la luz bienhechora de Stalin) era uno de los
artífices de tal alianza, que proponía reproducir en la Argentina el
pacto de los Tres Grandes y los acuerdos de Yalta. Estos pactos se
traducían al castellano mediante la exigencia de sustituir la lucha
contra el imperialismo por la lucha contra el fascismo. Como el
fascismo era desconocido en el país, se idealizaba la presencia del
imperialismo "democrático" y se recomendaba a los obreros de los
frigoríficos no pedir aumentos de salarios para no dificultar "la
lucha de los ejércitos que luchaban por la libertad del mundo". Por su
parte, la burguesía industrial era tan débil que ni siquiera contaba
con un diario propio.
Al irrumpir en la historia, Perón se enfrentó con ese cuadro. Su
robusto realismo político le permitió advertir que el país se
encontraba en el umbral de una nueva edad. Muchos lo habían anunciado
y hasta habían llamado a esa hora del destino: Arturo Jauretche, Raúl
Scalabrini Ortiz, Manuel Ortiz Pereira, el general Savio, el capitán
de fragata Oca Balda, el ingeniero Alejandro Bunge, Joaquín Coca,
Manuel Ugarte. Desde el campo del yrigoyenismo revolucionario, del
nacionalismo burgués, del nacionalismo tradicional, del socialismo
clásico y hasta del marxismo no staliniano, argentinos resueltos
habían preconizado la necesidad de concluir para siempre con la
vergüenza de la factoría inglesa, hermoseada con poetas anglomaníacos,
con izquierdistas de Su Majestad o con trogloditas del Nuevo Orden.
Perón resumió a su modo algunas de esas aspiraciones explícitas.
Encarnó las esperanzas latentes de las grandes masas que carecían de
voz y los intereses de la nueva burguesía así como llevó a la práctica
el nacionalismo militar concebido por el general Savio. Esa síntesis
fue su fuerza y su justificación histórica. Pero cada vez que una
corriente nacional brota en América Latina, los doctos sabihondos se
precipitan al error con un olfato infalible. Pulularon en la época
múltiples teorías sociológicas, que habrían erizado de risa o de
cólera al viejo Marx, ya que muchos de sus apologistas invocaban nada
menos que a semejante maestro. Desde 1944, cuando Perón pronunciaba
sus primeros discursos en los balcones de la calle Perú, las preguntas
o afirmaciones más corrientes eran: ¿Es fascista? ¿Es falangista? ¿Es
un candidato a dictador? ¿Es un agente alemán?. Aquellos que tenían el
dudoso gusto de leer la folletería de la "izquierda rooseveltiana"
añadían con sabio misterio: "es un caudillo del lumpemproletariat".
Parece mentira, pero tales gentes de hace treinta años tienen prole
ideológica, que repite las mismas variedades en nuestros días.
Perón fue el jefe de un movimiento nacional en un país semicolonial.
Su poder personal emergió de la impotencia de los viejos partidos que
se negaron a apoyarlo en 1945 y que prefirieron aliarse con Braden.
Ese poder personal perduró como un factor arbitral en una sociedad
inmadura. Adquirió por momentos un franco carácter bonapartista. Este
fenómeno es habitual en los países llamados del Tercer Mundo, pues
frecuentemente se revela como una verdadera necesidad general, para
resistir la intolerable presión del imperialismo, altamente
concentrado en su poder y dirección. Las contradicciones que se le
reprochaban a Perón no eran sino la expresión personal de las clases
sociales nucleadas en su torno y que el caudillo representó a lo largo
de toda su carrera. No fue un "agente de la burguesía industrial" ni
un "caudillo del proletariado" ni mucho menos un "lider de poder
carismático". El vocablo "carisma" refleja la pobreza científica de la
sociedad norteamericana, que ahora apela a la magia.
El influjo de Perón no era sobrenatural o inexplicable. Consistía en
interpretar el estado de ánimo y los intereses de las grandes masas y
clases oprimidas. Cuando lo lograba ese poder era tan inmenso como la
energía de las multitudes que hablaban a través de él. En otras
ocasiones, ese poder era el de un ciudadano corriente.
Perón e Yrigoyen fueron los dos grandes caudillos nacionales en lo que
va del siglo. Nadie podrá imputarle a lo largo de su prolongada lucha
que haya sido infiel al programa que propuso al país en 1945. No fue
un fascista, por supuesto, ni un socialista, naturalmente. Los gorilas
del 45 no comprendieron lo primero, ni muchos de sus hijos, lo
segundo. Perón siempre aspiró a ser él mismo su propia izquierda y su
propia derecha. Como luchó por desarrollar un capitalismo nacional
(estatal y privado) contra la sociedad inmóvil de la hegemonía
terrateniente, ésta lo declaró indeseable, lo derribó y lo expatrió
durante 18 años. El pueblo, sin la ayuda de los sociólogos, comprendió
que sólo un patriota podía merecer tal castigo. A tal odio, respondió
con un amor equivalente. Perón intuyó erteramente su próximo fin. El
discurso del 12 de junio, que declaraba al pueblo único heredero de
sus banderas, constituyó el testamento político de ese varón singular,
que entró en la muerte tan oportunamente como había irrumpido 30 años
antes en la historia.
Jorge Abelardo Ramos
3 de Julio de 1974
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