[R-P] Palestina por Rodolfo Walsh (2)

Abulafia abulafia en arnet.com.ar
Lun Ene 19 07:48:21 MST 2009


2.Inglaterra regala Palestina

   Foreign Office, Noviembre 2, 1917.
Querido Lord Rotschild: Tengo mucho placer en transmitirle, de parte del 
Gobierno de Su Majestad, la siguiente declaración de simpatía con las 
aspiraciones Judías Sionistas, que ha sido sometida al Gabinete y aprobada 
por él El Gobierno de Su Majestad contempla con simpatía el establecimiento 
en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío, y usará sus mejores 
esfuerzos para facilitar el cumplimiento de ese objetivo, quedando 
claramente entendido que nada se hará que pueda perjudicar los derechos 
civiles y religiosos de comunidades no-judías existentes en Palestina, o los 
derechos y el status político de que disfrutan los Judíos en cualquier otro 
país."
Le agradeceré ponga esta declaración en conocimiento de la Federación 
Sionista.

Este trozo de papel, en apariencia inofensivo, es el fundamento moderno del 
Estado de Israel. Se lo conoce como Declaración Balfour, y lleva la firma 
del canciller inglés. Dos años después Balfour aclaró lo que quería decir:

"El sionismo, bueno o malo, es mucho más trascendente que los deseos y 
prejuicios de los 700.000 árabes que ahora habitan esa antigua tierra... En 
Palestina no pensamos llenar siquiera la formalidad de consultar los deseos 
de los actuales habitantes del país".
Dos años antes de la Declaración, Gran  Bretaña había prometido al Shariff 
Hussein, la independencia de los países  árabes, a cambio de su ayuda en la 
guerra contra Turquía, aliada de  Alemania. Y en efecto fueron soldados 
árabes los que liquidaron el dominio  otomano en Medio Oriente. La 
declaración Balfour se conoció después y,  finalizada la guerra, sirvió de 
base para la resolución de la Liga de las  Naciones que convirtió a 
Palestina en mandato británico. En redacción de ese  documento participó la 
Organización Mundial Sionista. A partir de ese  momento la inmigración 
creció inconteniblemente, organizada por la Agencia  Judía, que formaba 
parte de la administración británica. Cuando los ingleses  hicieron su 
primer censo en 1922 había en Palestina 760.000 habitantes, de  los que algo 
más de 80.000 eran judíos: o sea el 11 por ciento. Esa  proporción había 
subido en 1931 al 16 y en 1936 al 28 por ciento. Ese año se  produciría la 
primera rebelión palestina contra los ingleses, que duró tres  años y costó 
millares de muertos.

Manual del colonialismo.
Todavía en 1917 David Ben Gurion afirmó que "en un sentido histórico y 
moral" Palestina era un país "sin habitantes". Ben Gurion no ignoraba que el 
90 por ciento de los habitantes eran árabes; decía simplemente que no 
existían como seres históricos o morales. Por la misma época, según relata 
Fanón, los profesores franceses de la Universidad de Argel enseñaban 
seriamente que los argelinos eran más parecidos a los monos que a los 
hombres. Este tren de pensamiento, llevado a sus conclusiones prácticas, 
puede encontrarse en el propio fundador del sionismo,
Teodoro Herzl, "La  edificación del Estado Judío" escribió "no puede hacerse 
por métodos  arcaicos. Supongamos que queremos exterminar los animales 
salvajes de una  región. Es evidente que no iremos con arco y flecha a 
seguir la pista de las  fieras, como se hacía en el siglo XV. Organizaremos 
una gran cacería  colectiva, bien preparada, y mataremos las fieras lanzando 
entre ellas  bombas k de alto poder explosivo". Algunos colonizadores 
admitían que los  palestinos eran hombres, aunque más parecidos a los pieles 
rojas.
"¿Quién ha  dicho", preguntaba en 1921 la Organización Sionista de Gran 
Bretaña, "que la  colonización de un territorio subdesarrollado debe hacerse 
con el  consentimiento de sus habitantes? Si así fuera... un puñado de 
pieles rojas  reinarían en el espacio ilimitado de América".

Un guetto más grande.
La mentalidad colonial marcó profundamente el establecimiento de la 
inmigración judía en Palestina. Se formaron comunidades cerradas, 
exclusivas, donde el árabe era un intruso. La reventa de tierras a los 
árabes se convirtió en pecado que las organizaciones terroristas judías 
castigaron sangrientamente. Aun a nivel de la clase obrera se instala una 
perversión de la conciencia que convierte al trabajador árabe primero en 
competidor del inmigrante, después en enemigo, finalmente en víctima. La 
Histadrut, central sindical judía, no los admite en su seno, los boicotea, 
prohíbe a las empresas judías que compren materiales trabajados por los 
árabes. David Hacohen, miembro de la Histadrut y años después parlamentario 
israelí, ha recordado las dificultades que tuvo para explicar a otros 
"socialistas" ingleses que "en nuestro país uno adoctrina a las amas de casa 
para que no compren nada a los árabes, se piquetean las plantaciones de 
citrus para que ningún árabe pueda trabajar en ellas, se vuelca petróleo 
sobre los tomates árabes, se ataca en el mercado a la mujer judía que ha 
comprado huevos a un árabe, y se los rompe en la canasta...".
La soberbia  racial va moldeando esa sociedad en el más absoluto 
aislamiento, como si  todos los ghettos del mundo se juntaran en un ghetto 
más grande, pero esta  vez deliberadamente encerrado en sí mismo.
Simón Luvich, israelí exiliado en  Londres, recuerda con asombro aquella 
época de su infancia: "Para nosotros,  los árabes eran una especie de 
exótica minoría étnica, que a veces bajaba de  las montañas con sus 
kufeyas... Nunca entendimos de qué se trataba, porque  no los veíamos".
Galili, ministro de información de Israel, seguía sin  verlos en 1969: "No 
consideramos a los árabes del país un grupo étnico ni un  pueblo con un 
carácter nacional definido".
Si es ceguera no ver lo que  existe, a esa ceguera debe atribuirse la sangre 
que ha corrido y seguirá  corriendo en Palestina.

3. En 1947, una resolución de las Naciones Unidas quitó a los palestinos el 
derecho a tener una Patria

"El israelí se jacta ante el mundo de ser el máximo representante en la 
historia de la Diáspora... Pero quien posee en tal grado el sentimiento del 
destierro, llega a ser completamente incapaz de comprender que otros puedan 
tener ese mismo sentimiento.
No es cruel que digamos que el comportamiento  de los israelíes sionistas 
con el pueblo original de Palestina es similar a  la persecución nazi contra 
los propios judíos." (Mahmud Darwis, poeta  palestino.)
El mandato británico sobre Palestina después de la Primera Guerra Mundial 
permitió cumplir con la promesa contenida en la Declaración Balfour de 1917, 
de establecer un "hogar nacional" judío en un territorio poblado por los 
árabes. Para el sionismo el Mandato era una etapa intermedia, necesaria 
antes de establecer una población propia en Palestina como base del Estado 
Judío, objetivo permanente detrás de la fachada del "hogar nacional".
Gran  Bretaña favoreció ese proyecto hasta que la inminencia de la Segunda 
Guerra  Mundial le hizo ver el riesgo de que los pueblos árabes se alinearan 
junto a  Alemania. Las falsas promesas de 1915 se renovaron en 1939. En mayo 
de ese  año el gobierno británico publicó un Libro Blanco donde reafirmaba 
que no  tenía el propósito de imponer la nacionalidad judía a los árabes 
palestinos,  prometía limitar a 75.000 el número de inmigrantes en los 
próximos cinco  años y, a partir de 1944, no admitir nueva inmigración sin 
el consentimiento  explícito de los árabes.
El Libro Blanco fue un producto tardío e ineficaz  del colonialismo inglés. 
En los primeros veinte años de Mandato la  proporción de habitantes judíos 
en Palestina pasó del 10 a 30 por ciento.  Solamente en 1935 habían entrado 
más de 60.000 colonos: en 1940 la población  judía se acercaba al medio 
millón.
Aceitando el fusil  Los jefes de la Agencia Judía concibieron desde el 
principio la inmigración  como una colonización armada", y construyeron una 
organización  semiclandestina, el Haganah, de la que en 1935 se separó un 
brote terrorista  de ultraderecha, el Irgun, cuyo lema era un mapa de 
Palestina y  Transjordania atravesado por un brazo armado y un fusil con el 
lema hebreo  Rak Kach ("Sólo así').
Inicialmente estas organizaciones se limitaron a  asegurar mediante el 
terror la vigencia del boicot antiárabe, pero a partir  de 1939 empezaron a 
prepararse para combatir, también a los ingleses.  Curiosamente uno de esos 
preparativos consistió en el ingreso masivo de  judíos en el ejército 
británico: al final de la Segunda Guerra su número  llegaría a 27.000 
hombres, que serían el núcleo del ejército judío para la  confrontación 
final en dos tiempos: contra los ingleses y contra los árabes.

El empujón nazi
El estallido de la guerra llevó a su paroxismo la persecución de los judíos 
en Alemania y brindó un nuevo argumento para la inmigración en Palestina. 
Ben Gurion resumió en estos términos el sentido y los límites de la alianza 
entre el sionismo y Gran Bretaña:
"Lucharemos junto a Gran Bretaña en esta  guerra como si el Libro Blanco no 
existiera, y lucharemos contra el Libro  Blanco como si no existiera la 
guerra".
En la práctica esto significó  desconocer las cláusulas restrictivas del 
Libro Blanco e intensificar la  inmigración clandestina, aun desafiando el 
bloqueo inglés. Buques cargados  de inmigrantes europeos fugitivos del 
nazismo empezaron a llegar a las  playas palestinas. Cuando en 1940 los 
ingleses pretendieron devolver el  cargamento de dos de esos barcos, el 
buque Patria que debía transportarlos confinados a la isla Mauricio, saltó 
en pedazos en el puerto de Haifa. Allí  murieron doscientos cincuenta 
personas en su mayoría mujeres y niños. Aunque  el sionismo alegó que los 
propios refugiados volaron el Patria, la opinión  mundial se indignó ante la 
insensibilidad británica. Recién dieciocho años  después un miembro del 
Comité de Acción Sionista, Rosenblum, reveló que el  Patria había sido 
volado por la Haganah, sin consultar las víctimas. "Con  nuestras propias 
manos asesinamos a nuestros hijos", escribió Rosenblum.

Llegan los americanos
En 1942 el centro de gravedad del sionismo se había desplazado de Gran 
Bretaña a los Estados Unidos. El 11 de mayo de ese año la Organización 
Sionista Americana publicó un manifiesto que luego fue conocido como el 
Programa de Baltimore. Planteaba cuatro exigencias: el fin del Mandato; el 
reconocimiento de Palestina como Estado soberano judío; la creación de un 
ejército judío; la formación de un gobierno judío. En Jerusalén, la Academia 
Judía adoptó el Programa de Baltimore como política oficial del sionismo y 
se desligó del Mandato.
Gran Bretaña había cumplido su ciclo. Iba a librar  aún acciones de 
retaguardia, condenadas de antemano, pero dejaría en Medio  Oriente -como en 
la India, como en Irlanda- la semilla de un conflicto  inagotable.
Los norteamericanos tomaron el relevo de los ingleses y no lo  abandonaron 
hasta hoy. Cuando en 1945 se desmoronó el nazismo y se abrieron  las puertas 
de los campos de concentración -las cámaras de gas, los  patéticos restos de 
una infinita carnicería-, un sentimiento de horror  sacudió a Europa.
Los europeos tienen una singular capacidad para proyectar  los propios 
demonios a lejanos escenarios. Muchos franceses creen que las  atrocidades 
de Hitler son distintas de sus propios crímenes en Indochina y  Argelia: 
ingleses que no han oído de Kenya se asustan de las persecuciones  de 
Stalin, y algunos italianos están convencidos de que el fascismo nació en 
la Argentina.
De acuerdo con este esquema, el exterminio de los judíos iba a  ser purgado 
no en el lugar donde ocurrió, sino en Medio Oriente: no por  quienes lo 
ejecutaron o lo permitieron sino por gente que no tenía nada que  ver. El 
proyecto de un Estado Judío en Palestina se convirtió así en clamor  mundial 
y los dirigentes sionistas lo explotaron serenamente. Los 225.000 
sobrevivientes de los campos de concentración fueron canalizados a Palestina 
aumentando una población que ya al fin de la guerra ascendía al 32 por 
ciento. Entretanto se preparaba la guerra.
No se había disipado el humo  sobre las ruinas de Berlín ni se había 
desenterrado el espanto total de  Auschwitz cuando David Ben Gurion, futura 
cabeza del Estado de Israel,  negociaba en Estados Unidos la compra de 
armamento pesado y la  reorganización de la Haganah por militares 
norteamericanos.
La partición  Una fulgurante campaña de terror contra los ingleses precipitó 
el epílogo.  En febrero de 1947 Gran Bretaña anunció que, en esas 
condiciones, no estaba  dispuesta a seguir gobernando Palestina, y devolvió 
a las Naciones Unidas el  Mandato que le había entregado la Liga de las 
Naciones.
La Asamblea de la UN  discutió siete meses el tema y finalmente elaboró una 
solución "salomónica",  Palestina sería divida en dos Estados: uno judío, 
otro árabe. En ese momento  había en Palestina 1.200.000 árabes y 600.000 
judíos. Los palestinos poseían  el 94 por ciento de la tierra y los judíos 
el 6 por ciento. El Plan de  Partición de las Naciones Unidas dividió el 
país en dos.
En uno, que se  convertiría en Estado de Israel, y que abarcaba el 60 por 
ciento de las  mejores tierras cultivables, había 500.000 judíos y 400.000 
palestinos. En  el 40 por ciento restante, que nunca llegó a convertirse en 
Estado, y que  hoy forma parte de Israel, había 800.000 palestinos y 100.000 
judíos.
El  mapa resultante es un notable ejercicio de topología en que ambos países 
aparecen superpuestos, con pasadizos y corredores para comunicar regiones 
separadas. Lo que no dice el mapa es que la mitad de las tierras de 
propiedad palestina caían bajo jurisdicción israelí, y que en millares de 
casos la aldea árabe quedaba separada de las tierras que cultivaban sus 
habitantes.
El 29 de noviembre de 1947, por una mayoría de dos tercios que  encabezaban 
los Estados Unidos y la Unión Soviética, la Asamblea de la UN  aprobó el 
Plan de Partición y desencadenó la desgracia del pueblo palestino,  el 
genocidio, el éxodo y la guerra. En la votación los norteamericanos 
presionaron hasta el límite a dóciles gobiernos asiáticos y 
latinoamericanos. Una empresa yanqui compró a la vista de todo el mundo el 
voto de un país africano. El secretario de Defensa norteamericano James 
Forrestal, que no era propenso a escandalizarse, pudo escribir: "Los métodos 
que se han usado en la Asamblea General para presionar y coercionar a otras 
naciones, bordean el escándalo". Así nació Israel. Pero la historia no 
terminaba. Al día siguiente de la votación, el sionismo lanzó todo el peso 
del terror para despojar a los árabes del territorio que le había dejado el 
Plan de Partición.

Mañana vala 3ª pate.

Outa 




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