[R-P] LA OTRA CARA DE LA JUSTICIA SOCIAL PERONISTA.

Gustavo Battistoni gustavo.battistoni en gmail.com
Mie Jul 1 07:11:21 MDT 2009


[Juan Manuel Lucas-Socialismo latinoamericano]


Caucásico, de ascendencia nórdica, con un dejo de satisfacción y
empilchado como el típico empresario sufrido y plebeyizado:

          “ — Bueno muchachos, les quería decir que desde hace cinco
minutos… ¡¡¡están todos en blanco!!!”

Un conjunto de ultra estereotipados cabecitas negras que hacen de
obreros, dejan las herramientas para aplaudir y juntos responden:

          “ — ¡¡¡Gracias Don Carlo!!! ¡¡¡Grande Don Carlo!!!”

Emotivos violines de fondo. El buen burgués se justifica y hace
mención a las posibilidades que le ofreció el estado. El último plano
se queda con la cara de satisfacción del emocionado y ético
empresario. El estado invita a blanquear personal.

El spot del gobierno para combatir al trabajo en negro podría dar pie
a un infinito número de análisis socio-económicos pocos favorables
para el oficialismo.

Sin embargo, a la luz de la historia argentina reciente y de su más
traumática y liberadora experiencia del siglo XX, puede considerarse
como una auténtica muestra de los fundamentos que determinaron la
degeneración partidocrática del Peronismo y su histórica claudicación
pejotista. Es más, puede concebírsela como un extracto minimalista de
las aristas más conservadoras del pensamiento de su máxima figura
histórica: Juan Domingo Perón.

Si los creativos de la publicidad se hubieran propuesto reflejar en
tan sólo unos segundos el horizonte utópico del peronismo en toda su
magnitud, difícilmente hubieran alcanzado un resultado tan revelador.

La publicidad se centra, independientemente de la voluntad de sus
creadores, en el núcleo propositivo del pensamiento justicialista: “La
comunidad organizada”.

Este confuso “modelo societario” fue el producto de la creciente
influencia que el “nacionalismo” cipayo de toga y espada adquirió
durante la primera década peronista rozando, inclusive, a su máximo
líder.

Fue Perón quien se encargó de legitimarlo y respaldarlo, aunque su
autoría se ha puesto más de una vez en duda,  gracias a su
impresionante ascendencia popular, no sólo en las jornadas del
congreso filosófico del 49, sino editándolo como una de las obras
obligatorias de cualquier biblioteca justicialista.

Básicamente, se trata de un modelo en que las distintas clases y
sectores sociales, las “partes” de un sistema hegeliano, negocian y
pactan estrategias comunes para suavizar las contradicciones sociales
en pos del bienestar de la nación, el “todo hegeliano”.

Cada clase social cumple su papel específico sin cuestionar el orden
estructural que las diferencia entre sí y, ante cualquier
inconveniente, la paternal mano estatal se hace presente para
garantizar, con la burocracia o la policía, la armonía  social y el
natural entendimiento entre la totalidad social.

Si el Peronismo era poli clasista, su ideología también debía serlo.
Las ideas, en este marco, no estaban determinadas por las condiciones
materiales objetivas de quien las concibe, sino por el genio y la
maquiavélica virtud subjetiva de quien conduce. La “comunidad
organizada” no era más que, en el fondo, una sencilla traducción
criolla del idealismo hegeliano más vulgar.

Ni yanquis, ni marxistas, la ortodoxia peronista terminó asfixiada en
el mismo pensamiento eurocéntrico que pretendía impugnar en liberales
y “zurdos”.

Si la tercera posición significó una patriótica política
antiimperialista en el plano externo, determinó en el plano interno el
constante movimiento pendular del jefe bonapartista, sus inútiles
esfuerzos por consensuar clases e ideologías antagónicas y, en
definitiva, la crisis terminal del movimiento que lideraba, incapaz de
trocarse en revolución social para cumplir sus promesas de liberación
nacional.

La tercera posición, en este sentido, estaba íntimamente relacionada
con la noción de “comunidad organizada”. Es decir, los aspectos
revolucionarios de la primera estaban vinculados de manera indisoluble
a las aristas más conservadoras de la segunda.

Obreros sumisos que se someten libremente a la explotación para
favorecer la acumulación del patrón. Empresarios éticos y
comprometidos con la justicia social y los derechos de sus
trabajadores. El estado como la entidad todopoderosa capaz de
consensuar los opuestos. El ente hegeliano que condensaba la
racionalidad perfecta para alcanzar el interés del todo, frente a los
particularismos disolventes de las partes.
Si el justicialismo se hizo compinche de la dependencia enterrando los
principios peronistas de antiimperialismo y soberanía política, no
deja de apoyarse en “la comunidad organizada” para garantizar y
reproducir la opresión nacional y la explotación social. Parecen
saberlo, inclusive, hasta los creativos a sueldo de la AFIP.



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